Todos estamos solos al caer la tarde XI


TODOS ESTAMOS SOLOS AL CAER LA TARDE

PICO DE ÁGUILA/CONTINUACIÓN

Cuando le conocí solo pude ver a un anciano amable que intentaba ayudar a un joven descarriado, no creía en sus dotes chamánicas, ni siquiera creía en los chamanes. No aprecié en él ninguna sabiduría especial ni otro poder que el de la bondad que expresaban sus ojos. Decidí darle una oportunidad a Pico de Águila porque él me lo había pedido, sin confiar gran cosa en que no tuviera que pedirle en cualquier momento que abandonara. Al proponérselo el alcalde se despachó con una cínica carcajada. ¿Acaso me había captado el ejército de salvación?

Se negó en redondo. Seguramente pensó que se trataba solo de uno de mis estúpidos caprichos, por eso se sorprendió tanto cuando yo puse cara de poker y le lancé a la cara un farol al que no supo responder. Él sabía muy bien que antes o después sería preciso aumentar la plantilla, al menos en un par de agentes, tal vez más, pero no podía asumir que yo hubiera elegido a un joven navajo, y además rebelde, conflictivo, y que me empecinara en ello. Tal vez pensara que se trataba solo de uno de mis caprichos, por eso cuando volvió a negarse con rotundidad y yo le amenacé con dejar el cargo, se vio pillado por sorpresa. No supo qué hacer y se puso a pasear por el despacho como un mono inquieto, sin saber muy bien a dónde mirar o qué decir. Su mente debió de ponerse a trabajar y muy deprisa. Creía tenerme pillado por donde más duele, pero desconocía mi umbral de dolor y hasta dónde estaba dispuesto a llegar en el envite. Finalmente me enfrentó.

-Si aceptara… no he dicho que esté aceptando, tendría que ser bajo determinadas condiciones que no estoy dispuesto a negociar.

-Ponga las cartas sobre la mesa y le diré si acepto el juego o no.

-Tendrá que tenerlo a prueba durante un tiempo prudencial y lo despedirá si no cumple o resulta conflictivo.

-Bien. Estoy de acuerdo. ¿Algo más?

-Si no sorprendiera favorablemente -lo que no creo- y le firmáramos un contrato, usted se haría responsable de su conducta. No solo eso, tendría que vigilarle estrechamente, convertirse en su tutor… ¡Qué digo! Usted tendría que ser su padre. Debería enseñarle todo lo que debe saber, ayudarle a evitar cualquier conflicto con cualquier ciudadano e intervenir si está a punto de producirse alguno.

-¿Eso es todo?

-Eso es todo… de momento. Le aseguro que si se produce algún conflicto y usted no lo resuelve a satisfacción no tendré compasión, ni con usted ni con él. A usted le trituraré y él irá a la cárcel.

Lo dijo como si no fuera suficiente para él que ambos nos marcháramos del condado. De esa manera dio por terminada la conversación. Me quedé pensativo, sin duda me había metido en un buen lío del que tal vez no lograra salir sin tener que dejar un lugar y una vida a la que ya había comenzado a acostumbrarme.

Cuando se lo propuse a Pico de Águila se limitó a encogerse de hombros. Nuestra relación no mejoró durante los meses que estuvo a prueba. Me sentí como un caminante que golpea a una piedra del camino, lo haces por estupidez y no esperas que ella te responda. Yo también me encogí de hombros, aguardando a que pasara el tiempo.

Me sorprendió la actitud de aquel joven rebelde. Aprendió pronto el protocolo imprescindible para manejarse como nuevo ayudante del sheriff. Siguiendo mis consejos procuraba no ir solo para solucionar cualquier incidente al que se le llamara. Nunca perdía la paciencia y si las cosas se complicaban y estaba solo -la plantilla era tan reducida que era algo inevitable- llamaba a Lucy y esta me avisaba. Su relación con el resto de compañeros era más que aceptable, salvo con Pancho que gustaba de gastarle bromas, algunas muy pesadas, y tomarle el pelo a cada instante.

