TODOS ESTAMOS SOLOS AL CAER LA TARDE XIII


MADAME ROUGE-CONTINUACIÓN

Aquella tarde pasó por mi casa a recogerme en su destartalada camioneta que sólo él podía saber a quién se la había comprado y nos acercamos a la reserva. Nos recibió en el interior de la choza y no habló hasta que la mujer vieja -que nadie me había dicho si era su esposa o su criada y yo no me había atrevido a preguntar- nos sirvió la infusión de hierbas. El anciano sonrió y se nos quedó mirando hasta que terminamos de beber. Entonces quiso saber cómo nos había ido la experiencia. Miró a Pico de Águila que se encogió de hombros y luego a mí.

Manifesté mi satisfacción, y también mi sorpresa, por el trabajo desempeñado por el joven rebelde. El chamán quiso saber si estaba dispuesto a aceptarle definitivamente como ayudante. Le respondí que el periodo de prueba había terminado y que al día siguiente llamaría al alcalde. No tenía la menor duda de que firmaría el contrato y se convertiría en uno más de la plantilla. El chamán asintió, felicitó a Pico de Águila que inclinó respetuosamente la cabeza y solicitó permiso para marcharse.

Quedamos solos, lo que aproveché para pedir su permiso para informarme en la reserva acerca de algo que no había dejado de preocuparme desde que Lucy me comentara lo que Pancho había dicho del joven rebelde. No me preocupaban sus borracheras puesto que nunca le olía el aliento a alcohol en el trabajo, pero sí sus visitas al prostíbulo de madame Rouge.

Yo conocía bien a madame Rouge y sabía que todos tenían crédito en su establecimiento hasta que ella decidía cobrar las deudas Entonces era preciso sacar dinero de las piedras o sufrir una descomunal paliza y seguir buscando dinero bajo las piedras, ahora en un plazo fijo y no prorrogable. ¿De dónde habría sacado dinero Pico de Águila antes de comenzar a trabajar a prueba para la oficina del sheriff? Sus deudas serían cuantiosas y a pesar de los pagos que estuviera haciendo con su magro sueldo actual antes o después madame Rouge le haría una reclamación que él no podría rechazar.

¿Hay algo peor que la soledad? Sí, que además de estar solo unos mafiosos te persigan por todo el país intentando acabar con tu vida… y aún hay algo peor… que esos matones te torturen antes para sacarte toda la información que supuestamente posees. Eso era lo que yo había estado haciendo en los últimos años, huyendo con la muerte en los talones, pasando unos días completamente solo en cualquier madriguera hasta que husmeaba el peligro y salía corriendo, con el rabo entre las piernas, como un astuto zorro que sabe muy bien que no gana nada enfrentándose a la manada de lobos.

Por eso no tuve inconveniente en aceptar una exquisita cena con velas y champán francés con madame Rouge, puesto que además de su agradable compañía todo corría por cuenta de la casa. No sé que vio en mi. En aquel increíble prostíbulo, que parecía un Versalles reformado por un arquitecto adorador de las mansiones del sur, con excéntricos toques de Nueva Orleans, al parecer existía un rígido protocolo. Cualquier visitante desconocido debía ser introducido a presencia de la dueña, quien le miraba de arriba a abajo, le hacía unas cuentas preguntas insidiosas, sin invitarle a sentarse, y luego le despachaba con una sonrisa pegajosa y un gesto de reina de carnaval, no sin antes restregarle por los morros las normas de la casa.

No sé qué vio en mi, repito, porque ni siquiera vestía mi mejores ropas y mi rostro tenía que ser necesariamente un poema a la desolación, si juzgamos las emociones que me corroían por dentro. Juré que sí, que en mis bolsillos guardaba algunos billetes, y a una de sus preguntas sobre mi pasado debí poner tal cara de pena que ella se sintió intrigada. Creo que fue eso y no otra cosa lo que me hizo acreedor a una cena con la dueña. Antes me invitó a sentarme a su lado en el sofá tapizado en rojo y le pidió, con una amabilidad que me sorprendió, a una de las pupilas que zascandileaba por allí que le pidiera a Joe, al parecer su mayordomo particular, que trajera una botella del mejor champán francés, con unas fresas, y que preparara una cena francesa, como él sabía, a la mayor rapidez posible, que serviría en el gabinete privado, en la forma acostumbrada para las grandes ocasiones.

Aquella fue para mí una noche memorable que me permitió conocer a madame Rouge en la intimidad y me hizo sospechar que tras aquellos modales de prostituta que llega a la jerarquía de madame por méritos propios, existía una mujer con una personalidad apasionante. Se trataba de una mujer que resbalaba por la cuarentena con la seguridad que da una belleza madura que no se marchitará nunca, porque en su interior late un fuego inextinguible. Hablamos buena parte de la noche y aunque intuí que buena parte de lo que me contó de su vida era un culebrón francés, un vovedil que ella misma se había creado, sí pude atisbar un pasado tan duro que no era de extrañar que su corazón se hubiera helado y endurecido como el acero.

