CRAZYWORLD VIII


CRAZYWORLD

JOHN SMITH, EL ASESINO EN SERIE

CRAZYWORLD VIII

JOHN SMITH, EL ASESINO EN SERIE

Jimmy parecía más tranquilo, tras su violenta reacción al oír hablar de Kathy. Nunca debí haberla mencionado. Me juré a mí mismo ser más discreto de ahora en adelante. Al fin y al cabo me encontraba en una clínica psiquiátrica, aunque en ella los locos fueran millonarios, lo que siempre es una garantía de cierta discreción y elegancia. Los locos proletarios acostumbran a ser mucho más burdos y groseros en sus reacciones.

El joven había perdido el control tan repentinamente que por un momento temí por mi vida. ¡Menos mal que no tenía un hacha a mano o hubiera perdido mi cabeza!

John Smith, el asesino en serie, dormitaba tranquilamente. Reflexioné sobre la posibilidad de que al ser despertado reaccionara con violencia. Pero entre el dilema de sufrir la violencia de un durmiente o la de “El Pecas” que ya conocía, me decidí por el mal por conocer.

Jimmy se acercó hasta el sofá y zarandeó sin contemplaciones al asesino en serie. Este abrió una rendija en sus párpados y por ella contempló a su oponente. Al reconocerlo la cara adoptó una expresión simpática.

-¡Ah! Jimmy. Eres tú. ¿Ocurre algo?

-Quiero presentarte a un paciente nuevo.

-¿Sí? ¡Qué bien!

Más tarde me enteraría de que Smith, el asesino en serie, solo tenía un aliciente en la vida: contarle su vida a los pacientes nuevos. Los viejos ya se conocían al dedillo “sus hazañas”.

“El Pecas” le ayudó a ponerse en pie y nos condujo, a cada uno bien aferrado del brazo por sus manazas, hasta la piscina. Bajamos las escaleras de entrada, nos escoramos a la derecha y al llegar al borde de la piscina nos empujó suavemente hasta sentarnos a cada uno en la correspondiente tumbona. Luego se puso a chillar como un energúmeno. Al cabo de unos segundos hizo su aparición un celador, alto y fuerte, como un armario de los grandes, solo que con cara en lugar de puertas y con expresión de muy pocos amigos.

-¿Qué pasa, Jimmy? ¿Quieres pasar una temporadita en las celdas de aislamiento del doctor Sun?

-No, Robert, solo quiero que nos mandes a Alice.

-¿Y para eso tienes que chillar tanto?… ¡Loco de mierda!

Se marchó sin esperar más. Al poco salió una camarera, con su uniforme de gala. Rubia, alta, bien plantada, una preciosidad.

-¿Qué pasa, Jimmy, te pican los bajos?

-Sí, eso también, pero lo dejaremos para más tarde. Ahora mis amigos y yo queremos tres cócteles, con la mezcla de frutas que tú sabes.

-No cariño. Estás demasiado excitado.

-Pues un cóctel de frutas, pero sin lo que tú sabes.

-Eso está mejor. Te aconsejo que no vuelvas a chillar o me enfadaré contigo. Te prefiero cuando estás cariñoso.

-Lo siento, Alice, he perdido el control. Anda, ven y dame un besito.

-¡Que te lo de tu padre! Si no te portas bien no hay besitos. Ya lo sabes.

-Perdóname, Alice, vida mía. No lo volveré a hacer.

-Así me gusta. ¿Este es mi Jimmy!

-Mira te voy a presentar al nuevo. Este joven no recuerda su nombre. Sufre de amnesia tras un accidente de automovil. Llámalo como quieras.

“El Pecas” arrastró una tumbona hasta situarse frente a nosotros. Se recostó en ella, dio un sorbo a su cóctel de frutas, ayudado por la pajita, y antes de cerrar los ojos me hizo un guiño. Entonces John Smith inició su historia, con voz muy animada.

“Me trajeron aquí esposado y escoltado por media docena de guardaespaldas de mi padre…Mi progenitor, como sabe muy bien Jimmy, es un viejo mequetrefe, tan rico que ha logrado vivir hasta los cien años, gracias a su plantel de cirujanos, lo mejorcito del planeta, y espera vivir hasta los doscientos, gracias a la legión de genetistas, que trabajan en sus laboratorios con células madre y que cobrarían una suma padre si lograran cambiarle a mi odiado ancestro todos los órganos de su cuerpo.

