PERDIDO EN EL TIEMPO II


LEONARD COHEN
02-SO LONG MARIENNE

Enciendo las luces, el sol se ha ocultado allá, en el horizonte, sobre las montañas, sobre los rascacielos. Todo el mundo parece tener mucha prisa, yo no voy a parte alguna. Me gustaría perderme en el tiempo, como en mi relato, seguir dando vueltas y vueltas a esta maldita circunvalación, fuera del tiempo, perdido en el tiempo. No entiendo por qué todos tenemos que compartir el mismo tiempo cuando no podemos compartir el mismo espacio. Podemos compartir las 20,00 horas de un día cualquiera del calendario, pero no podemos sentarnos en la misma silla, ni nuestros cuerpos pueden ocupar el mismo espacio vacío. Cada uno tiene su propio espacio pero el tiempo es el mismo para todos. El tiempo es uno de los mayores misterios de la existencia. Me gustaría rajar el velo de ese misterio con una cuchilla bien afilada y pasar al otro lado, tener un tiempo solo para mí y dar vueltas y vueltas al asfalto, escuchando mi vieja música, con la mirada perdida en la oscuridad, más allá del cono de luz de los faros.

Ahora le toca a Leonard Cohen, ni que hubiera ordenado la música adrede. Recuerdo que escuché esta canción por primera vez en una película de Herzog. Era un documental. Creo que se titulaba Fata Morgana, o algo así. Me impactó la película y me conmovió la canción de Cohen, a quien no conocía. Desde entonces busqué todas sus canciones y las he escuchado una y otra vez. También tengo sus libros y alguno de sus documentales. Nunca se me ocurrió buscar la traducción de la letra, prefiero escucharla así, en inglés, e imaginarme la letra a mi manera. Tal vez le ponga mi propia letra, como he hecho con algunas de sus canciones.

Llevo más de un año intentando olvidar, no es posible. El viejo recuerdo regresa una y otra vez, como un estilete afilado para abrir mi corazón por su herida más profunda. He vuelto a la soledad de mi juventud, nunca creí que volviera a sentirme como entonces. Aún no comprendía que la soledad es nuestra naturaleza visible, somos islas en un infinito océano, separadas por millas y millas de agua salada encrespada y tiburones hambrientos.

Debo sobrevivir, es mi única tarea. Ahora soy un guerrero impecable, a lomos de su Rocinante, un coche manipulado por los servidores de Moloch, abollado, raspado y destrozado por un conductor que desea abrir una brecha en el tiempo y colarse al otro lado. Mi cuerpo sigue aquí, pegado a un asiento sudado, sujeto por un cinturón de cuero, pero mi mente es tan libre como un águila. Me gustaría que el tiempo se resquebrajara para poder seguir dando vueltas y vueltas y más vueltas, sin un fin, sin un principio. Lo mismo que cada mañana deseo no despertar, quedarme en el mundo de los sueños, viajar de acá para allá, sin trabas, libre como un águila, sobrevolando los espacios y los tiempos.

Won´t you come over to the window, my little darling,
I’d like to try to read your palm.
I used to think I was some kind of gypsy boy
before I let you take me home.

Levanto el pie del acelerador, los coches me pasan como si fuera un tarado, alguno me da las luces. ¿Queréis llegar antes que yo a la muerte? No os preocupéis, ingenuos corderillos, ella os espera donde menos imagináis. Hace unos días vi una extraña película Locke. Tenía un guión tan sencillo como original. El protagonista conduce hacia un hospital donde su amante, provisional, de una noche, va a dar a luz a su hijo. Mientras conduce llama y recibe llamadas a través de un sofisticado manos libres. Se lo cuenta a su esposa, habla con su hijo que está viendo un partido de fútbol que él debería estar viendo con él, su esposa iba a preparar salchichas y patatas y tenía las cervezas enfriando. Es un derby que nunca se habría perdido. También ha dejado su trabajo en el momento más crucial. Es ingeniero y al día siguiente, muy de mañana, llegará una flota de camiones de hormigón para levantar un muro impresionante. Será la descarga de hormigón más importante de Europa. El jefe de la empresa vendrá desde Chicago y su jefe, al que identifica en las llamadas como “el cabrón” no para de llamarle y pedirle explicaciones. Finalmente es despedido pero él sigue intentando que todo salga bien, encarga al subalterno que revise todo, pero éste prefiere emborracharse con sidra. Se ocupa él de llamar a la policía para que el itinerario escogido esté libre, pero hay problemas y erre que erre él intenta solventarlos cuando deberían importarle un comino. Abandona a su esposa, a sus hijos, su familia, su trabajo, todo lo que es por estar al lado de una mujer con la que tuvo sexo una noche de borrachera y que ahora le dice que el hijo es suyo. Y todo porque su padre le abandonó. No quiere que a su hijo le ocurra lo mismo. Conduce al tiempo que con una actividad frenética y muy práctica intenta solventar todos los problemas, buscando la mejor manera de que su decisión no afecte a nadie, solo a él. Parece haber perdido completamente la razón. Su vehículo se mueve en la autovía a gran velocidad porque desde el hospital su amante, asustada, no deja de llamarle y la enfermera y los médicos le piden que la calme. Pasa vehículos, otros le pasan a él, se oyen sirenas de coches policía que le superan a toda velocidad. La autovía está perfectamente iluminada por las farolas. Su coche taladra la noche, como fuera del tiempo, mientras el conductor intenta aferrarse a la realidad con uñas y dientes. Los espectadores somos conscientes de que su locura no es hacer lo que tiene que hacer, tal vez el primer acto humano y consciente de su vida, sino aferrarse a lo que deja atrás, en un ansia patológica de que todo esté en orden, de solucionar no solo sus propios problemas, sino los de todos, los de toda la humanidad.

