AMAR LA MÚSICA CLÁSICA (LA ÓPERA)


LA ÓPERA

Si aficionarme a la música de cámara me costó un poco, apreciar la ópera fue una tarea aún más complicada. La música sinfónica me resultaba fácil de degustar, especialmente las melodías pegadizas, e incluso llegué a gustar mucho de oberturas de óperas y coros, tal como el conocido coro de peregrinos del Tanhauser de Wagner, pero llegar a apreciar las arias de las óperas, incluidas las arias del bel canto, me costó un gran esfuerzo de voluntad.

Recuerdo que luego en mi entorno cuando me veían escuchando alguna ópera nunca dejaban de decirme aquello de: ¿ya estás con la música ratonera?, ¿esa cantante ha visto una rata? Y cosas por el estilo. Me sentaba fatal que calificaran la ópera de “música ratonera” e incluso extendieran la expresión a la música sinfónica, algo de todo punto insoportable para mí. Yo me burlaba de sus gustos, a mi hermana le decía que Camilo Sexto era … y a mis padres que Manolo Escobar era lo de más allá. Ahora me resulta muy curioso analizar cómo pude a apreciar la música clásica antes que la música popular. De hecho con el tiempo llegaría a apreciar a Antonio Molina, a Imperio Argentina y a otros muchos cantantes de copla. Aunque Camilo Sexto nunca formó parte de mi repertorio sí llegué a escuchar a los Beatles, por ejemplo, a apreciarlos, hasta el punto de que una vocación tardía, del sur, que llegó al colegio con más de treinta años, nos animó a formar un trío para cantar una canción de los Beatles en la festividad del colegio. Mi voz era un desastre y mi oído era aún peor, aún así formamos el trío y cantamos la canción que el tocó a la guitarra.

No recuerdo muy bien cuál fue la primera aria de ópera que escuché, pero yo juraría que se trató de la donna e mobile del Rigoletto de Verdi. Si no fue ésta seguro que fue alguna otra del bel canto, o Donizzetti o Puccini o …Lo que más me costaba apreciar era aquella voz que yo consideraba antinatural e impostada de los cantantes de ópera, tanto tenores, sopranos, barítnos, etc. Cuando la melodía era pegadiza entonces podía aceptar hasta el do de pecho que me rechinaba un poco. Aquella música ratonera como la llamaban en mi entorno familiar o incluso los compañeros de colegio se fue colando poco a poco en mi sensibilidad de melómano a través de las arias más pegadizas.

Sin duda fue Verdi quien me abrió el camino hacia el teatro cantado, algo que con el tiempo llegaría a ser una auténtica pasión, hasta el punto de que cuando no estaba en el colegio y no podía disponer de los discos de vinilo con grabaciones de ópera, intenté escucharla en un pequeño transistor sin FM –en aquellos tiempos juveniles el poseer un transistor con FM era un capricho que pocos deseaban permitirse- y aún recuerdo el sufrimiento que me producía perder la sintonía cuando estaba cantando Montserrat Caballé en el Liceo. Imagino que conseguía sintonizar Radio 2 de Radio Nacional de España en onda media, algo que era todo un milagro. Me ponía el transistor en la oreja y escuchaba hasta que la música se hacía inaudible.

Recuerdo muy bien que cuando me pagaron mi primer sueldo, con dieciocho o diecinueve años, lo primero que hice fue ir a comprar un transistor con FM. Por entonces residía en León y me acerqué a Ordoño II y a una tienda muy conocida, tal vez Óptica San José Radio, y allí me compré el aparato más grande y sofisticado que pude pillar y que estuviera al alcance de mi magro sueldo, de hecho es muy posible que me gastara todo el sueldo en ese aparato.

La emoción que me produjo escuchar en Radio 2 una transmisión en directo del Liceo de Barcelona con mis ídolos, Montserrat Caballé, Plácido Domingo, José Carreras, etc es uno de los recuerdos emotivos más intensos que recuerdo en mi vida. Durante un tiempo daba saltitos de alegría y bailaba con el transistor en la mano escuchando una música que hasta aquel momento me había sido negada por mi condición de proletario sin trabajo, hijo de un minero y de una familia poco pudiente. Aquella amargura duró hasta que pude trabajar, lo que no fue fácil porque aún en aquellos tiempos encontrar trabajo era una odisea. Fue aquella experiencia la que aún hoy me hace tener una perspectiva muy personal y a lo mejor muy poco políticamente correcta sobre la cultura y el copyright. Comprendo y acepto el derecho de todo autor a recibir un estipendio por sus creaciones y a recibir lo que se estipule sobre el derecho de copia, pero lo que no puedo aceptar o me rechina el alma, es que determinadas personas, por el simple hecho de pertenecer a las clases más bajas, tengan que ser privadas de la cultura o alimento del alma. Tal vez por mi condición de proletario e hijo de minero fuera algo muy peculiar que comenzara a gustar de la música clásica, de la ópera y de tantas y tantas delicias culturales. Nadie me impulsó a ello, ni fui animado en mi entorno, fue mi sensibilidad la que me llevó a buscar y gustar de la belleza. Es por eso que o se buscan soluciones para que también los proletarios y desheredados de la fortuna del mundo puedan disfrutar de los bienes culturales (papá Estado debería hacer algo al respecto) o me temo que mi simpatía por las descargas ilegales cuando son cultura y la ponen al alcance de quienes no podrían tenerla de otra manera será algo más que un sentimiento políticamente incorrecto, será casi una cuestión ética. Todo ello sin perjuicio de aceptar la propiedad privada como un derecho importante, no el más importante, pero sí fundamental en nuestra sociedad.

A partir de aquel momento nunca me perdí una transmisión de ópera desde el Liceo, presentada por aquel locutor que poseía una voz realmente excepcional y muy radiofónica. Me encantaban las entrevistas que hacía a los solistas y me enorgullecía de que dispusiéramos de cantantes entre los primeros del mundo, como la Caballé, Plácido Domingo, Carreras, Aragal, Kraus, etc etc Ello sin perjuicio de apreciar la belleza de voces internacionales como María Callas, Caruso, etc etc. Aquello fue para mí una orgía de belleza que nunca hubiera perdonado a papá Estado o a cualquiera que defienda la propiedad privada por encima de cualquier otra consideración perderme por el simple hecho de ser hijo de un minero del carbón.

Nombres como Verdi, Puccini, Donizetti… se me hicieron familiares, casi hermanos. Descubrir y apreciar otro tipo de ópera, concretamente a Wagner también me llevaría un tiempo y me exigiría un esfuerzo.

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