Todos estamos solos al caer la tarde IX


TODOS ESTAMOS SOLOS AL CAER LA TARDE

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EL PRIMER CRIMEN DEL MONSTRUO/ CONTINUACIÓN

Dejé que se marchara aunque recordé que Lucy estaría camino de la casa del juez y nadie respondería en la centralita. De inmediato caí en la cuenta de que ella llevaría su móvil y de que Pico de Águila tendría su número. Me sentí como un idiota, no era tan mayor y además se supone que un ingeniero informático debería estar a la vanguardia de los adelantos técnicos. Tal vez mi obsesión por no llevar nunca encima un teléfono móvil para no ser localizado por mis perseguidores estuviera ya rozando la paranoia, pero no podía evitarlo.

Intuía que no podría ver una vez más a la víctima sin desmoronarme. Me iba a venir muy bien estar solo. Hice de tripas corazón y entré en el recinto procurando fijar la mirada en la llama de la antorcha que el navajo había confeccionado y colgado en la pared. La sombra que proyectaba la luz en las paredes convertía el lugar en algo aún más siniestro. Por un momento me estremecí al imaginar que aquellas sombras bien hubieran podido ser los demonios del desierto de mis novelas. Pero estábamos en la realidad, la acogedora realidad en la que no hay monstruos, ni demonios, ni existe la posibilidad de que alguien pueda morir de terror…En otro momento me hubiera carcajeado con ganas. Casi hubiera preferido enfrentarme a los demonios del desierto que a un monstruo con rostro humano, capaz de semejante brutalidad.

Me vino bien dejarme llevar por mi perspectiva de escritor. Tal vez pudiera aprovechar aquella escena para incluirla en la cuarta novela de la saga que estaba escribiendo. Debería aprovechar cada detalle para que los lectores sufrieran un terrible puñetazo en el plexo solar al leer la escena. Semejante idea me hizo ser plenamente consciente de lo mal que me encontraba. Incapaz de mirar el cadáver de la joven, me puse a rastrear el suelo, como si fuera posible que yo pudiera encontrar algo que se le hubiera escapado a Pico de Águila. Pero la atracción morbosa del cadáver pudo más que el miedo. Me acerqué temblando al cuerpo, y la realidad brutal me golpeó con tal fuerza que me tambaleé. Tuve que acuclillarme para intentara controlar el mareo y las inútiles ansias de vomitar. De esta guisa permanecí unos segundos, respirando entrecortadamente. La respiración se unió al fuerte latido de mi corazón, generando una sensación extraña en aquel terrorífico silencio que hubiera podido cortarse con el filo del machete del navajo que siempre llevaba encima, a pesar de mi recomendación de que lo dejara en el coche puesto que no era reglamentario. El sonido de mi respiración parecía rebotar en las paredes y clavarse en mi carne, una y otra vez, como diminutos alfileres de hielo.

Hubiera dado mi brazo izquierdo porque aquello fuera una pesadilla de la se pudiera despertar. Incapaz de controlarme, acerqué mis dedos temblorosos a la carne tumefacta. Sentí con toda intensidad en la yema de mis dedos el frío demoniaco que desprendía aquella carne ultrajada al tiempo que fui consciente de la estupidez de mi gesto. Aunque en el cursillo de criminología nos habían hablado de la gran dificultad de lograr huellas dactilares en la piel de un cadáver, lo que acababa de hacer era propio de un idiota. Que el propio investigador deje huellas en el lugar del crimen era más propio de una comedia cinematográfica disparatada que de un sheriff de condado, aunque fuera tan novato como yo. Tenía guantes en el maletero de mi coche, pero salir ahora a por ellos me parecía ridículo. Caí en la cuenta de que tampoco había visto guantes en las manos de Pico de Águila. Aquella investigación estaba siendo un auténtico desastre. Acuciado por la vergüenza hice algo que me hizo sentirme como un niño malo. Saqué el pañuelo del bolsillo y me puse a restregar como una meticulosa y obsesiva empleada de la limpieza aquella carne profanada. ¡Si pudieran verme!

Me forcé a dejar de hacerlo. No fue fácil. Era posible que el FBI encontrara los restos de mis huellas en su laboratorio, pero estaba seguro que nosotros, con nuestro modesto equipo no veríamos nada. Eso me consoló, aunque no podía evitar hacerme a la idea de que aquel caso caería, antes o después, en otras manos más expertas. Di un respingo cuando fui consciente de lo cerca que estaba mi rostro a los pechos de la joven. De haber estado viva no hubiera podido evitar el deseo, pero en aquel momento aquel cuerpo era solo un pedazo de carne que había iniciado la putrefacción muchas horas antes. En el cursillo de criminología estudiamos numerosos perfiles de asesinos en serie. Recordé la repugnancia que sentí cuando nos hablaron de los necrófilos, de los profanadores y violadores de cadáveres.

El vómito subió a mi boca. Volví el rostro con rapidez para evitar que mi saliva pudiera alcanzar sus pechos. Aunque solo brotaron unos hilillos de saliva con fuerte sabor a bilis, al menos pude evitar meter aún más la pata. Me sentí tan asqueado y con tantas ganas de llorar que habría salido corriendo para presentar la renuncia al baboso del alcalde de no haber pensado antes en las consecuencias.

Al erguirme de nuevo, una vez limpiada la boca con el pañuelo, mis ojos no pudieron evitar fijarse en el pubis de la joven, una mancha negra entre sus muslos. Alcé la mirada y me encontré con la barra metálica saliendo de entre sus pechos. La imaginé penetrando, en vida de la joven, por su ano. La fuerza necesaria para lograr aquello erizó mi vello. El asesino era un auténtico oso. ¿O habían sido varios?

Mis intestinos se revolvieron con tanta fuerza que por un momento temí que salieran por mi boca. No podía controlar ya a mi fantasía que había entrado en una especie de extraño delirio macabro. Por un lado intentaba fijarme en los detalles para poder reflejarlos acertadamente en la novela y por otro lado, la sensación empática sobre cómo debió sufrir la joven mientras la barra atravesaba su cuerpo se hizo tan espantosa que mi mente se vio obligada a oscurecerse para no estallar en pedazos. De forma automática intenté caminar hacia la salida, pero ni siquiera pude dar un paso antes de que la oscuridad me alcanzara.

Continuará

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