PEQUEÑA PIEZA OPUS I NÚMERO I



RELATOS MUSICALES II
Dedicado a Conchi, mi esposa. Feliz cumpleaños, cariño. Es mañana. Me adelanto un poco.

NOTA: Este relato lo escribí cuando aún estaba soltero y ni siquiera éramos novios. ¡Cuánto tiempo! Forma parte de una serie de relatos musicales, que junto con una serie de poemas y otros textos, conformaron mi estrategia para seducirla. Ahora he creado un album, La musa del escritor, recopilando textos y fotos. Comprando en los chinos un album de presentaciones e imprimiendo textos con fotos queda una edición personal muy maja, no es un incunable pero desde luego bastante mejor que una edición de bolsillo. Les sugiero que hagan algo parecido con sus obras, se merecen eso y más, y si les apetece escribir algo para su pareja no se corten. Me olvidaba mencionar que también le escribo relatos eróticos, pero son solo para ella, lamento que no pueda dejarles pasar la puerta.

PEQUEÑA PIEZA PARA DIRECTOR, ORQUESTA DE INSTRUMENTOS DE CUERDA Y MUJER MORENA.OPUS 1-Nº 1. –

El director emergió de las sombras y ascendió al escenario estirando la pechera de su reluciente chaqué. La batuta en la mano, la cabeza baja, caminaba rígido hacia el centro de aquel pequeño mundo iluminado por potentes focos multicolores que convertían cada rincón en una maravillosa fantasía cromática. Su paso es cansino, lento, envarado, como una marioneta manejada por manos inexpertas.

Sin levantar los ojos del suelo multicolor inclina el tronco en una profunda y rígida reverencia hacia la concurrencia. Su espalda restalla como un muelle forzado hasta el límite: por un momento estuvo a punto de quedarse así: un maniquí roto, ridículamente doblado por su ancha cintura. Con un formidable esfuerzo de voluntad endereza el torso, su rostro se distiende en una semisonrisa rígida, estereotipada, que un cambio de luces convierte en la mascara de un payaso, la boca roja, las mejillas de azul oscuro.

Abre los ojos y la sorpresa está a punto de terminar con una compostura adquirida en años de meticulosa autoobservación. Su rostro empalidece repentinamente, acentuándose su blancura al pasar el cromatismo de luces al blanco brillante de un solo foco iluminando la sorpresa en su cara. La boca se abre transformándose en una caverna y se cierra de golpe como una puerta batida por el viento. Las butacas vacías resplandecen bajo la brillantez de las enormes arañas. No se escucha la preceptiva ovación, un silencio omnipresente lo llena todo observándole con sus mil caras invisibles desde los asientos.

– Bien –piensa -, no entiendo nada, ¿qué se puede hacer frente al destino?, pero al menos me queda la música; soñaré dulcemente con mis paraísos sin la preocupación de que irrumpan en ellos quienes no comprenden , de que hollen con sus monstruosos pies mis rincones predilectos.

Se volvió hacia la orquesta alzando los brazos para dar la entrada; la batuta queda vibrando en el aire, paralizada por el asombro de su dueño. El escenario también se encuentra vacío, en cada silla un instrumento sin dueño le contemplaba inexpresivamente. Los violines permanecen de pie en sus asientos, casi de puntillas, atentos a su gesto. Los violonchelos se apoyan cansados en sus sillas, con las tripas tensas, preparadas para rugir rítmicamente. Los instrumentos de viento descansan plácidamente esperando su turno. Toda la orquesta está preparada, como siempre, aunque esta vez no han comparecido los músicos; no se les echa de menos, como si nunca hubieran existido, los instrumentos muestran tal vida que no necesitan de la presencia humana.

Al salir de su asombro puede contemplar frente a él, perfectamente visible, humana, real, una hermosa mujer morena con un largo vestido de noche color rojo sangre. Se queda estupefacto mientras ella le sonríe, amorosa y alegre. Se permite el descaro de examinarla a placer puesto que no se muestra molesta, al contrario le invita a hacerlo complaciente y con gesto pícaro.

