Mes: agosto 2014

CRAZYWORLD X


MI PRIMER ALMUERZO EN CRAZYWORLD

Por suerte había llegado el momento de almorzar. Nos deslizamos hacia el interior del edificio. Jimmy se nos adelantó, simplemente para poder ceder gentilmente el paso a la dama en la puerta. De inmediato borró su buena obra lanzando un pellizco a las nalgas de la camarerita linda. Ésta se volvió con brusquedad y le arreó tal bofetón al “Pecas” que me persigné de modo automático, un gesto que tal vez significara algo en mi recuerdo o tal vez no. Tras el bofetón llegó un beso con lengua. Volví a persignarme. Tendría que comentarle al doctor Sun ese gesto instintivo. Lo anoté en mi agenda mental. ¡Dónde había ido a caer, Dios mío! También anoté ese “Dios mío”.

El comedor estaba ya repleto de pacientes. Me fijé por primera vez en lo variopinto de aquel universo de locos. Gente mayor, gente joven, mujeres, hombres; gente gruesa, delgada, vestida de etiqueta, de sport, algunos en chándal; Smith, que continuaba dormitando junto a la piscina, en pijama… También escuché numerosos acentos. La mayoría hablaba con la discreción y elegancia que mostraría la gente elegante en un restaurante de lujo. Otros gritaban como energúmenos. Algunos, los menos, permanecían en silencio. Todos sufrían alguna patología, algún trastorno mental, algo que, aunque no se viera, les incapacitaba para estar fuera con los cuerdos. Al menos eso pensaba el doctor Sun, aunque yo no era de la misma opinión. Aquello parecía uno de los círculos del infierno que Dante se olvidara de describir, tal vez para que sus lectores no se volvieran majaretas antes de tiempo.

Jimmy me condujo hacia la mesa cercana a la puerta de la cocina mientras la linda uniformada entraba en el lugar prohibido como Pedrita por su casa. Le pregunté a mi compañero si sería posible entrar a echar un vistazo. Olía bien, diría que muy bien. Me respondió que aquello sería un suicidio por mi parte. Las cocinas estaban al mando de un prestigioso chef, un tal Iñaki Lizorno, cuya historia no conocía pero que Jimmy comenzó a contarme como si se tratara de un cuento de las mil y una noches.

Al parecer Iñaki era un vasco. El Pecas tuvo que decirme que el país vasco quedaba en España y explicarme que España quedaba en Europa y explicarme que Europa estaba al otro lado del océano. Cuando pregunté qué era un océano y qué era Europa Jimmy decidió saltarse los trámites. Descubrí que mi amnesia era casi absoluta en cuanto a geografía. Al parecer Iñaki, como casi todos los vascos, cocinaba de maravilla y se hizo un chef prestigioso y luego millonario con su prestigiosa cocina. Pero su yerno, un hombre de indescifrable raza, se casó con su hija mayor y le hizo sombra con su cocina integral. Algo pasó en las neuronas de Iñaki y se volvió loco. Cuando se abrió Crazyworld el doctor Sun propuso al vasco como chef y éste aceptó con la condición de que no se lo cobrara un dólar por su estancia. Al parecer Iñaki podía estar loco pero no era tonto. Ahora dominaba la cocina como Napoleón dominó Europa y solo dejaba entrar en ella a quienes le caían bien, fueran o no empleados o pacientes. Tal vez usted le caiga bien… cuando le conozca… Y Jimmy se quedó pensativo. No sé si pensando en esa posibilidad o en cualquier otra cosa.

El silencio –quiero decir el mío, porque el comedor resonaba como un perol aporreado por Iñaki- se me hizo ominoso. Por eso pregunté.

-Jimmy, ¿cuántos pacientes hay en Crazyworld?

-Calculo que más de quinientos, aunque nunca los conté.

-¿Y siguen ingresando?

-No de forma habitual. De vez en cuando llega alguno de los que pasan por secretaría y se inscriben. Tu caso es único, al menos que yo recuerde.

-¿Nunca te has planteado organizar una revuelta y escapar?

-Prueba a convencer a un paciente de algo y se te quitaran las ganas de insistir. Aquí las revueltas no se organizan, suceden de forma imprevista y terminan de una forma más previsible. El doctor Sun encierra a los revoltosos en las celdas de aislamiento, experimenta con ellos sus nuevos trucos de hipnosis y cuando se cansa les suelta. A pocos les quedan ganas de rebelarse de nuevo.

-¿Tan duras son las celdas de aislamiento?

