TODOS ESTAMOS SOLOS AL CAER LA TARDE XV


Aquel viernes, por la mañana, me llamó Alfredo. Estaría allí por la tarde, antes de caer el sol. No debía hacer planes ni aceptar cualquier otro compromiso o me atendría a las consecuencias. Aquel hombre era un fanfarrón malhumorado, muy pagado de sí mismo, pero como descubriría con el tiempo poseía un corazón de oro, sus amigos lo eran para siempre y podía dar la vida por ellos, porque para él la amistad era sagrada, no así el amor a la mujer, a no ser que se diese por válido que quien ama a todas las mujeres ama también a una.

Cumplió lo prometido. A partir de entonces no dejaría de visitarme un solo fin de semana, a no ser que estuviera muy ocupado corrigiendo exámenes, o hubiera encontrado una estudiante que aceptara aguantarle durante todo un fin de semana, o una madurita solitaria a la que hubiera seducido, o más bien le hubiera seducido a él, o simplemente tuviera otros planes imprevisibles e imprevistos, como su propio carácter. Todas estas circunstancias me permitían dedicar muchos fines de semana a mi persona, aunque nunca podía estar seguro de que una llamada por sorpresa el viernes por la mañana me obligara a permanecer a la espera de sus planes, porque no soportaba que alguien le impusiera los suyos, ni siquiera se los sugiriera. Así era Alfredo y había que aceptarle o rechazarle. Como él solía decirme, en una expresión española que yo no acababa de comprender: estas son lentejas, si las quieres las comes y sino las dejas.

Me encontró tomándome un güisqui con hielo acunándome en la mecedora del porche, mientras contemplaba la puesta del sol una vez más. Necesitaba animarme un poco, porque no las tenía todas conmigo. No me gustaban las prostitutas, el sexo mercenario, como yo lo denominaba. Me sentía mal si exigía lo que había pagado, y tonto si dejaba que ella se saliera con la suya y me diera lo imprescindible. Tampoco tenía mucha mano con ellas, no sabía de qué hablar y si hablaba de cualquier cosa nunca acertaba. Alfredo me pidió otro güisqui, charlamos un rato, hasta que el sol cayó en el abismo del otro lado del mundo, y de pronto, sin prepararme, me empujó hacia su coche. Protesté, deseaba cambiarme de ropa. Alfredo se rió. Si yo tuviera tu edad y tu cuerpo no me preocuparía de esas tonterías. Era otra de sus sentencias que dejaba caer a cada paso como mandas de plátano, para ver si alguien se daba una buena culada.

Aquella primera vez no fui capaz de memorizar el camino, podría haberme llevado al desierto, en plena noche, y recogido antes del alba, estaría igual de confuso. Al cabo de una media hora pude ver a lo lejos luces que parecían guiñarme los ojos, como un grupo de mujeres que lo hicieran de forma alternativa, primero una, luego otra, primero un ojo, después el otro. Cuando estuvimos más cerca me asombré de mi intuición porque en efecto, el luminoso existente encima de aquel edificio enorme, al estilo de las casas de Nueva Orleáns que yo había visto en la televisión, porque nunca pisé sus calles, mostraba a un grupo de mujeres, con muchas curvas y muy ligeras de ropa que se apagaban y encendían de forma rotatoria y no antes de que cada una de ellas guiñara un ojo y luego el otro a cada posible cliente.

Alfredo se burló de mi sorpresa.

-Madame rouge no se anda con chiquitas en nada, ni siquiera a la hora de llevarse a su habitación a un cliente que le guste. Ándate con ojo, tú eres el candidato ideal.

-¿Por qué tendría que andarme con ojo? Imagino que no me cobraría y si lo hiciera yo elegiría con quién.

-No, cobrar no te va a cobrar, pero sería mejor que lo hiciera, así al menos podrías protestar. No, todo será gratis, incluso te invitará a cenar, pero si puedes recházala, una sola noche y serás su presa para siempre. Hazme caso. Al menos, si no puedes resistirte, le puedes insinuar que le haga un descuento a tu amigo.

