Mes: octubre 2015

CRAZYWORLD XVI


EN LOS BOSQUES DE CRAZYWORLD I

Me encontraba en la despensa o almacén donde se guardaban los alimentos. Había estanterías por todas partes, repletas de latas, botes, cajas de cartón con cereales, sacos de legumbre, de arroz, de harina. Grandes arcones frigoríficos conservaban carnes y pescados. Aquello era enorme y resultaba interesante perderse en aquel laberinto. Me detuve ante unos tarros de cristal de pepinillos, dispuesto a llevarme uno pequeño. Ya había alargado la mano cuando al otro lado de la estantería otra mano, que no era la mía, movió un par de cajas de cereales y me llevé un susto de muerte al ver la mitad de una enorme cara. Un ojo riente me miraba con picardía. Me costó un par de segundos reaccionar.

-¡Dolores! Me has dado un susto de muerte.

-Lo siento, guapito de cara, pero escuché ruidos extraños por aquí y decidí dar un susto a la rata que está robando provisiones.

-¿Están robando?

-Desde hace algún tiempo. Mi primer sospechoso sería Jimmy sino llevara desganado una temporada. Pero sigue este pasillo hasta la próxima bifurcación a la izquierda. Allí te espero.

Hice lo que me pedía. Dolores me esperaba con una sonrisa y con una gran bandeja de galletas en sus manos.

-Las acabo de hacer. No soy mala cocinera y la mejor repostera de Crazyworld. Puedes estar seguro. Prueba una.
Estaba riquísima. Tomé otra y ya me disponía a mordisquearla cuando una mano fantasmal me la arrebató.

-Veo que has hecho galletas, Dolores, cariño. Y que no me has invitado. Seguro que no pensabas hacerlo. Estando aquí este guaperas, todas perdéis el sentido.

-Si no fueras tan simpático, Jimmy, ya te habría aplastado como a una sabandija. A veces eres imposible. Pensaba llamaros a los dos para que disfrutarais de este manjar del cielo, pero contigo una nunca sabe lo que va a pasar ni por dónde aparecerás. Eres como un fantasma.

-Gracias, “Doli”, me llevaré unas cuantas para el camino. Nadie se atreverá a negar que sean las mejores galletas del mundo. Vaya por los viejos tiempos.

-¿Qué viejos tiempos, idiota?

-Vamos, preciosa, ¿aún no le has contado a éste que tú y yo estuvimos liados durante un tiempo?

Maldije mentalmente a todos los demonios del infierno. Aquella sabandija repugnante, como le había llamado Dolores, cuando tenía el día malo –y desde que se me presentara en el desayuno no había tenido un solo momento bueno- era capaz de revolver toda la mierda de Crazyworld hasta conseguir que me cayera a mí sobre la cabeza. Dolores me resultaba muy simpática y le estaba muy agradecido por aquel bonito detalle. Ahora aquel mastuerzo lo estropeaba todo. La buena mujer me alargó una bolsa de plástico que sacara del bolsillo de su mandil y me dijo:

-Llévate todas estas galletas y no le des ni una más a este cabrón. No voy a negar lo que dice. Una está hecha de carne, como las demás mujeres, y necesita un poco de cariño de vez en cuando. Durante un tiempo me hizo algunos favores, no lo niego, aunque un caballero no hablaría de esas cosas.

-¿De qué cosas, “Doli”? ¿De cómo suspirabas cuando mi manguera regaba tu jardín florido?

Imposible haber calculado la velocidad con que Dolores se hizo con un bote de conserva de la estantería que teníamos delante y se lo arrojó a la cabeza a Jimmy. No le dio de pleno porque el muy ladino ya lo había previsto y se desvió a tiempo de la trayectoria. Luego, sin esperar una nueva reacción, comenzó a correr por el pasillo. Sin duda conocía mucho mejor que yo a la mujer, porque su agilidad felina para arrojarle el bote era totalmente inesperada en alguien de su peso y volumen.

-Vete. Ese cabrón ya me ha puesto de mal humor. Me hubiera gustado charlar un rato contigo y enseñarte este mundo y sus delicias. Otra vez será. Espero que no me consideres peor que antes.

-¿Por qué iba a hacerlo? Todos los seres humanos tienen derecho a un poco de placer de vez en cuando. Debería estar en las constituciones de todos los países.

-¿Hasta las gordas como yo?

Me enternecí. Traté de estrecharla en un abrazo, pero como no conseguí abarcarla, busqué con mis manos su papada, alcé su mentó y la besé. Al mirarla de nuevo noté humedad en sus ojos.

-Vete, cariño, vete. Tú no eres como los demás. Tú no perteneces a Crazyworld. Y aunque Jimmy sea un deslenguado y una sabandija, es el que mejor te podrá enseñar todo esto. Haz caso de sus consejos y olvídate de lo que diga de las mujeres.

Lancé un beso con la punta de mis dedos y ya me disponía a seguir mi camino cuando ella me alargó la bolsa con las galletas, que había dejado en una balda para darle un abrazo.

-Te olvidas de mis galletas. Ven a buscarme cuando quieras. Si no estoy en las cocinas o en las habitaciones, sirviendo comidas, estaré en mi cuarto. Solo tienes que preguntar a cualquiera y te indicarán el camino.

Besé sus mejillas y salí tras El Pecas. Dolores tenía razón. Aquel mastuerzo era insufrible, pero nadie mejor que él para desvelarme los secretos de Crazyworld. Necesitaba conocerlo todo si quería que los planes de fuga tuvieran éxito.
Atravesé las cocinas, no sin perderme varias veces. Al empujar la última puerta, tras probar con unas cuantas, cuyos letreros anunciaban que servían de puertas de emergencia para desalojar las cocinas, ésta se abrió, para mi sorpresa, y me encontré en los jardines. No tardé en ver a Jimmy que andaba por allí, paseando a lo largo de la pared, como si esperase que en algún momento yo acertara con la única puerta abierta, como me dijo al verme.

