EL LOCO DE CIUDADFRÍA II


EL LOCO DE CIUDAD-FRÍA

INTRODUCCIÓN

Soy un escritor relativamente conocido. Con ello quiero decir que, además de en mi casa y en mi entorno más inmediato, mi nombre suena en las orejas de algunos lectores (nunca nos parecen bastantes) que leen mis libros como si fueran el catecismo del padre Astete (no digo la Biblia, porque me sentiría blasfemo), con ello quiero decir que son reverentes y apasionados, una mezcla nada fácil de encontrar.

Tal vez debido a ello un viejo amigo de la universidad, donde ambos estudiamos periodismo (con un aprovechamiento aceptable, dada la época, finales del franquismo) me pidió, casi me exigió, que empezara a pensar en una serie narrativa que describiera las bellezas, muchas, y el ambiente, más bien frío, de nuestra ciudad. Necesitaba una firma atractiva, que tuviera autoridad, para lanzar el suplemento dominical del diario en el que llevaba trabajando más de dos décadas y del que acababa de ser nombrado director.

Por fin había alcanzado la cumbre y me necesitaba a mí, su amigo, para que todo el mundo leyera aquel suplemento en el que había puesto todas sus esperanzas de futuro, que eran muchas. Dije que sí, porque me gustan los retos y porque le debía algunos favores. Incluso construir un palacio con palabras me atrae. Soy así, un idiota integral que aún cree en el valor de la palabra.

Puso énfasis en que debería dejar bien a la ciudad; más que nada por el turismo y por ese prestigio histórico que a todos nos incumbe un poco, aunque sólo sea al rozar el musgo de la muralla al pasar. Nuestra ciudad es de recio abolengo, hay mucha historia en sus muros y en su suelo. Pero eso era algo que me importaba un “pito”. Yo quería contar la historia de sus gentes, porque una ciudad son las personas que la habitan y poco más. Al fin y al cabo muros hay en todas partes.

No sabía por dónde empezar. Se lo comenté a mi señora y no se le ocurrió otra cosa que mandarme a la catedral. Toda ciudad que se precie, con verdadera historia, tiene su catedral gótica, con sus vidrieras, sus bóvedas de cañón o como se llamen, que no soy muy experto en estos temas. Y si no tiene catedral tiene su iglesia románica o su convento. Pero yo no quería comenzar por allí, por sus raíces históricas, sino por un personaje emblemático que me aportara una historia dura y realista con la que golpear al lector en el plexo solar y dejarlo sin respiración, al menos unos cuantos suplementos dominicales. Luego ya podría volverme más suave y políticamente correcto. Tanto que hasta esperaba que los comerciantes de la ciudad se anunciaran al lado de mi relato. Al menos eso era lo que esperaba mi amigo.

Mi esposa seguía insistiendo:

-La describes por dentro, dices que es la mejor del mundo y seguro que te aclaman desde el primer suplemento. Hasta yo iniciaré una campaña para que te hagan un monumento. El ínclito Don…

Mi santa compañera, a quien Dios bendiga, acostumbra a burlarse de mí con cierta frecuencia. Lo que me mantiene en forma y no deja que mis escasos éxitos como escritor se me suban a la cabeza. Cuando terminó de reírse de mí le dije que aquello no me servía. Necesitaba algo duro, algo fuerte, algo muy humano y real como la vida misma. Y le expuse mis razones. Entonces ella se lo pensó un momento con cara seria y me miró muy atentamente:

-Puede que lo que tú necesitas sea contar la historia del loco de esta ciudad. Creo que ya te hablé de él alguna vez, pero mucho me temo que te habrás olvidado. Como haces con todo lo que no te interesa.

No, no me había olvidado. Aunque en aquel momento me pareció interesante como tema narrativo, me olvidé porque estaba rematando la novela que me haría ganar un importante premio y que llevaría a mi amigo del alma (con el que hacía años que no me relacionaba) a llamarme urgentemente por teléfono para hablarme de su proyecto.

