EL DEMONIO ARREPENTIDO I


 

EL DEMONIO ARREPENTIDO I

En el infierno no hay tiempo, lo que no significa lo que ustedes están pensando, sino lo contrario. Vamos, que el tiempo no transcurre en el Infierno, aunque sí lo hay…Para que me entiendan, es lo mismo que si ustedes recorrieran una gigantesca estación de ferrocarril y vieran todos los trenes, infinitos, que están aparcados en las vías. A nadie se le ocurriría decir que no hay trenes, lo que ocurre, sencillamente, es que no se mueven.

Esto es algo muy difícil de explicar para quien nunca estuvo en el Infierno. No es mi caso, porque invitado por Virgilio y por Dante, y con el visado, autorizado por Satanás y adláteres, en la frente, me dispuse a recorrer todas y cada una de las dependencias del Infierno. Me vestí como si me fuera a la playa de veraneo o al trópico, donde el sol mira y calienta a todo lo que mira. Bajo mi fresca túnica, casi transparente (en el infierno nadie se escandaliza por tonterías) llevo un bañador, o mejor dicho, un tanga, por si hallare alguna piscina que no tenga el agua hirviendo o algún lago escondido al que los demonios descarguen el hielo que les sobra de las bebidas (son todos unos borrachos, créanme).

Como les decía, comprender el concepto tiempo en el Infierno es solo para genios. En cierta manea es parecido a observarla carrera de una liebre desde lo alto. Si eres un halcón tendrás la sensación de que la liebre no se mueve. Si eres una liebre, sentirás que corres como una flecha para que no te pille el halcón, aunqueéste permanezca siempre encima de ti.
Pero dejemos estas comparaciones y metáforas que no nos llevan a parte alguna. Después de observar a los pecadores millonarios en la caldera correspondiente, me dirigí hacia donde Satanás y Luzbel estaban hablando con el mensajero que les había sido enviado desde el cielo. Para que me entiendan, es como si me hubiera subido al vagón de los millonarios y luego bajado y subido al vagón donde el trío charlaba y el aire no se meneaba. Ni el vagón primero se había movido, ni el vagón segundo, ni yo me había movido, ni Satanás y compañía se habían movido. Vamos que no se había movido nadie, y sin embargo el tiempo estaba allí, y para un observador no infernal el tiempo tendría que haber transcurrido necesariamente, aunque no fuera así. Y esto es solo una pequeña muestra de lo que cuesta entender lo que sucede en el infierno.

El ángel celestial enviado para comunicar la buena nueva de que un demonio se había arrepentido se llamaba Miradél. Era la primera vez que algo así sucedía, al menos desde que Satanás y Luzbel tenían memoria y puedo asegurarles que la tenían desde siempre. No, no voy a entrar en su juego y por lo tanto no les intentaré explicar por enésima vez cómo funciona el tiempo en el Infierno. Me limitaré a decirles que nadie conocía el procedimiento o protocolo a seguir en este supuesto, por lo que los jefes demoniacos decidieron invitar cortésmente a Miradél a que les acompañara a la sala del Consejo infernal. Los tres se pusieron en camino (es un decir) formando una estampa neogótica de primera. Los demonios eran negros, negrísimos y con sus alas extendidas parecían cuervos gigantescos o buitres o pajarracos de alguna rara especie. En cuanto a Miradél era blanco, blanquísimo, y con sus alas extendidas semejaba una gigantesca paloma de la paz o un vampiro arrepentido y reconvertido. El ángel blanco iba en medio y los negros a los lados, como si le escoltaran, como si el prisionero fuera Miradél.

Les aseguro que la escena era digna de película, algo así como Matrix o Avatar, sobre el negro horizonte, enrojecido por los fuegos de las calderas, tres pajarracos se mueven –es un decir- hacia algún secreto lugar infernal. En realidad, como ya les he dicho por milésima vez, esto es como subir a un vagón de ferrocarril y ver la escena que se está desarrollando allí, si te bajas, dejas de verla y si subes a otro vagón ves otra escena. Creo que tiene algo que ver con la física cuántica, donde el observador modifica lo observado y donde las partículas pueden estar en varias dimensiones a la vez y la paradoja del Gato de Schrödinger hace de las suyas.

Cansado de contemplar el espectáculo me subí a otro vagón y resultó ser la sala del Consejo Supremo Infernal o el CSI del Infierno. Allí estaban ya reunidos todos los que contaban algo en aquel lugar infernal, que no eran muchos, como sucede en todas partes, incluido el planeta Tierra, donde los que cortan y reparten el bacalao se pueden contar con los dedos de las manos. Sentados a la gran mesa de consejos estaban todos los consejeros, con Satanás a la cabecera, Luzbel a su derecha y Belcebú, a la izquierda, luego seguían por la derecha Samael y por la izquierda… bueno, para qué vamos a seguir, ustedes se hacen una ligera idea.

