PRIMERA ENTREVISTA CON EL LOCO III


 

 

Llamé al timbre del telefonillo una sola vez. Mientras caminaba los últimos metros había tomado la decisión: si no contestaba a la primera me largaría. Luego podría decirle a mi esposa que el loco se echó atrás… por miedo. Era una actitud muy mezquina por mi parte, lo reconozco. Sin embargo en ella existía un componente intuitivo que no fui capaz de apreciar en aquel momento.

Hasta que conocí al loco nunca me planteé la importancia de la intuición, esa milagrosa facultad que posee el ser humano de conocer la verdad de un solo vistazo, sin análisis ni razonamiento. Entonces no lo sabía, claro está, pero el tiempo me daría serios motivos para pensar que aquella fue en realidad mi última resistencia frente al destino, que acabaría echándoseme encima, como lobo hambriento.

El lector desocupado no entenderá esta obsesión mía por recalcar una y otra vez una circunstancia ya conocida, que tan solo sirve para ralentizar el ritmo narrativo. El lector desea saber cómo era en realidad el loco y qué circunstancias tan extraordinarias pudieron ocurrir para que pudiera llegar a lamentar el resto de mi vida haberle conocido. Todo llegará en su momento. Permítanme este regodeo morboso. Dejen que me detenga en esta encrucijada de mi vida y mire con nostalgia los restantes caminos, que pude haber elegido y no escogí. Porque una vez se toman decisiones de este calibre en la vida ya no hay marcha atrás.

Hubiera jurado que el loco estuvo todo el tiempo al lado del telefonillo, aguardando mi llamada. De otra manera no habría respondido con tal celeridad. Con el tiempo llegué a convencerme de que era capaz de intuir cada uno de mis pasos y adelantarse a ellos.

Me identifiqué y la puerta se abrió con un ligero chasquido. El edificio en el que habitaba el loco era antiguo, más bien diría viejo, y muy poco cuidado. Por suerte el ascensor aparecía reluciente, como recién instalado. Me sentía tan nervioso que me asustó un ruidito percutiente… hasta que descubrí que mi brazo derecho estaba temblando y golpeaba el botellero contra la pared.

El loco me esperaba con la puerta abierta. Vestía un chandal muy gastado, yo diría que sucio, y calzaba unas deportivas tan deterioradas por el uso que daba grima mirarlas. Sin duda estaba tan nervioso como yo. Su postura era todo lo rígida que le permitía su físico obeso y su barriga. Llevaba la chaqueta desabrochada, tal vez porque le quedaba pequeña y no podía subir la cremallera. Parte de su barriga, a la altura del ombligo, tomaba el aire, debido a que la sudadera no podía contenerla. Me echó una mirada de arriba abajo, tan extraña, que por un momento pensé que le molestaba verme con un regalo, como un huésped cualquiera. De pronto comprendí que en realidad intentaba no fijar su mirada en la bragueta de mi pantalón.

Recordé la advertencia de mi mujer. No solo miraba los pechos a las mujeres, cuando estaba nervioso o asustando, también los hombres eran objeto de su ira contenida. Clavaba su mirada en esa zona tan morbosa de la anatomía masculina. En una de las posteriores entrevistas, cuando ya existía entre nosotros una cierta confianza, me atreví a preguntarle por aquella curiosa manía.

-Verá –me respondió- con los hombres no puedo utilizar mi “técnica” de compensación erótica, porque por gracia o por desgracia, mis gustos sexuales son muy claros: me gustan las mujeres, solo las mujeres, y cuanto más atractivas más me gustan. Con los hombres utilizo otra “técnica” que no es precisamente de “compensación erótica” y que tiene mucho de venganza.

-¿En qué consiste?

-Imagino que a los cabrones que me llaman loco les corto los c… y los dejo castrados de por vida.

-¿También a mí?

