NOVENA SINFONÍA DE BEETHOVEN II


SEGUNDO MOVIMIENTO

Un brusco acorde. Comienza la corta y sanguinaria historia del hombre. Una carrera desenfrenada hacia alguna parte que tal vez solo los dioses conozcan. Pavorosos redobles de timbal interrumpen la larga marcha. La especie humana necesita revolcarse en una orgía de sangre, en la ciénaga de la crueldad, en una espantosa ansia autodepredadora, carnicería capaz de terminar para siempre con cualquier especie infectada de este ponzoñoso virus. Una especie emponzoñada y sin embargo en cada ser humano esconde en su fondo el misterio luminoso, siempre acaba por surgir una chispa de luz en mitad de la más negra noche que los tiempos conocerán nunca. Cada cierto tiempo el cielo nos regala un ejemplar que parece tocado por la divinidad, capaz de hacer brotar de la sangre derramada nueva vida, de la crueldad más abyecta un nuevo concepto del amor. Y el ritmo sigue implacable, cada vez más alegre, más agitado, clamando por nuevas metas.

¡Eh aquí al hombre!. Fantástica y ridícula criatura, una espada en su mano derecha, una antorcha en su izquierda, en sus entrañas el instinto de supervivencia retorciéndose como monstruo hambriento. Buscando el alimento cotidiano descubre el cultivo de la tierra, el pastoreo de sumisos animales. La música sigue a ritmo endiablado, la historia del hombre también. Redobles de timbal anuncian la manifestación de la bestia que lleva dentro. Comienzan las grandes batallas de la historia, las víctimas dejan de tener nombre y se convierten en huesos enterrados en cualquier parte. Se colocan en fila, sumisas, para ser degolladas una tras otra por el verdugo implacable que tan sólo cumple órdenes del tiránico señor, ninguno de los dos se inmuta. Los corderos degollados tampoco.

Redoble de timbal. Perdido en un tiempo remoto un siervo encuentra una chispa de dignidad en alguna parte misteriosa de su dormida consciencia y se rebela: vuelan cabezas de dignos señores, vuelan cabezas de siervos; el siervo más fuerte, más musculoso, más inteligente, se convierte en señor. La sangre empapa la tierra, una rojez tenebrosa lo envuelve todo, pero la música sigue su ritmo imparable, nada puede detener el curso de los tiempos. En el cósmico reloj de arena diminutos granitos resbalan pausadamente a través del estrecho cuello de la gran retorta; cada galaxia, cada estrella cada planeta, cada ser vivo tiene su propio tiempo que avanza inexorable hacia el todo desde la nada, ¿ hacia dónde sino?. El hombre sigue empapando el suelo con la sangre de su hermano, pero de él brotan las semillas de nuevas ideas, nuevas revelaciones, firmes pasos hacia delante. Cada conquista del espíritu se acompaña con la invención de nuevas armas, por si acaso, por si a pesar de todo es preciso acabar algún día con la vida del hermano. El garrote, la espada, el cañón, la bomba, el misil balístico intercontinental. La lucha por el pan, la lucha por la libertad, la revolución del esclavo buscando sus derechos, la rebelión contra la alienación de la sociedad de consumo. Una de cal y otra de arena. Sobre las tumbas de millones de víctimas un profeta clama, conjura a la indomable voluntad del espíritu libre. Un paso adelante y otro hacia atrás, solo una especie es capaz de un baile ritual tan esperpéntico: el hombre. A pesar de ello sigamos adelante mientras aún quede un suspiro de esperanza. Mientras aún la sangre resuene en nuestras venas. Atruenan los timbales, que termine el baile.

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