Mes: junio 2016

PERDIDO EN EL TIEMPO VII


PERDIDO EN EL TIEMPO VII

KEITH JARRET
THE KÖLN CONCERT

Me va a venir muy bien escuchar algo animado y al mismo tiempo relajante, una música alegre vital. La descubrí en mi juventud, por lo que debe de ser del año 1975 en adelante. Tengo en casa el vinilo, pero he podido conseguirla en un archivo de MPS para escuchar en el coche. Si no recuerdo mal era un concierto que Jarret realizó en Colonia, en Alemania, improvisando al piano. Concretamente recuerdo como una delicia una pieza muy movida que me hizo bailar como un loco mientras la escuchaba. Puede que el resto no sea tan movido, pero aún así el jazz siempre es alegre, la música profunda del alma. Hacía tiempo que no la escuchaba. Ha sido un acierto meterla en el pendrive para este viaje.

Mis dedos bailan sobre el volante…¡Por fin una música alegre! ¡Pero qué digo! ¿Acaso la del boss no lo es? Dejemos aparte sus letras, que están en inglés y no las entiendo. ¿Hay algo más alegre que el rock? Bueno, sí, tal vez el jazz, tal vez… Desde luego Keit Jarret es un pianista para quitarse el sombrero y esta música, en concreto, hace cosquillas en los rincones más alegres del alma.

Creo que estoy loco, o al menos muy tocado. Desde que comenzara esta alucinación -no puede ser otra cosa- no creo que hayan pasado más de dos horas, y sin embargo me siento como si hubieran transcurrido meses, años…He perdido la noción del tiempo. Digo alucinación por decir algo, por encontrar una razón, una lógica, a lo que me está pasando. Las farolas siguen apagándose, aunque ya deben de quedar pocas, si la vuelta completa dura lo que yo pienso, poco más de dos horas. Cuando se apaguen todas me moveré en una noche perpetua. Bueno, las lejanas luces de la ciudad no tendrían por qué apagarse también. Aunque tal como están las cosas aquí se va a apagar hasta el lucero del alba. La música alegre me está contagiando, a veces levanto un poco el pie del acelerador y me paso al otro carril, vacío, por supuesto, o sin darme cuenta aprieto el acelerador y comienzo a jugar con el volante, como si estuviera solo en la autovía, como si nadie me fuera a molestar, ni siquiera “los civiles”, los radares, los helicópteros con visión infrarroja.

Estoy yendo a demasiado velocidad, me acabo de dar cuenta al mirar el cuentakilómetros, de reojo, porque lo que me interesa es saber si el depósito se está vaciando. No es así. El reloj también funciona, el marcador de revoluciones idem, todo podría tener una explicación razonable… pero no la tiene, lo sé y basta. Podría acelerar al máximo, alcanzar la máxima velocidad de crucero que me permite este coche y que nunca he probado. Luego pod´rian venir “los civiles” con sus luces y sirenas, se armaría un buen Cristo, me llevarían esposado, me harían la prueba de alcoholemia, de drogas, tal vez hasta me dieran un par de sopapos, si alguien estaba muy cabreado esa noche. Sería fantástico, nada como salir de una alucinación con un par de sopapos. Terminaría en el calabozo, sino internado en un psiquiátrico. Se quedarían pasmados cuando me pusiera de rodillas y les diera las gracias por haberme salvado. Pensarían que estaba majara y a mí no me importaría con tal de salir de esta infernal alucinación.

¿Estoy alucinando? ¿Realmente estoy loco? La autovía continúa desierta, las farolas farolas se apagan como si alguien las estuviera disparando con un subfusil de asalto A4, creo recordar, es el único que conozco, de las películas. Lo curioso es que el francotirador se ha debido de contagiar de la música de Jarret y a veces la farola se apaga muy deprisa, otras con más lentitud, como siguiendo el ritmo de los dedos de Keith sobre el piano. La aguja del medidor del depósito no se mueve, y van dos horas, si todos los coches funcionaran así arruinaría a las petroleras. El reloj parece ir bien, marca las 23.00 horas, lo mismo que mi reloj de pulsera, que va atrasado un minuto. A pesar de toda la atención que he puesto en ello sigo sin ver indicadores, salidas, gasolineras, luces de edificios, solo el quitamiedos, sin interrupción. No he visto una sola gasolinera. Cerca de la autovía ni una luz, solo las luces de la metrópoli, allá, a lo lejos. ¿También se apagarán en algún momento? ¿Me quedaré en la más absoluta oscuridad, dando vueltas como un tonto?

¿No es esto lo que había pedido? ¿Perderme en el tiempo, regresar al pasado, comenzar todo desde el principio? O tal vez fuera mejor perderme definitivamente en otra dimensión, exclusiva para mí solito? Es posible que sea este último deseo el que se me ha concedido, en el fondo era lo que deseaba. ¿O no?

Esto parece una película de terror. En cualquier momento un ovni aparecerá sobre el coche, me iluminará con una gran luz y seré abducido. No lo creo, un extraterrestre también sería compañía y mi deseo era estar solo, definitivamente solo, solo para siempre.

