LOS PEQUEÑOS HUMILLADOS I (VERSIÓN DEFINITIVA)


 

AVENTURAS Y DESVENTURAS DEL PEQUEÑO CELEMÍN

Pequeños humillados1

DIARIO DEL AUTOR

Pequeños humillados2

Dicen de los viejos que recuerdan mejor su infancia que lo que han hecho el día anterior. Espero que al menos en mi caso sea cierto, porque me gustaría rematar la única de mis novelas que me haría sufrir si desapareciera en el olvido, en ese lugar aún peor que la nada, donde están todas las cosas que un día ocurrieron y que nadie recuerda. Debo darme prisa, porque el doctor no quiso decirme el tiempo que aún me queda mientras esa terrible enfermedad que llaman Alzheimer acaba su desarrollo, como el huevo de un gusano que acaba de ser sembrado por la mosca en el cadáver.

No he dejado de rezar para que la muerte me alcance antes de comenzar a perder la personalidad, lo único que siempre me ha interesado de mí, antes de que la enfermedad cruce lo que para mí es la línea roja: los recuerdos de mi infancia.

No voy a dejarles nada a mis herederos, por dos razones: la primera y fundamental es que no existen tales herederos, puesto que no me casé ni sembré fuera del matrimonio semilla alguna que pudiera fructificar en vientre femenino y si algún familiar lejano siguiera vivo por ahí fuera, ni sabe de mi, ni yo sé de él; la segunda tiene mucho que ver con la infernal crisis económica que asoló Europa en la segunda década de este maldito siglo XXI, puesto que con sus famosos recortes dejó mi pensión –alcanzada con gran dificultad al cumplir la edad reglamentaria, retrasada una y otra vez, justo cuando yo la acariciaba con mis manos temblorosas- por los suelos, lo que impediría a un heredero disfrutar de la vida tras mi muerte.

Con la magra pensión que me permitieron disfrutar como jubilado de postín, y gracias a la ayuda inestimable de un plan de pensiones privado que inicié mucho antes de que la crisis lo transformara en un lujo surrealista y muy poco rentable, y con la pequeña cantidad que recibo por el alquiler de mi antiguo y viejo pisito, hoy puedo costearme una cama en esta residencia privada, casi un lujo asiático, de aquellos que disfrutaron los sátrapas en los tiempos del imperio babilónico, si mi memoria no me falla, que pudiera ser que sí.

Aguanté en el piso todo lo que pude y un poco más. Cuando ya no pude valerme por mí mismo decidí buscarme un lugar al alcance de mis posibilidades. En la residencia miraron con lupa mis ingresos y me hicieron un exhaustivo chequeo médico. Por fin se decidieron a admitirme como si me hicieran un gran favor. Desde entonces no han dejado de subirnos las mensualidades cada cierto tiempo o en cuanto la prima de riesgo se desmanda un poco.

Puse en manos de una inmobiliaria la venta del piso, fijé un precio mínimo y esperé… hasta que me aconsejaron que les dejara alquilarlo mientras surgía un comprador. Es posible que nadie compre el piso y que los inquilinos lo destrocen, pero mientras tanto puedo disponer un extra del que tirar cada vez que nos suben la mensualidad.

Durante todo este tiempo me he dedicado a mis novelas de infancia. Cuando arribé a este cementerio de elefantes, a pesar de mis dificultades de movimiento, todavía era capaz de manejarme con el portátil. Como escritor no he llegado a nada y dudo mucho que el destino quiera convertirme en un escritor post-mortem. Me olvidaré de los años perdidos escribiendo, una tras otra, historias delirantes y sin sentido. Me olvidaré de haber sembrado Internet con mis textos, que no leía nadie y que ahora no podría encontrar ni yo mismo, incapaz de recordar todos los alias o nicks que llegué a utilizar.