No recordaba si Jimmy me había hablado de los inmensos bosques que formaban parte de la finca. Tal vez la amnesia estuviera entrando en un proceso desconocido para mí y que me produjera aquellos lapsus extraños. Continuaba sin recordar lo esencial de mi pasado, aunque de vez en cuando imágenes sin control y sin la menor cronología me asaltaban. Una playa en algún lugar, una mujer hermosa y madura que me lanza las llaves de un coche. Aquello podía formar parte de mi pasado o tratarse tan solo de la escena de una película. Era imposible saberlo. No me preocupaba en exceso. Con el tiempo comenzaría a recordar o me quedaría amnésico de por vida. No me importaba mucho, al menos mientras no lograra fugarme de Crazyworld. Casi mejor no recordar nada. Sin embargo sí me preocupaba el olvido de lo que me estaba sucediendo en el presente. Eso podía complicarme mucho la vida.

Cruzamos el jardín que rodea el edificio principal de Crazyworl, dedicado a los pacientes, como si nos persiguiera un perro rabioso. Jimmy tenía mucha prisa. Le noté más agitado e inquieto que de costumbre. Ya me iba acostumbrando a sus
cambios de humor, también a las rarezas de los habitantes de aquel frenopático, aún así hubiera preferido saber dónde íbamos y qué le preocupaba.

-¿Dónde me llevas?

-Ya te he dicho que vamos al bosque. Quiero enseñarte algo.

-De acuerdo, Jimmy, ¿pero no podrías adelantarme algo?

-Prefiero darte una sorpresa. Además hasta que lleguemos aún estaré a tiempo de arrepentirme.

-¿Arrepentirte de qué? ¿Qué demonios me estás ocultando?

-Ya lo verás. Es algo que no te esperas.

-Claro. Si lo esperara ya no sería una sorpresa.

Jimmy no captó la ironía. Parecía muy ocupado intentando encontrar una senda en el tupido bosque que nos llevaría quién sabe dónde. ¡Con tal de que llegáramos a tiempo para la cena! El Pecas husmeaba el aire como un sabueso acatarrado. ¿Qué otras cualidades, aparte de su desatada lujuria, tendría aquel espécimen de ser humano, que yo aún no hubiera intuido?

Anuncios

CRAZYWORLD (EN EPISODIOS ANTERIORES)


CRAZYWORLD

EN EPISODIOS ANTERIORES

Un joven conduciendo un impresionante deportivo, algo que se ve todos los días, se ha perdido por una carretera secundaria de un Estado norteamericano que no sabemos cuál es ni nos importa. Se hace de noche, el joven es impetuoso y aprieta el acelerador y… zás, se “esnafra” contra un árbol. Sale despedido, se da un golpe en la cabeza y cuando se recupera camina por el bosque buscando ayuda.

Al final consigue llegar a una puerta sita en un larguísimo muro de seguridad. Toca el timbre y se desmaya.

Despierta en la enfermería, donde una vampírica enfermera -tendrán que releer los primeros capítulos porque ya no me acuerdo de su nombre- le mira como si quisiera chuparle la sangre, al joven le gustaría, pero piensa que le debe quedar muy poca. Esta portentosa enfermera es uno de los personajes centrales de esta novela, saga, culebrón delirante o como quieran llamarle. No vamos a desvelar más porque bastante se desvelará ella sola.

Nuestro joven descubrirá que se ha quedado amnésico porque no recuerda nada. Con el tiempo descubrirá que aquel lugar se llama Crazyworld (mundo loco para los que no sepan inglés, yo incluído) y es una clínica psiquiátrica para millonarios locos. Conocerá a Dolores, la gordita más deliciosa al este lado del Pecos, y otro de mis deliciosos personajes. Debo decir que nunca creeré haber sido capaz de crear tantos y tan deliciosos personajes en una misma historia. Son adorables, les quiero y su vida será eterna mientras mis dedos tecleen. No tengo abuela, por eso debo decirlo. No creo que nunca llegue a crear un personaje tan diabólicamente divertido como Jimmy El Pecas, ni mujeres tan hermosas, tan deliciosas, tan, tan, tan y tán, como las que aparecen aquí, que si una nave extraterrestre hubiera secuestrado a las mujeres más hermosas de la galaxia, incluido el planeta Tierra, y las hubiera situado en Crazyworld no serían tan hermosas y deliciosas y tan, tan y tán, como las que aquí aparecen y no es porque las haya creado mi fantasía, no, que ellas existen realmente.

Albert es el celador más borde de Crazyworld, pero nada tiene que hacer con Jimmy, El Pecas, que aparece como salido de la nada y nunca se separará de nuestro protagonista. Bueno, nunca, nunca, nunca… en momentos íntimos, que los hay, y muchos, nuestro personaje por fin estará solo.

Jimmy se encarga de enseñarle la clínica al joven amnésico y toda esta primera parte de la historia va de eso, de conocer dónde estamos y a qué nos dedicamos. Como el doctor Sun, mi personaje humorístico más divertido que aquí aparece en un sorprendente papel dramático. Hemos visto el salón-comedor, hemos conocido a John Smith, el asesino en serie, al Sr. Múltiple personalidad, a camareras que quitan el hipo, a… bueno hay tantos personajes que no me acuerdo de todo. Lo importante, para el lector que se haya perdido, como yo, es que la historia es realmente sencilla, el joven pierde la memoria, le va a costar mucho recobrarla y mientras tanto visita un exclusivo psiquiátrico para millonarios locos, con El Pecas de anfitrión, peleándose con todas las mujeres guapas con las que se encuentra. Poco a poco nuestro protagonista irá sabiendo que de allí no sale nadie y que es una suerte quedar encerrado en un lugar donde hay tantas mujeres bellas.