¿Qué estoy pensando? La realidad es terca como una mula. En cualquier momento saldré de este espejismo oscuro, los coches volverán a pasar, las farolas iluminarán el asfalto, como siempre, y me santiguaré por haber logrado sobrevivir en una autovía abarratada que en mi alucinación he visto como desierta.

En efecto, la música movida está en la segunda parte del concierto. Los pies se mueven sobre los pedales, freno y acelero al ritmo endiablado del maestro. Mis dedos bailan sobre el volante, como si fuera el teclado de un piano redondo. El coche está haciendo eses, zetas, hasta volteretas. Pienso que en el supuesto de que nunca despierte de esta alucinación siempre me quedará la muerte. Puede que la autovía esté desierta, que las farolas se apaguen, que no gaste gasolina, que los relojes se acaben parando, que no tenga hambre a pesar de llevar muchas horas sin comer, que no tenga sed, puede que ya no necesite comer ni beber el resto de mi vida, pero no soy inmortal, ni los dioses pueden hacerme inmortal. Así que si doy un volantazo y atravieso la mediana y el coche se pone a dar vueltas… seguro que acabo matándome. Pase lo que pase, siempre me quedará la muerte.

¡Quieto chico! Aún no ha llegado el momento, pisa el freno que la música regresa a un ritmo suave. Por un momento he llegado a pensar que esto es casi peor que estar encerrado solo en mi apartamento. Me estoy llamando idiota en voz alta. Me estoy pellizcando el brazo con fuerza. El dolor me ha hecho gritar. Al menos veo que conservo el cuerpo de siempre, este cuerpo grasoso, obeso, donde las terminaciones nerviosas aún siguen existiendo. ¿Y si me quedara aquí, en esta autovía infernal, dando vueltas como en un tiovivo durante toda la eternidad, sin ver a nadie, sin percibir a nadie, sin encontrarme con nadie, solo como el tonto de Sísifo? Mientras hay dolor hay esperanza. Tranquilo, muchacho. ¿También esperanza? Bueno, al menos amanecerá a su debido tiempo. La luz difumina cualquier telaraña de la mente, del espíritu. Pero… ¿Y si nunca amaneciera?

La idea me estremece. Amo la noche, es cierto, soy una especie de vampiro psíquico, aunque debo reconocer que una noche perpetua sería para pensárselo con calma, al menos en una autovía desierta. Al menos siempre tendré la opción de acabar con todo estrellándome con el coche a doscientos por hora. Si el cuerpo puede sentir dolor… también puede morir. Recuerdo aquellos años de juventud, ahora tan lejanos, los desesperados, terribles intentos de suicidio. Bueno, nunca fue una solución, pero ahora tal vez lo sea, una puerta abierta en la noche para salir de este circuito infernal.

Intento cambiar el hilo de mis pensamientos, que las manos de mi mente toquen con delicada energía este piano invisible. Que los dedos del gran Jarret guíen mi camino. La vida es como un inmenso piano que uno va tocando siguiendo inalterables melodías del destino, una vez las manos se deslizan sobre las sutiles teclas del espíritu, trenzando una melodía que viene de otro mundo, pero las más de las veces aparecen las teclas más graves, generando un sonido bronco, sin sentido, feo molesto. Solo un maestro como Jarret puede tocar todas las teclas con la misma maestría, con esa alegre ligereza de la bailarina de ballet, moviéndose sobre sus puntillas, como evitando los charcos de la vida.

Mis dedos siguen golpeando sin maña el cuero del volante, buscando en vano identificarse con las manos del ángel negro, en éxtasis sobre el piano, los ojos cerrados, la mirada perdida en lo más profundo de su mundo interior. La luz de la farola es una tecla invisible que agoniza rápidamente antes de morir, al compás de mis dedos, al compás de sus dedos. El ángel negro sobre el cielo oscuro, acariciando la tecla correspondiente, que ya nunca resucitará, porque no es necesario en un teclado infinito. Imagino las farolas como teclas de ese piano invisible que va recorriendo Jarret, sentado en el cielo oscuro, y por un instante su parpadeo, antes de morir, se acompasa a la perfección de la música. No puede ser cierto, pero lo es. Siento un vértigo infinito en mi cabeza. Todo comienza a dar vueltas, todo se ha transformado en un gigantesco tiovivo. Veo de reojo el cuentakilómetros, doscientos y subiendo. Mi pie derecho parece el miembro de un guiñol, manejado por fuerzas ocultas. Voy a morir, aunque el asfalto esté desierto, la velocidad es demasiado alta como para seguir manejando el coche con seguridad, aún más de noche, con las farolas apagándose a mi paso, como si alguien estuviese disparando al blanco, al patito, en la feria, un francotirador portentoso que nunca falla, pero que no quiere apuntarme a mí a la cabeza. A esta velocidad moriré seguro, pase lo que pase.