Satanás se rascaba los cuernos con fruición, porque no sabía cómo enfocar el asunto y los demás, por la cara que ponían, menos aún. Dejó de rascarse el cuerno derecho, estiró el rabo por detrás del asiento, dio un formidable golpe en la mesa y abrió la sesión de esta manera:

-Como todos sabéis ya Miradél, ángel de undécima categoría celestial, ha sido enviado para comunicarnos que uno de nuestros demonios decidió arrepentirse, lo comunicó por vía administrativa y oficial al Cielo y allí comenzaron un largo proceso. Convenientemente interrogado y puesto a prueba, pasados exámenes forenses, recurridas las resoluciones de los tribunales inferiores a los superiores por el Ministerio Fiscal Celestial –el MFC- , el Tribunal Inquisitorial de la Santa Rota, ha dictado resolución inapelable, por la cual el demonio arrepentido es perdonado y autorizado para abandonar el Infierno y entrar en el Cielo. Pues bien, aún no sabemos cómo se llama el demonio arrepentido y estamos en nuestro derecho de saberlo y por otro lado yo aún no he visto la orden de excarcelación, debidamente sellada y firmada.

-Nosotros tampoco, nosotros tampoco…

Se elevó un formidable griterío entre los demonios del Consejo. Todos estaban nerviosos y muy, muy preocupados.

-De acuerdo. Aquí tenéis la orden celestial, debidamente firmada por la autoridad suprema y sellada con el sello celestial de su clase. En cuanto al demonio arrepentido se llama Sloctik, y es de clase quincuagentésimacinco, la última de las existentes y la menor y más vil de todas ellas.

Por la sala del Consejo corrió la orden, escrita en papiro “aeternus”, y todos la leyeron y después de hacerlo se rascaron los cuernos, realmente anonadados. Fue Satanás quien reaccionó y decidió coger el toro por los cuernos.

-Estamos en nuestro derecho de ver al arrepentido y de interrogarle.

-Eso no cambiará nada. Ni aunque pudierais convencerlo, cosa que dudo, el arrepentido debe salir del Infierno, bajo mi custodia. Y si en el Cielo cambia de opinión deberá hacer la correspondiente petición administrativa que seguirá el cauce legal pertinente.

-Está bien, está bien. Pero queremos verlo y lo vamos a ver. Y en cuanto a si una vez convencido podrás impedir que se quede aquí ya se verá a su debido momento.

Miradél no se anduvo con chiquitas. Se irguió cuan alto era, extendió sus alas cuan largas eran, sacó su espada de fuego de la vaina y la dirigió contra Satanás. Todos los demonios se pusieron en pie a la velocidad del rayo y sacaron sus espadas negras de fuego negro. En ese momento se oyó una voz desde lo alto.

-Aquí comando arcangélico de intervención rápida. ¿Necesita ayuda M-3-X? ¡Conteste, por favor!


Miradél no contestó. Se limitó a mirar a los demonios con mirada de triunfo y sonrisita sardónica. Todos los ángeles negros se sentaron, cariacontecidos. Hasta el último de ellos recordaba la última intervención rápida del comando arcangélico. Arrasaron un montón de calderas y encadenaron al Consejo demoniaco, cada uno a un confesionario, una especie de inteligencia artificial, que no cesaba de pedirles que recordaran sus pecados y se arrepintieran de ellos. También echaron polvos pica a pica a las demonias, sus esposas, en “salva-sea-la-parte”, lo que hizo que estuvieran aullando sin cesar una larga temporada y esto obligó a sus esposos a rascarlas con ternura para poder pegar un ojo de vez en cuando.
Nadie deseaba un nuevo enfrentamiento. Tenían todas las de perder. Se miraron entre sí y Satanás interpretó las miraditas.
-Está bien. Está bien. Nos sometemos. No pondremos impedimento alguno. Aunque sigo insistiendo en nuestro derecho
a mirar cara a cara a ese arrepentido, a ese malnacido y desagradecido que ha mordido la mano que le da de comer.
-Aquí M-3-X. Todo va bien. Ha sido una falsa alarma. Corto y cierro.

Todo el mundo se relajó y Satanás pidió unas bebidas a la servidumbre, demonios castigados por absentismo laboral y condenados premiados por su buen comportamiento en los castigos.

Por cortesía preguntó a Miradél si deseaba algo de beber y este recalcó que no deseaba nada. Eso sí, echó mano a la cantimplora que colgaba de su costado y echó un buen trago de la ambrosía celestial que calmaba la sed y el calor, porque en aquella sala hacía un calor de todos los demonios.