“Al llegar me pusieron las manos del doctor Sun, quien ordenó que quitaran las esposas e inmediatamente me hipnotizó. No le resultó difícil, porque soy fácilmente sugestionable y no suelo oponer resistencia a las sugerencias de quienes me resultan simpáticos. El doctor no es un hombre al que sus pacientes paseen en silla gestatoria, pero en mi caso siento una gran debilidad por conocer las raíces de mis ansias destructivas y creo que solo el doctor Sun podrá lograr cavar un hoyo bajo tierra, como los topos, y acercarse lo suficiente como para oler mis raíces.

El doctor Sun me preguntó:

-¿Recuerda usted por qué está aquí?

-Claro, doctor. Mi padre no soporta que me cargue a sus amigos más íntimos.

-¿Cargar?

-Sí, doctor, asesinar, retirar de la circulación, darles el pasaporte… como usted prefiera expresarlo.

-¿Qué les hacía?

-¡Oh! No les hacía sufrir mucho, no. Solo un poco…un poquito, una pizquita de nada. Primero les mandaba anónimos, recriminándoles su mezquindad de corazón y amenazándoles con severas consecuencias sino creaban una fundación para mejorar la vida de los pobres del planeta. Una vez avisados de las consecuencias de sus actos, se me iban de la cabeza los pocos remordimientos que iba a tener al darles el pasaporte al más allá.

-¿Cómo un hijo de millonario se preocupa tanto de los pobres del mundo, en vez de dilapidar la fortuna de su padre en juergas y francachelas?

-Eso también lo intenté y casi logro. Mi padre acabó por cerrarme el grifo sino estudiaba en la universidad o hacía algo práctico, tal como trabajar en sus empresas y prepararme para ser un digno heredero. Desgraciadamente no pude controlar las cosquillas que me hacía el gatillo del rifle, con mira telescópica, en mi dedo índice.

-¿Y qué ocurrió?

-No me hicieron caso. Los ricos nunca piensan que las desgracias llamarán a su puerta… Y acabaron golpeando con brutalidad los llamadores de oro y platino… Me situé con un rifle frente a sus mansiones y según iban saliendo para subirse a sus limusinas los acribillé como a conejos, los freí a tiros como a faisanes, repletos de perdigones, en la sartén de mi odio más frío y demoledor.

-¿Y no le pillaron?

-¡Oh no! Se pasaron varios años buscando a pobres resentidos, más bien de raza negra, amarilla o cobriza. Ni siquiera se les pasó por la imaginación que el asesino de millonarios fuera alguien de su propia clase. Una serpiente criada en sus nidos y amamantada a sus pechos.

-¿Y qué hizo su padre?

-Por aquel entonces yo estudiaba en la universidad. Ese maldito mequetrefe se casó siete veces y tuvo veinte hijos. A todos les prometió su herencia si eran buenos y ellos le contestaron: sí, papá, papaito, somos buenos, seremos buenos… Y el muy idiota los creyó. Excepto a mí, que aunque se lo juré sobre la Biblia, me obligó a demostrarlo con actos, estudiando, sacando buenas notas, trabajando a ratos perdidos en sus empresas, desde abajo, para que así pudiera aprender todos los pasos que da un hijo de un millonario para saber cómo son los pobres y cómo sufren trabajando. Pero a mí me gustaban más las universitarias, y las bromas en las sociedades Tau-Ceti y Gama. Y las borracheras y las orgías y dormir durante las clases… Reconozco que era un desastre, un verdadero desastre. Aunque eso también lo hacían sus diecinueve hijos restantes y a ellos no les cayó encima la granizada que me cayó a mí. Mi padre me odiaba y prefería al resto de sus retoños, enclenques e idiotas congénitos. Yo era la oveja negra de la familia.

-¿Por eso odia a su padre?

-No. No le odio porque me pusiera muchas trabas en el camino de la herencia, ni porque me recortara el presupuesto, obligándome casi a mendigar. El dinero me importa una mierda, doctor Sun. Lo odio porque no se me mostró cariñoso conmigo, no me concedió la mínima dosis de cariño que debe esperar un hijo de su padre. El mío daba más cariño a sus perros de raza que a mi.