-Luego se las enseño. Allí le explico todo lo que hace el doctor Sun. Espero que después pierda cualquier deseo de molestarlo o de organizar una revuelta.

-¿Y no has intentado escapar solo?

-Una docena de veces, pero siempre te pillan. Las medidas de seguridad son infranqueables.

-¿Saben los demás que todos estamos aquí para siempre?

-La ingenuidad del novato no suele durar más de veinticuatro horas. Al segundo día todos acabamos sabiendo lo que nos espera.

Alice, la dulce camarerita, salió de la cocina con una bandeja. Jimmy la tiró un buen pellizco. De pronto, y sin previo aviso, una fuente de sopa se derramó sobre la cabeza del “Pecas”. Al parecer el horno no estaba para bollos, solo para sopita calentita para el nene. Yo estaba deseando que me contara más cosas, por ejemplo qué eran las celdas de aislamiento, o mejor aún, cómo había intentado escapar y qué le detuvo, pero Jimmy salió de estampida, muy quemado, a cambiarse de ropa y tal vez a darse una ducha fría y ponerse un poco de pomada en las quemaduras.

Mientras, pude entretenerme haciendo cábalas sobre los pacientes que se disponían a almorzar. Todos aparecían discretamente sentados y esperando con gran tranquilidad a ser servidos. Alice recogió la sopa derramada en el suelo con una fregona y luego con gran salero regresó a la cocina y volvió a salir con más sopa. Caminó unos pasos, ondulando su trasero como la popa de la más hermosa carabela. Fijé mi mirada hipnóticamente en un punto del espacio que, por casualidad, quedaba justo entre sus nalgas. Y entonces, como si hubiera notado mi mirada en su cuerpo, se volvió con brusquedad. Me pilló “in fraganti”, pero en lugar de enfadarse me sonrió pícaramente.

Se acercó hasta la mesa y me preguntó si tenía mucha hambre. Subrayó la palabra “hambre” con un tono tan tierno que me la hubiera comido allí mismo, sin descascarillar. Respondí que sí, por supuesto, y con un tono tan hambriento que ella colocó la sopera sobre la mesa y me fue llenando el plato a cucharones. Su uniforme era muy escotado y cada vez que se inclinaba para servirme casi metía los pezones en el plato. Me puse rojo, no de vergüenza, sino de lujuria mal contenida.
Ella terminó de servir y se enderezó. Al mirarme pudo leer en mi cara como en un mapa y en mis ojos el poema de amor que le estaba escribiendo. Eso debió gustarle mucho, porque inclinándose de nuevo, hasta que sus pechos rozaron mi nariz, me susurró a la oreja.

-Procura darle el esquinazo a Jimmy. Me gustaría hablar contigo a solas… muy a solas.

Desgraciadamente no pudo decir más, porque en ese momento reapareció Jimmy en el comedor. Hablando del Rey de Roma por la puerta asoma y hablando de mi mayor obstáculo para acceder a una charla íntima con Alice, allí reaparecía como un fantasma “El Pecas”. Se había cambiado de ropa y su cabeza aparecía con un vendaje tan aparatoso como el de una momia.

La dulce camarerita salió disparada, ondulando la popa al compás de sus zapatos de tacón, hacia el fondo del comedor, donde sirvió a un extraño paciente que gesticulaba sin cesar y parecía hablar consigo mismo como si hablara con una docena de personas.

-Esa zorra me quemó la cabeza. He tenido que ir a la enfermería y ya ves cómo me han dejado.

-¿Te duele mucho?

-Más me duele que se comporte así conmigo. Hace un tiempo era tan cariñosa como una osita de peluche y tan insaciable como una ninfómana. No me dejaba ni a sol ni a sombra. Y ahora cuando no me derrama sopa caliente sobre la cabeza me la derrama en la bragueta. No lo entiendo.

Jimmy se sentó. Procuré cambiar de tema, por la cuenta que me traía y también porque estaba muy intrigado con el paciente que no cesaba de gesticular y de hablar consigo mismo.

-¿Quién es aquel paciente, ese al que acaba de servir Alice? Me intriga su forma de hablar, es como si tuviera dentro mil personajes distintos.

-Al menos no se ha chivado al doctor Sun. Hubieras tenido que cenar solo mientras yo me pasaba la noche resistiéndome al doctor en una celda de aislamiento.

-Jimmy, escucha, ¿quién es aquel tipo?

-¡Ah, sí! Pues verás…

Continuará con el episodio titulado “El Sr. Múltiple personalidad”.