Y no necesitan saber nada más, si no se acuerdan, relean, como hago yo que he releído veinte mil veces la historia y sigo sin acordarme. Y ahora proseguimos.

EN UN LUGAR DE LA MANCHA DE CUYO NOMBRE NO QUIERO ACORDARME…¡Uy perdón! quiero decir en Crazyworld nuestro hombre visita el centro de seguridad y encuentra….

CRAZYWORLD XV


EL CENTRO DE SEGURIDAD DE CRAZYWORLD III

-Aquí nadie te molesta. Solo tienes que observar la precaución de cerrar por dentro el pestillo. Esto suele estar desierto, salvo dos o tres clientes que han montado bulla y necesitan calmarse durante algún tiempo. Eso sí, cuando Crazyworld se revoluciona las celdas de aislamiento se llenan hasta los topes y el doctor Sun suele habilitar los calabozos del centro de seguridad, para los menos zumbados, claro, porque no tienen las paredes acolchadas y ninguna cabeza es de goma. Se puede gritar lo que se quiera o rebotar en el catre o hacer el salto del tigre. Nada se transmite al exterior. De todas formas si quiere traer aquí a una mujer, será mejor que me lo diga con antelación para que pueda organizarlo todo. No me gustaría que te descubrieran y me j… el invento.

-Y de paso prueba también a la señora…

-Yo no te pido favores. Ahora bien, entre amigos esas cosas están demás. ¿No crees?

Permanecimos en silencio. Jimmy me había hecho un gesto de silencio, con el dedo en la boca. Me pregunté cómo podría haber escuchado nada en el exterior si las celdas estaban tan acolchadas como él decía. ¿Acaso tenía orejas de murciélago? Se levantó y caminó de puntillas hacia la puerta. La abrió y asomó la cabeza. Luego la abrió más y asomó el torso. Por fin la abrió del todo y dio unos pasos hacia el exterior. Regresó. La entornó ligeramente y se sentó a mi lado en el catre.

-Creí haber oído algo. Ya sé que pensarás que es imposible, estando la puerta cerrada, pero si alguna vez pasas un mes aquí tus oídos se te agudizaran de tal forma que creerás escuchar todas las conversaciones de Crazyworld. No debería haber nadie por aquí, al menos durante una hora. Pero será mejor que nos larguemos.

Jimmy me tomó de la mano y me hizo un gesto con la otra hacia los pies. Intenté caminar como lo hacía él, casi de puntillas. El pasillo se me hizo muy largo. Una puerta tras otra nos arrastramos como gusanos bailando el Lago de los cines. Cuando llegamos al final del pasillo me dolían los pies, las piernas, la espalda, me dolía todo el cuerpo. El Pecas movió el picaporte, nada. Entonces sacó una especie de cartera del bolsillo de su americana y hurgó en la cerradura como un delincuente consumado. Esta se abrió con un clic.

Pasamos al otro lado, donde todo estaba oscuro como boca de lobo. Fui a decirle a Jimmy que aún conservaba mi encendedor en el bolsillo. En realidad no recordaba muy bien si era el mío o alguien se lo había dejado en la ropa que me dieron al salir de la enfermería. Lo cierto es que me había encontrado con aquel mechero al meter la mano por primera vez en el bolsillo y había decidido guardarlo allí por si las moscas. El Pecas se me adelantó. Me susurró al oído que no debería hablar ni encender ninguna luz. Allí había cámaras y nos verían de inmediato en cuanto hiciéramos el menor ruido.
Me deslicé tras aquel fantasma y al cabo de unos segundos doblamos a la derecha. Jimmy cerró tras sí otra puerta con cuidado y encendió una luz tenue, oprimiendo un interruptor en la pared. Nos encontrábamos en una especie de hall, con algunos sillones alrededor de una mesita de salón. Parecía como una especie de sala de espera. En lo alto de una formidable puerta blindada pude ver una cámara de televisión. Jimmy hizo un gesto con los dedos de la mano derecha. La cámara se movió hacia nosotros. Mi compañero hizo un gesto muy expresivo con el dedo índice de la mano derecha hacia arriba. ¡Estaba loco! ¿Acaso pretendía que nos esposaran y encerraran en un calabozo? Y eso sería lo mejor que podría pasarnos, porque si salía un guardia de seguridad, nos ponía las esposas y se liaba a mamporros con nosotros juro que en cuanto pudiera apalearía a aquel mastuerzo hasta acabar con él.

La puerta comenzó a deslizarse con suavidad, con lentitud exasperante. Cuando se hizo una abertura suficiente Jimmy me invitó a pasar, con un leve gesto de cabeza. Me negué a ser el primero. ¿Y si al otro lado aguardaba un guardia de seguridad con una buena porra, dispuesto a descargarla sobre mi cabeza? El Pecas leyó en mis ojos el pensamiento que me acuciaba. Hizo una suave pedorreta y pasó el primero. No escuché el típico ruido de un cráneo roto por un bate de beisbol o una porra de goma. Eso me animó bastante y crucé la línea dimensional que me separaba de otro universo con ciertas garantías de que nada malo me sucedería, al menos durante los primeros segundos.

Si en algún momento se me ocurrió pensar que estaba entrando en la cueva de Alí Babá, me equivoqué de plano. Aquella era la cueva de los policías que atrapan a los ladrones que guardan los tesoros en cuevas de Alí Babá. Solo que allí no había otro tesoro que la intimidad de unos pobres locos. Nos encontrábamos en una especie de plataforma, con el suelo enmoquetado, imagino que para que los pies no produjeran el menor sonido al pisar o deambular por aquella especie de jaula de los leones. Se trataba de una circunferencia amplia, construida de metal, con grandes ventanales provistos de gruesos cristales, a través de los que ahora no podía verse nada, porque las amplias y compactas persianas estaban todas bajadas. La iluminación venía del alto techo, gracias a unas lámparas o focos dirigidos hacia abajo y cubriendo todas las direcciones posibles. En medio del círculo había una pequeña plataforma elevada y en ella una silla anatómica muy cómoda y una especie de estantería con varios monitores.

