EL DEMONIO ARREPENTIDO III


Lamento esta inoportuna intromisión de la realidad física y material, la única existente y la única posible, y que uno de los demonios del Consejo –no voy a decir cual- se hiciera madridista a fuerza de ausentarse del Infierno y disfrazado como un forofo cualquiera presenciara partido tras partido en el Bernabeu en la mejor época de este equipo que viste de blanco, lo contrario a los demonios, que visten de negro. Debo decir que en el Infierno en este momento no debe haber seguidores del Barça, porque todos están en el Cielo… de momento… porque a pesar de que el Cielo y el Infierno duran para siempre, los acontecimientos terrenos cambian cada dos por tres y lo que ayer fue blanco hoy es negro y lo que ayer fue negro hoy es blaugrana. Y no voy a decir más porque me pierdo y mi hija es culé y mi hijo merengue y con todo ello voy a hacerme turrón navideño.

Como esto es un microrelato no puedo ni debo seguir con el resto del himno. Interesados pueden pedirlo a Amazing Inferno, le será enviado sin gastos. Un detalle me puso los pelos de punta. Se oyó una voz infernal cantando el himno del Barça y los restantes demonios dejaron de cantar el himno infernal para cantar el himno del Madrid, aún con más fuerza, no fuera que alguno más estuviera pensando en arrepentirse.

Y mientras el demonio arrepentido Sloctik era arrebatado a los cielos por el arcángel Miradél, Satanás y Luzbél exclamaron:

¿Por qué…por qué?

Sloctik miró hacia atrás un momento y a sus negras orejas la exclamación de jefe y lugarteniente llegó como un triste:

¿Poqué… poqué?

Y apenas arcángel y demonio se perdieron de vista todos los demonios del Consejo corrieron a una especie de bunker informatizado y encendieron los monitores. Así pudieron presenciar el vuelo de Sloctik en directo y así esperaban ver el resto de la película angelical, porque el sello que le había sido estampado en la frente al demonio arrepentido no era tal sello, sino una cámara oculta.


Se oyeron carcajadas. Todos se felicitaron, dándose fuertes palmadas en los cuernos y jugando con los rabos.

-Hemos engañado a ese idiota de Miradél. El muy “gilipollas” pensó que sería más astuto que un demonio del Infierno.

¿Qué otras sorpresas nos deparará el largo viaje celestial de Sloctik? Las narraremos a su debido tiempo. Ahora nos espera una nueva visita el demonio económico y concretamente al infernal juego de la bolsa. Ustedes me disculparán, pero debo terminar rápidamente este microrelato para dedicarme a uno de mis culebrones. Que ustedes lo pasen bien en el Purgatorio. ¿Qué cómo digo? ¿Acaso no lo sabían? La Tierra es el Purgatorio. Pocos llegarán algún día al Cielo, porque la mayoría se despeñarán en el Infierno. Vivimos en una sociedad corrupta, lujuriosa y en crisis económica. Ándense con ojo. Puede que el Infierno esté más cerca de lo que parece. Cita de las profecías de San Malaquías, revisadas por Nostradamus… Amén.

EL INFIERNO ECONÓMICO

EL INFIERNO ECONÓMICO

EL TORMENTO DE LA BOLSA

Hasta ahora me he negado a contarles qué hago yo en el infierno, cómo llegué a él, quién soy, etc etc. No se preocupen, seguiré “punto en boca” hasta el final de la historia. Imagino que estarán pensando en que si estoy aquí es porque soy una buena pieza y porque me lo he ganado a pulso y…Seguro que tienen razón y aún se quedan cortos. No obstante permítanme que no desvele el secreto hasta el último párrafo de esta historia. Ya saben, por eso del suspense. Bástenles con saber que soy un simple invitado y de invitado a condenado no hay precisamente mucho trecho. Te pueden invitar a visitar el Infierno y luego contar todo lo que allí ocurre, como si fueras un reportero intrépido, y luego los demonios te agarran el culo con el tridente y te arrojan a una caldera. ¿Cómo saben luego los demás demonios que eres un invitado y no un condenado, si no llevas el DNI en la boca, y aquí todo el mundo anda desnudo y sin pegatinas que digan que eres VIP o un proletario para ser molido en el molino del capitalismo y del libre-mercado?

