TODOS ESTAMOS SOLOS AL CAER LA TARDE XII


 

MADAME ROUGE

Alguien, sin duda muy atrevido, la llamó así por primera vez y a ella debió gustarle porque adoraba el color rojo (toda la casa estaba decorada en ese color, cortinas, alfombras, paredes…) y porque todo lo francés le parecía muy “chic”, y con el apelativo se quedó, nadie la conocía por otro nombre en el condado. Yo sabía muy bien quién era Madame Rouge, una mujer madura, de piel negra, fría cuando era preciso y cálida cuando se fiaba, que llevaba su negocio con mano firme y delicada al mismo tiempo, que podía fiarte si le inspirabas confianza pero que te sacaría tu última moneda por el gaznate sin parpadear, si era preciso. Al parecer había llegado al condado mucho antes que yo, tal vez de New Orleans, con una comitiva variopinta, media docena de chicas de muy buen ver, un negro alto, fuerte y con la cara marcada y un chofer blanco, joven y muy bien trajeado, que conducía uno de los coches, el más grande y lujoso, ocupado solamente por madame Rouge, el resto de la comitiva ocupaba el otro, más pequeño y discreto. Así al menos me lo contaron, porque no tuve la suerte de estar presente en semejante acontecimiento.

Puede que la mitad del pueblo, del condado, estuviera compuesta por fugados de diferentes lugares y por diferentes razones, que habíamos recalado allí por casualidad y todos habíamos decidido que aquel era un buen lugar para pasar desapercibido y vivir con una cierta tranquilidad de ánimo, lo que no deja de ser una prueba, que si no serviría en un juicio sí inclinaría al jurado a absolver al acusado de toda responsabilidad. No se necesitaba mucho tiempo para cerciorarse de que aquel era el último lugar del mundo en el que alguien miraría si estuviera buscando a cualquier persona, de cualquier raza, posición social, carácter o idiosincrasia. A que los fugados decidiéramos hacer un alto en el camino contribuía, y no poco, el viejo sheriff. Era uno de los hombres menos curiosos que conocería nunca, solo le interesaban dos cosas, no tener problemas y sacar una pizca de dinerito extra de cualquiera que se pusiera en su camino. Tardó más de dos meses en hacerme una visita y supongo que cuando decidió que tendría menos problemas cuanto menos preguntas me hiciera, así como que la única propina que conseguiría de mi sería una jarra de cerveza en casa de Joe, suponiendo que este me fiara, perdió el poco interés que podía tener en saber algo sobre mi pasado, presente o futuro.

Cuando madame Rouge y su comitiva llegaron al pueblo, seguramente buscando un lugar tranquilo donde descansar unos días, debieron darse cuenta de lo propicio que sería para su negocio ser vigilado por una autoridad como la del viejo sheriff. La casualidad hizo que ésta no fuera la única razón por la que la futura madame Rouge decidió aposentar sus posaderas entre cortinas y alfombras rojas. La vieja madame del condado, aún más vieja que el viejo sheriff, había decidido retirarse, vender todo lo que poseía, incluida alguna de sus “chicas” más jóvenes, suponiendo que alguien estuviera interesado en ellas, y largarse a Florida para vivir los últimos años de su ajetreada vida de las rentas adquiridas con mucha sabiduría y buen hacer.

La señorita Rouge vio la ocasión y sin pensárselo mucho decidió comprar el ranchito de la vieja madame por una suma aceptable, que pagó en dinero fresco que seguramente llevaría en sus muslos, sujeto por las ligas. En cuanto el viejo sheriff se enteró fue a hacerle una visita y pronto llegaron a un acuerdo. Con el tiempo aquel ranchito se transformaría en la mejor mansión del condado, donde los ricachos tenían reservada suite propia y pasaban largas temporadas y los demás se daban una merecida alegría cuando podían o madame Rouge les permitía endeudarse. Con el tiempo llegaría a conocer una versión más intimista de estos hechos.

Antes de abandonar la reserva aún no había decidido si mi preocupación por Pico de Águila merecía la pena de una visita a madame Rouge, una situación compleja y problemática para quien fuera buen cliente y amigo y ahora la autoridad encargada de que nadie se saliera demasiado de los raíles legales. Fue por eso que decidí aprovechar la licencia del viejo chamán y acercarme hasta la cantina. Esta era un viejo barracón de madera, con un amplio porche delantero construido con tablones sin devastar y tan podridos que me lo pensé dos veces antes de aposentar mi trasero y dejar que las piernas colgaran sobre el polvo de la llanura. Sentados a la sombra cuatro jóvenes navajos bebían sus botellas de cerveza con la vista perdida en cualquier parte, incluso en el rojo incandescente en que se había convertido el sol antes de esconderse sobre los cerritos mochos que conformaban el horizonte norte de la reserva. Me habían observado con el rabillo del ojo mientras me aproximaba pero ahora ni siquiera notaban mi presencia, lo que me indicaba que estaban muy atentos a todo lo que pudiera hacer o decir. Saludé sin obtener otra cosa que un suave gruñido del joven más próximo a mí, casi tan alto como yo pero de rostro mucho más impasible, una característica que parecía connatural a su raza. Sentí como una presencia a mis espaldas y volví la cabeza, una mujer vieja y arrugada estaba apoyada en el dintel de la puerta mirando también la puesta de sol, como si yo le importara tanto como su negocio, es decir nada.

Pedí una cerveza para mí y una ronda para los jóvenes. Cuando la vieja regresó con los cinco botellines oprimidos contra su pecho con sus manos sarmentosas y me tendió a mí primero un botellín y luego a los jóvenes, estos apenas me miraron y agradecieron la deferencia con gruñiditos y risitas. Aproveché la expansión emotiva para llevar la conversación a mi terreno.

-¿Conocéis a Pico de Águila?

Continuará

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