La silla estaba de espaldas a mí, por lo que no pude ver a la persona que la ocupaba. Jimmy se estaba dirigiendo hacia allí, sin mucha prisa y con la espalda ligeramente encorvada, como si temiera algo o alguien le diera un poco de miedo. La plataforma giraba, aunque con mucha lentitud, razón por la que no me di cuenta al principio. Me quedé esperando a que la silla se me enfrentara y pudiera ver a su ocupante. Mejor mantenerse a una distancia prudencial mientras no sepas con quién te juegas los cuartos… o el cráneo.

Antes de que El Pecas llegara a la plataforma ésta había completado parte del giro y pude ver al dichoso ocupante de la silla. Digo mal, porque el dichoso no fue el ocupante, sino yo. Una mujer se puso de pie y miró a Jimmy con una mirada que no sabría cómo clasificar o catalogar. Me rasqué la cabeza, pensando que era la amnesia la que me impedía encontrar palabras. Las palabras justas para describir la mirada que la mujer dirigía a Jimmy y las palabras exactas, sin el menor deseo de exagerar, suficientes para describir aquel cuerpo, aquella persona, semejante mujer. ¡Guaaauuuu!
Era una joven alta, yo diría que casi tanto como yo, pelirroja, una hermosa melena acariciaba unos hombros hermosos, enfundados en una chaqueta que formaba parte del uniforme, de un color azulado, con una línea roja en las mangas. El pantalón era del mismo color y la raya roja más gruesa. Cuando terminé el recorrido por las largas piernas me encontré que los pies no estaban embutidos en botas militares, como esperaba, sino en unas graciosas, casi diría divinas, sandalias, también azuladas, de tacón alto. Regresé hacia arriba y de paso me fijé en las caderas, amplias, armonizando con una cinturita frágil y muy deseable. Los pechos no se veían bien, quiero decir ni bien ni mal, puesto que estaban ocultos bajo la camisa del uniforme, blanca, con todos los botones en sus ojales y sin el menor escote. Uno se imaginaba su tamaño y forma, pero poco más, y ello con cierta dificultad. El cuello largo, como de cisne de ballet y… Cuando llegué a los ojos, casi caigo de culo. Eran preciosos y de una intensidad deslumbrante. Claros, no sabría decir si azules o verdosos. Tan bellos y tan mortales como un rayo laser preparado para la guerra. Porque eso es lo que pensé tras reflexionar mucho, que la mujer estaba en guerra con Jimmy y que a mí no me había visto aún o si eso no era cierto lo disimulaba muy bien.

¡Guaaauuu! ¡Qué mujer! No tuve tiempo de deleitarme mucho con su visión, porque aquella diosa de la seguridad intergaláctica dio un salto de pantera, abandonó la plataforma y quedó a un par de pasos del Pecas, que se movía ahora como un reptil temeroso, con la espalda más encorvada que nunca.

-Hola Heather. ¿Cómo estás?

-Mejor que tú, malnacido. Y como me vuelvas a hacer ese gesto con el índice de tu mano derecha, te juro que te voy a cortar el índice, la mano derecha y sobre todo esa mierda que llevas entre las piernas.

Jimmy se enderezó un poco, se puso firme, como ante un general y enfrentó el brilló de los ojos de aquella mujer, que pocos se atreverían a mirar de frente durante mucho rato, como al sol que nos alumbra.

-Harías mal Heather, porque puedes volver a necesitar “esa mierda” que tanto contento te dio en un tiempo. Bien pudiera suceder que la echaras de menos.

-¡Maldito cabrón! Siempre tienes respuestas para todo y no negaré que en una isla desierta puede que no te castrara… si resultara que fueras el único macho existente. Pero veo que hay otros y mucho más atractivos que tú. ¿Por qué no me presentas a tu amigo… y tal vez te perdone la vida?

Continuará.

CRAZYWORLD XIV


EL CENTRO DE SEGURIDAD DE CRAZYWORLD I

Centro de control tunel La Laja, Las Palmas de Gran Canarias_1

Por fin ambas miradas se despegaron. Jimmy fuese y allí no hubo nada… al menos de momento. Una vez en el hall, “El Pecas” recobró su buen humor.

-Creo que vamos a empezar por el Centro de seguridad de Crazyworld, el cerebro de esta locura. Nada sucede aquí sin que alguien lo sepa o quede grabado de alguna forma.

-¿Quieres decir que estamos siendo vigilados constantemente, como si esto fuera el país del Gran Hermano?

-Imagino que te refieres a la novela de Orwel. No soy tan tonto o inculto como te puedo parecer…

-No he dicho eso, Jimmy.

-No importa. Sí aquí hay una cámara escondida tras cada objeto, incluidos los más inesperados, sobre todo esos. También hay micrófonos por todas partes. Si quieres hacer algo sin que nadie lo sepa tienes que hacer como yo, trazar un mapa de todas las cámaras y micrófonos y anularlos por un tiempo, solo los imprescindibles y de forma que parezca casual. Si no lo haces así pronto te descubrirán y te llevarán a las celdas de aislamiento.

-¿Qué son las celdas de aislamiento, Jimmy?

-Ahora las verás. Están de camino hacia el centro de seguridad.