Es la angustia que me consume y el miedo que me hace mirar para todos los lados antes de cruzar de una caldera a otra. Me voy librando, lo que no significa que en cualquier momento cruce la línea de la que ya no se vuelve. Debo decirles que bastante tengo con la vida terrenal como para irme al infierno por propia voluntad. ¿No les parece suficiente tormento la vida que llevan en un planeta llamado Tierra? ¿Nooo? Pues no se preocupen que aquí los demonios no dirán nunca que no a torturar a un masoquista que se apunta voluntariamente al tormento. Háganme llegar su deseo y estarán en el Infierno en menos que cuento mi historia… porque como saben, aquí no existe el tiempo.

Permítanme que insista en eso del tiempo, aunque pueda parecerles un pesado, un cansino digno de que le suban la prima de riesgo hasta los cuatrocientos o incluso quinientos, si me apuran. Verán. Esto es algo bastante parecido al universo cuántico. Si no saben qué es la física cuántica es lo que ganan, porque nunca la entenderían ni aunque se lo explicara Einstein, quien por cierto está perdiendo su aureola de santo científico que descubrió el dogma sagrado etc etc. Como saben se ha descubierto alguna partícula desmadrada que supera la velocidad de la luz. Seguro que se escapó del Infierno en un descuido.

Me ha bastando con pensar en el infierno económico y ¡zape! Ya estoy aquí, sobre un montículo pelado y más negro que el carbón. Desde esta cómoda altura he podido observar cómo un condenado económico ha salido de la caldera. Algo bastante insólito, por cierto, y que solo ocurre muy de vez en cuando, de higos a peras, vamos, solo que recalentadas en el horno. Por suerte me ha sido dado poder disfrutar de un evento tan esplendoroso. Con mucho disimulo estoy siguiendo al condenado. ¡Chiiis! Les ruego silencio, no quiero que me descubra y me chafe la exclusiva. Al parecer se trata de un especulador bursátil, uno de esos pecadores tan odiados por el 15-M y con toda razón. Un demonio negro como el carbón…mejor dicho como boca de lobo… mejor dicho… Me perdonarán pero aquí en el Infierno, con tanta oscuridad y rechinar de dientes las neuronas me patinan un poco y caigo en manidas metáforas y viejos tópicos. Decía que un demonio blanco como el Madrid (¡basta ya! Dejémonos de tonterías) y con un tridente muy afilado, que no cesa de clavar en el trasero del especulador, para forzarle a ir más de prisa, va soltando reniegos a cada paso y a mí me está poniendo de los nervios. ¿Cuándo terminará esta tortura?

No me sorprende la reticencia del condenado. Sabe muy bien que al final del estrecho sendero que está siguiendo, sólo le espera otro tormento. Por eso se entretiene mirando el paisaje. Debo decirles que no es gran cosa. Todo está oscuro como… (pongan ustedes la metáfora, que a mí se me acaban) y tan solo una tenue luz rojiza procedente de la caldera que ha dejado atrás ilumina sus pausados pasos. A pesar de ello mira con embeleso a izquierda y derecho, como si en lugar de oscuridad contemplara una radiante alborada. Se hace el remolón. Eso está muy claro, sobre todo para el demonio que le trata como a un perro rabioso, azuzándole con el tridente y dando saltitos y soltando reniegos. A pesar de los esfuerzos del condenado por retrasar lo inevitable el especulador al fin llega a la meta mucho antes de lo que hubiera deseado.
Se trata de una gran cúpula transparente, muy iluminada, y no con luces rojizas, infernales, sino con aparatosas bombillas de bajo consumo, más propias de una discoteca moderna que de un lugar tan anticuado como el Infierno. Sobre la puerta de entrada, un óvalo perfecto, puedo ver en grandes letras: “LASCIATE OMNIA SPERANZA”.