-Lo dice por la mirada que le eché la primera vez que vino a casa? No, usted no es mi “enemigo”… al menos de momento. Lo que ocurre con las manías –no le resultará difícil entenderlo- es que no se pueden controlar, de otra manera ya no serían manías, como es lógico. Cuando me pongo muy nervioso o fóbico, me da por ahí. Algunos disfrutarían mucho si me hubiera dado por comer piedras. Por suerte esta manía es más inocua para mi estómago, aunque le aseguro que en ciertos momentos de mi vida habría preferido una buena indigestión de piedras.

-¿Qué le ocurrió?

-Poca cosa… Que a uno le llamen maricón, tan solo porque es víctima de una estúpida manía no es agradable. He procurado ponerme en la piel de los homosexuales y pensar que mi sufrimiento puede servirles de expiación por los pecados de tanto “machito” de mierda, como anda suelto por ahí. Pero no me consuela, no.

-¿Respondió con violencia?

-¡Oh, no! Tan solo recuerdo haberme peleado una vez en mi vida… Tendría unos seis años. Fue en la escuela. Unos matoncitos de mierda querían que les diera mis canicas. Me defendí a puñetazos y patadas. Pero eran muchos y muy cobardes. No vinieron de uno en uno, sino todos a la vez. Terminé en el suelo, pateado como un perro y con un ataque de nervios que me impedía respirar. La maestra se asustó mucho. Creyó que me moría. Fue la única vez que habló con mis padres… para decirles que era un niño demasiado sensible… En cuanto a los cabrones que me llamaron maricón, me hubiera gustado responderles que me presentaran a sus esposas, madres o hermanas, tal vez ellas luego pudieran corroborar su apreciación y si yo en la cama era tan maricón como les parecía a ellos.

-Pero no lo hizo…

-No. Me detuvo pensar que a lo mejor sus esposas o hermanas eran unos auténticos monstruitos y no se me hubiera levantado.

-Jaja. Veo que al menos conserva el sentido del humor… Pero ellas, las pobres, no tenían culpa de nada.

-Cierto, aunque eso nunca se sabe…La culpa es una cadena infinita de eslabones y el último no puede quejarse de sufrir las consecuencias cuando los demás son golpeados. Cuando golpean a los eslabones a los que estás unido terminas por sufrir tú también el golpe, aunque no tengas la menor culpa.

Así me explicó el loco su extraña conducta. Entonces me hice una idea aproximada de la génesis de su patología. Pero justo en aquel momento, allí, de pie, en el pasillo, observando cómo el loco procuraba apartar su mirada de mi bragueta también yo me pregunté si sus gustos sexuales no acabarían por traerme problemas. Con el tiempo -¡las sorpresas que nos da el tiempo!- descubriría que los problemas más bien podrían venirme por el lado de mi esposa. Pero no adelantemos acontecimientos…

Me invitó a pasar y se hizo a un lado. Atravesé el umbral con miedo, procurando dejar a salvo mi culo. Me indicó que dejara el botellero en la cocina, la primera puerta a la izquierda.

Como la mayoría de nuestras modernas cocinas era un espacio muy reducido. Solo los campesinos o los ricos parecen poder permitirse el lujo de poseer una cocina amplia, de “gourmet”. Observé que el fregadero estaba hasta arriba de platos y cazuelas sin fregar. Hasta olía mal. El loco se disculpó mientras yo dejaba el botellero en la encimera.

-Disculpe usted esta mierda (una palabra que utilizaba con frecuencia, como pude comprobar). Los que vivimos solos no nos preocupamos demasiado de la higiene o la limpieza. No suelo fregar hasta que necesito platos. Pensaba hacerlo para recibirle, aunque no entraba en mis planes enseñarle la casa, y menos la cocina, pero no voy a andarme con remilgos. Ha traído vino y hay que abrir las botellas.

No me ofrecí a echarle una mano con los platos. Eso sí, observé que en la mesa había varias fuentes y platos, entremeses, tortilla, aceitunas, patatas fritas y una gran variedad de cositas para picar… en platos limpios, por supuesto. Me pidió que le ayudara a llevarlo todo al salón.