No comprende cómo semejante visión ha podido pasar desapercibida para sus asombrados ojos desde el primer momento; tal vez no se encontraba allí antes, surgida del vacío como Venus Afrodita de las olas – ahora ya nada puede sorprenderle- o simplemente la vieja rutina de salir al escenario le ha privado de percibir toda aquella monstruosa novedad. Ahora lo único que importa es su cálida presencia, la culminación de sus visiones paradisiacas tantas veces vislumbradas en sus interpretaciones.

Aquella mujer es hermosa, muy hermosa, el óvalo de su rostro casi perfecto; su cuerpo un prodigio de armonía cristalina a pesar de la rotundidad de sus formas que se adivinaban a través de la fina tela del vestido. Sin embargo lo más atrayente de su persona son sus ojos, magnéticos, misteriosamente luminosos, claros y profundos como la más hermosa noche estrellada del universo desde su creación; una noche solo posible en cada ciclo cósmico de expansión y contracción que sufre el universo en el infinito vacío de su eternidad. Resume y compendia toda la belleza y variedad de las noches transcurridas a lo largo de milenios, de eones, que evoluciona en todos los universos con ritmo inalterable, al compás de la música de las esferas.

La mujer se ve obligada a chasquear los dedos para que el director vuelva a la realidad. Le recrimina – con voz sutil, cantarina, sensualmente femenina- semejante embelesamiento y le invita a dirigir de una vez la orquesta que aguarda. Él está a punto de protestar enérgicamente la falta de músicos, la ausencia de público, pero reflexiona sobre la imposibilidad de que la lógica explique nada de lo que está sucediendo; cualquier palabra podría ahuyentar una visión tan milagrosa e irrepetible. Alza los brazos con la fina batuta brillando en lo alto en el típico gesto de atención a la orquesta.

Golpea el atril con ella reclamando inútilmente un silencio que nunca se ha roto y entonces, con el suave y preciso movimiento que le caracteriza, marca el ritmo lento, melancólico, adagioso, del comienzo de la pieza.
No se sorprende cuando oye a los violines musitar la dulce queja, ni a los violonchelos responder enérgicamente con dolor melancólico. Ni siquiera mira hacia las sillas para contemplar la evolución de aquella orquesta apocalíptica, sólo tiene ojos para la mujer que ha cruzado las piernas con el movimiento de la blanca y acariciante ola que rompe en una playa virgen de suave arena, susurrante y ardiente.
Ella sonríe, alegre, con su boca de terciopelo, animándole a seguir. No necesita semejante invitación, sus brazos son un océano de infinitas olas que se mueven de mil maneras buscando todos los matices imaginables. En cambio sus ojos vuelan al encuentro de la hermosa visión que resplandece ahora en toda su pura belleza y se transparenta en cada rincón del oscurecido escenario, iluminado tenuemente por multicolores y sutiles haces de luz.

El rostro de la mujer se va transformando al compás de la música, es un rostro con los rasgos y colores de todas las razas, de todos los tiempos, de todos los lugares. En él se pueden contemplar visiones atemporales de países desconocidos, de tiempos remotos, quizás pasados o quizás por pasar; visiones de trágicos amores protagonizados por la hermosa dama morena, de melancólicos atardeceres, de besos interminables y apasionadas caricias, de dulces culminaciones, de resplandecientes finales amorosos que discurren plácidamente como anchos, tranquilos y profundos ríos movièndose en la llanura.

Es una hermosa sinfonía, llena de momentos alegres o tristes, melancólicos o apasionados momentos pasados o futuros con infinitos rostros que son solo uno o en múltiples lugares que tienen un único nombre y un solo hechizo.

La dama de rojo le sonríe desde todos los puntos de su basta visión; no importan sus rasgos, aquellos ojos resultan inconfundibles, es la mirada profunda de la única noche, del único cielo que contiene en si todos los encantos y maravillas del cosmos.

Se deja llevar y viaja con ella por un universo inagotable, no importa hacia donde, ni importa el tiempo transcurrido o por transcurrir, solo su rostro, su mirada iluminando los ciclos de nuevos e inmensos mundos que empiezan a crearse.

FIN

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