PERDIDO EN EL TIEMPO VII


PERDIDO EN EL TIEMPO VII

KEITH JARRET
THE KÖLN CONCERT

Me va a venir muy bien escuchar algo animado y al mismo tiempo relajante, una música alegre vital. La descubrí en mi juventud, por lo que debe de ser del año 1975 en adelante. Tengo en casa el vinilo, pero he podido conseguirla en un archivo de MPS para escuchar en el coche. Si no recuerdo mal era un concierto que Jarret realizó en Colonia, en Alemania, improvisando al piano. Concretamente recuerdo como una delicia una pieza muy movida que me hizo bailar como un loco mientras la escuchaba. Puede que el resto no sea tan movido, pero aún así el jazz siempre es alegre, la música profunda del alma. Hacía tiempo que no la escuchaba. Ha sido un acierto meterla en el pendrive para este viaje.

Mis dedos bailan sobre el volante…¡Por fin una música alegre! ¡Pero qué digo! ¿Acaso la del boss no lo es? Dejemos aparte sus letras, que están en inglés y no las entiendo. ¿Hay algo más alegre que el rock? Bueno, sí, tal vez el jazz, tal vez… Desde luego Keit Jarret es un pianista para quitarse el sombrero y esta música, en concreto, hace cosquillas en los rincones más alegres del alma.

Creo que estoy loco, o al menos muy tocado. Desde que comenzara esta alucinación -no puede ser otra cosa- no creo que hayan pasado más de dos horas, y sin embargo me siento como si hubieran transcurrido meses, años…He perdido la noción del tiempo. Digo alucinación por decir algo, por encontrar una razón, una lógica, a lo que me está pasando. Las farolas siguen apagándose, aunque ya deben de quedar pocas, si la vuelta completa dura lo que yo pienso, poco más de dos horas. Cuando se apaguen todas me moveré en una noche perpetua. Bueno, las lejanas luces de la ciudad no tendrían por qué apagarse también. Aunque tal como están las cosas aquí se va a apagar hasta el lucero del alba. La música alegre me está contagiando, a veces levanto un poco el pie del acelerador y me paso al otro carril, vacío, por supuesto, o sin darme cuenta aprieto el acelerador y comienzo a jugar con el volante, como si estuviera solo en la autovía, como si nadie me fuera a molestar, ni siquiera “los civiles”, los radares, los helicópteros con visión infrarroja.

Estoy yendo a demasiado velocidad, me acabo de dar cuenta al mirar el cuentakilómetros, de reojo, porque lo que me interesa es saber si el depósito se está vaciando. No es así. El reloj también funciona, el marcador de revoluciones idem, todo podría tener una explicación razonable… pero no la tiene, lo sé y basta. Podría acelerar al máximo, alcanzar la máxima velocidad de crucero que me permite este coche y que nunca he probado. Luego pod´rian venir “los civiles” con sus luces y sirenas, se armaría un buen Cristo, me llevarían esposado, me harían la prueba de alcoholemia, de drogas, tal vez hasta me dieran un par de sopapos, si alguien estaba muy cabreado esa noche. Sería fantástico, nada como salir de una alucinación con un par de sopapos. Terminaría en el calabozo, sino internado en un psiquiátrico. Se quedarían pasmados cuando me pusiera de rodillas y les diera las gracias por haberme salvado. Pensarían que estaba majara y a mí no me importaría con tal de salir de esta infernal alucinación.

¿Estoy alucinando? ¿Realmente estoy loco? La autovía continúa desierta, las farolas farolas se apagan como si alguien las estuviera disparando con un subfusil de asalto A4, creo recordar, es el único que conozco, de las películas. Lo curioso es que el francotirador se ha debido de contagiar de la música de Jarret y a veces la farola se apaga muy deprisa, otras con más lentitud, como siguiendo el ritmo de los dedos de Keith sobre el piano. La aguja del medidor del depósito no se mueve, y van dos horas, si todos los coches funcionaran así arruinaría a las petroleras. El reloj parece ir bien, marca las 23.00 horas, lo mismo que mi reloj de pulsera, que va atrasado un minuto. A pesar de toda la atención que he puesto en ello sigo sin ver indicadores, salidas, gasolineras, luces de edificios, solo el quitamiedos, sin interrupción. No he visto una sola gasolinera. Cerca de la autovía ni una luz, solo las luces de la metrópoli, allá, a lo lejos. ¿También se apagarán en algún momento? ¿Me quedaré en la más absoluta oscuridad, dando vueltas como un tonto?