El condenado también las ve, así como a otro demonio que está esperando en la puerta. Debe de tratarse de un diablo VIP, porque viste de impoluto traje de Armani y en lugar de tridente porta un maletín de piel repujada en una mano. Hace un gesto despectivo al demonio del tridente, al parecer de clase ínfima, aún por debajo del proletariado, y éste se retira, no sin antes realizar un gesto obsceno con el dedo índice de su mano derecha. El diablo VIP estrecha con efusión la mano del especulador y le coloca una pegatina reflectante sobre la frente. A continuación le invita a seguirle, con muy buenas maneras.

Aprovechando que la puerta no se ha cerrado tras ellos y que no veo a nadie por los alrededores, me cuelo en el interior de la cúpula. Parece una imitación perfecta de un edificio moderno de Bolsa, incluso es mucho más lujoso y más moderno que las mejores bolsas actuales del planeta, no me atrevo a decir que también de las bolsas del futuro, porque lo más probable es que no exista ninguna. Y me disculparán que no me pare a explicárselo. En el centro o parket o como se diga, observo una gran actividad. Numerosos demonios VIP se mueven por allí, con sus trajes de Armani y sus maletines de piel. A su alrededor condenados económicos, en traje de Adán, realizan una actividad que se parece de la de una Bolsa como una gota de agua a otra. Más que condenados parecen auténticos agentes de bolsa… de una bolsa nudista, claro. Todos se sienten allí como pez en el agua o dinero en la cartera de valores.

Me acerco con disimulo y observo cómo el novato es situado sobre una pequeña plataforma móvil que no cesa de dar vueltas en el centro del reducto. A su alrededor se forma un corrillo y comienza una especie de puja surrealista. Los agentes, en traje de Adán, de Eva las agentes, que también hay y que según la ley de igualdad del Infierno deben de ser el cincuenta por ciento del total, y que no son otra cosa que condenados que realizan ese trabajo por turno estricto, gesticulan como auténticos demonios. La puja termina y un desnudo especulador de bolsa sube a la plataforma y coloca una pegatina sobre el pecho del novato.

Un especulador se había adjudicado la mercancía tras una dura puja. Eso parecía estar muy claro, pero me pregunté cómo podría utilizarla. Sí, le habia puesto su pegatina en el pecho y por lo tanto era de su propiedad, su esclavo. Sin embargo no era capaz de entender cómo se impondría el especulador a su mercancía. Allí no había otras armas que los escasos tridentes que había visto portar a algunos demonios. En cuanto a la violencia física resultaba ridículo pensar en semejante posibilidad. Los condenados estaban tan molidos de los tormentos por los que pasaban como si hubieran estado recibiendo coces de una manada de mulas encolerizadas. ¿Entonces?

Lo supe cuando el especulador quiso obligar a su nueva propiedad a ponerse de rodillas ante él y besarle los pies desnudos. Era estúpida la actitud del amo, aunque bien pensado qué otra cosa se podría hacer con los esclavos. No se les podía obligar a trabajar en los campos de algón, porque allí no había campos ni algodón. Tampoco un especulador les podría utilizar trabajando para él en sus fábricas. Ni siquiera era factible transformarlos en empleados de hogar, porque allí no había hogar, ni desayunos o almuerzos que servir, ni jardín por el que pasar el cortacesped, ni trajes que planchar y cepillar. ¿Qué se podía hacer con un esclavo o con un proletario o con cualquier persona que trabajara para uno? ¿Qué sentido tenía la esclavitud, la lucha de clases, el sometimiento de las víctimas a los verdugos?

Visto así el que un especulador se hubiera adjudicado mercancía y la utilizara para que le lamiera los pies sin duda tenía su sentido, aunque yo, sinceramente, no era aún capaz de verlo. El condenado, novato en bolsa, se negó a pasar por semejante humillación y escupió al especulador a la cara. Fue un escupitajo repugnante que casi me hace vomitar. La respuesta del amo no se hizo esperar. Le lanzó un bofetón tremendo al otro, que se tambaleó unos instantes, el tiempo necesario para encajara el golpe y lanzarse contra su enemigo dispuesto a patearle los testículos que colgaban en el aire, a la vista de todos.

