TODOS ESTAMOS SOLOS AL CAER LA TARDE XIV


EN EPISODIOS ANTERIORES…

El protagonista es un hombre aún joven que ha llegado a un condado de Nuevo México, a una distancia prudencial de Albuquerque. Se podría decir que ha llegado al culo del mundo, pero es precisamente lo que buscaba, un lugar donde nadie haga preguntas ni quiera saber el pasado de sus visitantes. Una especie de aldea de forajidos del Oeste, donde nadie pregunta y mucho menos si se llevan bajas las cartucheras, como los pistoleros. En cambio este condado es el lugar tan tranquilo que como descubrirá -ahora que es sheriff, chantajeado por el alcalde que quiere un hombre de paja tras jubilarse el anterior- hace ya tantos años que no se comete un crimen que cuando llega el monstruo y comienza la serie de crímenes bestiales que pondrán patas arriba la vida del condado, de los condados vecinos, del Estado y de la nación, los ciudadanos comenzarán a preguntarse si ha llegado el Apocalipsis y el sheriff se planteará si será capaz de enfrentarse el solo a la bestia o tendrá que pedir ayuda al FBI.

MADAME ROUGE

Las puestas de sol más hermosas las he contemplado aquí. Desde mi llegada no me he perdido una sola. El mejor momento del día es este, cuando cae la tarde y el sol se oculta tras las colinas que se extienden en el horizonte. Procuro que el ocaso me pille en casa, en el porche, escuchando a Bach, a veces con un vaso de güisqui en la mano -porque al caer la tarde todos estamos solos- y a veces leyendo el poema que me regaló Alfredo y que tituló precisamente así: “Todos estamos solos al caer la tarde”. En raras ocasiones estoy fuera de casa y ésta es precisamente una de ellas. Mientras contemplo el sangriento sol caer sin prisas tras las áridas montañas me pregunto cómo me irá la noche. Siento una ligera aprensión, incluso algo de miedo, al volver a los dominios de madame Rouge. No debería ser así, qué miedo puede dar una hermosa mujer madura de la que fui amante hasta que me hicieron sheriff y decidí que no podía seguir siéndolo y al mismo tiempo un hombre honrado en el ejercicio de mi cargo.

Cuando llegué al condado, hace ya algunos años, madame Rouge ya formaba parte de él. Según supe, había venido de Nueva Orleáns con un par de pupilas, o más bien compañeras de profesión, prostitutas, tal vez huyendo de algo no demasiado agradable. Nadie sabía en el condado qué era ni a mi me lo dijo. Guardar los secretos del pasado y nunca intentar desvelarlos parecía ser la única norma existente en aquel territorio semidesértico. Debió encandilar al viejo sheriff, ahora jubilado, y al entonces alcalde, que no era el actual, compró un rancho con el dinero que llevaba encima, al parecer mucho, y al poco tiempo comenzaron a llegar más pupilas, de todas las razas, color de piel y edades y algunos hombres, fuertes y malencarados, todos ellos formaron el único prostíbulo autorizado en aquel condado. Hasta entonces, según me contaron los más ancianos, si querías echar un polvo tranquilo tenías que irte a los condados vecinos, aquel era un lugar dominado por las santurronas y las diferentes confesiones religiosas que se repartían los feligreses con una extraña equidad, uno para mi, otro para ti.

Madame Rouge estaba metida en negocios turbios, lo sabían hasta los niños de pecho. Según decían lo controlaba todo, hasta el tráfico de drogas, aunque esto último nunca se decía en voz alta y algunos lo negaban. Aquella mujer era capaz de todo, pero odiaba las drogas. ¿Era esa la razón de que hubiera huido de Nueva Orleáns como si la persiguieran todos los demonios? A mí nunca me lo dijo, en realidad no me dijo nada que hubiera podido comprometerla, ni en los momentos más íntimos, cuando me acariciaba el pecho y se le escapaban palabras cariñosas, inimaginables para sus pupilas y matones.
Cuando tropecé por casualidad con aquel condado no pensaba quedarme mucho tiempo. Llevaba un par de años huyendo y pensaba que nunca dejaría de hacerlo. Huía de mí mismo, del recuerdo, pero sobre todo de mis perseguidores. A pesar de todo me gustó lo que estaba viendo y sin hacer planes, alquilé un local donde monté una tiendecita para vender y reparar ordenadores, algo insólito en aquellos pagos. A duras penas lograba sobrevivir, teniendo que echar mano de mis ahorros más de lo que hubiera deseado. Pero poco a poco me fui haciendo con la población y descubrí que los jóvenes estaban ansiosos por subirse al carro que ya ocupaban desde hacía mucho tiempo toda la juventud del país y casi del mundo. Supongo que a nadie se le ocurrió montar allí un negocio de informática y los jóvenes rara vez se acercaban a Alburquerque, que estaba un poco lejos, se limitaban a pasárselo bien en los condados vecinos y cuando decidían ir a la metrópoli no era precisamente para hacer compras.