Alguna de aquellas historias me gustaba; me divertía mucho escribiéndolas e imaginando a los personajes haciendo todo lo que yo deseaba hacer y nunca me atreví. Ahora sé que eran una mierda, sí una mierda con todas las letras, y que el tiempo que les dediqué lo podía haber empleado en algo mucho mejor…Aunque no se me ocurre en qué, con toda sinceridad. ¿En trabajar más? ¿Para que luego te recorten, alarguen la edad de jubilación y lo poco que has ahorrado no te sirva de nada? ¿En viajar por el mundo? Vale. Eso está mejor, aunque sin idiomas hubiera sido como perderse en la Torre de Babel, intentando encontrar un compatriota entre la multitud. Debería haber buscado una pareja, y que supiera idiomas, para viajar los dos por el amplio mundo y disfrutar del sexo aquí y allá, en todas partes. ¿En serio? Dicen que no hay mejor forma de castrarse que casarse. Bueno, eso dicen, porque yo nunca lo hice. Pude haberlo hecho, eso sí, sin embargo las cosas se torcieron y lo que pudo ser, no fue, como casi todo en la vida. No me hubiera importado de haber tenido mucho éxito con las mujeres, una para cada noche y varias noches para una… solo en el caso de que me gustara mucho. Por desgracia no ocurrió así. Llegué a sentirme solo, muy solo, terriblemente solo. Deseé morirme y acabar de una vez. Ahora estoy muy solo, aunque no me parece mal, hasta lo llevo con humor. Tampoco deseo morirme, al menos no demasiado pronto, que me dejen un par de años más, al menos.

Quería hablar de Bea, de Beatriz, una empleada, enfermera o lo que sea, joven y atractiva, tímida y un poco, bastante, inculta, pero no me apetece continuar, lo dejaremos por hoy. Creo que voy a introducir aquí un parrafito que tenía ya preparado, aunque no me gusta mucho. Luego comenzaré la historia, tal vez con el pequeño Celemín o con Los pequeños humillados, en primera o tercera persona. Ya veremos. Lo importante es acabar este manuscrito a cualquier precio. Cuando lo haga me podré morir o perder la memoria o lo que tenga destinado desde el principio de los tiempos. ¡Quién me iba a decir a mí, al pequeño Celemín, que la vida sería como fue y que yo, en el fondo, era como era!

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EL PRESENTE

Estoy sentado en un banco de madera, en un pequeño parque de la residencia de ancianos. Soy un viejo. Creí que nunca iba a llegar este momento. Todos sabemos que nada es para siempre, que somos mortales, que el tiempo pasa y no vuelve… Son lugares comunes que utilizamos con frecuencia, sin ser muy conscientes de lo que estamos diciendo.

De joven también creía, como todo el mundo, que algún día sería viejo y moriría, si es que la muerte no me segaba antes con la guadaña. Pero era algo tan lejano que solo me apetecía hablar de ello o comentarlo cuando estaba de buen humor, como un chiste de humor negro que uno se puede permitir bebiendo con “los colegas” y diciendo cualquier “burrada” que nos hiciera reír a todos o creernos más “machos”, más “hombres”. La escasa empatía es uno de los defectos de la juventud, aunque algunos podrán pensar que se trata más bien de una cualidad, al fin y al cabo ponerse en la piel del prójimo solo serviría para sufrir aún más, cuando la vida es ya de por sí bastante terrible, como para echarnos a la espalda sufrimientos ajenos. Por eso los jóvenes son capaces de burlarse de un anciano que resbala y se da una buena nalgada, o permanecer fríos, absolutamente indiferentes, ante alguien que narra su enfermedad o su desgracia. Eso nunca me ocurrirá a mí, piensan, eso solo les sucede a ellos.

Como todos los jóvenes, yo también me dejé llevar en algún momento por estas actitudes tan estúpidas como irracionales. Puede que uno se acabe librando de un cáncer o de un accidente de tráfico, o de cualquier otra desgracia que acecha a los mortales, pero de lo que jamás se librará es de la muerte. El tiempo irá transcurriendo con esa lentitud tan engañosa que a veces hasta nos parece que se ha parado y que nosotros seguimos siendo los mismos año tras año.

EL PASADO

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PROLOGUITO

Hola a todos. Me llamo Julito Celemín Rodriguez y he decidido comenzar este diario porque me siento muy solito. Fue una muy buena idea comprar unos cuantos cuadernos en el quiosco de la “señá” Adela, en el pueblo, unos días antes de venir al cole. Un diario es como un amigo al que puedes contarle todas tus penas. Creo que van a ser muchas aquí, en el cole del Sagrado Corazón de los padres Recoletos del Corazón de Jesús. 