-¿Y su madre?

-Renunció a mí, a cambio de mil millones de dólares, de los de antes.

-¿La odia?

-¡Oh no! Yo hubiera hecho lo mismo. Por mil millones de dólares yo también hubiera renunciado a ella.

-¿No me ha dicho que el dinero le importa una mierda?

-Sí, el dinero en pequeñas dosis es como una mierda que uno descarga en el retrete todos los días, pero mil millones de dólares no es dinero, es el paraíso en la Tierra, docenas y docenas de mujeres hermosas, litros y litros del mejor güisqui de Kentucky y de Escocia, añejos, puros como el elixir de la vida; y es un jet privado para viajar por todo el mundo y es una isla solitaria, bunkerizada, donde pasar noches románticas con la amante de turno y es …

-Vale, vale. Ya veo que el dinero le importa una mierda. Entonces si odia a su padre y su madre le abandonó por una mierda, ¿se considera un huérfano?

-Así es. Las chicas de la universidad me perseguían por la herencia y yo las perseguía a ellas por mamar maternalmente de sus pechos.

-¿Y qué hacían ellas?

-Cuando me acostaba con ellas y mamaba de sus pechos y les prometía que al menos les repartiría un millón de dólares cuando heredara, ellas se mostraban muy amables conmigo, me halagaban, decían que era el mejor de sus amantes y mamaban la parte más sensible de mi cuerpo. Todo era felicidad…hasta que las abandonaba.

-Igual que su padre hizo con usted.

-Igual no. Ellas se ponían en manos de un abogado y le sacaban al viejo toda la tajada que les permitía su carne vieja y apergaminada.

-¿Y cómo reaccionaba su padre?

-Nada mientras siguiera los estudios y le trajera a casa buenas notas, compradas o manipuladas en el ordenador de la universidad. Consideraba aquellas calaveradas como propias de un universitario de mi clase.

-¿Para qué quería su padre a sus veinte hijos si no les daba ni una pizca de cariño?

-Para situarnos en la dirección de sus empresas. No se fiaba de quien no perteneciera a la familia. Nos hizo estudiar economía, derecho, ciencias políticas y sociales, psicología… Quería que lo supiéramos todo para que los consejos de administración no nos engañaran como a chinos (de los de antes, que los de ahora son casi capitalistas).

-¿ Y qué sucedió a continuación?

-Que lo mandé todo a la mierda y renuncié a los estudios, a la herencia y al padre que me engendró, porque a la madre que me parió no necesité renunciar.

-¿Y qué le dijo su papá?

-Me desheredó. Así, sin más. Retiró mi asignación mensual, dejándome en la miseria y hasta quemó el smoking que conservaba en mi viejo dormitorio y que me ponía las raras veces que iba a cenar a casa.

-¿Por eso mata a los amigos de su padre?

-No, doctor Sun, los mato porque se lo merecen.

-¿Ha vuelto a ver a su madre?

-No. Ella perdería sus mil millones.

-¿Ha tenido amigos?

-No. Ellos iban también por la pasta.

-¿Por eso odia a todo el mundo?

-Sí, Nadie buscaba mi afecto por mí mismo, iban tras el dinero, tras la herencia. Me sentía solo, abandonado, y comencé a elucubrar venganzas.

-A todos nos ocurre algo parecido, pero no llegamos a matar a la gente. ¿Cómo pudo dar ese paso?

-No lo sé. La vida no tenía mucho interés para mí.

-¿Se aburría?

-¿Quién no se aburre en esta vida? Es realmente tediosa. Pero no era simple aburrimiento. Yo odiaba a todo el mundo porque nadie me quería. Aunque no se lo crea, doctor Sun, lo único que he buscado toda mi vida es que alguien me quiera.

-Y como nadie le quería se dedicó a matar. ¿Usted cree que se puede conseguir afecto matando gente?

[Img2=]http://peoresnada.com/pictures/h/blind_sniper.jpg[/Img2]

-Por supuesto que no. Ni matando ni sin matar; ni esforzándote ni dejando que las cosas vayan por sus pasos contados; ni teniendo suerte ni careciendo de ella. El amor y la amistad son misterios inescrutables para mí.

