Mes: julio 2014

TODOS ESTAMOS SOLOS AL CAER LA TARDE XII


 

MADAME ROUGE

Alguien, sin duda muy atrevido, la llamó así por primera vez y a ella debió gustarle porque adoraba el color rojo (toda la casa estaba decorada en ese color, cortinas, alfombras, paredes…) y porque todo lo francés le parecía muy “chic”, y con el apelativo se quedó, nadie la conocía por otro nombre en el condado. Yo sabía muy bien quién era Madame Rouge, una mujer madura, de piel negra, fría cuando era preciso y cálida cuando se fiaba, que llevaba su negocio con mano firme y delicada al mismo tiempo, que podía fiarte si le inspirabas confianza pero que te sacaría tu última moneda por el gaznate sin parpadear, si era preciso. Al parecer había llegado al condado mucho antes que yo, tal vez de New Orleans, con una comitiva variopinta, media docena de chicas de muy buen ver, un negro alto, fuerte y con la cara marcada y un chofer blanco, joven y muy bien trajeado, que conducía uno de los coches, el más grande y lujoso, ocupado solamente por madame Rouge, el resto de la comitiva ocupaba el otro, más pequeño y discreto. Así al menos me lo contaron, porque no tuve la suerte de estar presente en semejante acontecimiento.

Puede que la mitad del pueblo, del condado, estuviera compuesta por fugados de diferentes lugares y por diferentes razones, que habíamos recalado allí por casualidad y todos habíamos decidido que aquel era un buen lugar para pasar desapercibido y vivir con una cierta tranquilidad de ánimo, lo que no deja de ser una prueba, que si no serviría en un juicio sí inclinaría al jurado a absolver al acusado de toda responsabilidad. No se necesitaba mucho tiempo para cerciorarse de que aquel era el último lugar del mundo en el que alguien miraría si estuviera buscando a cualquier persona, de cualquier raza, posición social, carácter o idiosincrasia. A que los fugados decidiéramos hacer un alto en el camino contribuía, y no poco, el viejo sheriff. Era uno de los hombres menos curiosos que conocería nunca, solo le interesaban dos cosas, no tener problemas y sacar una pizca de dinerito extra de cualquiera que se pusiera en su camino. Tardó más de dos meses en hacerme una visita y supongo que cuando decidió que tendría menos problemas cuanto menos preguntas me hiciera, así como que la única propina que conseguiría de mi sería una jarra de cerveza en casa de Joe, suponiendo que este me fiara, perdió el poco interés que podía tener en saber algo sobre mi pasado, presente o futuro.

Cuando madame Rouge y su comitiva llegaron al pueblo, seguramente buscando un lugar tranquilo donde descansar unos días, debieron darse cuenta de lo propicio que sería para su negocio ser vigilado por una autoridad como la del viejo sheriff. La casualidad hizo que ésta no fuera la única razón por la que la futura madame Rouge decidió aposentar sus posaderas entre cortinas y alfombras rojas. La vieja madame del condado, aún más vieja que el viejo sheriff, había decidido retirarse, vender todo lo que poseía, incluida alguna de sus “chicas” más jóvenes, suponiendo que alguien estuviera interesado en ellas, y largarse a Florida para vivir los últimos años de su ajetreada vida de las rentas adquiridas con mucha sabiduría y buen hacer.

La señorita Rouge vio la ocasión y sin pensárselo mucho decidió comprar el ranchito de la vieja madame por una suma aceptable, que pagó en dinero fresco que seguramente llevaría en sus muslos, sujeto por las ligas. En cuanto el viejo sheriff se enteró fue a hacerle una visita y pronto llegaron a un acuerdo. Con el tiempo aquel ranchito se transformaría en la mejor mansión del condado, donde los ricachos tenían reservada suite propia y pasaban largas temporadas y los demás se daban una merecida alegría cuando podían o madame Rouge les permitía endeudarse. Con el tiempo llegaría a conocer una versión más intimista de estos hechos.

Antes de abandonar la reserva aún no había decidido si mi preocupación por Pico de Águila merecía la pena de una visita a madame Rouge, una situación compleja y problemática para quien fuera buen cliente y amigo y ahora la autoridad encargada de que nadie se saliera demasiado de los raíles legales. Fue por eso que decidí aprovechar la licencia del viejo chamán y acercarme hasta la cantina. Esta era un viejo barracón de madera, con un amplio porche delantero construido con tablones sin devastar y tan podridos que me lo pensé dos veces antes de aposentar mi trasero y dejar que las piernas colgaran sobre el polvo de la llanura. Sentados a la sombra cuatro jóvenes navajos bebían sus botellas de cerveza con la vista perdida en cualquier parte, incluso en el rojo incandescente en que se había convertido el sol antes de esconderse sobre los cerritos mochos que conformaban el horizonte norte de la reserva. Me habían observado con el rabillo del ojo mientras me aproximaba pero ahora ni siquiera notaban mi presencia, lo que me indicaba que estaban muy atentos a todo lo que pudiera hacer o decir. Saludé sin obtener otra cosa que un suave gruñido del joven más próximo a mí, casi tan alto como yo pero de rostro mucho más impasible, una característica que parecía connatural a su raza. Sentí como una presencia a mis espaldas y volví la cabeza, una mujer vieja y arrugada estaba apoyada en el dintel de la puerta mirando también la puesta de sol, como si yo le importara tanto como su negocio, es decir nada.

Pedí una cerveza para mí y una ronda para los jóvenes. Cuando la vieja regresó con los cinco botellines oprimidos contra su pecho con sus manos sarmentosas y me tendió a mí primero un botellín y luego a los jóvenes, estos apenas me miraron y agradecieron la deferencia con gruñiditos y risitas. Aproveché la expansión emotiva para llevar la conversación a mi terreno.