Nos habíamos quedado charlando tranquilamente en el hall. Tras el opíparo y accidentado almuerzo los pacientes se habían ido diluyendo, como un azucarillo en un vaso de agua. Imaginé que muchos subirían a sus cuartos para echarse la siesta o hacer cualquier cosa de las que son capaces de hacer los locos, porque si bien de los cuerdos esperas que hagan cualquier cosa, de los locos solo unas cuantas. Otros saldrían a los jardines. Hacía una tarde estupenda y apetecía sentarse en un banco a la sombra o tomar el sol cerca de la piscina, bajo una sombrilla, en bañador o en traje de calle. ¿A qué se dedicaría cada uno de los pacientes de Crazyworld tras el almuerzo? Seguro que si se lo preguntaba a Jimmy éste me lo contaría todo con pelos y señales, pero yo no quería que se enfangara una vez más en una charla estúpida que no nos llevaría a parte alguna. El hall estaba casi desierto, solo John Smith, el asesino en serie, dormitaba en su sofá favorito. No obstante supuse que el personal del comedor terminaría sus faenas pronto y no deseaba más problemas con El Pecas, el hombre-problema por excelencia.

-Me gustaría que me enseñaras las celdas de aislamiento y conocer ese famoso centro de seguridad. Lo que no entiendo es cómo demonios puedes acceder a él. ¿No se supone que los pacientes no deberíamos saber ni de su existencia, mucho menos poder entrar allí y ver el tinglado?

-Cierto, amigo, nadie debería entrar allí, ni siquiera el personal, salvo el autorizado, no obstante si tienes amigos hasta podrías entrar y salir del infierno como si tal cosa. Tengo una buena amiga en el Centro de Seguridad y no me preguntes nada más, pronto la vas a conocer.

No hice más preguntas. Jimmy me hizo bajar por unas escaleras, disimuladas tras frondosas plantas.

-¿Por qué no pillamos el ascensor?

-Porque tienen cámaras hasta en el suelo, para grabarnos las plantas de los pies. Esta es una escalera de servicio que casi nadie utiliza y por lo que observé la última vez que estuve mirando las pantallas en el Centro de seguridad no estaban pinchadas. Ni un solo plano. Nos conviene pasar lo más desapercibidos que nos sea posible.

-Si tú lo dices.

CRAZYWORLD XIII


PRIMER ALMUERZO EN CRAZYWORLD Y VII

-Esto es una gran ciudad. Acabas de llegar, no puedes saberlo. Ya te iré mostrando todo con calma.

Observé que Alice reía con otras camareras, al fondo del comedor. Parecían muy felices y de vez en cuando miraban hacia nuestra mesa. Seguramente lo estaban pasando en grande a nuestra costa. El almuerzo estaba terminando y los pacientes salían con paso cansino hacia sus cuartos o hacia cualquier otro lugar. Aquí la prisa estaba de más y las normas parecían ser las imprescindibles, sino alguna menos. Maldije para mis adentros a Jimmy que siempre se las arreglaba para hacer enfadar a alguien, especialmente a mujeres, y especialmente a Alice. Por su culpa yo estaba a medio comer. Se lo dije enfadado a Jimmy y este, ni corto ni perezoso, se levantó, entró en la cocina y al cabo de unos segundos regresó con una bandeja.

-¿Desea algo más el señor o tiene bastante con esto?

-Gracias, Jimmy. No es por ofenderte, pero te iría mejor en la vida si incordiaras menos al personal, especialmente a Alice.

-Tú come y calla. Alice es cosa mía.

Y mientras yo le daba al diente El Pecas continuó con su delirante historia sobre Crazyworld. De vez en cuando comía algo del plato que había tomado de la bandeja. No tenía mucha hambre, deduje que pocas veces la tenía, a juzgar por su delgadez, su hambre iba dirigido hacia otros bocados, más exquisitos. Me prometió una visita a la ciudad de las putas, aunque esperaba que yo no tuviera que necesitarlas nunca. Un joven alto y guapetón no debería tener problemas en Crazyworld. Había suficiente mujeres para todos. Y al decir esto me guiñó un ojo.

Terminé de almorzar con toda la rapidez que pude, sin arriesgarme a sufrir una indigestión o forzar el vómito. El comedor se había quedado desierto y Alice no dejaba de charlar con las otras camareras, alzando la voz un poco más a cada minuto que pasaba. No dejaban de mirarnos mientras yo trasegaba como un muerto de hambre y El Pecas hablaba como un anacoreta que acabara de encontrarse con otro ser humano tras años de soledad. Yo no dejaba de alzar la vista a cada bocado y eso me ponía más nervioso a cada instante y me avergonzaba tanto que terminé por cortar abruptamente el monólogo de Jimmy.

-Ya he terminado. Creo que deberíamos irnos.

-¿Lo dices por Alice? Puedes seguir comiendo todo lo que quieras. ¿Tienes más hambre? Puedo ir por otra bandeja…

-No, déjalo. He comido como un león hambriento. No quiero reventar. Si te parece vamos a dar un paseo y me enseñas todo lo que puedas de Crazyworld.

-Está bien. Pero si lo haces por esa “zorra” te juro que dejaremos de ser amigos.

Le juré que no era por ella, sino porque había llenado tanto el estómago que necesitaba caminar o explotaría. No sé si Jimmy me creyó o no, lo cierto es que se puso en pie y me empujó, cuando hice un amago de llevar la bandeja a la cocina. Salimos caminando por el pasillo central. El Pecas sacando pecho y sin la menor prisa, y yo tras él, como escondiéndome. No supe hasta un tiempo después lo que me estaba pasando. ¿Acaso sentía miedo de aquella preciosidad? No, no era miedo, creo que era angustia por enemistarme con ella y perder así la oportunidad de ser invitado a su lecho. Sin embargo en aquel instante no estaba preparado para admitir una debilidad semejante y preferí engañarme pensando que Alice era una mujer de armas tomar. Mejor pasar por un cobarde, un calzonazos, que admitir que iba a deprimirme mucho en aquel maldito frenopático si aquella hermosura me ponía mala cara.