Antes que a nadie quiero saludar a mi personaje favorito de los dibujos animados, al oso Yogui. Bueno, bueno, en

realidad quien realmente me gusta es Bubú, el dulce Bubú, con su graciosa y acaramelada vocecita. 

Saludo a todos porque con el tiempo todo el mundo acabará leyendo este diario. Me dará mucha vergüenza que lo lean mis papás y hermanitos, por eso esperaré a ser grande. A los grandes no les da vergüenza nada, no se ponen coloraos aunque estén mintiendo y no les asustan los monstruos que aparecen por las noches. Puede que se lo deje leer antes a Luisito, mi amigo del pueblo, y puede que alguno más. Aunque me da mucha vergúenza que puedan saber lo que pienso y lo que siento muy dentro de mi. No he visto a ningún adulto contar todo lo que piensan. Nadie me ha dicho que esté prohibido, pero hay muchas cosas que están prohibidas y no se dicen.

Esta es la primera vez que voy a estar solito, fuera de casa. Siento mucho miedo de enfrentarme con los padres Recoletos y con un montón de niños desconocidos y casi seguro malvados, que se van a reír de un niño tímido como yo y me van a gastar bromas pesadas y tal vez me hagan llorar tanto que no pueda aguantar ni siquiera un mes en el cole.

Anoche llegamos en el tren, muy tarde porque se averió, y ya era de noche y el colegio estaba cerrado. Tuvimos que dormir en el suelo, frente a la puerta principal, que ya nos habían avisado que estaría cerrada a partir de las diez de la noche. Ahora vuelve a ser de noche otra vez y me he refugiado en uno de los retretes para decirle a Bubú que estoy bien y que no se preocupe por mí, aunque me siento muy solo, muy solito… 

Me gustaría llorar, echar la lagrimita, pero mi papá me dijo que los hombres no lloran y yo ya soy un hombrecito. Tengo diez añitos y eso es casi ser un hombre. Mi papá me contó que a los catorce años comenzó a trabajar en la mina de carbón, para ayudar a los abuelos, que en paz estén, porque entonces acababa de pasar la guerra civil, esa tan mala entre rojos y azules. Mi papá decía en voz bajita que los buenos eran los rojos, aunque ganaran los azules. La verdad es que a los abuelos lo único que les importaba era poder comer todos los días y eso no era fácil porque los azules les robaban todas las patatas y todo lo que encontraban. Robaban y a eso lo llamaban requisar.

Tengo miedo a que venga el padre prefecto y me encuentre aquí. Si mira por debajo de la puerta podrá verme, porque han dejado un hueco muy grande entre el suelo y la puerta. Puede que lo hayan hecho por si se cierra un niño por dentro y no quiere salir. Creo que al padre Lorenzo, al prefecto, lo llaman “el fantasma”. Al menos así le apodaba uno de los mayorones. Se reía mucho mirándome mientras lo decía y luego me llamó chivina. Que nos íbamos a enterar los chivinas de lo que vale un peine con “el fantasma”.

Creo que el padre fantasma es muy malo. Es bajito y tiene una cara de mala leche que no puede con ella. Dicen que pega mucho y siempre hay que estar alerta porque no se le oye al andar y en cuanto te descuidas un poco, ¡zás!, te da un par de tortazos y te quedas con ellos.

Pero voy a terminar, querido Bubú. Oigo una puerta al otro lado del dormitorio y puede que sea el fantasma, que viene a ver si estamos todos dormidos. Mañana te contaré la llegada al cole. No tengas miedo. Duerme muy agustito, que yo voy a abrazarme a la almohada, como si fueses tú. Un abracito muy fuerte de Celemín.

CAPÍTULO 1
LA LLEGADA AL COLE

Querido Bubú: Como no empezaremos las clases hasta dentro de tres días tenemos mucho tiempo para divertirnos y leer tebeos. Nos han levantado a las ocho de la mañana y hemos desayunado un tazón de leche con una rebanada de pan untada de mantequilla. Es un decir porque el trozo que nos dieron, sobre un plato de duraléx, estaba tan duro que resbalaba sobre el pan, no había manera de untarlo, y encima sabía a yeso. 