¿Qué había visto en mi aquella mujer para, tras disfrutar de los postres con un licor dulce, me invitó a su dormitorio, donde continuamos charlando un rato antes de que me invitara a su lecho? Lo hizo con ironía y cinismo. Ella era la joya de aquella mansión y aunque no se ofrecía a cualquiera yo estaba obligado a aceptar su invitación si quería seguir viniendo a disfrutar de sus pupilas. La invitación era irrechazable y no lo hice. Me gustaba aquella mulata de piel más café que leche, de una sensualidad volcánica y la prestancia de María-Antonieta. La condición más parecía un regalo regio que asumí con una respetuosa inclinación de cabeza y una sonrisa en los labios.

Con el tiempo llegaría a conocer la excepcionalidad de aquel trato. Su confianza en mí también fue excepcional, razón por la que yo ahora sabía que no podía, de ninguna manera, dejar a Pico de Águila entres sus uñas pintadas de rojo y exquisitamente recortadas. Si madame Rouge era dulce como la miel también era un veneno de cobra para quienes se atrevían a incurrir en su ira. Necesitaba conocer todo sobre las andanzas del navajo, porque cualquier cabo suelto traería problemas.

Cuando conocí al chamán para mi solo era un anciano amable que intentaba ayudar a un joven descarriado, no creía en sus dotes chamánicas, ni siquiera creía en los chamanes. No aprecié en él ninguna sabiduría especial ni otro poder que el de la bondad que expresaban sus ojos. Decidí darle una oportunidad a Pico de Águila porque él me lo había pedido, sin confiar gran cosa en que no tuviera que pedirle en cualquier momento que se marchara. Cuando se lo propuse al alcalde se despachó con una cínica carcajada. ¿Acaso me había captado el ejército de salvación? Se negó en redondo. Seguramente pensó que se trataba solo de uno de mis estúpidos caprichos, por eso se sorprendió tanto cuando yo puse cara de poker y le lancé a la cara un farol al que no supo responder.

No sé por qué estaba haciendo aquello por aquel joven rebelde, ni entendía por qué aquel anciano que no tenía nada mejor que hacer que esperar la muerte al sol se preocupaba tanto por alguien que era tan fiable como una tormenta de verano. Con el tiempo llegaría a comprender muchas cosas, sin embargo aún no había llegado el momento de la comprensión, del conocimiento. Actué dejándome guiar por un impulso… y no me equivoqué.

El chamán nunca hablaba mucho y mi interés por lo que pudiera decirme tampoco era excesivo. La cortesía me impulsó a soportar su extraño ritual. Me senté en el suelo, sobre un cojín, acepté el cuenco de barro con la infusión que me trajo su sirviente -¿o era su esposa? Y bebí en silencio, sin prisa, mientras el anciano me miraba a los ojos, como si estuviera taladrando algo en mi interior, no sabía bien dónde, evaluando facetas de mi carácter que ni yo mismo sabía que existían. Al cabo de unos minutos posé el cuenco y entonces el chamán me dijo que no me apresurara pero que hiciera lo que tenía que hacer.

Me despedí con una inclinación de cabeza y él con una sonrisa enigmática. La vieja sirviente me acompañó hasta la puerta. Sentí una vaga curiosidad por aquella mujer a quien el anciano trataba con tanta deferencia. Me propuse preguntarle a Pico de Águila por ella la próxima vez que nos viéramos, si no me olvidaba de ello. Mis preocupaciones en aquel momento iban en otra dirección. Recorrí el suelo terroso y polvoriento con una extraña calma, como si las palabras del chamán fueran un aviso. El sol se estaba poniendo. No había caído en la cuenta hasta aquel momento, pero mis visitas a la reserva solían coincidir con la puesta de sol. ¿Casualidad?

Sabía en qué dirección estaba la cantina y hacia allí me dirigí. Quienes mejor podían informarme sobre Pico de Águila serían los jóvenes, tal vez sus antiguos compañeros de juegos en la infancia y durante un tiempo de correrías juveniles, aunque me costaba pensar en el navajo formando parte de cualquier manada, más bien era un coyote solitario. Sentados en el porche de la cantina cuatro jóvenes bebían cerveza y me miraban acercarme como si fuera transparente, como si en realidad quisieran percibir algo más allá de mí mismo. Llegué hasta ellos y no dije nada. Busqué una postura cómoda en el suelo de tablas y esperé. Ellos tampoco abrieron la boca, me miraban de soslayo, brevemente y continuaban bebiendo con parsimonia. Entonces una voz me sobresaltó. Una anciana enjuta y rugosa estaba a mi lado. ¿Como había llegado tan silenciosamente? Aquella parecía ser una cualidad del pueblo navajo. Me preguntaba en torpe español qué deseaba. No tuve dificultades en entenderla porque desde que me había instalado en el pueblo no había dejado de escucharlo un solo día, y además Alfredo gustaba de soltarme largas parrafadas en su idioma natal en el que parecía sentirse siempre más cómodo.