-¿Conocéis a Pico de Águila?

Continuará

RELATOS ESOTÉRICOS VIII


 

 

 

 

LOS DIOSES DEL KARMA III

EL INICIADO/ CONTINUACIÓN

 

El susto que se llevó el iniciado hubiera descontrolado mi equilibrio emocional de no estar ya acostumbrado a estos sobresaltos.

-Esto es un sueño. Esto es un sueño. No puede ser verdad.

Es lo que dicen todos, la típica reacción de incredulidad. Tuve que ponerme inmediatamente a darle explicaciones de dónde estábamos y qué hacían aquellos gigantes, por qué estaban sentados delante de unas desmesuradas pantallas, observando con detenimiento escenas que no se nos permitía ver, al tiempo que pulsaban extraños controles de diferentes colores y formas.

-Los dioses del karma hacen sus turnos de tres en tres. Como bien sabes la trinidad es el símbolo del equilibrio. En él están presentes las dos fuerzas fundamentales del universo y una tercera, resultante de su mezcla y equilibrio.

No voy a presentarte a los dioses porque no está previsto y porque para ellos somos tan poca cosa que tienen que esforzarse para vernos. Sin embargo tenemos el correspondiente permiso que nos libraría de los efectos de su cólera en el improbable caso de que les molestáramos con alguna conducta reprobable e imperdonable.

Saqué un pergamino con el sello del Consejo de Ancianos y se lo mostré.

-Esto nos librará de su cólera, pero no se te ocurra abusar o nos veremos en un buen lío.

Nos encontrábamos a las puertas de un salón de altos techos, muy amplio y casi vacío, a no ser por varias enormes consolas en su centro, unidas a gigantescas pantallas que se mantenían en el aire por algún raro milagro. Enormes ventanales rectangulares permitían la visión del exterior. Los dibujos multicolores de las galaxias producían un efecto en el ojo que los ve por primera vez a través de este ventanal que me permitiría calificar de pasmo y éxtasis.

Así quedó mi iniciado, estático y pasmado, observando el universo a través de los ventanales de la oficina del karma.

Cuando recuperó el habla me gritó, como si yo fuera sordo.

-Esto no puede ser, es imposible. El universo es infinito, no se puede ver desde un ventana, como si fuera el jardín que tenemos delante de nuestra casa.

-Recuerda que no estás en el cuerpo físico. Esto no lo estás viendo con tus ojos de carne, sino con tu ojo espiritual o tercer ojo. Para el ojo del espíritu no hay espacio ni distancias, todo puede ser visto fuera del tiempo y por encima o por debajo del espacio, en un punto donde todas las perspectivas convergen y lo que se ve es más el dibujo geométrico del creador que la materia burda que contempla la criatura.

El iniciado se acercó a un ventanal, un poco temeroso, como si temiera que no de aquellos gigantes se levantara de pronto y la aplastara bajo sus descomunales pies.

Me acerqué y me puse a su lado.

El espectáculo del universo desde los ventanales de los dioses del karma siempre resulta profundamente bello y estremecedor. Uno comprende entonces que la cantidad o extensión no deja de ser una cuestión del grosor de la lupa que utilizas, es decir algo exterior a ti y a la esencia auténtica de la realidad.

Para los dioses del karma el universo puede que sea poco más que el jardincillo que tienes delante del ventanal. En cambio para una hormiga escapa a su consciencia ampliada hasta el infinito.

La percepción del universo no es cuestión de proporciones, sino de consciencias. Par aun verdugo del karma el universo sigue siendo estremecedoramente bello e inmenso. Para un iniciado aún más. Por eso ambos permanecimos con la nariz pegada al ventanal y la respiración suspendida. Tuve que pellizcarme el brazo, hablando metafóricamente para volver a aquella realidad (hay muchas realidades). Al iniciado tardé más en recuperarlo para la vida práctica. No hacía más que lanzar exclamaciones. ¡Uuh! Aah! Y repetía una y otra vez: Esto deberían verlo los que no creen en nada. Ya lo creo.

Le conminé a seguir a rajatabla mis instrucciones.

-Estamos aquí para que conozcan cómo funcionan las oficinas del karma. Empezaremos por lo que se ve en los monitores kármicos. Este de aquí. Está vacío. Usted póngase detrás de mi y no haga ruido, se lo suplico.

El monitor estaba apagado, los dioses de guardia utilizaban los tres centrales, situados en forma triangular. Encendí el monitor oprimiendo un mando con forma de cráneo peludo. Sin un zumbido la pantalla se encendió y en su centro un planeta azul inconfundible parpadeó ligeramente y luego se quedó fijo, como muerto…

-Bien estos monitores son una prolongación de las consciencias de los dioses del karma. Construidos de pura energía sus mandos están pensados más para inexpertos como nosotros que para los propios dioses, a quienes basta con el deseo para manejar sus instrumentos generadores de sus mentes y consciencias. Aparece enfocado hacia la Tierra porque el ordenador está ligando mi mente, supongo.

La imagen del monitor fue cambiando, caímos en picado hacia el planeta, que se fue viendo cada vez más y más nítido. Estaba claro que nos dirigíamos hacia un país llamado España. En unos segundos estuvimos suspendidos sobre el techo de un cuarto. En el lecho, un cuerpo en horizontal parecía dormido, o más bien muerto.

La imagen pasó a primer plano del rostro y el iniciado soltó un gritito de sorpresa:

-Soy yo, soy yo… No puedo creerlo.