No pudo conseguirlo porque un demonio, que merodeaba muy cerca, se interpuso entre ambos. Con su traje Armani, sus zapatos Gucci, y su maletín de piel Buitón, desentonaba tanto como un chef de prestigio en un campo de alfalfa. Desde que viera a tanto demonio vestido de aquella manera y con sus maletines de piel, no había cesado de preguntarme para qué diablos querrían aquellos maletines y cuál sería su contenido. Los trajes tenían su razón de ser, puesto que los condenados estaban desnudos. Las clases siempre se han diferenciado por signos externos (los ricos van en rollsroyces y los pobres en seiscientos, par example) y aunque los cuernos, rabos y pezuñas de los demonios eran diferencia más que suficiente con los condenados, mortales enseñando sus vergüenzas, lo cierto es que un buen traje ayuda a saber quién manda y la desnudez implica siempre subordinación, más que nada porque caminando desnudo no se puede llevar encima tarjeta de crédito.

No podía creer lo que estaba viendo. Los dos condenados, el especulador y el especulado –identifiquémoslos así, puesto que ambos estaban sometidos a tormento- se negaron a respetar a su verdadero amo y señor, el demonio vestido de Armani. Por lo visto estaban tan imbuidos de sus respectivos roles que uno no podía soportar que la mercancía conseguida con su especulación en bolsa se rebelara contra él, y el otro no podía aceptar que por el simple hecho de haber sido ganado en bolsa tuviera que aceptar semejante humillación. Intentaron pagarlo con el demonio y se pusieron a darle patadas y puñetazos. Una escena muy surrealista. ¿Se imaginan a sun señor vestido de Armani, y con su maletín de piel al costado, siendo atropellado por dos nudistas, con las vergüenzas al aire?

Aquello no duró mucho. El demonio abrió el famoso maletín y sacó una especie de pistola eléctrica. Apuntó, primero a uno, y luego a otro, y disparó a ambos. Los condenados se retorcieron en el suelo, echando espumarajos por la boca. Yo no pude soportar semejante espectáculo y me dediqué a mirar los marcadores electrónicos. La prima de riesgo subía, el IBES (Indice de los Buenos Especuladores Sabios) bajaba. Las cotizaciones de las diferentes empresas ascendían, descendían o se quedaban a dormir en las escaleras. Aquello era una auténtica locura infernal. ¿A qué prima de riesgo se referían? ¿Acaso era arriesgado comprar ciertos bonos? ¡Pero qué bonos ni qué niño muerto! Allí no había bonos, ni mercancías, ni nada, solo un tormento infernal. ¿Entonces? Por lo visto los condenados actuaban como si estuvieran aún vivitos y coleando en el mundo de las finanzas y la especulación. Se habían agrupado, habían formado empresas, se habían puesto en la frente las banderas de sus antiguos paises, invertían, desinvertían, compraban, vendían, especulaban, mantenían sus mercancias en los almacenes o las tiraban al río, según necesitaran que los precios subieran o bajaran…

No me atreví a preguntarle a otro demonio, también vestido de Armani y con maletín de piel, que pasó a mi lado tocando una campanilla. Todo se paralizó. Los condenados se quedaron donde estaban, los marcadores electrónicos pasaron al blanco y luego al negro, porque se apagaron. Se produjo un horrísono silencio. Los demonios se movieron como tales, observando cómo estaban las cosas, poniendo orden, cambiando pegatinas de sitio de unos cuerpos desnudos de condenados a otros… Se organizó un buen guirigay. Cuando todo alcanzó el orden que los demonios buscaban, de nuevo pasó a mi lado –sin verme, algo que no comprendería hasta que alguien me lo explicó en otro momento y en otro espacio- el demonio de la campanilla.

