AMAR LA MÚSICA CLÁSICA VI


BACH O LA ESPIRITUALIDAD HECHA MÚSICA

 

Aprovechando la Semana Santa voy a recordar cómo conocí a Bach, Johan Sebastian, y cómo a partir de aquel momento se transformó en mi músico de cámara, me acompaña a todas partes y forma parte íntima de mi vida emocional y espiritual.

Si descubrir a Beethoven cimentó mis deseos de convertirme en un melómano y si escuchar por primera vez su novena sinfonía supuso una experiencia mística que ahora estoy recordando en el hilo Primavera literaria con un relato de esta sinfonía, escuchar por primera vez a Bach fue descubrir que existía la música de las esferas, del universo, la espiritualidad echa música.

Creo recordar que andaba yo por los dieciséis años y aquella Semana Santa, como todas las que viví en aquel colegio religioso, hicimos nuestros ejercicios espirituales. Consistían en tres días, lunes, martes y miércoles, escuchando charlas de los frailes sobre temas espirituales, fundamentalmente sobre las postrimerías, todos vamos a morir y mejor hacerlo en gracia de Dios e ir al cielo que en pecado e ir al infierno, etc. Se nos obligaba a guardar absoluto silencio, desde que nos levantábamos hasta que nos acostábamos.  Había una dieta especial de Semana Santa, mucho silencio, mucho recogimiento, mucha charla religiosa y el tiempo libre se podía dedicar a pasear por el patio, en silencio, a rezar en la capilla, a leer libros sagrados y a cualquier otra actividad que nos permitiera seguir recogidos en nosotros mismos.
El padre prefecto me había facilitado la llave de un armarito donde se guardaban los discos de vinilo, la pequeña discoteca del colegio. Sabedor de mi afición a la música clásica, me entregó las llaves y me permitió poner música para despertar a los compañeros los domingos y fiestas de guardar, conectando los altavoces de los dormitorios. También podía poner música en el patio durante los partidos de futbol en los recreos de los domingos o en las fiestas. Claro que también podía desconectar todos los altavoces, excepto los del salón de televisión, que también servía de salón de música. De esta forma escuchaba mi propia música sin molestar a nadie. Aquel lunes de Pasión decidí escuchar música y buscando entre los discos de vinilo encontré la Pasión según San Mateo  de un tal Johan Sebastian Bach. Me dije que nada mejor para acompañar unos ejercicios espirituales que una Pasión.

Me bastó con escuchar el coro inicial para caer traspuesto y en estado místico. Gruesas lágrimas cayeron de mis ojos. No podía existir música tan maravillosa. Aquello era el cielo bajado a la Tierra. Me senté en una silla de tijera, de madera, que se utilizaban para ver la televisión y volví a poner el coro. ¿Por qué nadie me había hablado de una música tan maravillosa?  Decidí escuchar la Pasión al completo, aprovechando que nos habían dejado tres o cuatro horas libres, después de la comida, para aliviarnos de tanta charla.

Reconozco que fue un esfuerzo en el que intervino casi más mi voluntad que el placer de la música. Si bien encontré algún aria y algún que otro fragmento que me conmovieron,  los recitativos me resultaban muy cuesta arriba, y escuchar una obra tan larga resultó un gran sacrificio para un neófito.  Desde entonces no he dejado de escuchar la Pasión según San Mateo todas las Semanas Santas de mi vida, a veces escucho también la Pasión según San Juan o los fragmento de la Pasión según San Lucas. Aprovecho para volver a escuchar alguna cantata religiosa y si me sobra tiempo escucho sus suites para violonchelo solo o sus partitas para violín solo o sus piezas para órgano.

No podría imaginarme la música sin Bach. Y no podría entender la espiritualidad sin su música. Voy a intentar encontrar el coro inicial. En el siguiente capítulo seguiré contando cómo descubrí la música clásica, hablando cronológicamente de compositores y piezas que fui escuchando en aquella época.

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