Llegué a sentirme tan a gusto en aquel lugar, perdido de la mano de Dios, contemplando aquellas maravillosas puestas de sol, que decidí arriesgarme y me instalé en un ranchito abandonado que vendía un banco. Visité Alburquerque y me hice con proveedores de confianza, luego comencé a viajar por el condado convenciendo a los jóvenes de que no podían seguir aislados del mundo y de que el universo virtual les abriría las puertas del paraíso.

Al principio me mostré desconfiado, no quería que nadie llegara ni siquiera a poder atisbar mi secreto, pero luego comprendí que yo era uno más de los que habían decidido ocultar su pasado allí. La mitad de la población no había nacido en el lugar, llegaron como yo, extraviados tras recorrer tantos caminos en la vida que no era extraño que terminaran en el culo del mundo. Apenas salía de mi rancho sino era para trabajar y procuraba mantenerme lo más alejado posible de las mujeres y las invitaciones. Tenía fama de misántropo y misógino y creo que bien merecida. Las heridas del pasado aún no habían cicatrizado y no lo harían nunca. Ni siquiera me planteaba pensar en otra mujer, pero fue entonces cuando conocí a Alfredo.
Alfredo era un español que tras la guerra civil salió de un país en el que no se sentía capaz de vivir y buscó una universidad americana donde dar clases. Su inglés no era muy bueno por lo que pensó en alguna donde se hablara español y pudiera dar clases de literatura castellana. Tuvo suerte y llegó a Alburquerque donde se sintió a sus anchas. Gran vividor, le gustaban tanto las mujeres que se hubiera olvidado de comer, su segunda gran pasión, de haber tenido todas las noches a una mujer en su lecho. Creo que por suerte para él le costaba mucho seducir a las estudiantes a las que daba clase y no tenía mejor suerte con las mujeres maduras de la ciudad. Por eso todo el tiempo que no estaba dando clase lo empleaba en intentar seducir a alguna mujer para que le calentara la cama. Sus decepciones las calmaba comiendo y bebiendo. Alguien desde el otro lado del océano le mandaba de vez en cuando paquetes con viandas asturianas, fabes, sidra… Se jactaba de seguir siendo un asturiano por los cuatro costados.

Le conocí por casualidad en el colmado de Doña Paquita, una mexicana amable que sentía una especial debilidad por Alfredo, no sé de qué tipo y nunca se lo pregunté, ni a uno ni a otro. Recalé allí una noche en que me sentía especialmente solo y quería emborracharme. Alfredo permanecía cabizbajo, sentado a una mesa, con una botella y un vaso de güisqui frente a él. Tras el mostrador Doña Paquita le observaba preocupada. Tardó en apercibirse de mi presencia, pero en cuanto me vio me hizo una seña enérgica para que me sentara con él, pidió otro vaso a la dueña y así comenzó nuestra amistad.
Fue Alfredo el primero que me habló de madame Rouge y me animó a visitarla. No podía creer que llevara ya algún tiempo en el condado y no me hubiera acercado por el rancho. Cuando supo que ni siquiera había levantado una falda entre la población civil femenina se enfadó mucho. Era un hombre muy peculiar al que me costó comprender, para él vivir sin sexo era algo incomprensible, como solía decir, hasta en el infierno hay demonias para pasar el rato. No fue aquella noche, porque ambos terminamos por los suelos y luego en la cama de Paquita, los dos juntos, roncando sin molestarnos. La doña tenía amigos y alguno hacía de matón para proteger su negocio a cambio de bebida gratis, por lo que imagino que fueron ellos los que nos acostaron. Pero en la siguiente visita de Alfredo no me pude librar de acompañarle a ver a la famosa madame Rouge.

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