Sobre la mesita de cristal había puesto un hule nuevo. Debió de leer mis pensamientos porque dijo:

-He pasado el aspirador y puesto un hule nuevo. De no haberme dormido habría limpiado el resto de la casa y fregado los cacharros, pero nunca controlo mis siestas. Debí haber puesto el despertador.

-No se preocupe. Lo entiendo perfectamente. Yo también viví solo un tiempo en un piso, durante mi época universitaria. Hacía lo mismo que usted. Los hombres somos unos auténticos “adanes” para estas cosas.

Me alegro que lo entienda, porque no estoy dispuesto a cambiar mi forma de vivir. Ni por usted, ni por nadie.

-¿Ni por una bella mujer?

-Esa es otra canción. Las mujeres pueden lograr de los hombres hasta esos milagros.

-¡Dígamelo a mí!

Regresamos a la cocina en busca de copias, cubiertos y servilletas.

-¿Vive usted solo?

-Las cucarachas me hacen mucha compañía…No, no ponga esa cara. Es una broma. Aunque con la falta de limpieza que hay aquí y la vetustez del piso no me extrañaría que una fila de lindas cucarachitas acabaran bailando cancán para mí.
-¿Por qué no contrata una asistenta, al menos para que le haga lo mayor una vez por semana? Incluso, se me ocurre, que podría escoger. Una chica joven y soltera podría acabar siendo el milagroso remedio a sus males.

-Supongo que bromea, aunque le voy a confesar que lo he pensado más de una y de dos veces. Poner un anuncio en el periódico y entrevistar a las candidatas hasta dar con una que me gustara. La pagaría bien, no tengo problemas económicos. Con el tiempo nadie sabe lo que puede pasar. Aunque yo estoy ya muy viejo y muy gordo.

-Como usted dice “nunca se sabe”. Conocerá el refrán: “nunca falta un roto para un descosido”.

-Sí he fantaseado con esa posibilidad. Siempre fantaseo con esas posibilidades. Pero mi fobia me hace recular ante la posibilidad de conocer a alguien.

-¿Siempre ha vivido solo? ¿No estuvo casado? Perdone mi indiscreción, pero usted me dijo que nada de secretos entre nosotros. ¿Ni siquiera vivió en pareja en su juventud?

-Esa es una historia muy dolorosa para mí. Permítame que me la reserve para otro día. Tengo que prepararme.

El loco tenía que prepararse para contarme las historias más dolorosas de su vida. Con el tiempo me explicaría que era una persona en extremo emocional. Necesitaba tiempo para “entrenarse”, como un atleta antes de la prueba.

Para ocultar su turbación buscó un sacacorchos por toda la cocina. Tal vez debido a su nerviosismo o quizás a que todo estaba manga por hombro, tardó mucho en encontrarlo. Antes tuvo que revolver cajones y armarios. Finalmente me lo tendió.

-El alcohol me excita y a veces me pone agresivo. Pero hoy lo necesito. No es fácil, ni siquiera para un loco, contar ciertas historias.

El loco me invitó a hacer honor a las viandas. La tortilla estaba buena, con cebolla, pimiento y trozos de chorizo y jamón. El loco traga más que come. Intenta controlar su ansia poniendo los platos y las fuentes bajo mis narices, para que me sirva. Así quiere ralentizar su ritmo de tragón inconfeso.

El jamón, el chorizo y la cecina son excelentes. Se lo hago notar.

-Sí, lo compré expresamente para esta cena.

¿-No había dormido toda la tarde? ¿Cuándo decidió hacer la compra?

-Lo compré todo ayer por la tarde. Me conozco y sabía que no podía permitirme el lujo de dejarlo todo al azar.

-¿Pero cómo sabía que iba a venir? No se lo confirmé hasta esta tarde, después de la comida.

-Era probable, pero no lo hice solo pensando en la probabilidad. En realidad llegué a verlo, aquí, comiendo y supuse que sería hoy.

-¿Cómo que me vio?

Sí, por el tercer ojo. Ya le hablaré de ello en otra ocasión.

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