Una idea salvadora me cosquillea la nuca. Llevo horas sin fumarme un pitillo. No puedo salir para estacionar en un sitio seguro, no puedo detenerme en el arcén, porque puede que todo sea una alucinación y los coches sigan moviéndose a gran velocidad en la autovía, aunque yo no los vea. El quitamiedos parece haberse estirado como un chicle para superar cualquier fisura lógica en una autovía. Parece como si los trozos que han sido desgajados para proporcionar una salida a la autovía del infierno se hubieran estirado el uno hacia el otro, como los brazos de dos hermanos que buscan el contacto antes del final. Voy a tener que fumar en el coche. ¡A la mierda la multa! Si esto no es una alucinación ya me habrán puesto tantas multas que será un placer pagarlas todas al despertar. Alargo la mano hacia la cajetilla de tabaco y el mechero, en el asiento del copiloto. Y entonces ocurre el milagro. Suenan aplausos, comienza una música más suave y delicada y el pie derecho deja de oprimir el acelerador. Ya había sobrepasado los doscientos veinte y subiendo. ¡Uff! Me he librado por los pelos. Observo cómo la aguja va descendiendo poco a poco hasta los ciento veinte. ¿Y pensaba fumarme un pitillo a más de doscientos?

Como puedo saco un pitillo y lo enciendo. Bajo el cristal de la ventanilla y saco el brazo izquierdo. La noche es fresca aunque muy agradable. Observo la temperatura. El marcador numérico no se ha movido de los dieciocho grados. Una buena temperatura, si decide bloquearse y ni sube ni baja. Me dispongo a disfrutar del primer pitillo en horas. Aspiro el humo y lo expulso al exterior. Si esto no fuera real ya me habría caído otra multa, ya estaría sin puntos, sin permiso de conducir, ya estaría muerto, posiblemente. Pero esto es real. Comienzo a reírme histéricamente. Esto es real-esto es real-esto es real.

Fumo tres pitillos, sin prisa, hasta quedar saturado. Estoy más tranquilo. Una curiosa sincronía me ha permitido disfrutar de una autovía desierta en plena noche. Eso ocurre a veces, pocas, pero ocurre. Y mi depresión desde el divorcio me ha traumatizado, mi fantasía me ha llevado al delirio hasta el punto de creer ver cómo todas las farolas de la autopista se han ido apagando a mi paso. Todo tiene una explicación.

¿Todo? Las farolas se siguen apagando. Bueno, tal vez sea difícil encontrar una explicación razonable. Aunque es posible que en los telediarios de mañana me encuentre con la razón de todo esto. “Un extraño apagón en la autovía de circunvalación, debido a un fallo informático, ha estado a punto de costar la vida a varios conductores, que aterrorizados por lo insólito del espectáculo, tuvieron que ser atendidos en diferentes hospitales. Paso la conexión a nuestra compañera… que se encuentra en el hospital…”

Bueno, sí, es algo bastante insólito, desde luego. Pero, ¿por qué no podría ocurrir? Cosas más extrañas están ocurriendo en nuestro mundo, en nuestro país, como que vayamos a unas terceras elecciones. La soledad es la peor de las patologías. Seguro que si alguien me acompañara en el coche, ahora estaríamos riéndonos los dos a carcajadas.

Se acabó el concierto. De nuevo los aplausos. Al menos, si esto resulta ser real, tendré al divino Jarret y a otros muchos dioses de la música para hacer que el camino de Sísifo sea más llevadero. He sobrevivido una hora más, puedo sobrevivir otra y otra y otra. No tengo prisa, nadie me espera en parte alguna.

Creo que me fumaré otro pitillo. Lo necesito.

 

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PERDIDO EN EL TIEMPO VI


PERDIDO EN EL TIEMPO VI

LIGETI

REQUIEM KYRIE

Era lo que me faltaba, ahora una música especialmente adecuada para entrar en un trance terrorífico. Lo escuché por primera vez en la película 2001 de Kubrik. Creo que era la escena del monolito y los monos, el amanecer del hombre. Ya es casualidad que ahora aparezca en la reproducción aleatoria de la música que tengo en el pendrive.

Las farolas continúan apagándose, una tras otra, implacablemente. La autovía está completamente desierta y lleva así ya varios minutos. Esto no es normal, mon Dieu. Tampoco he visto ni un solo letrero indicador. He mirado la aguja del depósito de gasolina, y creo que no se ha movido. ¡Dios mío! Espero haberme equivocado.

Al menos el reloj funciona, marca las 22,30. Mi reloj de pulsera también sigue funcionando. El cuentakilómetros marca bien la velocidad. Todo está bien, aparte de las farolas, que no pase un solo coche y que la aguja del depósito se haya atascado. Bueno, tampoco es muy normal que a estas horas no tenga hambre, aún más después de haber comido pronto y muy poco. El estómago no me molesta, está vacío pero lo siento repleto, tampoco tengo acidez.