Mi mujer me obligó a sentarme y se pasó un buen rato reviviendo y ampliando lo que en cierta ocasión me contara sobre el loco de “Ciudad-fría”. Ciertamente nuestra ciudad no se llama así, pero me gusta bautizarla así, más cuando tengo que relacionarme con sus gentes, frías, mezquinas y chismosas, que cuando el viento cortante te obliga a colocarte abrigo, bufanda y pasamontañas.

Nuestra ciudad es muy especial, hasta para los locos. No se trata del típico loco que va por la calle hablando en voz alta, gritando o metiéndose con todo el mundo. O uno de esos locos que se dedican a levantarles las faldas a las mujeres para verles las bragas. Nuestro loco es tan especial que como me dijo mi mujer, si hablas con él en un buen momento ni te enteras de que está loco. Al contrario parece una buena persona, inteligente y muy culta.

-¿En qué consiste entonces su locura? –pregunté, deseando saber de una vez si aquel tema me interesaría o no para abrir mis “Relatos urbanitas” para el suplemento dominical.

-Pues verás… No es fácil decirlo. Unas veces parece tener miedo de todo el mundo y sale corriendo, otras actúa como si fuera un telépata y te leyera el pensamiento… Curiosamente los pensamientos de los hombres parecen ser siempre negativos para él y los pensamientos de las mujeres parecen centrarse en el sexo, porque pone cara como de estar sintiendo un orgasmo mientras nos mira…

-¿Quieres decir que a ti también te ha mirado y ha puesto cara de “orgasmo”?

-Pues sí, para qué te voy a engañar. Y creo que le gusto mucho, porque ahora me huye cada vez que me ve a lo lejos. O cruza de acera o sale corriendo o baja la mirada y apresura el paso… ¡Una lástima! Porque me gusta que me aprecien de esa manera. Y tú hace ya tiempo que no lo haces. Jaja

Se estaba riendo otra vez de mí. Pero no me importó, porque el tema sí me estaba interesando. Ya lo creo.

Quise saber algunos datos más sobre el dichoso loco y mi señora me pidió me sentara tranquilamente hasta que acabara de exponerme todo lo que conocía al respecto. Así son las señoras, no tienen prisa para hablar, para comunicarse. Si los señores hiciéramos lo mismo, otro gallo nos cantaría. Así pude enterarme de algunas cosillas, que resumo antes de entar en faena. Tenía muy claro que no me pondría a escribir sin antes entrevistarme con él. Me lo pedía mi cuerpo de periodista y hasta el de escritor digno, para el que no vale todo y para el que la dignidad de la persona está por encima de los trucos narrativos. Necesitaba la versión personal del loco para que la historia tuviera el contraste necesario. Al parecer el loco llevaba así desde su juventud, aunque tuviera temporadas muy buenas. Ahora rondaba los cincuenta años. Era bajito, grueso, calvo y barrigón.

-Veo que lo conoces bien.

-No tanto como me gustaría. Siempre he deseado poder tener una larga conversación con él. Te envidio, porque estoy convencida de que no te detendrás hasta conseguirlo.

-¿Y también acostarte con él?

-Pues sí, jódete. Es el único hombre con el que te pondría los cuernos.

-Vale, vale. No te enfades.

-No estoy enfadada. Solo que me molesta tu actitud. Me parece un hombre muy interesante.

-Veo que te hace cosquillas. ¿Qué encuentras en su personalidad que te atraiga tanto?

-Para empezar es el primer hombre que me encuentra tan atractiva que sale corriendo para no mirarme con lujuria.

-Eso solo significa que es un reprimido de tomo y lomo. ¿En serio que nunca te ha mirado con lujuria? Ja,ja.

-Bueno, una vez me miró los pechos con mucho descaro. Desde entonces me huye.

–¿Y no será porque tus pensamientos le hacen salir pitando? ¿No dices que se cree telépata?

-¡Pobre hombre! Si fuera verdad que puede leer el pensamiento hasta yo saldría corriendo. Pero esas cosas no existen.

-¿Tu crees?
-¡No me digas que ahora crees en la telepatía!

-Yo creo en todo, hasta que no se demuestre lo contrario.