¿No es esto lo que había pedido? ¿Perderme en el tiempo, regresar al pasado, comenzar todo desde el principio? O tal vez fuera mejor perderme definitivamente en otra dimensión, exclusiva para mí solito? Es posible que sea este último deseo el que se me ha concedido, en el fondo era lo que deseaba. ¿O no?

Esto parece una película de terror. En cualquier momento un ovni aparecerá sobre el coche, me iluminará con una gran luz y seré abducido. No lo creo, un extraterrestre también sería compañía y mi deseo era estar solo, definitivamente solo, solo para siempre.

¿Qué estoy pensando? La realidad es terca como una mula. En cualquier momento saldré de este espejismo oscuro, los coches volverán a pasar, las farolas iluminarán el asfalto, como siempre, y me santiguaré por haber logrado sobrevivir en una autovía abarratada que en mi alucinación he visto como desierta.

En efecto, la música movida está en la segunda parte del concierto. Los pies se mueven sobre los pedales, freno y acelero al ritmo endiablado del maestro. Mis dedos bailan sobre el volante, como si fuera el teclado de un piano redondo. El coche está haciendo eses, zetas, hasta volteretas. Pienso que en el supuesto de que nunca despierte de esta alucinación siempre me quedará la muerte. Puede que la autovía esté desierta, que las farolas se apaguen, que no gaste gasolina, que los relojes se acaben parando, que no tenga hambre a pesar de llevar muchas horas sin comer, que no tenga sed, puede que ya no necesite comer ni beber el resto de mi vida, pero no soy inmortal, ni los dioses pueden hacerme inmortal. Así que si doy un volantazo y atravieso la mediana y el coche se pone a dar vueltas… seguro que acabo matándome. Pase lo que pase, siempre me quedará la muerte.

¡Quieto chico! Aún no ha llegado el momento, pisa el freno que la música regresa a un ritmo suave. Por un momento he llegado a pensar que esto es casi peor que estar encerrado solo en mi apartamento. Me estoy llamando idiota en voz alta. Me estoy pellizcando el brazo con fuerza. El dolor me ha hecho gritar. Al menos veo que conservo el cuerpo de siempre, este cuerpo grasoso, obeso, donde las terminaciones nerviosas aún siguen existiendo. ¿Y si me quedara aquí, en esta autovía infernal, dando vueltas como en un tiovivo durante toda la eternidad, sin ver a nadie, sin percibir a nadie, sin encontrarme con nadie, solo como el tonto de Sísifo? Mientras hay dolor hay esperanza. Tranquilo, muchacho. ¿También esperanza? Bueno, al menos amanecerá a su debido tiempo. La luz difumina cualquier telaraña de la mente, del espíritu. Pero… ¿Y si nunca amaneciera?

La idea me estremece. Amo la noche, es cierto, soy una especie de vampiro psíquico, aunque debo reconocer que una noche perpetua sería para pensárselo con calma, al menos en una autovía desierta. Al menos siempre tendré la opción de acabar con todo estrellándome con el coche a doscientos por hora. Si el cuerpo puede sentir dolor… también puede morir. Recuerdo aquellos años de juventud, ahora tan lejanos, los desesperados, terribles intentos de suicidio. Bueno, nunca fue una solución, pero ahora tal vez lo sea, una puerta abierta en la noche para salir de este circuito infernal.

Intento cambiar el hilo de mis pensamientos, que las manos de mi mente toquen con delicada energía este piano invisible. Que los dedos del gran Jarret guíen mi camino. La vida es como un inmenso piano que uno va tocando siguiendo inalterables melodías del destino, una vez las manos se deslizan sobre las sutiles teclas del espíritu, trenzando una melodía que viene de otro mundo, pero las más de las veces aparecen las teclas más graves, generando un sonido bronco, sin sentido, feo molesto. Solo un maestro como Jarret puede tocar todas las teclas con la misma maestría, con esa alegre ligereza de la bailarina de ballet, moviéndose sobre sus puntillas, como evitando los charcos de la vida.