A su sonido los marcadores se encendieron de nuevo, los condenados despertaron de una especie de rara hibernación, y los demonios comenzaron a patrullar con calma. Observé, divertido, cómo los que antes eran especuladores que se hacían con mercancía humana, poniendo pegatinas con sus logotipos en pechos desnudos de otros, ahora eran especulados, mercancía sometida al vaivén de la bolsa. Todo había cambiado. Los que estaban arriba, ahora estaban abajo; los que cotizaban, ahora eran cotizados y los diablos VIP, llamémosles así, ponían orden y organizaban el juego.

Regresé junto a mi trio favorito. Los condenados habían dejado de sufrir espasmos en el suelo y se levantaron como si tal cosa. El demonio seguía apuntándoles con su pistola eléctrica, dubitativo sobre el siguiente paso a dar. El condenado especulado no había tenido tiempo de sufrir el tormento que sufren las víctimas de la especulación. De hecho acababa de llegar a la bolsa y no llevaba ni cinco minutos con la pegatina en el pecho. ¿Cómo transformarle en especulador, sin haber pasado antes por el tormento del especulado?

El demonio, bastante sagaz a mi modo de ver, dejó que el juego siguiera donde lo habían dejado, sin hacer caso de la campanilla que había dado la vuelta a la tortilla. Sin embargo, el especulado, que no era tonto tampoco y se había dado cuenta de lo acaecido mientras estaba soltando espumarajos por la boca, protestó. Las reglas del juego eran las reglas del juego…El demonio no le hizo el menor caso y entonces se quitó la pegatina del pecho e intentó ponérsela al especulador. Nuestro amable diablo disparó de nuevo sobre ambos, esta vez, al parecer, una dosis eléctrica menos intensa, porque su representación epiléptica duró muy poco.

Se levantaron de nuevo. El diablillo les explicó, muy amablemente, que ellos deberían seguir con el juego sin que el sonido de la campanilla les afectara. Hasta la próxima ocasión el especulador continuaría síendolo, lo mismo que el especulado debería conformarse con su rol de víctima. Cuando la campanilla sonara de nuevo, habría llegado el momento de cambiar los papeles. Sacó de su maletín un fajo de billetes que entregó al especulador, por las molestias, al parecer. Puso un artilugio electrónico en un tobillo del especulado y entregó un mando al especulador. Advirtió a la víctima de que debería seguir los caprichos de su amo o sufriría las consecuencias, bailando a la música que le pusieran. Amonestó al especulador sobre las consecuencias de torturar demasiado al especulado, porque este haría lo mismo cuando la tortilla se diera la vuelta de nuevo, y sin más los dejó a su libre albedrío.

Casi vomito al ver la reacción del especulador. En cuando el diablo se hubo marchado comenzó a humillar al especulado y cuando este se negaba a sus caprichos le daba al mando y la pobre víctima bailaba toda clase de ritmos en el parqué de la bolsa. No pude soportar semejante espectáculo. Casi vomito. Decidí salir corriendo del edificio de la bolsa. Buscaría el Infierno de los violentos. Allí, al menos, uno sabía a qué atenerse. Nunca soporté la hipocresía y menos en el Infierno. Nada de bonos, de primas de riesgo, de recortes, de cotizaciones inextricables, de ecuaciones en la pizarra, si me tienen que matar que me claven un cuchillo bien afilado en el pecho o que me peguen un tiro en la nuca, o incluso que me pongan una bomba lapa en el trasero.

El Infierno de los violentos no iba a ser un espectáculo agradable. Lo sabía. No obstante lo prefería a la violencia de aquel juego infernal. ¿La bolsa o la vida? Mejor la vida, que me caiga un misil en la cabeza y que la Tierra se resquebraje. ¿Y la bolsa? Que se la lleven ellos. ¡Malditos especuladores! ¡Para lo que les va a servir!

Bueno, amigos, no se pierdan el siguiente episodio. El Infierno de los violentos… Y no olviden vitaminarse ni mineralizarse. Les habló Bugs Bunny, el conejo de la suerte.

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