 

GUÍA PARA LECTORES DE CRAZYWORLD


CRAZYWORLD

EN ANTERIORES EPISODIOS

En una noche aciaga un deportivo colisiona con un árbol al salirse de la carretera. El conductor sale despedido y resulta traumatizado con la consiguiente amnesia o pérdida de memoria. Como puede se desliza por el bosque buscando ayuda. Se deja guiar por una luz a lo lejos y tras llamar al timbre se desmaya.

Despierta en una cama de hospital. Una enfermera muy extraña le mira de una manera aún más extraña. Por un momento el joven se cree en una película de vampiros. Con el tiempo descubrirá que se trata de Kathy, una paciente ninfómana a la que el director, el doctor Sun, permite hacer de enfermera para que se entretenga y deje de armar bulla.

Nuestro personaje descubrirá que ha ido a parar a un centro psiquiátrico para millonarios. Como no recuerda nada ni sabe quién es su única preocupación de momento es conocer el ambiente y que la memoria vaya regresando poco a poco. Así conocerá a Dolores una mujer mexicana con problemas de sobrepeso pero que es un verdadero encanto. Ella le cuida como una madre y le explica un poco de dónde ha caído y con quién debe tener cuidado.

El doctor Sun, el director médico del centro, le llama a su despacho, a donde le conduce en silla de ruedas un celador que es un auténtico bruto. Se llama Albert. El doctor Sun le hace un test de preguntas a las que nuestro personaje solo sabe responder con los datos físicos de la enfermera, de Kathy, que le ha producido una gran impresión. Al mismo tiempo se entera que el coche ha quedado para el desguace, que no se ha encontrado su cartera con sus datos y que según el doctor todo es cuestión de tiempo.

Al salir de la consulta de Sun Albert tropezará con Jimmy, un joven pecoso, al que apodan precisamente así, El Pecas. Le contará algunas cosas de Crazyworld y se ofrece como guía. Nuestro personaje irá descubriendo que aquello es un verdadero infierno, para ricos, pero infierno, nadie puede salir y aunque dan bien de comer y todo va sobre ruedas, y hay chicas guapas, no deja de ser una cárcel y la condena a cadena perpetua.

En el hall se encuentra durmiendo y roncando un tal John Smith, un asesino en serie al que por lo visto le gusta más roncar que matar y contar sus historias a todo el que pille a mano cuando está despierto.

Y como ha llegado la hora del almuerzo nuestro personaje y Jimmy el Pecas irán al comedor. Ahí nos hemos quedado y ahí continuamos en este episodio.

 

LOS JUEGOS ERÓTICOS DE JOHNNY (RELATO ERÓTICO)


       NOTA: Antes de irme de vacaciones os dejo un nuevo relato erótico, tan refrescante o más que una buena cervecita fresca en una terraza. No os dejo huérfanos porque ya sois grandes y sabéis valeros por vosotros mismos. Que tengáis unas buenas vacaciones.

NOTA: Los juegos eróticos de Johnny es una sección especial, desgajada de la columna vertebral de la historia principal de Diario de un gigoló. Se me ocurrieron tantas ideas que me vi precisado a centrarme en el argumento principal y dejar las otras historias para diferentes secciones o novelas complementarias. Están escritas en un tono humorístico que hace más livianas las historias y este trajín sexual que sinceramente pone los pelos de punta. Espero que lo disfruten.

LOS JUEGOS ERÓTICOS DE JOHNNY

I

EL GALLITO CIEGO

Recuerdo que durante el primer año de pupilaje con Lily (un año de prueba, y luego algún tiempo más, hasta que descubrió que Anabél y yo estábamos funcionando como pareja, casi como un auténtico matrimonio) acostumbraba a invitarme a su casa, a comer o cenar, cada vez que me llamaba por teléfono para confirmar alguna cita especial que ella había preparado para mí o para tratar algún tema delicado del negocio. No dejaba de ser una disculpa para encamarse conmigo. Cuando podía también se apuntaba Ani y formábamos un trío calaveras de mucho cuidado. Como la patrona era bisexual yo podía regular el trabajo y descansar un poco de vez en cuando, vamos lo que un burócrata llamaría salir a tomar el café. El trío se deshizo porque Lily no pudo soportar que Anabél, su mano derecha, su segunda de a bordo, la preciosa mulata que era el buque insignia, o mejor dicho la popa insignia (la mejor popa que acariciado nunca) la mintiera en un tema tan delicado e importante. No creo que influyeran los celos puesto que ambas me compartían de vez en cuando sin problemas, aunque en estos temas tan delicados nunca se puede conocer toda la verdad y nada más que la verdad. Puede que Lily quisiera ser la esposa y se sintiera relegada a un segundo término por Ani, como una suegra enamorada del yerno que llega incluso a odiar a su propia hija.

