MISIÓN EN URANTIA I


 

MISIÓN EN URANTIA

Misión Urantia2

CAPÍTULO I

MI ÚNICA VIDA

LUNES-AGOSTO-AÑO…

El año no tiene importancia. No estoy en el espacio-tiempo, aunque lo parezca.

He salido a dar una vuelta con el coche. Lo suelo hacer cuando comienzo a sentirme muy solo. Ver gente, aunque sea de lejos, me consuela, me calma, es como si estableciera un vínculo con la realidad, me ayuda a dejarme de sentirme loco.

He recorrido el centro de la ciudad, sin prisas, mirando el ajetreo de este hormiguero surrealista. He observado con especial detenimiento a las mujeres atractivas, dejando crecer en mí la libido. Me hace sentirme vivo. Para otros será una idiotez, para mí es cuestión de supervivencia.

Lamenté haberme burlado en mi interior de quienes perdían la paciencia en los atascos. Algunas veces acabo creyéndome que ellos pueden sentir mis pensamientos y esa es la razón de que se enfaden conmigo. Se trata de uno de mis típicos delirios. Me he acostumbrado a convivir con ellos. Es como una cojera congénita. Cojeo porque no puedo hacer otra cosa. La realidad no puede ser cambiada.

Tras haber recorrido el centro de la ciudad he decidido salir hacia el exterior, tomando la carretera de circunvalación. He dado una vuelta y luego otra, no tengo meta, no tengo prisa. Me limito a buscar aquello que me calma, no importa que carezca de sentido. La calma es mi realidad más auténtica.

De pronto me apeteció dirigirme al campo y disfrutar de la ola de calor, sudando a la sombra de cualquier árbol. Me vendrá bien una siestecita.

Ha ocurrido de pronto, sin preaviso. La sensación era tan fuerte que estuve a punto de encender las luces de emergencia y detenerme en el arcén, por miedo a provocar una colisión múltiple.

Me sentí flotar por encima de mi cuerpo, sobre el vehículo. De pronto yo era un extraterrestre, a quien alguien o algo había introducido en aquel cuerpo de cincuenta y cinco años, obeso y deteriorado que nadie querría para sí.

Tenía una misión. No era otra que observar y emitir un informe, no sé a quién ni de qué manera. El informe sería desfavorable. La humanidad no tenía remedio. Punto. Eso sería todo, lo que ellos hicieran me tenía sin cuidado.

Por mí bien podían destruir a todos los humanos, de la forma que consideraran más conveniente. Me importaba un comino.

Desde la altura a la que me encontraba me sentía muy joven y muy poderoso. Ellos, los demás, eran los locos, los estúpidos.

Mis manos se aferraron al volante. Tuve la sensación de ser tan etéreo que las manos resbalarían sobre el volante y el vehículo seguiría la ley de la inercia.

Era una simple cuestión mental, no me ocurría nada físico, al menos que yo supiera. No estaba mareado, no sufría náuseas ni otro malestar. Si mi imaginación me estaba jugando una mala pasada estaba claro que todo lo que fuera a suceder a continuación dependía de mí.

Puse mi voluntad en ello. Eso era todo lo que podía hacer en aquel momento y estaba claro que debería haber sido suficiente, pero no lo fue.

Como pude me situé en el carril más cercano al arcén y aminoré la velocidad. Me encomendé a Dios, a la suerte o a quien me tuviera en sus manos, fuera alienígena o no.

Me detuve ante un semáforo en rojo. Respiré profundamente, cerré los ojos y cuando los abrí la sensación de estar fuera del cuerpo, sobre el coche, había aminorado mucho, hasta casi desaparecer. Ahora sí me sentí un poco mareado, con el estómago revuelto y un hormigueo muy molesto en brazos y piernas. Pero eso era todo.

 

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