PRIMERA ENTREVISTA CON EL LOCO I


L LOCO DE CIUDAD-FRÍA/MI PRIMERA ENTREVISTA CON EL LOCO I

Cuando llegué a casa mi esposa estaba haciendo la comida. Volvió la cabeza al oír que se abría la puerta… Y allí estaba yo, apoyado en el quicio de la cocina. Le bastó un vistazo para saber: que no me había olvidado del pan; que había contactado con el loco, aunque no me sentía muy satisfecho del encuentro; que estaba dudando entre seguir adelante con la historia o no…y que me había zampado una palmera rellena con crema –esto último lo supo a través del olfato, en cuanto me puse a su espalda, la abracé y la besé en el cuello- seguramente descubrió más cosas, pero no me las dijo y yo no fui capaz de intuirlas.

Comimos en el salón toda la familia, matrimonio e hijos, viendo el telediario, lo que me libró de contestar a más preguntas de mi inquisidora particular respecto al loco. Después me eché la siesta en el sofá y durante toda la tarde tuve que soportar las indirectas de mi mujer sobre el motivo de no aprovechar la tarde para la primera entrevista con mi loco particular.

Tres días aguanté, defendiéndome de las insinuaciones de mi “partenaire” y al tercero, durante la siesta, soñé con el loco, y eso me decidió.

Fue la primera cosa rara (empleando el lenguaje coloquial del loco, que acabaría conociendo muy bien, quien no gustaba de palabras técnicas, ni de términos cultos, a pesar de que sabía utilizarlos muy bien, como pude comprobar) que me sucediera tras mi encuentro con aquel hombre. Luego comenzarían a sucederme extraños acontecimientos, para los que no tengo, de momento, explicación lógica o científica alguna.

EL PRIMER SUEÑO

“El loco me estaba viendo a través de una pantalla de televisión… Oía su voz, que parecía hablarme desde un micrófono situado en alguna parte, fuera de mi vista. Más que hablarme me estaba reprochando algo, tal vez lo que estuviera haciendo en ese momento… Seguidamente me echó una bronca por lo que estaba pensando. No recuerdo de qué se trataba, solo que me sentía muy molesto. Busqué la cámara desde la que el loco me estaba vigilando…La localicé en el techo del salón, en una esquina. Apareció una escalera, por arte de bibirloque… Me subí a ella. Golpeé la cámara con el puño cerrado, una y otra vez…hasta darme cuenta de que en realidad no podía hacer lo que estaba haciendo… porque no tenía manos. Bueno, en realidad sí las tenía… pero no las podía mover, porque alguien me había sujetado los brazos con cables.

Me estaban sometiendo al tercer grado en el polígrafo. No supe cómo había llegado hasta allí. Estaba en un programa de televisión. Me preguntaban si yo apreciaba realmente al loco… Sí, claro, naturalmente… Y el polígrafo dice…que…miente”.

Me desperté sobresaltado. El televisor permanecía encendido, con el volumen muy alto y sintonizado precisamente a un canal generalista. En la pantalla un personajillo de tres al cuarto era sometido al tercer grado del…polígrafo. “Y el polígrafo dice…que miente…y el polígrafo dice…que miente… y…” Aquel hombre mentía más que un sacamuelas vendiendo un crecepelo.

Apagué el televisor y llamé malhumorado a mi esposa. ¡Muy típico de ella amenizarme la siesta de esta manera!, como si tuviera celos de mi facilidad para quedarme dormido hasta de pie.

No me contestó nadie. La casa estaba silenciosa. Habrá ido a la compra, pensé, mientras empezaba a notar un fuerte dolor de cabeza. Miré en las habitaciones de los niños. Estaban vacías. Habrán ido a estudiar a casa de algún amigo. Me dije sin ganas de elucubrar sobre una supuesta tragedia acaecida en el mundo mientras yo soñaba con el loco.

