DIARIO DE UN GIGOLÓ VIII


DIARIO DE UN GIGOLÓ (VERSIÓN SONYMAGE)

BEA/ CONTINUACIÓN

Bea era una chica joven a la que no calculé más de veinticinco años, me pareció muy agraciada a pesar de su solidez, alta, ancha de hombros, tan robusta que uno se habría atrevido a pensar, aunque solo hubiera sido un segundo, en una cierta figura hombruna, de no ser por sus pechos abundantes y erguidos como si buscaran de forma consciente desmentir cualquier idea sobre su femineidad. Bajo la amplia falda que le llegaba casi a los tobillos, uno podía intuir, sin mucha imaginación muslos jamonudos y robustas piernas, así como un trasero que merecería la pena ver embutido en unos pantalones, aunque las mujeres de aquel taller no parecían muy partidarias de semejante prenda.

Con una cierta aprensión abrí la puerta. Una campanilla sonó en alguna parte y las miradas de las mujeres presentes convergieron en mi apuesta figura. Aún más azarado me dirigí con el paquete que llevaba bajo el brazo hacia el mostrador. Bea dejó lo que estaba haciendo en una estantería y se acercó, bamboleándose como una barca saltando olas. Ya mirando por el escaparate supe que era ella, no podía ser otra, porque las otras tres mujeres eran mayores, alguna más que las otras dos. Tras colocarse tras el mostrador soltó una risita agradable.

¿No te habrá dicho Paco que ni se te ocurriera mirarme o te rajaría, verdad?

-¿Cómo lo sabes?

-Es un buen hombre, pero un poco chapado a la antigua. Tanto espanta a los moscardones, que revoletean a mi alrededor, que me voy a quedar para vestir santos.

Su risa era agradable y refrescante. En cuanto le expliqué el motivo de su visita me pidió que la acompañara a la trastienda.

-En cuanto te vi supe que eras el nuevo camarero.

-¿Por qué?

-Eres alto, guapo y no pareces tonto, justo lo que mi padrino busca para su negocio.

-¿Te parezco guapo? ¿Qué sabes tú de su negocio?

-Ni que fuera tonta, querido. Tú acabarás como el resto de los camareros, calentándoles el coño a pijas y relamidas, la mayoría ya como mojamas, eso sí con mucha pasta. Tú, guapito, serás antes mío. Lo juro por estas –cruzó dos dedos y los besó- y como se te ocurra decírselo a Paco quien te va a rajar soy yo.

Miró hacia la puerta y se calló. La más vieja de las costureras empujaba en ese momento la puerta de cristal.

-Vamos niña, deja que ese guapo mozo se vista sin tu presencia. Que a ti en cuanto una se descuida se te van los ojos a la carne.

Me vestí de prisa y salí a la tienda. Las cuatro mujeres me miraron como si nunca hubieran visto un hombre. Bea se acercó.

-Pareces un figurín, guapo. Deja que te ponga unos alfileres y te tome las medidas. No dejes que mi padrino te haga pagar nada. Es un poco rácano y a todos los camareros les hace pagar los dos trajes, pero tú eres demasiado guapo y listo, y además eres mío.

Hablaba en voz baja, las otras mujeres continuaban con su labor, si bien de vez en cuando nos miraban y cuchicheaban. La mayor, una mujer tal vez de unos sesenta años, de rostro seco y malhumorado, y que parecía la que llevaba la voz cantante, hizo callar a las otras dos. Bea disimulando se arrimó a mi oreja y me susurró:

-Ven esta tarde a última hora, antes de irte para el pub, te haré las pruebas y no tengas miedo de Pacorro, perro ladrador, poco mordedor.

Me pellizcó el vientre y se le escapó una risita un poco más fuerte de lo debido. La mujer mayor se acercó.

-Vamos niña, yo hubiera tenido tiempo de tomarles las medidas a un regimiento. Acaba ya.

-La mujer se alejó y Bea me sonrió.

-A esa no se la tiraría ni un recluta con un año de calabozo.

Sin poder evitarlo noté que los colores pugnaban por pintarme el rostro de “colorao”. Antes de que se produjera la desgracia escapé como alma que lleva el diablo. La risa de Bea era ahora ya tan franca que escuché la voz de la mojama.

-¿Pasa algo, niña?

-Nada, Doña Virtudes, que aquí el mozo me acaba de contar un chiste verde.

-Ya te daré a ti y a él. Espero que no le hayas citado para última hora porque me pienso quedar aquí toda la tarde contigo.

Escuché la risita de Bea a mis espaldas.

-¡Qué cosas dice Doña Virtudes!