Al pasar al lado de las mujeres Jimmy se rascó la garganta, como si tuviera algo en el conducto. Y a fe que lo tenía, y mucho, porque soltó un formidable un escupitajo o “japo” que se pegó al suelo como un enorme sapo, y allí se arrastró unos centímetros, hasta quedar justo a un dedo de la puntera del zapato de Alice. Sus compañeras soltaron un chillido histérico, luego escupieron un montón de sapos por la boca, que quedaron flotando en el aire tras de mí, y finalmente se echaron a reír con estruendosas carcajadas.

Yo me aparté un poco, tanto para no pisar el escupitajo verdoso como para ocultarme aún más tras la magra espalda de Jimmy. Hubiera deseado que la tierra me tragara y me dejara en medio del bosque de Crazyworld. Puede que allí me muriera de hambre, pero no de vergüenza. Cuando ya había concluido que aquel estúpido-zoquete me chafaría para siempre cualquier plan con Alice. Levanté la vista justo en el momento de notar una mirada clavada en mí. Era la camarerita linda, quien me observaba sonriente. No podía creer lo que estaban viendo mis ojos. Cualquier mujer te enterraría vivo en una situación semejante. Pero ella no, ella me guiñó un ojo al pasar, como diciéndome que todo tendría arreglo y que muy pronto seríamos íntimos.

¿Íntimos? Si yo no estaba loco, algo que ahora dudaba, lo que era seguro, sin el menor atisbo de duda, y lo que me estaba diciendo mi mente, muy lúcida en aquel momento, es que todos en Crazyworld estaban locos, incluido el personal.
Jimmy se volvió, retó a Alice con la mirada, y allí se quedó un minuto, echando fuego por las rendijas que eran sus ojos. Yo aproveché para salir al hall y observar la escena escondido tras el quicio de la puerta.

Continuará.

CRAZYWORLD XII


PRIMER ALMUERZO EN CRAZYWORLD VI

[GR_restaurante_Caelis (1)

-¿No pensarás que tanto hombre encerrado aquí durante años podría permanecer quietecito y controlado sin una buena ración de sexo, al menos semanal? Aunque sigas amnésico no creo que necesites que te explique cómo funcionan estas cosas. Puede haber más mujeres que hombres, pero siempre se necesitarán profesionales, porque ya sabes que los hombres nos tiramos a todas, sin embargo ellas son muy suyas para este tipo de cosas. Solo se lo hacen con quien les gusta mucho y eso no siempre, mejor dicho cuando les apetece, que es casi nunca, al menos por lo que a mí respecta.

-Perdona Jimmy. No acabo de entender cómo funciona este tinglado. Más que un manicomio, como pensé al principio, o una lujosa clínica para millonarios, como me explicaste luego, esto parece una auténtica ciudad, gobernada por una cabeza bien amueblada, aunque tal vez un pelín desquiciada, delirante, con una patología que se debería tratar también aquí. ¿Por qué no está con nosotros ese famoso millonario que creó todo esto?

-Es una larga historia que ya tendré tiempo de contarte. Desde luego que Crazyworld es obra suya desde el principio, aunque se sirvió de un numeroso consejo de asesores, a los que ató con un juramento muy bien redactado en un contrato. Algunos, como el doctor Sun, que le asesoró en todo lo referente al comportamiento de un numeroso grupo de locos encerrados de por vida, también acabaron en la jaula. Otros han permanecido callados por la cuenta que les trae. Una demanda les hubiera hundido en la más terrible de las bancarrotas. Y eso sin contar con el miedo que les metió en el cuerpo. No totalmente infundado, porque al parecer alguno ha desaparecido de la faz de la tierra, se dice que a manos de un asesino a sueldo.

Y aquí Jimmy hizo un gesto muy expresivo con el canto de la mano rebanándose el pescuezo.

-¿Me estás diciendo que Crazyworld está en poder de la mafia?

-Quien maneja el cotarro desde la sombra es el millonario. No me preguntes su nombre porque aunque lo supiera no te lo diría. Hay ciertas cosas que es mejor no saber en Crazyworld y si algún día salgo de aquí, espero que pronto, no quiero tener una manada de sabuesos tras de mí. Quien da la cara aquí es el doctor Sun, el ejemplar más extraño que podrás echarte nunca a la cara, tanto como persona como psiquiatra. El director se encarga de la logística y de estar ahí, en la cima de la pirámide, para que todo el mundo sepa quién tiene la culpa de todo. En otro momento te contaré su historia. En realidad todo va sobre ruedas. Tras un periodo de prueba el protocolo funciona a la perfección y no tiene otra cosa que hacer que disfrutar gratis de las prostitutas. Bueno, en realidad ya se cansó de ellas y ahora se dedica a chantajear a las chicas que le gustan. Se dice que en su pasado hay una mancha que nunca podrá lavar nadie. Fue un pedófilo. Es por eso, entre otras cosas, que fue presa fácil para el millonario. Consiguió sus servicios a cambio de un sueldo que no es nada del otro mundo (el doctor Sun gana bastante más que él) y con la condición de que le ocultara de quienes iban tras de él, muchos, e hiciera la vista gorda a alguno de sus desmanes.

En esta última parte de la parrafada Jimmy bajó la voz, hasta casi susurrar. Yo me estremecí. Todo lo que me estaba contando me resultaba realmente terrorífico. Y eso que aún no había empezado a largar en serio. Como llegaría a saber con el tiempo no me había equivocado en absoluto al deducir que Crazyworld estaba construido sobre un pantano. Los peores miasmas de la naturaleza humana pronto cosquillearían mis fosas nasales.