Como de esto no puedo saber más de lo que ya sé, que no es mucho, debería ir al grano. El caso es que tras su desengaño Lily dejó de invitarme para tratar “cuestiones” y me mandó a su jefe de matones, Anselmo, que utilizaba como factotum y que yo creo, más bien estoy convencido, de que formaban una pareja en la sombra, es decir que Anselmo ocupaba el lecho conyugal cuando Lily no tenía nada mejor. Este buen hombre me entregaba una carta de Lily, se bebía una copa conmigo sin negarse a comentar los avatares del negocio que no debería callar por discreción y luego se marchaba con mi respuesta manuscrita en la que abundaba la ironía, hasta el sarcasmo y mucho cariño y muchos besos que grababa en el papel tras pintarme los labios con el pintalabios de Ani, lo que no dejaba de ser un gesto bastante vengativo por mi parte. También acostumbraba a escribirle algún que otro verso erótico subido de tono.

Cuando aquella tarde escuché su voz al teléfono casi me da algo. No podía creer que la patrona se rebajara tanto como para reconciliarse conmigo. En realidad el tono de su voz no era precisamente de reconciliación, más bien frío y distante, me anunciaba que era de todo punto imprescindible que yo acudiera aquella tarde a su casa para tratar de un encargo o trabajito muy especial. Me esperaba sin falta y confiaba en que no me echara para atrás, a pesar de la dificultad del encargo. Respondí con voz desfalleciente algo así como “¡Qué no haría yo por ti, Lily, bella entre las bellas! Pero a ella no le gustó la broma y me cortó en seco. Vamos, Johnny, déjate de tonterías. Esto es serio. ¿No me puedes adelantar algo por teléfono? Lo siento, se trata de un asunto delicado y prefiero escupirlo a tus castas orejas.

Y con esta respuesta tan sardónica en el bolsillo de mi camisa Armani de donde asomaba una pluma de oro, regalo de Ani y una agendita negra, muy mona, también regalo suyo, me subí a mi descapotable, regalo mío, y me dirigí, raudo y veloz al encuentro de lo que imaginé sería un choque de trenes o tal vez un choque de barcos, con el palo de proa enhiesto, frente a una popa receptiva.

Lily tenía ya preparada la consabida mesa para la cena, con candelabros, perfumes aromáticos exóticos y un borgoña carísimo, lo que me dio a entender sin palabras que la patrona estaba escenificando la reconciliación, aunque yo no debería mostrar que lo sabía hasta que ella se quitara el sujetador. Su recibimiento fue tan frío como los cubitos de hielo que luego llenarían la cubitera de champán francés. Apenas un beso en la mejilla y una mirada distante, como si yo estuviera lejos y ella no tuviera prismáticos.

Iniciamos el aperitivo, bebimos un martíni seco y ella comenzó a hablarme del trabajo. Según me dijo el día anterior, o sea ayer, una chica muy modosita del barrio de Salamanca la había llamado para hablarle, con voz temblorosa y tan puritana que estuvo a punto de vomitar, sobre una despedida de soltera muy especial que estaba organizando para una amiga del alma, que se casaba en un tiempo muy corto. Preguntada por Lily quién le había facilitado su teléfono la habló de un conocido periodista de la prensa rosa. En realidad se trataba de Zoilín, que era más temido que conocido, en ciertos mentideros por su lengua viperina. Como hasta el momento las colaboraciones de nuestro pajarito cantor eran muchas y valiosas (hasta el punto de que estaba a punto de premiar a Zoilín con la mayor recompensa que jamás recibiría en su vida… un polvo con nuestra entrañable Ani) no dudó en escucharla, al menos. Y su propuesta, aunque extraña y tan ridícula como extravagante, la dejó pensativa. No mucho porque Lily era un águila para los negocios y una exploradora arriesgada cuando era necesario.