Me fui a comer y aproveché la tarde para estudiar un poco en el Retiro y comprar algunos discos. A última hora de la tarde me dirigí al taller de costura de Bea. Había calculado tiempo suficiente para poder ir andando hasta el pub de Paco y hacer así un poco de ejercicio, porque había tomado el metro ya dos veces y mi presupuesto no andaba muy fino, aunque sí esperaba que se afinara en cuanto recibiera mi primer sueldo.

Me quedé de piedra al ver el cartel de “cerrado” en la puerta. El suelo se abrió bajo mis pies. ¿Qué iba a decirle a Paco? Aún así decidí probar suerte intentando abrir la puerta y luego golpeando con los nudillos, primero con delicadeza y luego casi a porrazos, con desesperación. Se abrió la puerta de golpe y antes de casi caerme sobre ella escuché la risita de Bea. Allí estaba, con una sonrisa de oreja a oreja.

-Hola, sotonto, he estado aquí todo el tiempo. Por un momento creí que ibas a salir pitando. Veo que no se te puede gastar ni una mísera broma. Pasa, hombre, pasa, antes de que te arrepientas. Y para otra vez procura tomar carrerilla para echar la puerta abajo, así la abriré a tiempo y podrás caer a gusto sobre mí, que estoy mullidita.

Y al reírse se llevó lasa manos a los pechos y se los acarició como una odalisca. Aquella chica iba a ser mi perdición. Mira que me había jurado mantenerme al margen, por muy “buena” que estuviera, para evitar problemas con Paco, pero es que no hacía otra cosa que provocarme.

Me quedé paralizado mirando sus pechos y todo lo demás, y ella tuvo que agarrarme de la mano y obligarme a entrar. Observé que por el interior del escaparate un visillo tapaba el cristal. Desde dentro parecía transparente pero yo juraría que por fuera no era así porque había mirado hacia el interior sin ver nada.

Caminé hacia el centro de la tienda dejando que Bea cerrara la puerta. Pronto estuvo a mi lado con cara seria.
-¿Qué miras? ¿Tanta prisa tienes?
Y moviéndose con agilidad felina para la solidez de sus carnes se colocó tras el mostrador, pero no antes de que yo pudiera contemplar su popa a mi sabor. Era una espléndida popa, de un galeón cargado de promesas. Hurgó bajo el mostrador y sacó un paquete y lo puso encima, con un fuerte golpe.
-Aquí está. No te engaño… Seguro que me has mirado el culo a placer. ¿A que sí?
¿Me había puesto colorado? Me llevé una mano a la mejilla. Estaba encendida, el calor no era normal. De haber visto algún espejo a mano me hubiera mirado con disimulo. No podía creer que aquella arrapieza estuviera poniéndome nervioso, como si fuera un adolescente timorato o una novicia que acabara de traspasar los muros del convento. Quise diseñar una estrategia, decir algo gracioso, pero solo pude toser y balbucear.
-No, no. Te lo juro.

Paquita estalló en risas.

-Te he pillado, tonto. Todos lo hacen. ¿Por qué no ibas a hacerlo tú? No me digas que no te gusto. Ni siquiera un poquito así…
Hizo un gesto con los dedos. Viendo mi expresión de desconcierto estalló en nuevas risas, como los cohetes festivos del pueblo que fueran encendidos por el pitillo del encargado. No fui capaz de soportar el ridículo, tomé el paquete y me dirigí a la puerta a toda la velocidad de mis piernas, que era mucha. No pude abrir. Estaba cerrada. Seguramente Bea la había cerrado con llave sin que yo me apercibiera de ello al entrar, tal vez cuando me encontraba de espaldas. ¡Qué tonto era! Siempre tendiendo trampas a las mujeres, para seducirlas, y no se me había pasado por la cabeza la posibilidad de que ellas quisieran seducirme a mí.

Bea se estaba tronchando de risa a mis espaldas. Me volví.

-Señorita Beatriz, ¡Por Dios!

-¿Señorita?

-Digo Beatriz, señorita Beatriz.

-¿”Zeñorita Beatriz”?

Había oprimido su naricita respingona con los dedos de su mano derecha, intentando remedar la voz de pito de Gracita Morales, la conocida actriz que estaba de moda.

-Quiero decir Bea, guapa, no me tomes el pelo de esta manera.

-“Zeñorita Bea, no me tome el pelo de ezta manera”.