-Como para todo el mundo. Nadie sabe por qué el ser humano, lo más egoísta que ha parido madre puede amar a alguien o comunicarse y sentir afecto por otra persona. Eso es un misterio, como usted dice. Tiene razón. Pero los demás nos conformamos con lo que nos da la vida. No pedimos peras al olmo ni amor eterno a un ser mortal.

-Lo que usted diga, doctor, pero yo no podía estarme quieto. Tenía que hacer algo.

-¿No le gustaba el deporte o jugar a las cartas? ¿No me diga que el sexo no es un bonito pasatiempo para pasarse el resto de la vida jugando a tu me tocas yo te toco, sin necesidad de andar por ahí, pegando tiros?

-Lo intenté, doctor. Se lo aseguro. Y no me fue mal. Las chicas se acostaban conmigo a las primeras de cambio y no lo pasábamos mal. Pero siempre acababan por sacar el tema de la herencia. Entonces me daban ganas de matarlas. Pero eran demasiado hermosas para cortar sus lindos cuellos.

-Ya veo. Los millonarios amigos de su padre eran feos y repugnantes.

-Algunos no eran tan feos, pero todos eran muy, muy repugnantes.

-¿Y nunca pensó en que le pillarían y se pasaría en la cárcel el resto de su vida? No debe ser muy agradable permanecer enjaulado, como un pájaro tonto.

-Los polis son idiotas. Se pusieron a buscar entre los desheredados de la vida, resentidos y con antecedentes militares. Decían que el asesino disparaba muy bien, jeje.

-¿No tenía miedo de que lo encerraran de por vida o le descerrajarán un tiro a quemarropa?

-No. Encerrado no iba a estar más solo y muerto estaría mejor.

-¿Pero matar, quitar la vida a otro?

-Eso es como todo, una vez se empieza ya no parece tan difícil como al principio.

A mí la historia de John Smith me estaba volviendo majareta… bueno aún más de lo que ya estaba. Porque o bien el narrador se trabucaba y repetía las mismas frases o bien era mi cerebro el que, como un disco rayado, regresaba una y otra vez al mismo microsurco.

Jimmy no tardaría en llevarme al despacho del doctor Sun y abrir la caja fuerte, donde el doctor guardaba las historias más escalofriantes. No recuerdo si ya he contado esto y me estoy repitiendo o es que me duele mucho la cabeza o es la voz de Smith, susurrante y ronca como la del Padrino… Por cierto, ¿quién era el Padrino? Me vienen a la cabeza retazos de recuerdos que luego se esfuman sin dejar huella. Cada vez me duele más y más la cabeza.

Me temo que estoy contando algo que John Smith no me contó y que tal vez luego pudiera leer en la historia clínica del doctor Sun. He perdido la noción del tiempo y del espacio. Creo que me voy a marear… Sí me voy a marear…

Y me desmayé. Cuando regresé a mí una mano suave me tocaba en el hombro. Abrí los ojos y allí estaba ella, mi camarera favorita. Puso su índice en mis labios, indicándome que no hiciera ruido. Me ayudó a levantarme de la tumbona, a cámara lenta y nos deslizamos hacia el interior del edificio.

-¿Y Jimmy?

-No te molestes, cuando tenga hambre vendrá tras nosotros.

“El Pecas” no tardó mucho en seguirnos. Volví la cabeza y allí estaba él, con los ojos clavados en trasero de la mujer. Volví un poco más la cabeza y allí estaba él, John Smith, con los ojos cerrados, gesticulando con los brazos. Jimmy se barrenó la sien.

-No te preocupes por él. Cuando se pone a revivir su brutal vida de asesino en serie puede pasarse las horas muertas, con los ojos cerrados, contando su historia a oyentes invisibles o al viento. Si le da fuerte también se pasará así el resto de la noche. No necesita comer ni dormir. Luego, cuando se calma, puede pasarse una larga temporada durmiendo como un lirón.

Y así entré, apoyado en la mujer de mis sueños, dispuesto a ver cómo me iba mi primer almuerzo en Crazyworld.

Continuará.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s