NOVENA SINFONÍA DE BEETHOVEN III


TERCER MOVIMIENTO ADAGIO MOLTO E CANTABILE

Detengamos nuestros pasos a un lado del camino, busquemos la sombra de los feraces bosques, la mansa corriente del riachuelo, la tibia hierba que aguarda a nuestros cuerpos agotados. ¡Que se haga el silencio en nuestros corazones!

Sin duda ha sido una larga travesía. ¿Ha merecido la pena? La melancolía llena de lágrimas nuestros ojos al volver la vista hacia el camino recorrido. Todos se han quedado en él, generación tras generación se han transformado en polvo pegado a nuestros pies. Todos se creían inmortales, el verdugo y la víctima, el rico y el pobre, el poderoso y el esclavo. Del suelo abonado por sus cuerpos ha brotado la nueva cosecha, pero el deseo insaciable es madre de la hambruna, la tierra fértil es ahora un erial donde millones de buitres revolotean hambrientos. A pesar de todo aún queda un poco de esperanza en los corazones. Sí hermano, cantemos, que sea un canto triste porque los corazones rebosan de dolor, pero que sea un canto: hasta el réquiem es también canción. Que las lágrimas resbalen hasta el suelo, no las detengamos vergonzosos porque la tierra que pisamos necesita el agua de la vida. Una lágrima por el cruel verdugo que no supo reconocer a su hermano arrodillado a sus pies, otra por la víctima incapaz de ver más allá del rostro de su hermano al verdugo que debió ser aniquilado. Una por el rico que sentado a la mesa donde celebra banquete tras banquete devoró, miope, el corazón del hermano pobre. Otra por el pobre sumiso que no supo luchar por la migaja de pan necesaria para su cuerpo enfermo. Una por el poderoso, erguido como un dios, en la cima de la montaña de cuerpos indefensos mirando hacia un horizonte lejano que no llenará sus ansias de poder. Otra por la cerviz inclinada que solo puede ver las llagas en sus pies.

Todos están muertos, los anónimos y los nombres en el libro de historia. Juan Nadie y Napoleón Bonaparte, Perico de los Palotes el tonto del pueblo y Hitler el frío exterminador de tontos del pueblo. Ahora buscamos entre las cenizas las que correspondieron a Napoleón, utilizamos nuestra sofisticada tecnología para diferenciar unas de otras y las vendemos en subastas de altos vuelos, pero pegada a la ceniza del que un día fue el gran Napoleón está la de Juan Nadie, a uno lo ensalzamos y del otro no nos acordamos, pero los dos están muertos, transformados en polvo. Una lágrima por todas las cenizas y continuemos el camino. Pisando túmulos funerarios una nueva generación se yergue frente al horizonte donde el sol se oculta dejando franjas anaranjadas sobre el límpido cielo.

¿Ha merecido la pena? ¿Ha merecido la pena tanto dolor, tanto odio, tanta desesperación? Quienes han utilizado la espada están ahora al mismo nivel de los desventrados por el acero. Quienes han vivido en la opulencia, han disfrutado de los placeres sensuales, al mismo nivel de los que han hozado en el suelo buscando raíces con que calmar sus vientres vacíos. Sí, todos ellos están ahora muertos, eso les iguala en un mismo destino.

Aún queda un poco de esperanza. Sobre la montaña más alta de la Tierra una nueva generación contempla melancólica el nacimiento de un nuevo sol. El sol es el mismo pero el día es nuevo. A lomos de un majestuoso caballo blanco galopa la esperanza renacida. Quienes sueñan con un mundo nuevo alguna vez serán recompensados por su silenciosa oración. Algún día verán al cordero divino pacer al lado del lobo, al león dejarse acariciar por las manos inocentes de los niños. De las espadas se harán rejas para el arado y de las lanzas cazuelas para el potaje comunal.

¿Ha merecido la pena? Hombres torturados, desmembrados, niños arrancados del vientre de sus madres. Pueblos arrasados por bombas que forman hongos apocalípticos en el cielo. Millones de seres tendiendo sus manos vacías hacia sus barrigudos y obesos hermanos. ¿Ha merecido la pena? Sí, mil veces sí, pero lloremos unos instantes por quienes han quedado atrás, tendidos a la vera del camino. Por los profetas degollados, por las visiones enterradas en la oscuridad de inmundos calabozos. Por los niños inocentes a quienes han cerrado los ojos violentamente antes de poder comprender el mundo que les rodeaba. Por el amor pisoteado lloremos, por la esperanza desangrada lloremos, por la inocencia groseramente corrompida lloremos. El momento del llanto ha cesado, pongámonos en pie, es hora de seguir paso tras paso hacia el horizonte. Mientras lo hacemos entonemos la canción siempre nueva: Alegría, sutil elixir del paraíso, aún no merecemos beber de tu copa pero algún día no lejano nos haremos dignos de compartir todos juntos, como hermanos, el dulce fuego que reanimará nuestros huesos cansados.

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