Esta vez no pudo controlarse y estalló en histéricas carcajadas. Se sujetaba los sólidos y llamativos pechos con las manos, como si temiera que fueran a salir despedidos en cualquier momento. No podía hacer nada al respecto, por lo que me limité a contemplarla desde la puerta. Mi cara era un incendio y mi sofoco no tenía límites. Por fin ella se fue calmando.
-No saldrás de aquí sin antes darme un beso. No lo permitiré, te lo juro. Un beso “como el fó” según dice Paco que sabe tanto de francés como yo de monja.

De nuevo se dejó llevar por la hilaridad. Me pregunté cómo reaccionaría si le pillaba bien las cosquillas. No quise ni imaginarlo. Por si las moscas lo dejaría para otro día más calmado. Me acerqué dubitativo.

-Bea, por favor, no seas niña.

-¿Tanto miedo le tienes a mi padrino? Otros no se lo tuvieron y me suplicaron lo que yo estoy dispuesta a darte de mil amores.

-¿Le has gastado esta broma a todos los camareros de Paco?

Pregunté, esperanzado de que se tratara de la típica broma que se le hace al novato.

-Me gustaba embromarles cuando venían por aquí la primera vez, a arreglar algo de sus trajes o a encargar alguno, pero algunos se pasaron varios pueblos, casi me violan. Tuve que decírselo a Paco, por eso no me extraña que te haya avisado en plan bruto.

-¡Pero mujer, que con las cosas de comer no se juega!

-No podía saber que eran unos idiotas. Además ninguno me gustaba… al menos como tú. Me gustas mucho. ¿Lo sabías?
-Deja de jugar y abre la puerta.
Ella miró su reloj de pulsera, hizo un mohín y me guiñó un ojo.
-Tienes tiempo de sobra.
-No tanto si vas andando.
-Bueno, si te pones así, mira, te pago un taxi, pero antes v as a besarme y luego nos vamos a cenar tan ricamente. ¿A que no has cenado?
-No he tenido tiempo.
-Lo suponía.
Se fue acercando a mi moviendo las caderas con mucho garbo, como una chulapona en San Isidro, y cuando consideró que ya estaba bastante cerca se dio la vuelta con brusquedad y movió el culo con tanta sensualidad como una brasileña en una comparsa de carnaval. En otro momento y con otra mujer no habría dudado en darle una palmadita en el trasero o pellizcar sus nalgas, no entendía qué me estaba pasando con aquella chica.

-¿No es el mejor culo que has visto en tu vida?
-Esto…
-Esto, esto, te hablo de esto. ¿No crees que es el culo más atractivo que verás nunca?

Se lo acarició con total desvergüenza. Se volvió y se me acercó aún más. Me tomó de la mano y me llevó hasta el mostrador como si yo fuera un niño y ella la solícita mamá.
-Deja ahí el paquete. Vas a necesitar las dos manos.
-Lo hice.
-Y ahora me vas a besar como en las películas. Mejor, porque según dicen hacen trampa.
-No deberías jugar conmigo, Bea. No deberías…
Me acerqué, puse mi mano en su nuca y atraje hacia mí aquella gran cabeza redonda, aquel rostro redondo, aquellos pómulos rellenos, como una hogaza de pan y aquellos ojos negros que se habían cerrado esperando el momento y besé sus labios gordezuelos que se entreabrían como una rosa al sol de mayo. Para hacerlo tuve que bajar mi cabeza porque aunque ella era alta para la media de su generación no me llegaba ni al pecho. La besé con pasión, creo que también con rabia, picado en mi orgullo y jugueteé con su lengua todo lo que quise. Ella me respondió como con miedo de que pudiera arrepentirme, atrapando mi lengua y aferrándose mi boca como una ventosa, no fuera que decidiera salir corriendo. Retiré su cabeza un momento, observé sus ojos cerrados, su cuello largo y estrecho, como de cisne, milagrosamente capaz de soportar aquella cabeza, y luego volví a besarla y como quien no quiere la cosa llevé mi mano derecha a sus pechos y los magreé con delicadeza, uno tras otro. No dijo nada y no se retiró por lo que bajé mis manos hacia su trasero que no pasaría desapercibido ni en un desfile militar femenino y lo acaricié y oprimí con ganas, con deseo. Decidí regresar a las dunas del desierto y para sentirme más a gusto, como pude, desabroché los botones de su blusa e introduje mi mano. Mis dedos acariciaron su piel de satén y sus pezones aguerridos.
Entonces sí, ella se apartó con brusquedad y me soltó un tremendo bofetón. Me quedé paralizado mirando su cara seria, casi hosca.
-¿No es lo que querías?
-Sí, pero no tan deprisa, grosero…

Se me quedó mirando, como sorprendida de mi atrevimiento, pero pronto su rostro se distendió y su boca se ensanchó en una sonrisa que se fue acentuando hasta estallar en carcajadas.

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