LA POESÍA DEL TIEMPO II


CAPÍTULO II

¿EL PRIMER AMOR PLATÓNICO?

lEÓN

       YOLANDA

La memoria es frágil y el recuerdo nos juega malas pasadas. Victoria no pudo ser la primera mujer a la que escribí un poema, porque antes se lo había escrito a otra, a Yolanda, unos años antes, tal vez dos o tres. Tendría unos diecinueve años y residía en León, preparaba las oposiciones que me llevaron a ser compañero de Victoria, por lo tanto y lógicamente es anterior en el tiempo. Todas las tardes iba a una academia donde estudiaba mecanografía, taquigrafía y el temario de leyes. Yolanda también las estaba preparando y justo se ponía en la máquina de escribir que tenía a mi derecha. Era una chica delgada y que hoy no me hubiera parecido una belleza excepcional, sencillamente era una chica agradable, con un rostro agraciado, nada excepcional, aunque a mi me parecía muy guapa y muy dulce. Es la poesía del tiempo que da y quita, que pone y retoca. Desde este momento temporal Yolanda aparece como una chica que logró enamorarme solo porque estaba cerca de mí y porque yo era joven, romántico y mi sexualidad rebosaba por los poros. Creo que cuando escribí este texto que también subí a Grupobuho, recordaba mejor aquella época, por lo que me fiaría más de lo que conté entonces que de lo que podría narrar ahora. Esta es la historia que escribí entonces sobre Yolanda, a la que considero mi primer amor platónico. Creo que antes de la historia debería ir el poema.

 
Nota: Disculparán este pequeño experimento iniciático.  Reviso mi pasado a la busca de lo mejor de si mismo. Algo aparentemente paradójico porque el pasado está muerto. ¿Es así?. Creo que no, creo que los momentos no mueren y desaparecen para siempre. El recuerdo puede ser traído al presente y vivido con la misma intensidad que entonces aunque las manos no puedan palpar la rugosidad material del momento.
El autor lo escribió teniendo 19 o 20 años. No ha sido corregido. Así estaba en la vieja carpeta. Tendrán que disculpar la endeblez de la forma aunque el progreso logrado en estos años no sea precisamente para tirar las campanas al vuelo.
Yolanda era una chica más bien baja, más bien delgada, nada explosiva, pero sus ojos oscuros decían muchas cosas aún mirados de soslayo y a hurtadillas. Su codo rozaba el del autor al escribir a máquina. Se sentaban juntos en una sala de una academia de mecanografía y taquigrafía en la que el autor estaba preparando una oposición. No hubo mucho más que miradas a hurtadillas y una invitación a café y un poco de charla en un bar cercano. Ella estaba acompañado por una amiga y la conversación fue de todo punto intrascendente. Meses de saludos y tímida contemplación. Eso fue todo.
Fue la primera amiga y el primer amor platónico. En el colegio religioso no se codeaba uno precisamente con chicas. Para todo hay una primera vez, para la amistad y para el platonismo romántico amoroso.
El último día de academia el autor puso un sobre en sus manos con este poema. No hubo respuesta. No podía haberla.

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Para Yolanda, mi primera amiga y mi primer amor platónico.

Yolanda, mujer maravillosa,
¡qué triste decirte adiós!,
sepultarte en el recuerdo,
caminar en el futuro lejos de tu presencia,
pisando cada día el polvo de la tumba
que mis manos cavaron con dolor
y melancolía en la carne de mi corazón,
donde enterré tu nombre con mimosa delicadeza,
temeroso de aplastar, de manchar,
la suavidad y la hermosura de tu imagen
que como frágil florecilla
se agostaba entre mis dedos.

Te amé sin quererlo,
sin atreverme a desearlo,
sin ni siquiera saberlo;
te colaste hasta el fondo de mi alma atormentada
por una rendija diminuta abierta en el realismo
cruel y brutal de mi pétrea mente.

Amarte era amar un sueño imposible,
querer apresar el viento huidizo
besar los labios ardientes del sol
en la noche tenebrosa.

He tenido dulces, acariciantes sueños,
pero nunca mi corazón se hirió con ellos.
¿Porqué me enamoré de ti,
mi mas hermoso sueño?.
¿Porqué dejar mi alma bucear
en el vacío mar
de ilusiones sin esperanza,
ahogarse con la angustia
de fatigantes, inútiles esfuerzos de demente,
como un eterno naufrago
en el agitado océano del amor?.

¡Si pudiera mi alma viajar hasta la tuya!.
Recorrer el espacio al dulce mandato
de un corazón hambriento de la mirada
sonriente de tus ojos sugerentes
de mundos inalcanzables para deseos y suspiros
siempre con un mañana de infinitos
ayeres a las espaldas.

¡Poder seguir tus pasos
el cadencioso ritmo de tu cuerpo!.
¡Poder besar tus labios
con los míos, invisibles!.
Susurrarte en los oídos palabras de amor
sin buscar respuesta ni consuelo alguno.
Tener tus ojos huidizos
siempre al alcance de los míos.
Aspirar el aroma de tu alma
ahogando en el mi soledad.

¿Qué misterio se esconde en la fuente de la vida
para amar sin ser amado
para sufrir por lo imposible y suspirar en el vacío?.

Yolanda, dulce nombre que me llena de ternura,
apenas intuí tu alma en una fugaz mirada
quedé ya prendido en la red de tu atractivo sutil
como la indefinible sonrisa
tierna, amorosa y triste
que sorprendí en tus ojos en un momento de descuido.
Muchas veces anhelo estrechar
tu hermoso cuerpo entre mis brazos,
reposar mi cabeza febril en el calor de tu pecho;
acariciar tu cabello entre mis dedos amorosos,
besar en tus labios en el fondo de tu espíritu.

Un instante de amor contigo compartido
y en mi seco corazón hubiera brotado
una planta misteriosa en su frágil hermosura
inmune a los vientos abrasadores de la vida.

Yolanda, amor imposible, ya solo eres un recuerdo
que acaricia levemente una fibra sensible,
tan desafinada por el tiempo
que gemidos roncos y rotos
se van diluyendo en el polvo.
Pronto tan solo serás un nombre bello,
un dulce sueño que se olvida en el brusco despertar.

En el mundo del espíritu encontraré tu huella,
donde no hay caminos podrán conocerse
sin máscara nuestras almas,
hablarse y quizá amarse;
pero ya nunca serás aquella
dulce y tierna Yolanda,
cuyos ojos estaban hechos de amor
su rostro de ilusiones soñadas,
Un cuerpo todo encanto, ritmo y hermosura.
Serás espíritu divino, mujer angélica,
pero yo te amé con aquel cuerpo
que lleva en su interior el gusano
implacable de la podrida muerte,
pero que el alma, embriagada y loca
amará con pasión desenfrenada.

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