Mis dedos siguen golpeando sin maña el cuero del volante, buscando en vano identificarse con las manos del ángel negro, en éxtasis sobre el piano, los ojos cerrados, la mirada perdida en lo más profundo de su mundo interior. La luz de la farola es una tecla invisible que agoniza rápidamente antes de morir, al compás de mis dedos, al compás de sus dedos. El ángel negro sobre el cielo oscuro, acariciando la tecla correspondiente, que ya nunca resucitará, porque no es necesario en un teclado infinito. Imagino las farolas como teclas de ese piano invisible que va recorriendo Jarret, sentado en el cielo oscuro, y por un instante su parpadeo, antes de morir, se acompasa a la perfección de la música. No puede ser cierto, pero lo es. Siento un vértigo infinito en mi cabeza. Todo comienza a dar vueltas, todo se ha transformado en un gigantesco tiovivo. Veo de reojo el cuentakilómetros, doscientos y subiendo. Mi pie derecho parece el miembro de un guiñol, manejado por fuerzas ocultas. Voy a morir, aunque el asfalto esté desierto, la velocidad es demasiado alta como para seguir manejando el coche con seguridad, aún más de noche, con las farolas apagándose a mi paso, como si alguien estuviese disparando al blanco, al patito, en la feria, un francotirador portentoso que nunca falla, pero que no quiere apuntarme a mí a la cabeza. A esta velocidad moriré seguro, pase lo que pase.

Una idea salvadora me cosquillea la nuca. Llevo horas sin fumarme un pitillo. No puedo salir para estacionar en un sitio seguro, no puedo detenerme en el arcén, porque puede que todo sea una alucinación y los coches sigan moviéndose a gran velocidad en la autovía, aunque yo no los vea. El quitamiedos parece haberse estirado como un chicle para superar cualquier fisura lógica en una autovía. Parece como si los trozos que han sido desgajados para proporcionar una salida a la autovía del infierno se hubieran estirado el uno hacia el otro, como los brazos de dos hermanos que buscan el contacto antes del final. Voy a tener que fumar en el coche. ¡A la mierda la multa! Si esto no es una alucinación ya me habrán puesto tantas multas que será un placer pagarlas todas al despertar. Alargo la mano hacia la cajetilla de tabaco y el mechero, en el asiento del copiloto. Y entonces ocurre el milagro. Suenan aplausos, comienza una música más suave y delicada y el pie derecho deja de oprimir el acelerador. Ya había sobrepasado los doscientos veinte y subiendo. ¡Uff! Me he librado por los pelos. Observo cómo la aguja va descendiendo poco a poco hasta los ciento veinte. ¿Y pensaba fumarme un pitillo a más de doscientos?

Como puedo saco un pitillo y lo enciendo. Bajo el cristal de la ventanilla y saco el brazo izquierdo. La noche es fresca aunque muy agradable. Observo la temperatura. El marcador numérico no se ha movido de los dieciocho grados. Una buena temperatura, si decide bloquearse y ni sube ni baja. Me dispongo a disfrutar del primer pitillo en horas. Aspiro el humo y lo expulso al exterior. Si esto no fuera real ya me habría caído otra multa, ya estaría sin puntos, sin permiso de conducir, ya estaría muerto, posiblemente. Pero esto es real. Comienzo a reírme histéricamente. Esto es real-esto es real-esto es real.

Fumo tres pitillos, sin prisa, hasta quedar saturado. Estoy más tranquilo. Una curiosa sincronía me ha permitido disfrutar de una autovía desierta en plena noche. Eso ocurre a veces, pocas, pero ocurre. Y mi depresión desde el divorcio me ha traumatizado, mi fantasía me ha llevado al delirio hasta el punto de creer ver cómo todas las farolas de la autopista se han ido apagando a mi paso. Todo tiene una explicación.

¿Todo? Las farolas se siguen apagando. Bueno, tal vez sea difícil encontrar una explicación razonable. Aunque es posible que en los telediarios de mañana me encuentre con la razón de todo esto. “Un extraño apagón en la autovía de circunvalación, debido a un fallo informático, ha estado a punto de costar la vida a varios conductores, que aterrorizados por lo insólito del espectáculo, tuvieron que ser atendidos en diferentes hospitales. Paso la conexión a nuestra compañera… que se encuentra en el hospital…”

Bueno, sí, es algo bastante insólito, desde luego. Pero, ¿por qué no podría ocurrir? Cosas más extrañas están ocurriendo en nuestro mundo, en nuestro país, como que vayamos a unas terceras elecciones. La soledad es la peor de las patologías. Seguro que si alguien me acompañara en el coche, ahora estaríamos riéndonos los dos a carcajadas.

Se acabó el concierto. De nuevo los aplausos. Al menos, si esto resulta ser real, tendré al divino Jarret y a otros muchos dioses de la música para hacer que el camino de Sísifo sea más llevadero. He sobrevivido una hora más, puedo sobrevivir otra y otra y otra. No tengo prisa, nadie me espera en parte alguna.

Creo que me fumaré otro pitillo. Lo necesito.

 

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