¡Mentira cochina! Lo dije para fastidiar. En realidad soy como Santo Tomás, hasta que no introduzco la mano en la herida y revuelvo las tripas, no me creo que nadie esté realmente herido. Bueno, es una metáfora un tanto exagerada, pero que se ajusta a mi manera de pensar. Soy bastante cínico para estas cosas. La imaginación está muy bien para la ficción, no para la vida. En la vida tienes que andar siempre con los pies en el suelo o te das de narices contra los tejados. El loco me caía mal aún sin conocerlo. Alguien que actúa con esa falta de respeto hacia los demás no podía resultarme simpático. Lo confieso, como confieso que no me gustaba la curiosa atracción que despertaba en mi esposa. Y no me pidan que exteriorice todos mis sentimientos. Sencillamente los locos para mí son difíciles de entender y demasiado complicados a la hora de la convivencia.

-Puede que se trate sencilamente de una obsesión compulsiva, que no puede controlar. No hay que darle tanta importancia. La sobrina de Amelia -¿la recuerdas?- trabajó un tiempo con él, apenas sacada la oposición y me contó sobre su conducta en aquel tiempo, con pelos y señales.

-¿Quieres decir que fueron compañeros de trabajo?

-Claro. La oficina en la que trabajaba el loco fue su primer destino. Trabajaban tan juntos que sus pies casi se tocaban. Escribían a máquina uno al lado del otro. Y ya conoces a la sobrina de Amelia, le atraen los tímidos, los raritos, y si además son inteligentes y cultos le pirran.

-¿Un loco culto?

-Lo dices como si te extrañara. ¡Como si no hubiera bastantes ejemplos de locos en la historia de la literatura o el arte! ¿Acaso Van Gogh no era un loco, según los parámetros que utilizamos los normales para catalogar de locos a las personas? ¿Y qué me dices de Dalí? Y…

-Vale, vale, para el carro. No vamos a discutir ahora sobre cordura y locura. Ni voy a negarte que a veces genialidad y locura se tocan. Ni tampoco voy a catalogar al loco como demente, hablando en terminología psiquiátrica, lo que quiero pedirte es que no metas en el mismo saco a estos genios y a ese loco. ¿Acaso ha hecho alguna genialidad?

-No, que yo sepa. Pero a lo mejor te da una sorpresa y resulta ser mejor escritor que tú.

-Casi cualquiera puede ser mejor escritor que yo. No soy tan engreído como para no darme cuenta que mi éxito literario tiene mucho de fortuna.

-Tampoco es eso. ¿No pretenderás que defienda a ese “loco”, como tu lo llamas, por encima de ti? Cuando el río suena… Si has tenido éxito es porque te lo mereces. Y además a mí no puedes engañarme, que leo todo lo que escribes. Una cosa es ser humilde y otra ser bobo…

-Bueno, bueno, no pierdas la objetividad, porque la voy a necesitar si decido meterme en esta historia.

-¿Aún no lo has decidido?

-Psss Estoy en ello. Las historias de locos siempre interesan. Aunque no tengo muy claro que encaje en mis relatos urbanitas. Me hablabas de que es un hombre culto. ¿Has hablado con él?

-No he tenido esa suerte, pero la sobrina de Amelia me comentó que era un portento, se quemaba las pestañas con los libros y sabía casi de todo. A ella le encantaba escucharle, aunque por lo visto era más callado que un mudo. Claro que en cuanto tenía la oportunidad le tiraba de la lengua. ¡Buena es la sobrina de Amelia para estas cosas! ¿La recuerdas?

-Apenas. Pero me interesa más el loco. Me gustaría saber a qué atenerme por si me decido a contar su historia.

-Pues aparte de leer, por lo visto también escribía un poco. Aunque la sobrina…

-¡Buena es la sobrina de Amalia!, jaja.

-No te burles. Es la que me ha dado casi toda la información. Como te decía ni siquiera ella logró que le enseñara algún relato o algunos versos.

-¿También es poeta? Pues entonces no me extraña que sea loco. Ya sabes… De poetas, músicos y locos, todos tenemos un poco.