No se trataba de la consabida y manida despedida de soltera en la que la novia y sus amigas se “pimplan” más de la cuenta y con la disculpa de poner un billetito en el tanga del boy meten mano a su miembro y lo estrujan dolorosamente, no, en este caso se trataba de una auténtica ceremonia de la confusión o de la venganza, como sería más propio llamarla. Según le contara Almudena, con voz tímida, su amiga Marta se iba a casar, en un matrimonio de conveniencia por imposición de su padre cuyas empresas estaban en la ruina, con el hijo cabrón y botarate de un empresario de éxito. A Marta nunca se le hubiera ocurrido organizar algo así de no ser porque algo despertó sus iras, que eran muchas y muy dentadas o dentudas. Al parecer el novio había organizado una despedida de soltero antológica a la que había invitado a todos sus amigos, lo que no deja de tener su lógica, pero también a todas sus amigas, amantes, amancebadas, conocidas y en manos y en boca de la parte masculina de un estatus social residente en el barrio de Salamanca y otros barrios populares de la villa madrileña, como la Moraleja, por ejemplo. No conforme con ello invitó también a las mejores amigas de Marta. Y fue por boca de ellas que Marta se enteró de la jugada de su futuro y decidió darle un puñetazo en la boca con una estrategia semejante pero mucho más efectiva y regocijante.

Se trataba de satisfacer en todos los sentidos a una docena de amigas suyas que acudirían a la despedida de soltera en la casa de una de ellas, en la sierra madrileña. La despedida duraría todo un fin de semana, desde el viernes por la tarde hasta el domingo, noche incluida, lo que no dejaba de ser una despedida más larga que el “Largo adiós” de Raymond Chandler. En esta juerga del bello sexo cabía de todo, pero lo que no cabía era más de un gigoló puesto que el presupuesto confeccionado por mi patrona casi había agotado las arcas del nuevo estado independiente de mujeres vengativas. Ese era el problema, el verdadero y auténtico problema. Que solo un gigoló debería atender al menos a una docena de mujeres, sino más, durante todo un fin de semana. Lily había pensado en mí, precisamente en mí, porque reunía todas las cualidades, buena resistencia en las galopadas, culto y con labia para entretener las esperas y en fin, todo un dechado de cualidades. No pude resistirme y le respondí con un tono ligeramente enfadado.

-Lily, cariño, si en realidad lo que buscas es asesinarme para quedarte con mi herencia y recibir tu pensión de viuda alegre, de araña negra, me gustaría más que fueras valiente y me mataras tú a polvos, en lugar de que deban hacerlo unas niñatas pijas y tontas del barrio de Salamanca.

-Y quedarías muy feliz, con cara de angelito, si Anabél, tu dulce Ani, me ayudara a rematarte.

-De morir, patrona, me gustaría morir a gusto.

Se echó a reír con ganas.

-Eres único, Johnny, serías capaz de convencer a una mujer que te apunta con un revolver y te odia a muerte de que te pasara la pistola y con la mirilla la harías cosquillas donde tú sabes hasta que se muriera de risa.

Creo que esto marcó el inició de nuestra reconciliación y del largo y fructífero periodo que siguió a este evento. No obstante quise saber si esto era una venganza.

-Si no te conociera y te quisiera muy mal seguro que habría tramado algo así, pero conociéndote como te conozco sé muy bien que darías tu vida por satisfacer a un regimiento de mujeres, ocasión que no habías tenido hasta ahora.

-¿Y no hay otro candidato ni posibilidad de ampliar la plantilla?

-No podía rebajar más de lo que rebajé y qué otro candidato podría sustituirte, ¿Pichabrava? *, con él los cirujanos de los hospitales de Madrid estarían muy ocupados cosiendo rasgaduras y eso no sería bueno para el negocio.

*NOTA DEL EDITOR: Me remito a la larga historia que sobre este intrépido personaje, poseedor de un instrumento que Johnny calificaba de trombón, se cuenta en Diario de un gigoló, así como en varios episodios de “Cien mujeres en la vida de un gigoló”. El tremebundo tamaño de su pene había producido tantos desgarros en clientas morbosas y arriesgadas que Lily se vio obligada a contratar a un conocido cirujano, ginecólogo de prestigio, que estaba en plantilla y siempre disponible cada vez que actuaba este noble músico.

Aún tenía dudas que se disiparon cuando días más tarde me enteré de que Ani había sido escogida para premiar a Zoilín por su trabajo confidencial sobre famosos y sus buenos oficios de celestino para que famosas y famosos pudieran hacer favores a clientes escogidos, con mucha discreción, y a un elevado precio. *

NOTA DEL EDITOR: Sobre este episodio y la historia de Zoilín, en general, me remito a “Los famosos de Lily” y los “Pervertidos de Anabél”.

Al menos esa noche Lily selló conmigo una reconciliación apasionado. Al día siguiente hasta me trajo el desayuno a la cama y me anunció que Almudena me esperaba en un centro comercial para comer y afinar detalles. Que procurara llegar pronto porque al parecer tenía mucho sobre lo que hablarme, preguntarme, exponerme y negociar.