A pesar de la fama de conflictivo el joven navajo se mostraba impasible, como un cactus ante una mano que se le acercara amenazadora. Me vi obligado a hablar con Pancho, quien prometió enmendarse, pero no lo hizo. Temí que aquello acabara por reventar, y a punto estuvo de pasar cuando alguien puso un pequeño tiesto con un cactus en el sillón de Pancho. Este solía dejarse caer sobre él sin mirar, se echaba para atrás y se espatarraba, colocando las botas sobre la mesa. Era algo que todos sabíamos. Aquella mañana se encontró con lo que no esperaba y salió a buscar a Pico de Águila con ansias homicidas, tal como me contó Lucy al llamarme. Salí tras ellos y logré llegar a tiempo. Pico de Águila acostumbraba a dormir en una pequeña choza en la reserva, salvo cuando tenía guardia o debía enlazar turnos, entonces dormía unas horas en un ático que le había alquilado un viejo matrimonio, a mi ruego, y que residía a unas manzanas de la oficina. Por suerte aquella mañana el joven estaba en la reserva, Pancho lo sabía y yo también, lo que me permitió llegar justo a tiempo de ver cómo ambos se preparaban para enzarzarse en una pelea cuerpo a cuerpo en el centro de un corro que habían formado los jóvenes navajos. Me abrí paso a codazos, recordé a Pico de Águila que no le iba a consentir el menor desliz y me llevé a la fuerza a Pancho, recriminándole su actitud que hubiera sulfurado a uno de aquellos totems ante los que hablábamos.

Eso fue todo. Pancho no volvió a dirigirle la palabra y Pico de Águila simuló no verle, algo que no debió de costarle mucho porque hacía lo mismo con todos nosotros. Los días transcurrieron con aburrida normalidad hasta que un día el joven decidió verme. Intuí que era por alguna razón porque hasta ese momento solo se apercibía de mi presencia cuando yo le hablaba. El chamán deseaba verme.

Aquella tarde pasó por mi casa a recogerme en su destartalada camioneta que sólo él podía saber a quién se la había comprado y nos acercamos a la reserva. Nos recibió en el interior de la choza y no habló hasta que la mujer vieja -que nadie me había dicho si era su esposa o su criada y yo no me había atrevido a preguntar- nos sirvió la infusión de hierbas. El anciano sonrió y se nos quedó mirando hasta que terminamos de beber. Entonces quiso saber cómo nos había ido la experiencia. Miró a Pico de Águila que se encogió de hombros y luego a mí.

Manifesté mi satisfacción, y también mi sorpresa, por el trabajo desempeñado por el joven rebelde. El chamán quiso saber si estaba dispuesto a aceptarle definitivamente como ayudante. Le respondí que el periodo de prueba había terminado y que al día siguiente llamaría al alcalde. No tenía la menor duda de que firmaría el contrato y se convertiría en uno más de la plantilla. El chamán asintió, felicitó a Pico de Águila que inclinó respetuosamente la cabeza y solicitó permiso para marcharse.

Quedamos solos, lo que aproveché para pedir su permiso para informarme en la reserva acerca de algo que no había dejado de preocuparme desde que Lucy me comentara lo que Pancho había dicho del joven rebelde. No me preocupaban sus borracheras puesto que nunca le olía el aliento a alcohol en el trabajo, pero sí sus visitas al prostíbulo de madame Rouge.

Yo conocía bien a madame Rouge y sabía que todos tenían crédito en su establecimiento hasta que ella decidía cobrar las deudas Entonces era preciso sacar dinero de las piedras o sufrir una descomunal paliza y seguir buscando dinero bajo las piedras, ahora en un plazo fijo y no prorrogable. ¿De dónde habría sacado dinero Pico de Águila antes de comenzar a trabajar a prueba para la oficina del sheriff? Sus deudas serían cuantiosas y a pesar de los pagos que estuviera haciendo con su magro sueldo actual antes o después madame Rouge le haría una reclamación que él no podría rechazar?

Continuará

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