-No me interrumpas o no acabaré nunca de contarte lo que necesitas saber. Ni siquiera ella logró que le enseñara un poema. Incluso en cierta ocasión le pidió que le escribiera uno. El se puso muy colorado y apenas logró balbucir que no se atrevía porque ella tenía novio. ¡Aaaah! Aún recuerdo lo mucho que me costó sacarte un poema para San Valentín, y eso que ya llevábamos un año de novios. Tuve que asegurarte que te recompensaría… ¡Hombres! ¡Todos sois iguales! Perdona que me emocione. Recordar aquellos tiempos en que tú me regalabas flores y poemas me pone romántica. Ahora tengo que recordarte mi cumpleaños el día anterior.

-Vamos, vamos, no hagas el paripé. De joven se es romántico por naturaleza. Además a esas edades por un beso eres capaz de bajar al infierno. ¡No digamos por algo más! Ya sabes aquello de “tiran más dos… que dos carretas! Y no voy a negarte que entonces estabas buenísima, más buena que el pan, para comerte y no dejar miga.

-¿Quieres decir que ahora no lo estoy?

-Siempre mal interpretas mis palabras. Sigues estando tan buena como entonces o más. La falta de juventud la compensas con esa madurez sensual, con esa plenitud… ¡uuufff!… que me vuelve loco.

-¿Me estás diciendo que he engordado?

-Lo ves, no se te puede decir un piropo, enseguida lo tergiversas. Que tengas curvas para parar un tren no significa que estés gorda. ¡Ni mucho menos!

Aquí detengo la narración unos momentos porque me vi obligado, muy gustosamente, por cierto, a demostrarle a mi amada esposa que seguía estando tan buena como siempre o más. Necesitó un par de minutos para recuperar el aliento. Entonces inició una narración más o menos coherente sobre el loco.

“Al parecer se presentó en la oficina con una mariconera colgada al hombro. Por lo visto en Madrid eso era muy corriente, para llevar libros o libretas en el transporte público o cualquier otra cosa. El loco acostumbraba a guardar en ella una novela negra (le gusta la novela negra como a ti, ya tenéis un punto de contacto), una libreta y un bolígrafo para escribir poemas y el bocadillo –entonces tenía horario partido-, imagino que también llevaría un peine, porque aún no estaría calvo. Calculo que tendría unos veintipocos, aunque si hablas con él seguro que le sacas ese dato.

-¿Quién te ha dicho que voy a hablar con él?

-Tu no escribes sobre alguien sin solicitarle antes una entrevista. Además, si no quisieras escribir sobre el loco no me estarías ahora tirando de la lengua. ¡Que te conozco!

-Ya, ya sé que me conoces mejor que mamá. Pero sigue contando. No te digo que sí, ni que no, aunque la historia cada vez me interesa más.

-Como te decía la sobrina de Amalia recibió una impresión muy negativa al verlo allí en la puerta. La mariconera al hombro, una gabardina enorme, barba de patriarca bíblico y muy mal cuidada, vaqueros remendados y unas deportivas del año de la tarara. Además estaba gordísimo. Como una albondiguilla con patas, según me dijo…

-¿Puedes dejar a la sobrina de Amalia en paz? Cuéntalo seguido, sin esas interrupciones que me ponen de los nervios.
-¡Vaya! Creía que no te interesaba la historia, jeje.

-Sí, él mismo le confesaría que llegó a pesar casi ciento diez quilos. ¿Te lo imaginas? Y no era muy alto, más bien bajito. En resumen que vestía como un pordiosero y hasta olía a sudor que tiraba para atrás. Aquello no hizo que se le recibiera en le oficina como a Papá Noel, precisamente. ¡Ya sabes cómo es la gente!

“Pero cambió mucho durante el primer año. Se puso a dieta y practicó deporte (creo que natación), se rapó la barba y su aspecto mejoró como de la noche al día. Hasta quien ya sabes quién me confesó que comenzó a resultarle atractivo. Intentó relacionarse con él, pero era tan tímido que se ponía colorado cuando ella le hablaba y apenas lograba sacarle un sí o un no y poco más.

“Todo fue bien hasta que empezó a comportarse de manera extraña. Aún más de lo que en él era normal. Ella logró hacerle confesar que se había hecho miembro de una sociedad misteriosa.