Así me siento yo esta noche, mientras conduzco por la circunvalación, buscando de nuevo la salida que he dejado atrás por un despiste. Me emperro en dar la vuelta, aunque me lleve varias horas, con tal de no atravesar la gran metrópoli y volverme loco buscando el itinerario correcto. Solo que en mi caso ya no me preocupa nada. Ni abandonar el trabajo porque estoy jubilado, ni abandonar a una esposa de la que ya no sé nada, ni a una hija que ha querido dejar de ser mi hija, ni un hogar que no es hogar, ni un apartamento sucio y desordenado, ni una ropa que ya no me vale, ni unas libretas con anotaciones para mis novelas que ya no tengo interés alguno en escribir. Todo me importa un comino. Nadie me llamará al móvil, yo no llamaré a nadie. Estoy tan solo como si me hubiera perdido realmente en el tiempo. Si los vehículos dejaran de pasar y la autovía se quedara desierta, si el reloj del coche se detuviera en una hora concreta y no se moviera, si las luces de la gran ciudad se apagaran y de pronto me encontrara dando vueltas y vueltas a una circunvalación infernal, solitaria, fuera del tiempo, taladrando la oscuridad con los conos de los faros, entonces me sentiría aliviado, infinitamente aliviado.

No, no lo creo. La mente nos acompaña allá donde vamos y se regodea en hacernos ver la misma película, una y otra vez, una y otra vez. No puedo olvidar lo que fue mi vida, el amor, la esperanza, la compañía, la sensación de que me pasara lo que me pasara siempre estaría acompañado.

So long, Marianne, it’s time that we began
to laugh and cry and cry and laugh about it all again.

Al menos tengo música para horas y horas en el pendrive. Solo echo de menos una cerveza bien fría y un pitillo. Estoy a punto de encender uno y conducir con una sola mano. Abandono la idea, seguro que hay algún vehículo de la guardia civil acechando. Me pillaría, siempre me pillan. Puedo pasarme años cumpliendo las reglas estrictamente, pero basta con que me descuide un minuto para que ellos aparezcan de la nada, como fantasmas que me hubieran estado acechando todo el tiempo. Sí, me gustaría perderme en el tiempo. Ya no necesito seguir las manecillas del reloj en su recorrido alrededor de la nada, ni los números saltando como si el destino apretara un botón. Estoy solo en medio de la noche y podría continuar así durante toda la eternidad.

So long, Marianne, it’s time that we began
to laugh and cry and cry and laugh about it all again.

NOTA A PIE DE PÁGINA: Buscando información sobre su primera pareja, Marienne, supongo que la destinataria de esta canción, he descubierto, en una biografía que Leonard Cohen sufrió trastorno bipolar y depresiones durante toda su vida, que estuvo internado en un centro psiquiátrico donde permaneció un tiempo como un vegetal, incapaz de hacer nada, de vivir. Resulta curioso que los enfermos mentales nos reconozcamos casi sin mirarnos, sin vernos, sin saber unos nada de otros. De alguna manera durante todos estos años en los que no he dejado de escuchar su música ya intuía en su personalidad el toque mágico de un hermano enfermo mental. Este descubrimiento hace que aún le admire más.
http://www.finanzas.com/xl-semanal/magazine/20120930/desnudamos-leonard-cohen-3641.html

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