Sé que esto pasará, tiene que pasar. Un delirio no es para siempre, lo mismo que el sueño, te duermes, pasas un tiempo dormido y luego despiertas. Es el proceso habitual. Solo es un susto, un cúmulo de coincidencias, nada más. Ha sido la desesperación, la soledad es el peor de los estados posibles. He deseado que algo me tragara, fuera del tiempo, lejos de todos, un castigo de los dioses, convertirme en el nuevo Sísifo, en su hermano Salmoneo, devorado eternamente por las llamas sin consumirse, en Tántalo, siempre hambriento, siempre sediento, el gitante Ticio, picoteado por los buitres, en Ixion, atado a una rueda que gira en el aire sin descanso, en Atlas que sostiene el mundo sin descanso, en Prometeo, picoteado por las águilas. Pero esto sería aún peor, condenado a dar vueltas y vueltas a una autovía desierta, en plena noche, sin poder salir nunca de ella, sin sentir hambre o sed, sin tener que hacer necesidades, bajas y rastreras. Me pregunto si la gasolina se acabaría en algún momento, si las piernas se me dormirían y el trasero se me llenaría de escaras.

Echo de menos un pitillo, pero aún no quiero arriesgarme. Esto podría ser un delirio y en cualquier momento un coche ululante me detendría y me pondrían una multa por fumar conduciendo. Me siento tentado a dar las luces de avería y estacionarme en el andén, pero temo que el hechizo se rompa y de pronto aparezcan una manada de coches tras de mí, a toda velocidad, y me lleven por delante, temo provocar un accidente. Aguantaré unas horas más, ninguna autovía, ninguna autopista del mundo puede permanecer desierta horas y horas.

Esta música me pone el vello de punta, hasta podría convencerme de que he traspasado alguna línea dimensional y dejado atrás todo, todo excepto lo que soy y mi maldito coche del que nunca podré separarme. Tendría gracia que hubiera atravesado esa grieta entre mundos de la que habla don Juan, esa vagina cósmica como la denominan también esos dos increíbles humoristas que son don Juan y don Genaro. Me pregunto si se me permitirá conservar la libido, el deseo sexual. Al menos la imaginación ya que no podré volver a comer ni beber. Bueno, eso estaría bien, porque ¿dónde encontraría alimentos? ¿dónde podría parar para tomarme una cocacola bien fresquita? No he vuelto a ver una sola gasolinera, ni las luces de un motel de carretera, ni un restaurante, nada, absolutamente nada. Es como si estuviera atravesando el desierto del Sáhara, como si me hubiera perdido en la futura autopista que algún día lo recorrerá. O mejor, el desierto del Mojave, o el de Chihuauha, o el de Sonora. ¿Era éste el desierto que don Juan hizo recorrer a Castaneda?

Lo bueno de todo lo que me está ocurriendo es que no tengo prisa por llegar a parte alguna, no tengo hogar, no tengo nada que me retenga. Puedo pasarme la noche dando vueltas y vueltas a esta autovía del infierno sin llegar ni salir de parte alguna. Puedo permitirme ese lujo. Aún no he probado el móvil. ¿Funcionará el móvil? En cuanto me convenza de que esto es real, de que ni un solo coche hollará este asfalto, me detendré en el arcén, intentaré comunicarme con alguien. Un “wasape” a alguno de mis contactos, una llamada, un SMS. Es una de las primeras cosas que debo comprobar, si estoy incomunicado. También si funciona la radio, pero eso no me preocupa, tengo música para dar varias vueltas sin repetir una sola pieza.

¡Pero qué digo! Debo estar volviéndome loco. Nada así va a ocurrir, estoy delirando. En algún momento todo regresará a la normalidad y mañana me tumbaré en mi sucia cama, en el apartamento, y dormiré doce, veinticuatro horas, tres días seguidos, lo que necesite. Mientras tanto disfrutaré de la música, de la noche, de la autovía desierta, del silencio, de esta agradable temperatura -¿sigue el termómetro del coche en los quince grados?- y sobre todo de ese pitillo. Mi reino por un pitillo.

Tengo que parar en algún sitio y fumarme ese maldito pitillo, mientras miro por el retrovisor cómo se acercan los faros de otro coche, porque seguro que ocurrirá. Bueno, creo que no me va a importar que me echen otra multa más, bajaré el cristal de la ventana y encenderé un pitillo. Está decidido.

 

MI BLIOTECA PERSONAL XII


 

SON MÁS LOS QUE MUEREN DE DESAMOR DE SAUL BELLOW

Acabé la novela hace algún tiempo, pero me impactó tanto que no he dejado de rumiarla desde entonces, como un buey tranquilo y persistente. Es curioso que haya tardado tantos años en descubrir a Bellow, no suelo dejar pasar una sola ocasión de conocer nuevos autores que puedan ampliar mis horizontes de lector, pero no fue hasta hace algunos años que le descubrí en el escaparate de una librería. Entonces me hice con algunos libros que voy leyendo poco a poco, para que duren, como hacía con los caramelos cuando era niño. Hace unos días, confeccionando la lista de lecturas para mi jubilación, fui consciente de lo mucho que me queda por leer, no solo libros interesantes y divertidos o autores desconocidos, sino de auténticas obras maestras que por un motivo u otro no he leído hasta ahora. Me llama la atención especialmente la literatura norteamericana en la que últimamente estoy descubriendo fantásticos autores que son como diamantes pisados al pasar, casi sin querer. Saul Bellow es uno de ellos, pero también están John Irving, al que leí por primera vez hace tres o cuatro años, o Philipp Roth, de quien me dispongo a leer su Pastoral americana, ganadora de un Pulitzer o Richard Ford, último premio princesa de Asturias.