Desayuné con ganas y la patrona, muy cariñosa y generosa, me anunció que aliviaría mi trabajo de la mejor manera posible. Bajamos al sótano, abrió la enorme caja fuerte (parecida a Ford Knox) y me suministró toda clase de potingues que le enviaba regularmente su laboratorio sueco, donde su particular profesor chiflado confeccionaba esto y todo tipo de artilugios sexuales que Lily había decidido no vender en un sexshop porque este país aún no estaba preparado para semejante avance. Ayudó a preparar mi maletín y mi bolsa de viaje, que pronto estuvo repleta de consoladores, bolas chinas, potingues, consoladores con arneses automatizados –invento del profesor chiflado- una completa lista de instrumentos que pueden salvar la vida a un gigoló en plena selva.

La patrona me invitó a bañarme en la piscina, a que la diera un masaje y la echara un polvo rapidito antes de salir pitando para mi cita con Almudena. ¿Qué me esperaba? ¿Cómo sería esta mujer? ¿Qué demonios de despedida de soltera pensaban organizar estas pijas y puritanas pazguatas en un país que aún no había alcanzado la mayoría de edad, donde los machos podían despedirse de solteros cuantas veces quisieran y luego durante el matrimonio gastar media fortuna en pisos para mancebas, que se iban de putas cuando querían y que fardaban de don juanes mientras sus mujercitas se aburrían en casa o las llevaban como floreros ambulantes de acá para allá? ¿Querían hacer la revolución francesa y cortas cabezas? ¿Querían subir a los altares a un mártir del feminismo llamado Johnny? ¿Y esto lo iban a hacer ellas, precisamente ellas, pijas del barrio de Salamanca, puritanas, conservadoras, beatonas? ¿Y todo este follón por una venganza?

Continuará.

LOS FAMOSOS DE LILY II (RELATO ERÓTICO)


Zoilín se puso como la grana y mirándose la puntera de los zapatos, pudo apenas balbucir:

-Eso… eso ya lo suponía yo. No pido tanto. Solo que me deje mirar por un agujerito lo que hacen sus pupilas. Pido poco. Tengo un defecto que me impide disfrutar plenamente del sexo.

-Seguro que es usted uno de esos rapiditos que no te dejan ni preguntar si ya han entrado (porque no sientes nada de nada) cuando ya han salido.

Zoilín no sabía dónde meterse. De pronto se le soltaron unos inmensos lagrimones por la cara y casi de rodillas suplicó a las damas.

-No se burlen de mí, por Dios. Si son buenas conmigo pondré en sus manos un montón de famosos. Podrán hacer con ellos lo que quieran, siempre que les paguen, por supuesto, pero tampoco tanto como piensan. Se asombrarían ustedes de lo que estarían dispuestos a cobrar. Una bicoca para usted, señora Lily.

La señora Lily se quedó pensativa. Si Zoilín no mentía, la tentación de utilizar famosos para clientes escogidos, era una tentación demasiado fuerte para ella, una empresaria de primera y una voyeur vocacional que nunca desaprovecharía contemplar el polvo de un famoso.

-Dígame algún nombre, Zoilín. Para que me haga una idea. No le pido que me cuente todos sus secretos… no, aún no.

Fueron brotando nombres de aquella boquita de piñón que hicieron relamerse de gusto a Lily. Any, que la conoce bien, en ese aspecto mejor que yo, me describió los gestos por los que ella dedujo el enorme interés que suscitaban los nombres que iba desgranando pajarito cantor. Lo disimuló bastante bien. Un buen negociante nunca debe mostrar el gran interés que siente por un negocio determinado o el precio subirá por las nubes. Lily en esto era una maestra. Hubiera sido capaz de jugar al ratón y al gato con el mismísimo Belcebú.

Se hizo la desconfiada.

-¿Qué pruebas tengo de que esto es así y no me echarán de su casa con cajas destempladas?

Zoilín, ni corto ni perezoso, pidió un teléfono y marcó un número.

-Hola encanto. Soy Zoilín… Muy bien preciosa. No te pregunto cómo estás tú, porque no hay mujer en el mundo tan hermosa. Ya te lo he dicho muchas veces…Sí, sí, sabes que no es un halago, sino la pura realidad…Si…sí… Mira, ¿recuerdas lo que hablamos el otro día? Pues tengo a mi lado a una mujer que podría darte lo que pides y algo más. Todo con discreción absoluta…. Es de fiar. Puedes matarme si no te resulta como yo te digo… ¿Que quieres hablar con ella? Ahora mismito te la paso. Chao, preciosa. Un beso. Nos vemos mañana.