Señalé la cerveza del joven más cercano y le pedí que trajera otra ronda para ellos, sin pedirles permiso, sin ni siquiera mirarles. La anciana desapareció y regresó con unas cuantas botellas de cerveza en su regazo que distribuyó sin abrir. Ellos rompieron el cuello contra el suelo y bebieron ávidamente. Intenté abrir la mía contra el borde de la madera, sin lograrlo. Entonces el que estaba más cerca me la arrebató y rompió su cuello de un golpe seco contra la madera. Los otros rieron. No me dieron las gracias, pero consideré que era el mejor momento para iniciar las preguntas.
-Necesito saberlo todo sobre Pico de Águila. Tiene problemas y todos los detalles pueden ayudar. No tengo ningún interés en crearle más problemas de los que ya tiene, de otra forma no lo habría hecho mi ayudante.

El joven, vestido con unos vaqueros viejos, una camisa rota y una especie de turbante sucio y descolorido tapándole la frente, me miró con fijeza, luego volvió su rostro hacia el sol que estaba dejando una gruesa banda rojiza en el horizonte y no dijo nada. Tuve que esperar dos largos minutos que se me hicieron eternos. Por fin, sin volver a mirarme habló con tono irónico que no me pareció muy amigable.

-¿Cuándo no ha tenido problemas Pico de Águila?

-Pero esta vez son serios. Tan serios que podrían acabar con su vida.

Escuché extrañas risitas.

-¿Qué quiere que le cuente?

-Por ejemplo de dónde sacaba el dinero para ir a visitar a madame Rouge.

Nuevas risitas y alguna palmada sobre la madera.

-A Pico de Águila le gustan demasiado las mujeres blancas. Ya le dijimos que eso sería su perdición. Hay una chica en la reserva que está deseando entrelazar sus manos con él, pero no, él necesita una de esas putas blancas que no le hacen el menor caso y se burlan de él.

-Y las negras, también las negras.

Quien hablaba era el joven más alejado, de fuertes rasgos indígenas.

-Y también las negras. Madame Rouge le daba crédito a cambio de sus favores. A esa mujer le gustan los jóvenes altos y de rostros agradables. Tenga cuidado sheriff, usted también es alto y guapo.

Las risas ahora se hicieron estrepitosas, pero no denotaban falta de respeto hacia mi persona.

-Conozco a madame Rouge, puede fiarte pero en tu bolsillo tiene que haber antes algunos billetes. ¿De dónde los sacaba Pico de Águila?

-Llevaba coches robados a otros Estados. Siempre estaba de viaje.

-¿Estaba metido en la droga?

-¿Quién sabe? El no lo haría, pero no te puedes fiar el hombre blanco, podrían haber puesto algún alijo en algún coche.

-¿Algo más?

-Le hacía favores a madame Rouge. No sabemos cuáles, aparte de calentar su cama… o enfriarla, porque esa es una mujer de sangre caliente. Creo que usted la conoce bien, sheriff.

-La conozco. ¿Esos favores podrían haber llegado a librarse de alguien?

-No, Pico de Águila respeta la vida humana, no como el hombre blanco, pero podría haber dado algún susto a alguien o seguido el rastro de algún lobo peligroso. ¿Quién sabe? Puede que hasta haya desvalijado a algún borracho cuando necesitaba visitar a sus putitas blancas. No mucho más por su cuenta, en cambio sí ha podido meterse en líos más graves trabajando para madame Rouge. Esa mujer es peligrosa, sheriff. ¿Por qué no se lo pregunta a ella? Tal vez le recompense con una noche en su lecho de cortinajes rojos.

Risas y algún pataleo. Me pregunté cómo conocería él aquel detalle, Pico de Águila no era precisamente muy hablador. La conversación parecía haber terminado, pero no me levanté. Había llegado a conocer que la prisa era una descortesía para aquella gente que nunca miraba el reloj, como si la vida no pudiera deparar la menor sorpresa. Habíamos vaciado las botellas. Esperé mirando la puesta de sol, pronto caería la noche. El que parecía el jefe de la pandilla había vuelto la cabeza hacia sus compañeros. Para ellos yo ya no estaba allí. Aún así esperé. La anciana recogió los cascos. De nuevo me dio un susto. La toqué en el hombro.

-Cóbreme. También dos rondas más para ellos.

La mujer extendió los dedos. Saqué varios billetes, propina incluida, y se los dejé en la palma de la mano. Me levanté con parsimonia.

-Gracias por la información, el chamán me dio permiso, pero imagino que eso ya lo sabíais a pesar de que no he visto a ningún mensajero. ¿No es así?

-Así es, sheriff. No tenga prisa en sacar a Pico de Águila de sus problemas, se meterá en más. Y tenga cuidado con madame Rouge, jefe, esa mujer es una víbora.

Me llevé la mano hasta el ala del sombrero. Todos me miraban ahora y en su boca se dibujaba una sonrisa extraña, casi malévola. Caminé con calma hasta mi coche. Al arrancar miré en su dirección. La anciana había puesto botellas sobre el suelo del porche y todos parecían muy ocupados rompiendo cuellos. Ni siquiera miraron en mi dirección, era como si yo nunca hubiera estado allí.

Continuará

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