Como dijo el sabio Salomón, no hay nada nuevo bajo el sol. Leyendo a Bellow, mi hinchado ego se pinchó como un globo. Cuando comencé a crear mis personajes humorísticos y encontré esos narradores tan atípicos, también personajes humorísticos ellos, creí haber descubierto América. Pues bien, no, antes llegó Bellow con este fantástico narrador-testigo en primera persona que sin duda es el gran hallazgo de la novela y que se parece bastante, al menos en el tono, a alguno de mis narradores de relatos humorísticos. La novela rezuma humor por todos los poros, pero es un humor tan sutil, tan discreto, que bien pudiera incluso pasar desapercibido para algunos lectores poco duchos en cosas de humor. No sé si se trata del famoso humor judío -aunque Bellow no se parece a Woody Allen- o más bien eslavo-judío-cosmopolita, o es un humor personal del autor. Mi conocimiento de la novela humorística en la historia de la literatura creo que es bastante amplio, pues bien, he recibido tal impresión con esta novela que he recordado mis lecturas del Quijote, mi inspiración humorística ahora y siempre; también he pensado en los Papeles póstumos de Dickens y en las Almas muertas de Gogol, por citar solo algunas obras clave del humor literario. Sin embargo los personajes y situaciones de Bellow son tan peculiares y personales que cuesta hacer comparaciones.

Buscando información sobre Bellow en Google di de bruces con el comentario de un escritor famoso, ahora no recuerdo de quién se trataba, que destacaba cómo Bellow era capaz de utilizarlo todo como material de sus obras, la vida cotidiana, lo más insulso entre lo insulso, cualquier cosa le sirve. Pues bien, nada más cierto, porque en esta novela uno creería estar viendo una carrera de record del mundo, algo así como los cien metros obstáculos. Me imagino al bueno de Saul erigiendo una valle de dos metros y mirando a los espectadores como diciendo, “esto está chupado”. Porque realmente como novelista y como humorista encuentro en la obra una auténtica carrera de obstáculos para ponerlo todo cuanto más difícil mejor y terminar batiendo el record del mundo por mucho. Así a pocos se le ocurrirían darle la profesión de botánico a su personaje. Hay profesiones que dan muy poco juego en la literatura, pero la de botánico se debe ganar la palma. El tío Ben, el protagonista de la historia, no sólo es botánico y botánico apasionado, fogoso, entregado, también tiene una edad que podríamos considerar impropia para el don Juan, antiguo o moderno. Por si fuera poco es un hombre tan cotidiano, hogareño, tan alejado del aventurero de moda, que uno se pregunta qué puede sacar Bellow de un tipo así en el terreno humorístico. Pues saca oro y diamantes. Es increíble, es fantástico.

Por si fuera poco el personaje-narrador, su sobrino, lo hace tan bien, tiene un sentido del humor tan peculiar, tan sutil, que ambos acaban convirtiéndose en algo así como el Quijote y Sancho de la edad moderna o el Gordo y el Flaco de la cinematografía. Porque esa es otra, aunque el personaje central de la historia sea el tío Ben y su sobrino, el narrador, pretenda permanecer en la sombra, en realidad es tan personaje principal como su tío o más. Y por si fuera poco, los secundarios, como en el Quijote, son auténticas obras de arte. Algunos aparecen poco, solo para echarles un vistazo, pero son geniales. Así nos encontramos con la esposa actual del tio Ben, Matilda, un portento de hermosura, sensualidad, inteligencia y todo en una mujer moderna, de familia rica, una de esas mujeres que uno busca como un diamante y nunca encuentra. Sin embargo al tío Ben le persiguen estas mujeres. Es increíble cómo un hombre como él, la antítesis del don Juan, acaba siendo perseguido por mujeres hermosas y ricas, el sueño de cualquier hombre. En realidad el tío Ben está más enamorado de las plantas que de las mujeres, pero no se sabe si es porque tiene algún imán en los bolsillos que las atrae o porque sabe aprovechar las ocasiones, porque tampoco es que sea un hombre totalmente ajeno a la belleza femenina y la sensualidad.