Decidí encerrarme en mi despacho y poner por escrito todos los detalles que recordaba de mi encuentro con el loco. Al acabar cerré mi libreta de notas, guardándola en un cajón del escritorio. Aún seguía sin decidirme a utilizar la historia para mis relatos urbanitas. El personaje es real –reflexioné- lo he visto con mis propios ojos, pero más parece sacado de una narración de un Poe devaluado, que de una calle de nuestra amable ciudad.

Permanecí un rato meditando. Finalmente encendí el portatil, abrí la carpeta de esbozos y eché un vistazo a todo lo que tengo pendiente. En la editorial me han pedido que resucite al detective, protagonista de mi primera novela; publicada por una pequeña editorial y que pasó completamente desapercibida. Una sugerencia de una gran editorial es una orden para un escritor profesional. Aprovechando el tirón del último y prestigioso premio que había caído en mis manos (¡el destino sabe por qué!) querían lanzar una edición popular de toda mi obra. Se distribuiría en quioscos, a un precio muy asequible, y estaría precedida de una campaña publicitaria a bombo y platillo.

Leo asombrado el esbozo que redactara en un momento de extraña debilidad mental. Un depresivo mata con un hacha a su mujer, a sus hijos, a su suegra… y a la vecina del quinto que pasaba por allí. Surrealismo puro y tenebroso. Sin embargo hay una nota remitiéndome a la carpeta de recortes de prensa. Por lo visto esto sucedió realmente…Casi prefiero la historia del loco.

Repaso el esbozo de una saga que estoy terminando de esbozar. La historia de una familia española, desde la guerra civil hasta el 11-M. Un fresco realista, con personajes novelescos, que llegué a conocer o de los que me hablaron mis padres. Me digo que la historia del loco es más divertida. Verlo sumergido en esa estúpida tragedia de las miraditas, en esos gestos de seminarista represivo, es mucho más refrescante que sumergirme en el cainismo más atroz, por muy documentado hasta la extenuación que esté.

Tomo una decisión repentina. Busco en las estanterías, entre libros, discos de vinilo, cedés, cintas de música, de vídeo, cuadernos de notas y un montón de regalos –de la mujer, de los hijos, de los amigos… Hay estatuillas, barcos de vela, ceniceros y cuadritos con frases hirientes para los fumadores.

Al fin doy con la grabadora japonesa, de alta sensibilidad, que me trajo un amigo escritor, tras un viaje alrededor del mundo, América, Oceanía y sudeste asiático. Un día la probé en un parque, comprobando cómo grababa desde el cua-cua de los patos, al otro extremo, hasta las confidencias de dos señoras, que a una distancia más que prudencial, se contaban a la oreja las aventuras y desventuras de sus respectivos en la cama. Tras esta primera prueba la escondí en algún lugar de mi despacho, imaginando que acabaría por olvidarme de ella… y casi lo consigo.

Busqué una cinta en el cajón de las cintas vírgenes, comprobé la batería y la enchufé…Seguía funcionando perfectamente. Hasta se podía oír el raca-raca de mis uñas sobre la pernera del pantalón. Coloqué la grabadora a mano. Me hice con una libretita virgen e inicié una serie de anotaciones sobre las preguntas a las que me interesaba especialmente que respondiera el loco; así como los temas que no debería olvidar mencionar en la primera entrevista.

Cuando terminé los preparativos comprendí que mi subconsciente ya había tomado la decisión hacía mucho tiempo. El consciente ni siquiera se lo había planteado. Me encogí de hombros, aceptando lo irremediable de la situación. Había llegado el momento, para mí muy desagradable, de enfrentarme por primera vez, cara a cara, con el loco. Desde luego no sería aquella tarde. El sueño del polígrafo me había puesto de muy mal humor. Y tal vez tampoco sería mañana. ¡Ya veríamos! Aunque el hecho era que la decisión estaba tomada.

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