Apenas sabía nada de aquel hombre, por lo que todo lo que decía y hacía me chocaba hasta el punto de tener que darme algún tiempo para reflexionar sobre lo que decía o lo que hacía. Era un hombre difícil de comprender, pero una vez que lo lograbas resultaba tan transparente como un vidrio de una ventana recién limpiado y a fondo. No tenía secretos, su gran secreto era ser tan transparente que no te lo podías creer y tan español que necesitabas un cursillo intensivo sobre lo que él consideraba ser español, que no era precisamente lo mismo que pensaban otros, como llegaría a saber con el tiempo.
No me pareció que fuera la primera vez que Alfredo visitaba el prostíbulo de madame Rouge, al menos tendría que conocer el lugar a plena luz del día, de otra forma se habría perdido con absoluta seguridad. El matón de la puerta le saludó con más efusividad de la que yo esperaba. Luego me comentaría que parecía caerles bien a todos, debido a su cháchara y desparpajo, menos a madame Rouge que ni siquiera había tenido nunca el detalle de invitarle e a una copa, mucho menos a su lecho. También me comentó que aunque no hubiéramos visto a nadie hasta llegar a la puerta la noticia de que venía un cliente, incluso el nombre del cliente, ya habría llegado al rancho diez minutos antes. La zona estaba plagada de contrabandistas que se movían en la noche como coyotes y que trasladaban cualquier incidencia a su dueña, incluso existían torretas donde algunos chicos negros se turnaban con prismáticos para que nada pasara desapercibido a una mujer tan precavida como una loba.

Nada más entrar comprendí el apodo de la dueña. Las paredes pintadas en rojo, cortinajes del color de la sangre, farolillos con pantallas de un rojo intenso. Solo las sillas, las mesas y algún que otro adorno parecían cadáveres, a quienes hubieran desangrado y luego pintado de algún color desvaído para que su palidez cadavérica no desentonara en exceso en aquella orgía de sangre. Enseguida nos salió a recibir una mujer negra, con un vestido de noche negro, y unos rasgos muy típicos de su raza, pelo corto, hirsuto, rizado, pintado de un color indefinible, más bien pelirrojo, con una nariz grande y aplastada, aunque bien formada y una boca enorme, de labios gruesos y sensuales. Sus ojos eran grandes y expresivos y de sus grandes orejas colgaban unos pendientes enormes de color verde y blanco.

Saludó a Alfredo con una sonrisa y éste enseguida se colgó de su brazo.

-¿No me presentas a este chico guapo?

Me estaba mirando con una sonrisa enorme que casi no cabía en su boca. Alfredo hizo las presentaciones con mucha ceremonia, como a él le gustaba y enseguida advirtió que no quería que su amigo, o sea yo, fuera secuestrado, era mi primera visita y no quería estar solo, para eso había venido acompañado. Kayla, que así dijo llamarse en la presentación, le plantó un buen beso en la boca a Alfredo y no cesó de sonreír mientras le recordaba que estaba en territorio de madame Rouge y allí era ella la que decidía.

Kayla nos condujo a un salón muy amplio, tan rojo que me asustó un poco, como si lo hubieran pintado con la sangre que un asesino en serie hubiera sacado de sus numerosas víctimas. Sentí un estremecimiento profundo y un intenso frío que subió por mi columna vertebral. Solo años más tarde entendería aquella misteriosa premonición. En el salón nos esperaban un conjunto de chicas de diferentes razas, rasgos y edades, todas ellas hermosas, todas ellas muy ligeras de ropa y con una sonrisa estereotipada en la boca que me recordó a una muñeca de juguete a la que se le hubiera roto la cuerda. Alfredo parecía sentirse a sus anchas y Kayla reía sus gracias, invitándole a escoger la rosa que más le gustara de aquel jardín.
Yo permanecía de pie, tímido, sin saber dónde meter las manos ni los ojos y con ganas de que toda aquella ceremonia estúpida terminara para irme con una de ellas a la habitación que me correspondiera. Kayla no dejaba de mirar hacia la escalera de madera, amplia, señorial, que habíamos dejado a nuestras espaldas. Esperaba a alguien. Creo que hasta yo sabía muy bien a quién estaba esperando. Y en efecto, cuando todas las miradas se clavaron en algo a mis espaldas y me volví con extremada curiosidad, supe que la mujer que bajaba las escaleras era ella, madame Rouge….

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