-¿Quieres decir que no se ha reformado y sigue persiguiendo adolescentes? ¿Hay alguna adolescente en Crazyworld, Jimmy? No he visto ninguna.

-Ya te he dicho que esto es una ciudad en miniatura. Bueno no creo que te parezca una miniatura una finca con la que se podría crear un estado, un poco pequeño para lo que se estila, pero un estado al fin y al cabo. Y en cuanto a la población, solo los locos ya conseguiríamos llenar varios casinos de las Vegas. Si contamos todo el personal creo que haríamos un buen papel en el ranking de las ciudades más pobladas de Nuevo México.

-¿Estamos en Nuevo México, Jimmy?

-Ese también es un secreto que es mejor que no sepas. ¿Tu amnesia te permite recordar los nombres de los estados?

-Ahora que lo dices, me ha venido a la cabeza sin más. No puedo asociarlo con nada de mi pasado. Sigo sin recordar gran cosa.

-El tiempo es la mejor cura. O te sana o te mata, con lo que la cura es total. ¿No te parece? Jeje. Me preguntabas por adolescentes. Hasta ahora no ha ingresado ninguna como paciente, pero aquí se han formado familias y aunque Crazyworld no lleva mucho tiempo funcionando algunos contratados exigieron traerse a sus hijos e incluso a sus maridos o esposas; otros pensaron que esto era una bicoca y se trajeron tíos, sobrinos, primos segundos y demás familia. Creían que aquí les alimentarían a todos gratis y no se equivocaron. Claro que si ahora les preguntaras a solas y en voz baja, te dirían que darían su mano izquierda por poder regresar a la pobreza de donde fueron rescatados por el millonario. Entre todos estos familiares hay algunos niños, algunos adolescentes, algún que otro recién nacido y hasta mascotas, perros y gatos y demás ralea. Nuestro director es discreto pero a Jimmy no se le escapa nada. Sé de buena tinta que ha estado tras los pasos de la hija de la doctora Heather, una quinceañera de toma pan y moja. Y no me tires de la lengua, que te puedes perder. Me temo que yo soy un caso perdido y mis días pueden estar contados.

Y aquí Jimmy volvió a susurrar y a mí el vello del cuerpo se me rizó como si me acabara de pasar una ola terrorífica por encima.

-Volvamos a las prostitutas. ¿Cómo funciona este tinglado? ¿Cómo funciona todo el tinglado en general? Porque si hay niños habrá maestros y guarderías. ¿Qué es lo que falta aquí?

Continuará.


_________________

CRAZYWORLD XI


EL SR. MÚLTIPLE PERSONALIDAD

-Lo llamamos el Sr. Múltiple Personalidad. Nunca sabes quién te está hablando. Cambia de personalidad cada cinco minutos o antes, según tenga el día y lo nervioso que esté. Cada vez que aparece un personaje tiene que hacerse cargo de la situación. Habla con los otros como si estuvieran frente a él y les consulta lo que el nuevo personaje que se ha hecho cargo ignora. Es un poco complicado. Lo único que te conviene saber es que nunca debes hablarle si él no lo hace y cuando lo haga procura adivinar qué personaje está al mando y seguirle la corriente.

-¿No tiene nombre?

-Como si no lo tuviera. Es imposible adivinar cuándo la personalidad que lleva su nombre está al mando. Es mejor no utilizar ningún nombre cuando te diriges a él. Nosotros los llamamos Sr. Múltiple Personalidad o “Mul-per” que es más corto.

-¿Es peligroso?

-Si no lo contradices o le incordias demasiado es como un corderito. Se puede transformar en un lobo peligroso, pero cuando ataca a alguien lo más normal es que se lo haya merecido. Ni siquiera el doctor Sun lo castiga a las celdas de aislamiento cuando se transforma en lobo. Quien busca su ruina se merece que lo muerdan.

En ese momento se nos acercó otra camarera, bajita y tan delgada que el uniforme le sobraba por todos los costados, como si alguien hubiera embutido un palillo en un miriñaque. Le sirvió la sopa a Jimmy y ni siquiera notó el pellizco del pulpo. Me temo que “El Pecas” encontró hueso y debió de romperse alguna uña. Más camareras salieron de la cocina con sus bandejas y sus soperas. Jimmy intentó alcanzar popas, pero los barcos navegaban con viento a favor.

La camararita palillo permaneció junto a Jimmy como esperando órdenes. Sonreía como un ángel, perdido en el infierno, con un cierto miedo en su mirada y un ansia indescifrable en el fondo de sus ojos. “El Pecas” intentó bromear con ella.

-Jennifer, ¿no te pica nada?

-En este momento me está picando un piojo repugnante.

Observé pasmado a la camarera. Por un momento había pensado que le gustaba Jimmy y que estaba esperando una palabra amable para dejarse acunar en sus brazos. Puede que así fuera, pero “El Pecas” tenía un innegable don para volver furiosas a todas las mujeres de su entorno. De eso no cabía duda.

-¿Dónde te pica? Tal vez yo podría sustituirlo.

-Antes preferiría que me picara la mosca Tsé-Tsé y quedarme dormida una semana.

Estaba visto que aquel no era precisamente el día del “Pecas”. Por un momento temí que otra sopera se volcara sobre su cabeza. En lugar de ello la joven palillo se dirigió a mí.

-Usted parece un joven agradable. Le aconsejo que se mantenga lejos de este piojo pecoso.

Agradecí el consejo con buenas maneras, no fuera que también yo saliera “sopapeado”. Jennifer me agradeció con una sonrisa, en la que derramó todo su encanto, mi respuesta cortés. Luego se alejó pisando fuerte, aunque no se notó mucho. Yo creo que ni el suelo lo notó. Jimmy se encogió de hombros.