Mientras uno lee la historia se pregunta qué ven las mujeres en el tio Ben. A este respecto recuerdo lo que algunas mujeres me han dicho sobre que ellas no hacen caso del físcio del hombre, sino que buscan la persona que hay en su interior, algo que los hombres nunca hacemos, por supuesto. Pues bien, animado por esta especie de lema femenino, abrigué grandes esperanzas de que ellas pudieran apreciar lo que hay en mi interior, porque está claro que mi exterior no puede ser apreciado. Así pensé que al menos una vez al año una dama se dejaría seducir por mi personalidad interior, o vale, cada dos años, o bueno, tal vez cada cinco o diez años, pero en alguna ocasión. Pues no, no les interesa mi personalidad interior, y creo que no es tan terrible, y parece que mi personalidad exterior influye más de lo que ellas confiesan.

¿A qué viene esto? No es que el tio Ben sea contrahecho, pero tampoco parece un hombre para enamorarlas a todas, tal como lo describe su sobrino. Tampoco es joven, tampoco la botánica parece la mejor profesión, dejando aparte la posibilidad del regalo de una flor exótica. Tampoco tiene labia ni sabe manejarse como un don Juan. Uno se pregunta qué ven las mujeres en él. ¿Tal vez su personalidad interior? Pues no parece tampoco excesivamente interesante. Nadie lo sabe, el caso es que llega a sentirse tan asfixiado que utiliza las invitaciones de colegas botánicos para conferencias o expediciones, para fugarse de la dama ansiosa de turno. Jajá, es increíble como Bellow puede utilizar esta profesión, la antítesis humorística de las profesiones, para sacarle tanto jugo.

El sobrino no se anda atrás. Un joven en la treintena, parece que no mal parecido a pesar de lo mucho que él intenta desprestigiarse, de familia burguesa-aristocrática, con ancestros rusos, con vida parisiense que recuerda a Balzac y sus personajes del barrio de La Opera, se deja seducir por una mujer muy pequeña a pesar de sus curvas voluptuosas, hasta el punto de que los lectores nos preguntamos si en realidad no será enana. Tiene una hija a la que intenta ver y a la que dedica buena parte de sus ingresos, mientras la susodicha madre de su hija prefiere a los amantes brutotes, que le dejen el cuerpo lleno de moratones. En realidad parece una masoquista nata que ha huido, como del rayo, del cariñoso sobrino del tio Ben. No sabemos muy bien si el desamor lo sufre el tio Ben de las bellezas que le asedian o son ellas, las bellezas, las que sufren el desamor de este hombre que sigue enamorado de su primera esposa difunta. Tampoco está muy claro si el sobrino sufre de desamor de la madre de su hija o solo se siente humillado y es su amiga, que llega a una delirante operación de cirugía estética, para que él le haga caso.

Nadie sabe muy bien quién sufre de desamor o quién sufre más o quién debería morir y quién debería vivir, el caso, cierto, es que en la novela hay mucho desamor. También hay personajes antológicos como los padres de Matilda, especialmente el padre, o como el tío del tio Ben, un millanario mezquino que recuerda a los personajes de Dickens, y tan viejo que hasta un pequeño disgusto lo puede mandar al más allá. O la amiga del sobrino del tio Ben, o el hijo del millonario que pretende reconciliarse con su padre antes de que muera, para así poder heredar algo. Todo un ramillete de personajes que sino son tan buenos secundarios como los del Quijote, al menos están muy bien hechos y a un nivel de record del mundo. Bellow, como hizo ya en el Diciembre del decano, aprovecha todo el material cotidiano que tiene a su alcance para descubrir los entresijos de esta sociedad, tanto cómicos como dramáticos. Si yo fuera un corrupto dejaría de serlo al ver la vida y milagros del millonario avaro. Y si fuera un político dejaría de serlo al ver la hilarante escena del gobernador del Estado en esa especie de juicio extraño en la cárcel para ver si le conceden la libertad provisional o no a un supuesto violador.

Hay momentos de humor exquisito que un gourmet del humor y de la buena literatura, como es mi caso, degusta con placer de dioses disfrutando de la ambrosía por primera vez. La obsesión que sufre el tio Ben después de ver Psicosis del maestro, con los hombros de Matilda, que se le parecen a los hombros del Perkins por detrás, disfrazado de su madre, es antológica. Su miedo a asesinarla sonámbulo es tan regocijante como erótica la imagen de la hermosa Matilda siendo observada de esta manera por el tio Ben. También aquí Bellow desincha otro de mis globos, ese que hace referencia a lo bien que soy capaz de unir erotismo y humor en mis relatos. Esto sí que es erotismo del fino, sin describir siquiera cómo Matilda se quita las ligas o el sujetador, mientras el bueno de Ben contempla sus hombros y toda su hermosura se convierte en deseo de estrangularla. Tampoco le gustan sus pechos, demasiado separados. Y esta confidencia se la hace a su sobrino por teléfono, en plena noche, porque no puede dormir, y desde la lavandería del edificio, en el sótano, susurrando para que el guardia de seguridad no le descubra. Genial, Bellow, me quito el sombre y me rasco la calva con deleite.

