AMAR LA MÚSICA CLÁSICA IX


LA MÚSICA DE CÁMARA

 

Siguiendo con la historia de mi afición, más bien pasión, a la música clásica, que había dejado un poco olvidada por el camino ( tanta actividad y preocupación no debe ser buena porque me impide escuchar y seguir amando la música clásica) es hora de narrar mis juveniles devaneos con una música que no acababa de atraerme, ni mucho ni poco, la música de cámara.

Había descubierto la música clásica gracias a unas piezas sinfónicas que cayeron en mis manos por casualidad, aunque más bien debería decir en mis oídos, entonces castos aunque muy fantasiosos. Escuchar la pasión de Bach y alguna que otra obra sinfónica de mucha enjundia me costó un gran esfuerzo de voluntad, pero aún no me creía preparado para escuchar un piano a palo seco, o un violín, o un violonchelo o los tres juntos, o cualquier otra pieza que no fuera interpretada por un montón de músicos metiendo mucho ruido.

Tal vez hubiera seguido así durante un buen tiempo de no ocurrir algo que me lanzó hacia la música de cámara de cabeza. Creo que ya he contado cómo nunca pude estudiar solfeo ni nada referente a la música porque el grillado profesor de música, un fraile que había estudiado música en Alemania, la bendita tierra de Bach y Beethoven, nos había obligado a buena parte de la clase, tal vez un tercio, a ir a la huerta, con el hermano lego, a recoger patatas, verduras y otros frutos de la tierra, para las comidas del colegio que necesitaban mucho de todo porque éramos una tribu muy numerosa. Eso me impidió saber qué era una negra, una blanca, una corchea y la clave de sol, etc, pero no me alejó por completo de la música.

En aquel colegio de Fuenterrabía, donde llovía mucho, el llamado “chirimiri”, uno se pasaba la mayor parte del tiempo deambulando por el interior, buscando algo novedoso en que entretenerse. Fue así que llegué a un ala del edificio en la que había escuchado sonidos de piano. Efectivamente, al menos existían allí ocho cabinas abandonadas, donde alguna que otra vez tocaba el único músico y organista entre los estudiantes, un chico navarro con chapela y muy nacionalista a quien se le podía perdonar todo porque tocaba como los ángeles.

Un día me acerqué por allí y visto que todo estaba vacío, como quien no quiere la cosa me senté delante de un piano, levanté la tapa y comencé a tocar una tecla y otra, a ver cómo sonaba aquello. Por supuesto que sonaba muy mal, pero me entretuve un rato, incluso abrí una partitura e intenté leer aquellas cagaditas de mosca sobre unas líneas, el famoso pentagrama. No entendí nada pero no me desanimé, busqué en la biblioteca un diccionario y en él la escala musical y luego me puse a leer las partituras que había por allí. Descubrí que podía tocar escalas para ir aprendiendo a tocar un poco el piano. Y así comencé a dar la paliza con el do-re-mi etc. Era agobiante pero llegué a dominar las escalas e incluso me atreví a ir aprendiendo una pequeña pieza que encontré por allí, se trataba de “Para Elisa” de Beethoven. Conseguí llegar a tocar, aunque no muy bien, pero eso me permitió atreverme a escuchar el disco de vinilo en el que venía esa pieza junto con otras para piano. De esta manera descubrí que la música de cámara también tenía su encanto y comencé un largo y delicioso camino de descubrimiento de la música de cámara.

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