PERDIDO EN EL TIEMPO VI


PERDIDO EN EL TIEMPO VI

LIGETI

REQUIEM KYRIE

Era lo que me faltaba, ahora una música especialmente adecuada para entrar en un trance terrorífico. Lo escuché por primera vez en la película 2001 de Kubrik. Creo que era la escena del monolito y los monos, el amanecer del hombre. Ya es casualidad que ahora aparezca en la reproducción aleatoria de la música que tengo en el pendrive.

Las farolas continúan apagándose, una tras otra, implacablemente. La autovía está completamente desierta y lleva así ya varios minutos. Esto no es normal, mon Dieu. Tampoco he visto ni un solo letrero indicador. He mirado la aguja del depósito de gasolina, y creo que no se ha movido. ¡Dios mío! Espero haberme equivocado.

Al menos el reloj funciona, marca las 22,30. Mi reloj de pulsera también sigue funcionando. El cuentakilómetros marca bien la velocidad. Todo está bien, aparte de las farolas, que no pase un solo coche y que la aguja del depósito se haya atascado. Bueno, tampoco es muy normal que a estas horas no tenga hambre, aún más después de haber comido pronto y muy poco. El estómago no me molesta, está vacío pero lo siento repleto, tampoco tengo acidez.

Sé que esto pasará, tiene que pasar. Un delirio no es para siempre, lo mismo que el sueño, te duermes, pasas un tiempo dormido y luego despiertas. Es el proceso habitual. Solo es un susto, un cúmulo de coincidencias, nada más. Ha sido la desesperación, la soledad es el peor de los estados posibles. He deseado que algo me tragara, fuera del tiempo, lejos de todos, un castigo de los dioses, convertirme en el nuevo Sísifo, en su hermano Salmoneo, devorado eternamente por las llamas sin consumirse, en Tántalo, siempre hambriento, siempre sediento, el gitante Ticio, picoteado por los buitres, en Ixion, atado a una rueda que gira en el aire sin descanso, en Atlas que sostiene el mundo sin descanso, en Prometeo, picoteado por las águilas. Pero esto sería aún peor, condenado a dar vueltas y vueltas a una autovía desierta, en plena noche, sin poder salir nunca de ella, sin sentir hambre o sed, sin tener que hacer necesidades, bajas y rastreras. Me pregunto si la gasolina se acabaría en algún momento, si las piernas se me dormirían y el trasero se me llenaría de escaras.

Echo de menos un pitillo, pero aún no quiero arriesgarme. Esto podría ser un delirio y en cualquier momento un coche ululante me detendría y me pondrían una multa por fumar conduciendo. Me siento tentado a dar las luces de avería y estacionarme en el andén, pero temo que el hechizo se rompa y de pronto aparezcan una manada de coches tras de mí, a toda velocidad, y me lleven por delante, temo provocar un accidente. Aguantaré unas horas más, ninguna autovía, ninguna autopista del mundo puede permanecer desierta horas y horas.

Esta música me pone el vello de punta, hasta podría convencerme de que he traspasado alguna línea dimensional y dejado atrás todo, todo excepto lo que soy y mi maldito coche del que nunca podré separarme. Tendría gracia que hubiera atravesado esa grieta entre mundos de la que habla don Juan, esa vagina cósmica como la denominan también esos dos increíbles humoristas que son don Juan y don Genaro. Me pregunto si se me permitirá conservar la libido, el deseo sexual. Al menos la imaginación ya que no podré volver a comer ni beber. Bueno, eso estaría bien, porque ¿dónde encontraría alimentos? ¿dónde podría parar para tomarme una cocacola bien fresquita? No he vuelto a ver una sola gasolinera, ni las luces de un motel de carretera, ni un restaurante, nada, absolutamente nada. Es como si estuviera atravesando el desierto del Sáhara, como si me hubiera perdido en la futura autopista que algún día lo recorrerá. O mejor, el desierto del Mojave, o el de Chihuauha, o el de Sonora. ¿Era éste el desierto que don Juan hizo recorrer a Castaneda?

Lo bueno de todo lo que me está ocurriendo es que no tengo prisa por llegar a parte alguna, no tengo hogar, no tengo nada que me retenga. Puedo pasarme la noche dando vueltas y vueltas a esta autovía del infierno sin llegar ni salir de parte alguna. Puedo permitirme ese lujo. Aún no he probado el móvil. ¿Funcionará el móvil? En cuanto me convenza de que esto es real, de que ni un solo coche hollará este asfalto, me detendré en el arcén, intentaré comunicarme con alguien. Un “wasape” a alguno de mis contactos, una llamada, un SMS. Es una de las primeras cosas que debo comprobar, si estoy incomunicado. También si funciona la radio, pero eso no me preocupa, tengo música para dar varias vueltas sin repetir una sola pieza.

¡Pero qué digo! Debo estar volviéndome loco. Nada así va a ocurrir, estoy delirando. En algún momento todo regresará a la normalidad y mañana me tumbaré en mi sucia cama, en el apartamento, y dormiré doce, veinticuatro horas, tres días seguidos, lo que necesite. Mientras tanto disfrutaré de la música, de la noche, de la autovía desierta, del silencio, de esta agradable temperatura -¿sigue el termómetro del coche en los quince grados?- y sobre todo de ese pitillo. Mi reino por un pitillo.

Tengo que parar en algún sitio y fumarme ese maldito pitillo, mientras miro por el retrovisor cómo se acercan los faros de otro coche, porque seguro que ocurrirá. Bueno, creo que no me va a importar que me echen otra multa más, bajaré el cristal de la ventana y encenderé un pitillo. Está decidido.

 

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