-No es mi día. Pero sí parece ser el suyo. Es la primera vez que la veo conmovida con un paciente. Creo que usted le ha hecho cosquillas y en un lugar muy agradable para ella. En cambio yo nunca acierto con las cosquillas. Basta con que se las haga en “sálvasealaparte” para que me llame piojo, y si no le hago cosquillas aún se enfada más. Esta Jennifer es una buena chica, pero bastante rarilla. Con ese físico que tiene tendría que aceptar como pareja hasta a una escoba o una fregona. Y me parece que yo no estoy tan mal. Desde luego mejor que una fregona sí soy. ¿No te parece?

-Me parece, Jimmy, que deberíamos cenar y dejar en paz a las camareras. No me gustaría tener que pasar por la enfermería.

En el comedor todos estaban servidos y comían en silencio. Tras el bullicio de la espera ahora todo el mundo estaba demasiado ocupado en llevar la cuchara a la boca como para montar bulla. Por un momento pensé que Crazyworld se había transformado en un monasterio. Aproveché para vaciar el plato y observar al resto de comensales.

Terminé la sopa, que me calentó el estómago por dentro, dejándolo preparado para algo más sólido. Como no recordaba nada de mi pasado tampoco lograba encontrar nada en mi memoria respecto al tiempo que podía llevar sin comer antes de mi accidente, ni si comía mucho o poco, o las comidas que me gustaban o disgustaban. Lo cierto es que parecía que yo era un hombre con muy buenas tragaderas y que no haría ascos a nada o a casi nada. Dejando aparte el sustancioso desayuno que me llevara Dolores a mi cuarto la sensación interna era la de que llevaba mucho tiempo sin alimentarme, como un anacoreta tan abismado en la contemplación de Dios que ni sintiera hambre o sed, y que de pronto, al despertar a la vida real, fuera incapaz de saber cuándo fue la última vez que bebiera un vaso de agua o se llevara un mendrugo de pan a la boca. Necesitaba redimirme de tanto supuesto ayuno y cuanto antes.

Observé que Alice, muy discretamente, hablaba con el resto de camareras, haciendo risueños apartes, al tiempo que no dejaban de mirar hacia nuestra mesa. Me dio en la nariz que el suculento asado, que constantemente pasaba a nuestro lado, dejando un apetitoso rastro de olor, nunca llegaría a nuestros platos. Jimmy iba a sufrir la venganza de Alice y como consecuencia yo compartiría aquel severo castigo. ¿Qué podía hacer al respecto? ¿Liarme la manta a la cabeza y entrar en la cocina como un vándalo, aún previendo las consecuencias que semejante intrusión acarrearía sobre mi maltratado cuerpo? Jimmy me había hablado de cómo se las gastaba el loco del cocinero o chef, un tal Iñaki.

Al maldito Pecas se le iba la mano cada vez que una camarera salí de la cocina con el preciado bien en su bandeja. Muy molesto por semejante comportamiento infantiloide le di un tremendo cachete en la garra derecha (el muy idiota me había colocado a su izquierda para que su mano derecha no tuviera que superar obstáculos en sus avances libidinosos). No pareció enfadarse mucho conmigo.

-¿Qué te ocurre, amigo?

-¿Eres idiota, Jimmy? Puede que tú no tengas apetito, pero yo estoy muerto de hambre, si continúas con tu manía compulsiva de pellizcar traseros nadie nos servirá el segundo plato.

-No pueden hacer eso, amigo, o me quejaré a la dirección.

-Y supongo que te harán caso, pero ya será demasiado tarde para rematar este delicioso almuerzo y tendré que esperar a la cena. No lo soportaría.

Eso convenció al Pecas, que dejó de alargar su garra y las camareras ya no se alejaban tanto de nuestra mesa al salir de la cocina. Decidí entretenerlo con mi conversación. Al fin y al cabo estábamos en un frenopático y su manía obsesivo-compulsiva-libidinosa no era precisamente lo peor que uno se podía encontrar en Crazyworld. Decidí sacar provecho de aquel molesto “impasse”.

-¿Solo hay un psiquiatra aquí, Jimmy? El doctor Sun no parece el más adecuado para hacerse cargo de todo.
-¡Oh, no, amigo! Para atender a quinientos pacientes se necesita más de un psiquiatra o no podrían vernos el pelo ni una vez al año. Ya los irás conociendo a todos. Hay algunas doctoras que están muy bien. Te las recomiendo, aunque el doctor Sun no te soltará hasta lograr que empieces a recordar. Te aconsejo que vayas pensando en inventarte una historia si no quieres seguir en sus garras todo el tiempo.

-¿Hay más médicos, aparte de los psiquiatras?

-Pues claro. Crazyworld es una pequeña ciudad, hay de todo. Nadie necesita salir de aquí para nada. Si necesitan un médico, un ginecólogo, un pediatra, un cirujano, serán atendidos de mil amores por la numerosa plantilla de nuestra clínica, con todos los adelantos de la ciencia moderna.

-¿Pediatras?

-Naturalmente. Aquí también nacen niños, aunque no muchos. Todo el mundo está al tanto de cómo conseguir preservativos o anticonceptivos. El doctor Sun se ocupa de realizar campañas periódicas sobre salud sexual, mental, higiene… no se le escapa una. A pesar de ello siempre puede ocurrir que alguien cometa un error y no quiera ni oír hablar de un aborto. También hay algunas parejas, más o menos estables, que quieren tener hijos y educarlos para la vida, como si esto tuviera la más mínima semejanza con la verdadera vida. Por supuesto que también hay escuelas, educadores…

-Creo que adelantarías más diciéndome lo que no hay.

-Hasta ahora no se me había ocurrido hacer inventario. Ya que me lo preguntas creo que no hay profesión que no esté representada aquí, aunque tal vez falte alguna y no me haya dado cuenta.

-¿También hay prostitutas?

Continuará.