-El demonio arrepentido espera a la puerta. Ya di órdenes, antes de llegar, de que lo buscaran y lo trajeran aquí. Pueden interrogarle cuanto quieran, pero recuerden que la decisión ya está tomada y no se cambia. Deben saber también que no permitiré ninguna clase de maltrato físico o psíquico y cualquier intento de atormentarlo como es costumbre supondrá la incursión de una hueste arcangélica.

Satanás pensó que allí mandaba él y que Miradiél nunca debió atreverse a dar órdenes, aún así calló la boca, como todos, sabiendo que las amenazas del ángel blanco no eran en vano. La puerta se abrió. Un demonio desconocido, anónimo, un proletario del infierno, entró, bajando los ojos con timidez, trastabillando al andar y temblando por todas sus extremidades. Era negro como un tizón, obeso como un tragón, calvo como una pelota de billar negra, con unos cuernecillos timoratos que apenas eran visibles, con alas cortas y encogidas, yo diría que comprimidas a sus espaldas. Hubiera sido un demonio gris, de no haber sido negro, e invisible de no haber estado tan obeso. Se arrodilló a los pies del Consejo infernal y Miradiél lo levantó sin contemplaciones.

-Ya eres un ángel blanco. Representas la dignidad del Cielo. Levanta.

Aquello les pareció muy divertido a todos los demonios y se oyeron grandes carcajadas. Llamar ángel blanco a Sloctik era para tomárselo a chunga.

-Este es Sloctik, ángel de quincuagésimoquinta escala, sus méritos infernales no habrán sido muchos, pero su sincero arrepentimiento ha conseguido el perdón del Altísimo y que se le asigne una morada en el Cielo. La jerarquía que ocupará es algo que nadie sabe, salvo el Secreto, sólo él puede juzgar los méritos de humanos y demonios. ¡Alabado sea por siempre!
Nadie se rió aunque los demonios del Consejo sintieron ganas, como siempre que se hablaba del Cielo y sus habitantes. Satanás echó un vistazo en derredor y viendo que todos estaban de acuerdo en que fuera él quien comenzara el interrogatorio, así lo hizo.

-Sloctik, querido hermano, ¿cómo has podido morder la mano que te alimenta? ¿Cómo te atreves a pensar que en el Cielo serás más feliz y que la diversión y el orgasmo nunca cesarán?

El aterrorizado demonio no se atrevía a levantar la vista hasta Satanás y apenas pudo balbucir algo ininteligible. Miradiél se vio obligado a darle un fuerte pescozón y una patada en el pompis. Entonces Sloctik alzó la vista y respondió sin pestañear a la pregunta.

-No soy tu hermano, Satanás, ni lo he sido nunca. Fui reclutado a la fuerza y llevo toda la eternidad intentando escapar de aquí. La lujuria que se me ofreció da risa. Vosotros os reserváis siempre las mejores carnes desnudas y a mí se me ofrecen las sobras, condenadas, feas y beatonas de tres al cuarto, y a menudo ni eso. En cuanto a los banquetes que se me prometieron son indigestos y asquerosos. En el infierno nunca se comió bien, todos los alimentos quemados o churruscados, las bebidas calientes, hasta las cervezas en verano, y qué decir del género, estropeado, maloliente. ¡Alguien ha podido pensar que un gourmet como yo podría satisfacerse con tan poco! Y en cuanto a mi asignación a los tormentos de los condenados nunca se aceptaron mis peticiones. No se me ha permitido torturar a Hitler, Stalin y los suyos. No he podido tocar a los millonarios más canallas, porque a pesar de no servir de nada el dinero en el infierno son unos lameculos profesionales de primera categoría y a cambio de besaros el culo a vosotros les habéis proporcionado lo mejor del infierno y librado de mis garras.

Alguno hasta se ha dejado sodomizar por altas jerarquías, cuyo nombre no voy a mencionar aquí. Sí, porque entre vosotros hay sodomitas, y a pesar de que en el Infierno eso no es pecado, se avergüenzan de serlo. Ni siquiera se han contestado a mis informes sobre la necesidad de un tormento psicológico, sutil y efectivo, y no esta mierda de calderas que solo calientan el cuerpo y a veces ni eso. Mi petición para que se formara una comisión, con el fin de estudiar la posibilidad de reimplantar la reencarnación, único tormento que me parece justo y rehabilitador, no solo no fue tenida en cuenta, sino que apareció en el boletín mensual de chorradas infernales y todo el mundo se burló de mí hasta que le vino en gana…
Y aquí Sloctik no pudo contener la emoción y se echó a llorar como un bendito, porque en el Infierno nadie llora. Lo que le sirvió al mismo tiempo para tomar resuello tras la larga parrafada. Satanás tenía el rostro como un tomate, no se sabe si por el calor o por la vergüenza, y los demás rechinaban dientes y daban pezuñazos en el suelo. Lo hubieran torturado allí mismo, de no ser por Miradiél, que había desenvainado la espada y les miraba muy fieramente.

Continuará.

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