Se puso Lily y ambos mantuvieron una conversación que hubiera helado a un pingüino. Hablaron de números, de lugares, de cómo hacer que su relación fuera más discreta que la de Adán y Eva cuando, en el paraíso terrenal, ni siquiera había entrado la serpiente tentadora. Se pusieron de acuerdo con una facilidad pasmosa.

La famosa (actriz conocidísima y un poco en horas bajas por su edad y porque el teatro sufría una de sus cíclicas crisis y en el cine español se iniciaba tímidamente el destape que echaría de la pantalla a grandes actrices, con cuerpos ya un poco maduritos para el gusto del público, que iba a Perpiñán para ver El último tango en París de Bertoluchi, donde el culo de la Schneider era aún juvenil y turgente) se comprometió a venir a cenar a casa de Lily, siempre y cuando ésta garantizara discreción en el transporte, un coche con cristales oscuros, y discreción en la servidumbre, nadie se iría de la lengua. Lily le dio tales garantías que la otra quedó conforme. Any cuenta que a Zoilín le faltó tiempo para pedirle a Lily que cerrara el trato y le garantizara un sustancioso cobro en carne.

Lily hizo una seña a Anabel y ésta puso delante de Zoilín el álbum de fotos de sus pupilas que acostumbra a enseñar a los nuevos clientes, para que elijan a su gusto. En él, entre otras muchas, aparecieron desnudas y en posturas realmente excitantes (yo conocía muy bien ese album) Anabel, Venus de fuego….

Continuará.

LOS FAMOSOS DE LILY I (RELATO ERÓTICO)


NOTA: Animado por el mano a mano que se traen Gregorio y Mr. Bernie, me he animado a rescatar algunos relatos que en su momento subí a la sección erótico de la desaparecida Grupobuho, que creo recordar tenía el nombre de “En tu alcoba” o algo parecido. Los famosos de Lily formaban parte del inacabable culebrón erótico “Diario de un gigoló”, pero decidí desgajarlos y crear una nueva saga con los mismos protagonistas pero con otras historias diferentes y más morbosas. Lily es Lilian, la madame que recluta a Johnny en Diario de un gigoló y que se ha montado un negocio sexual realmente delirante y también muy divertido, porque el humor nunca falta en estas historias. Anabél, Ani, como la llama Johnny, es una preciosa mulata cubana con una larga historia que se cuenta en “Cien mujeres en la vida de un gigoló” y con la que nuestro personaje llega a formar una pareja más o menos estable y peculiar. Los famosos de Lily es una sección en la que se cuenta una parte del negocio de la madame dedicada a los famosos y famosetes que buscan sus diversiones sexuales o que se prostituyen a escondidas. El primer episodio son estas historias de Zoilín, un peculiar personaje de la prensa rosa, que consigue de Lily que el pague en carne sus informaciones y alcahueteos con los famosos y famosetes de turno. Como no he tenido tiempo de revisar la versión de Buho y como ya casi ni me acordaba que conservara estos relatos pido disculpas si hay algún párrafo demasiado explícito o algún episodio un tanto demasiado-atrevido. Los relatos se escribieron para una sección de Buho que advertí al lector de lo que se iba a encontrar y no se aconsejaba la entrada a menores, por lo que no me preocupé en exceso en hacer demasiadas elipsis o en utilizar un lenguaje discreto. Siempre fue un divertimento que encajaba muy bien con la historia lineal y cronológica de “Diario de un gigoló”. Espero que resulte refrescante para este verano, aunque si soy sincero creo que buena parte de estos relatos deben andar perdidos entre mis numerosos manuscritos en alguna carpeta y desconozco en este momento si la historia podrá ser rematada en su momento o no. Remito a los lectores al hilo de Diario de un gigoló donde subiré algunas anotaciones más para la guía del lector que hagan referencia y expliquen algo más de estos episodios, enmarcados en la historia general.

LOS FAMOSOS DE LILY

HISTORIAS DE ZOILÍN- EL PARAJITO CANTOR

Cuando Lily se encontró a Zoilín, el pajarito cantor, en su camino, yo aún no había sido captado por mi dulce panterita para el duro oficio de satisfacer a las mujeres a cambio de un módico estipendio ( díganme ustedes si no es módico cualquier precio por llegar al éxtasis, subir al séptimo cielo y bajar, sin verse obligados a degustar el alimento para jilgueritos de plástico de las compañías aéreas). Por tanto lo que les voy a contar no procede de cosecha propia, sino del buen vino embotellado y etiquetado por Anabel para el exquisito paladar de Johnny. Seguro que no tendrá la gracia sandunguera y esa sensualidad que Dios le dio a mi Any hasta en el tono de su voz, pero les aseguro que haré lo que pueda para que nada se pierda por el camino.