Creo que ya solo el título nos quintaesencia la novela. El tio Ben es entrevistado en una televisión, creo que después de la catástrofe de Chernobil, y preguntado por las consecuencias de la radioactividad para las plantas, solo se le ocurre decir una frase chusca, tal vez bloqueado por los nervios o por el despiste que le acompaña.

SON MÁS LOS QUE MUEREN DE DESAMOR QUE A CAUSA DE LA RADIOACTIVIDAD

Es un perfecto resumen de la novela, el desamor mata a muchos, aunque nunca se sabe si uno es la víctima o el verdugo, o las dos cosas y si se merece morir o que lo maten. El amor según San Saul Bellow es una cosa tan extraña que en cierto modo se parece a la radioactividad. Llega sin avisar, te come por dentro, y al final “toos muertos o radioactivos durante toda la eternidad”. A la chita callando Bellow nos deja sin amor, sin esperanza en el futuro de esta torpe humanidad, sin saber muy bien qué harán de nostros estos personajes que nos controlan, millonarios, políticos o los que mueven los hilos, sean quienes fueren. Queda el humor, queda reírse del bueno del tio Ben obsesionado con los hombros de su amada porque ha visto una película del maestro del suspense en el peor momento y que en lugar de aprovechar ese cuerpo esplendoroso y ese entronque con el dinero… Pero no, no voy a hacer spoiler, signifique lo que signifique. Que los lectores lleguen hasta el final y luego se miren al espejo, para ver la cara que se les queda.

SINOPSIS

El narrador está tan obsesionado con su tio Ben que el lector se pregunta si no habrá algo patológico en esta conducta. El narrador ha huído de Europa par refugiarse cerca de su tio, dejando al don Juan de su padre vivir su decadencia y abandonando a su madre en Africa, con una ONG, donde ha huido para librarse del pelmazo de su marido. El narrador nos cuenta como testigo todo lo que le sucede a su tio y sus regocijantes charlas telefónicas y no telefónicas. Vemos pasar personajes tan divertidos como terribles y sobre todo vemos cómo mujeres buscan hombres y cómo hombres creen buscar mujeres, aunque no saben muy bien lo que buscan, ni ellas tampoco. Aquí nadie sabe muy bien lo que busca. Espléndido resumen de lo que es el amor. Que sean más los que mueren de desamor que los que fallecen a causa de la radioactividad es un buen resumen de nuestra sociedad y nuestro tiempo. Todo el mundo preocupado por las estadísticas de las muertes en accidente de tráfico, por catástrofes radioactivas o no, por el terrorismo, por el hambre… y sin embargo parece que son más los que mueren de desamor. Sin embargo nadie se preocupa por entender el amor, por traer una pizca a nuestra vidas y por las terribles consecuencias que el desamor genera en nuestra sociedad.

FICHA TÉCNICA

AUTOR: SAUL BELLOW
TÍTULO ORIGINAL: More Die of Heartbreak,
EDITORIAL: DEBOLSILLO
ISBN: 9788497938631
GÉNERO: Narrativa

UN POEMARIO NEGRO VI


 

BAILA POETA.


La luz golpea
Silenciosa
El cerebro.

El sonido rasga
La carne rebelde.

Baila poeta,
Al ritmo de tu angustia.

Retuerce tu cuerpo
Hasta olvidar
Tu amarga soledad.

Escupe tu impotencia
Blanco y rojo
Rojo y blanco
Giran y giran
En tu pupila

Patea tu amargura
Con las plantas de tus pies
Donde has escrito tus versos.

Verde, rojo, blanco.
Blanco, rojo, verde.
En tu alma
Arcoiris de tristeza.
Girando
La esperanza del olvido.

En la penumbra
Sangre
Se apaga y se enciende
Llamando
A la locura.

Poeta
Baila y llora
Sobre el amor soñado.

Pisa
La blanca luz
Que hiere
Tu dolor.
Aplasta
Cruel
Tus entrañas vivas
De gemidos
De amor
De gritos del corazón.

Poeta
Triste
Oculta
Tus lágrimas
A los ojos indiferentes.
Devóralas
Muy dentro.
Y baila
Espectral
Con la sonrisa
Muerta
En la máscara riente.

¿Quién te quiere
poeta
angustiado?

¿Quién comprende
tu espíritu
dulce?
Atormentado
Ayer
Melancólico
Hoy
Y triste
Siempre.

¿Quién puede
amar
tu desnuda ternura
erizada
de angustia?
¿Abrazar
tu corazón
abierto al infinito
agitado
en la ansiedad
de una espera
ETERNA?

¿Quién puede
besar
los lejanos
horizontes
entrevistos en tus sueños?

¿Quién descubrirá
más allá
del frío
de tu mente
viajera
Tempano
A la deriva
Fragil
Y luminoso
En la noche polar
Ese fuego
ARDIENTE
Con brazos
De llama
Estrechando
El vacio?-

Oh poeta
Poeta
¿quién te condenó
a percibir
la luz
en un mundo
ciego?

¿A sentir
EL AMOR
En la patria sin sol
De la oscura
Violencia?