Hemos oído misa en la capilla en lugar de la iglesia y luego nos han dejado libres para ir al patio a jugar a lo que quisiéramos o venir a este aula a leer los tebeos que nos apetezca. En la mesa del profesor está sentado un mayorón, vigilándonos, y en una esquina han puesto dos montones enormes con toda clase de tebeos. Yo he elegido un tebeo del Gordito relleno, Carpanta y la familia Cebolleta y otros dos de Spiderman y Batman. Estos no los conocía aunque sí había oído hablar de los comics americanos, que eran muy divertidos pero también muy, muy caros.

He colocado un tebeo abierto sobre el pupitre y me dispongo a escribir este diario en un cuaderno. Me da miedo que me descubran redactando un diario, y más si me dirijo a ti, querido Bubú. Sentiría mucha vergüenza si creyeran que hablo contigo o con cualquier otro de mis personajes favoritos. Ellos no piensan que pueda existir otra cosa que lo que vemos y tocamos. Entonces, me pregunto yo, querido Bubú, cómo pueden decirnos que existe Dios, si no le podemos ver ni tocar. Son cosas de los mayores, que se creen muy listos, pero luego te das cuenta que en realidad son bastante tontos.

Voy a aprovechar para contarte la llegada al cole que no pude hacer ayer, sentado en el retrete, porque llegó el fantasma y me tuve que ir a la camita. Hoy tenemos otro padre prefecto, creo que es el padre Gonzalez, aunque le llaman “La vaca”. Aquí todos tienen motes y más los frailes o padres como quieren que les llamemos. Pero antes de iniciar la narración de la accidentada llegada al cole quiero comentarte que anoche muchos de los chivinas, como nos llaman los mayorones a los nuevos, lloraron como magdalenas, como dice mamá. Los sollozos se oían por todo el dormitorio. 

Los de segundo y tercero se cansaron del concierto y les dijeron a voces que o se callaban o les iban a cortar el pito. Luego se reían, sin ninguna compasión por los nuevos, que queremos mucho a nuestros papás y les echamos de menos. Yo también tenía ganas de llorar, pero me contuve para que no se rieran de mí, o me cortarían el pito. Me da mucho miedo, Bubú, quedarme sin pito. Luego no podré hacer pis y debe doler mucho.

Para no llorar me puse boca abajo y mordí la almohada con todas mis fuerzas. Me salían las lagrimitas pero no se oían los sollozos. Y es que, Bubú, echo mucho de menos la casita, los papás, el pueblo… El pecho me subía y me bajaba y dejé la almohada empapada, pero nadie pudo oírme llorar. Ya soy un hombrecito y aunque hubiera tenido que morder los barrotes de metal de la cama no consentiré nunca que los mayorones se rían de mi por verme llorar. Con mi cabecita hundida en la cama estuve largo rato hasta que me fui calmando. 

Luego me puse boca arriba y escuché cómo los otros chivinas continuaban llorando como bebés. Me hacían tanta gracias que hasta estuve a punto de reírme yo también de ellos. Tuve que volver a morder la almohada. No quiero ser como los mayorones, que son malos, muy malos y deseo que Dios castigue muy duramente sus almas.

Estaba tan agotado que me dormí profundamente. No recuerdo si soñé o no, aunque me suele pasar que tengo pesadillas cuando las cosas no van bien. Sueño mucho con serpientes que me persiguen para morderme y envenenarme. No me importa tanto morir como que sus cuerpos repugnantes se enrosquen sobre el mío, pequeñito y tembloroso. No dejo de correr pero no me muevo del sitio.

Entonces imagino que mis brazos son alas y con toda la fuerza de mis bracitos comienzo a moverlos hacia arriba y hacia abajo. No puedo creerlo, pero estoy ascendiendo por el aire. Abajo quedan las serpientes, mirándome con cara de sorpresa. Ahora puedo volar en los sueños como un pájaro. Me basta con mover un poco los brazos para mantenerme en el aire como un águila. Voy mirando lo que sucede abajo y me lo paso muy bien. Veo a los adultos, son como hormiguitas, muy ocupados en sus cosas, mientras yo vuelo y vuelo…

Y me disculparás pero ha llegado La vaca a preguntarnos si lo pasamos bien. Dejo de escribir, pero seguiré en cuanto pueda. Un abrazo Bubú.

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