Ella estuvo presente en la primera entrevista entre ambos, en la que el ratoncito fue engatusado y transformado en correveidile de Lily entre los famosos de este país y algún que otro pajarraco de fama internacional. Ambas damas no sabían qué pensar de la extraña manía de aquel hombrecito que no dejaba un solo instante de intentar fotografiarlas con sus ojos hasta obtener un primer plano de sus rostros. Aún no habían leído a Freud y por tanto ni se les pasó por la imaginación que una persona pudiera llegar a caer en manías tan surrealistas y perversas.

El esfuerzo de Zoilín resultó inútil (está por ver el hétero que hubiera tenido éxito en lo que pajarito cantor se proponía). La vista se le desvió, contra su voluntad, a los pechos y piernas de aquellos monumentos de mujer. Se habían puesto escuetas minifaldas pensando que así seducirían mejor al hombrecito. ¡Oh, ingenuas y cándidas palomitas!

Luego de poner cara de circunstancias (me hubiera gustado ver su jeta) pajarito cantor pidió permiso para transplantarse al servicio sin pisar suelo, tal como hacían en la serie de Star Treak. Y poco le faltó para conseguirlo porque se volatilizó delante de los ojos de las damas como un cohete, pequeño pero cohete, en ignición. Lo que sucediera en aquel lugar retirado o retrete Any no lo supo nunca, pero tanto ella como yo nos lo imaginamos sobradamente.

Regresó pálido como un muerto y con la respiración bajo mínimos. De esta manera pudo hablar con las damas durante media hora sin verse obligado a poner un candado a su mirada, aunque justo es admitirlo, en un estado cercano a la catatonia.

Lily, cuenta Anabel con gracia inigualable, le miraba y remiraba como si un extraterrestre, pequeñito pero extraterrestre, se hubiera colado por su ventana con el único deseo de alegrar su colita, masturbándose en sus narices. No sabía muy bien qué tono emplear con aquel ridículo pervertido que sacaba su lengüita y ponía los ojos en blanco cada vez que fijaba su mirada atrevida en pechos o muslos. Any, muerta de risa, le echó una mano, mejor dicho, un par de tetas y de muslos, y así mientras la miraba a ella Lily podía reencontrarse y tranquilizarse antes de formular su siguiente pregunta.

-¿Es cierto que es usted el periodista de este país mejor informado sobre los trapos sucios de famosos, famosas, aristócratas, poderosos y gente escogida por la vida para ser únicos e irrepetibles?

La pregunta no estaba formulada de esta manera pero Any lo adornaba todo y sus adornos resultaban siempre mejores que el mobiliario, por lo que mantengo y reitero la pregunta. Se produjo un corte de respiración en Zoilín, a quien ponía en trance hasta el vibrato de la voz de Lily.

-No encontrará otro mejor. Por un módico precio le cuento hasta la talla de las bragas y calzoncillos de los famosos.

-¿Y qué módico precio sería ese?

-Yo preferiría que se me pagara en carne. Usted me entiende.

-No, no le entiendo, querido amigo. Un polvo con cualquiera de estas dos damas aquí presentes le costaría un ojo de la cara y la mitad del otro.

Enrojecimiento progresivo y convulso del rostro de Anabel que estaba a punto de reventar de risa, al tiempo que intentaba controlarse por arriba, la risa, y por abajo, el pis. Se hubiera ido corriendo también al servicio o retrete, aunque por un motivo distinto que Zoilín, si la sensación de que se perdería algo muy importante no la hubiera aplastado contra el sillón.

Aguantó como pudo y así yo pude enterarme, con el tiempo, de esta clamorosa escena. Me la contaba Any entre risa y risa e hipido e hipido. Estábamos en su apartamento, concretamente en su habitación y aún más concretamente en su lecho. Desnudos, por más señas, y en el relajo subsiguiente a un polvo antológico en el que ambos dimos lo mejor de nosotros mismos, sin dejar ni un litro de gasolina en la reserva. A mí me entró sueño, indomeñable y evidente, y Any, despierta, como Julieta en el balcón esperando otra vez a Romeo, decidió que la única forma de mantenerme en vela, con el posible premio de otro polvote de propina, era contarme una nueva historia de Zoilín, un personaje que me resultaba particularmente simpático y divertido. Se pueden imaginar la escena con muy poco esfuerzo: dos cuerpazos de primera, desnudos sobre la cama revuelta, riéndose a mandíbula batiente conforme la historia avanza.