¿Quién te obligó
al parto
de la mente
en la tierra yerma
de la abortiva estupidez?

UN POEMARIO NEGRO V


 

EL HOMBRE TRISTE

Era un buen hombre de mirada clara.
Joven el rostro, el alma enlutada.
El tiempo acechante robó su alegría
Cualquier camino sirve al desdichado
Cualquier destino al hombre triste.

De parcas palabras, de pulcra ropa
Siempre llevaba la sonrisa en ristre
Hasta que la vida le golpeó la cara
Con puño anónimo.
Es más fácil herir sin temor a la venganza.

Era un hombre sin miedo
Por eso hablaba sin medir las palabras.
Creía en la bondad de la gente
El mal no existe, solo la ignorancia.
Un día encontró al demonio: era su hermano.

Tenía el alma blanca, el corazón del color del cielo,
El bolsillo vacío no pesaba en su mente.
Poco era bastante y nada suficiente,
Nadie compraba su libertad
Con promesas de felicidad.
Me basta con nada
Decía sonriente.

Pero hasta quien no busca
Termina encontrando al demonio.
Fue al volver una esquina,
Nada tenía que perder
Por eso confió en su hermano
Y perdió el envite.

Puso el corazón en su mano
Sin reguardo ni ticket.
Puedes hacer con él lo que quieras,
Solo te pido me lo devuelvas un día.
Dijo y siguió caminando alegre,
Con un hueco en su pecho.
Al cabo de un tiempo
Lo encontró en el arroyo,
Brillaba entre la basura
Hasta los vagabundos
Lo habían desechado.

UN POEMARIO NEGRO IV


 

NO TENGO ALMA

No tengo alma,
Lo dicen ellos,
Los que sí tienen alma.

No tengo alma,
Pero lloro a escondidas
Como los que no tienen alma.

Siento el dolor
En todo mi cuerpo,
El cuerpo de los que no tienen alma.

Es un cáncer profundo
Que me va consumiendo
En el silencio,
El silencio de los que no tienen alma.

Arrastro mi cuerpo
Por los caminos solitarios,
Los caminos de los que no tienen alma.

Odio a escondidas
Procurando que no se trasluzca
En mis ojos vacíos,
Los ojos de los que no tienen alma.

Ellos están cargados de razones
Y les ampara la justicia,
La justicia de los que sí tienen alma.

Ya no me diferencio de las bestias,
Por eso han salido a buscarme
Con la metralleta en sus manos.
La metralleta de los que sí tienen alma.

Espero escondido en la espesura,
La espesura de los que no tienen alma.
Pronto seré cazado,
Pronto seré crucificado
En dos maderas con forma de cruz,
La cruz de los que no tienen alma.

Me espera la lanza afilada,
La lanza de los que sí tienen alma,
La clavarán en mi vientre,
Penetrará en mis vísceras,
Allí donde habita el vacío.
El vacío de los que no tienen alma.

Convertirán mi cuerpo en polvo,
El polvo de los que no tienen alma.
Un suspiro me separa aún
De la nada más absoluta,
La nada de los que no tienen alma.

Ellos se quedaran muy tranquilos
Porque saben que algún día
No lejano alcanzarán el cielo prometido,
El cielo de los que sí tienen alma.

L

 

POEMARIO NEGRO III


 

 

PARA UN AMOR

Eres como la muerte:
Bella y serena.
En tus ojos la noche
Me acoge
Maternal.

Eres la estrella
Más lejana
Del Cosmos infinito.
Mi sueño
Más triste,
Mi dolor
Más hondo.

Eres el anhelo permanente
Siguiendo un camino
Que no me lleva
Hacia ninguna parte.

Eres la esperanza
Más inútil,
El deseo
Más impotente
En mi fría vida.

Eres mi amor
Y te amo.
A pesar de todo.
Incluso si no existes.
Incluso si solo eres
El desvarío
De mi mente alucinada.

Me has llevado
Hasta las fronteras
De la nada.
Me empujas
Hacia el abismo
De la muerte.
Y sin embargo
Te quiero.

Beso tus labios
Duros
Como la piedra.
Busco tu mirada
Que se quema
En fuegos fatuos.
Anhelo tu sonrisa
Que nunca existirá
En ese rostro
De hielo.

Deseo abrazar tu cuerpo
Desnudo
Como el viento.
Como la niebla
Que me esconde
El camino.
Como luz que viene
De otro mundo.

Deseo saber a qué sabe
El amor de
Un fantasma.
A qué huele tu sexo
Transparente, cristalino.

Deseo saber si tu corazón
Aún palpita.
O se quedó parado
Como el reloj cósmico
De la eternidad,
Sin números, sin agujas
Sin tiempo,
Sin vida,
En la sutil frontera
Entre el Cosmos y la Nada.

Deseo saber quién eres
Amor mío.
Aunque caiga en el abismo
Del Noser.
Aunque la respuesta
A ese misterio
Sea mi tumba
Para siempre.