-¿Misteriosa? ¿Quieres decir esotérica?

-Tú sabes más que yo de eso. No puedo darte más datos.

-¿Masonería, espiritismo…?

-¡Qué se yo de esos temas! Pregúntale a él cuando lo veas. El caso es que actuaba como si pudiera leer el pensamiento ajeno y por lo visto no le gustaba nada de lo que leía. En cierta ocasión se dejó llevar, sin el menor control, y actuó como si estuviera sufriendo un orgasmo debido a los pensamientos de la sobrina de Amelia…

-Sería más bien de “leer” su cuerpo. Si no recuerdo mal la niña estaba bastante bien, muy bien…

-¡Ya empezamos! A cualquier hombre le gustaría hasta una escoba con faldas con tal de que tuviera unos buenos pechos y un buen culo y supiera moverse… ¡Que sois todos unos cabronazos! Se os suelta la rienda y vais a olerle el culo a la vecina de enfrente. ¡Si lo sabré yo!

-¡Qué vas a saber tú! Te lo suplico de rodillas, déjate de circunloquios.

-Como quieras. Lo que quería decirte es que esas cosas solo os pasan a los hombres. A las mujeres nos va más la personalidad global.

-¿Cómo de global?

-¡No seas idiota! Lo que digo es que si su personalidad es atractiva el resto no nos preocupa tanto. Por eso a mí me resulta tan atractivo. Un hombre con esa sensibilidad y esa cultura siempre merece la pena. Lo confieso.

-Vale, vale. ¿Cómo sabe tu informadora que llegó al orgasmo? Si puede saberse, claro.

-Por la cara que puso, por sus gestos y porque luego salió disparado hacia el servicio.

-Y regresó con una mancha en el pantalón…

-Eso no me lo dijo. Pero para que ella se avergonzara y hasta su pusiera colorada mientras me lo iba contando, tuvo que ser muy evidente. ¡Ya sabes cómo es!

Mi señora continuó contándome hasta el último detalle de la historia que ella conocía. Al parecer aquella manía telepática se hizo tan evidente con el tiempo que pronto llegó a ser conocido como “El loco de Ciudad-fría” (aquí sustituyo el verdadero nombre de nuestra ciudad, porque bastante conocido es ya nuestro loco como para encima darle más publicidad). La gente hablaba de él y se burlaban en su cara. Le tomaban el pelo y hasta la cabellera. Muchos no se recataron de echarle en cara su desvergüenza, aunque como más tarde me enteraría, en realidad su conducta no era para tanto.

No pudo contarme más porque coincidió con la época en que yo me había ido a trabajar a Madrid, donde ella se reuniría conmigo un año más tarde. Allí nos casamos y felices que somos, con todos los altibajos que hay en toda pareja, que son muchos, pero sabrosos. Acabábamos de regresar a nuestra ciudad, huyendo de la fama lograda tras mi último y reputado premio literario, y buscando un retiro tranquilo donde disfrutar del éxito y del bien merecido dinerillo que nos había caído encima, sin comerlo ni beberlo. Ella, mi esposa, adora su ciudad, donde naciera y se transformara en mujer. ¡Y qué mujer!
Cuando terminó de explicarme que lo último que sabía del loco era que seguía en la ciudad y trabajando en unas oficinas que no estaban lejos de nuestra casa, me decidí por completo. Iba a conocer al loco, intentaría entrevistarlo y si la historia me interesaba la publicaría. Sino al menos la experiencia habría merecido la pena.

Tomé nota de dónde localizar al hombre, así como de la historia que mi esposa me narrara, en la libreta de anotaciones que tengo siempre abierta sobre la mesa de despacho, y decidí que al día siguiente, aunque tuviera que madrugar, estaría apostado a las puertas del edificio… esperando a mi loco. Mi esposa me había dicho que no me resultaría muy difícil identificarlo. No quiso darme detalles de su físico, alegando que no le había vuelto a ver (luego descubriría que me había mentido). Según la comentaran no hacía mucho el loco continuaba con la manía que le había hecho célebre.

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