Mes: julio 2016

PERDIDO EN EL TIEMPO VIII


 

PERDIDO EN EL TIEMPO VIII

RICHARD WAGNER
MARCHA FÚNEBRE DE SIGFRIDO DEL OCASO DE LOS DIOSES

¡Vaya! ¡Qué cambio! Esto de la aletoriedad tiene sus sorpresas. Los dioses vienen a visitarme para indicarme el camin… no precisamente el camino al Valhalla sino el camino al infierno. Sigfrido era humano y aunque bañado en la poderosa sangre del dragón Fafner tenía su talón de Aquiles, como todos los humanos. No le sirvió de nada seducir a la diosa, a Brunhilde, convertirla en humana y destrozar su corazón con su propia muerte. Aún así no todo fue en vano, con su muerte llegó el ocaso de los dioeses, el apocalipsis, el final, por fín el final largamente ansiado. Todo se acaba, dioses y hombres, planetas y universos. Somos nada y a la nada regresamos.

Las farolas parecen haber regresado a la nada de donde un día salieron. Creo que he terminado el recorrido y comenzado una segunda vuelta. No podría decirlo con seguridad, sigo sin ver salidas, el guardamiedos no se interrumpe nunca, no hay gasolineras ni moteles, ni puticlubs de carretera, ni urbanizaciones, no hay nada, solo a lo lejos las luces de la ciudad, que por suerte aún no se han apagado. El reloj del coche parado a las 00,00, mi reloj de pulsera detenido a las doce en punto. He mirado el móvil que llevo en el asiento del copiloto, tambien ha decidido que para mí ya no habrá más tiempo. He sentido la tentación de estacionar en el andén e intentar llamar a alguno de mis contactos, para ver si tengo cobertura, si me puedo comunicar desde una dimensión a otra. No me he atrevido, es la música ideal para que todo regrese a la realidad y un camión me embista por detrás.

¿Es lo que me espera? ¿Dar vueltas a la autovía durante toda la eternidad? Esto no puede ser cierto, no puede estar pasando. Además esto cada vez se pone peor, sin farolas, sin luces, sin paisajes, urbanos o naturales. ¿Amanecerá en algún momento? No quiero ni pensarlo. Toda la eternidad en la noche eterna. El recorrido a la circunvalación me ha parecido corto. No tengo buen sentido del tiempo.

Tata-tatá…Tata-tatán…Tará-tará-tararara…tará…tará…tarará.

No está mal para tu entierro, Sigfridito. Los dioses en el Walhalla, las fuerzas poderosas, lo tramaron bien. El ataús sobre ruedas se desliza suavemnte sobre el asfalto.

Tatá-tatám-tatá-tatám…

La maldición del anillo te persigue aún, has creado una puerta dimensional al infierno y ahora te deslizas hacia la noche eterna por una autovía solitaria, apenas iluminada por los faros de tu coche. Todo es oscuridad. Las farolas han fenecido definitivamente, sería un milagro que volvieran a la vida. De momento aún puedes contemplar a lo lejos las luces de la gran metrópoli, pero me temo que eso no durará mucho.

Tata-Tatám.

Eres un cadáver consciente que escucha su propia marcha fúnebre mientras se desliza a más de ciento veinte por una cinta de asfalto sin fin, los rayos luminosos señalan el recorrido fúnebre. Nadie porta a hombros el ataúd. Los dioses están lejos, en lo alto, ocupados intentando salval el Valhalla del apocalipsis. El mundo ha desaparecido para ti, tras matar al dragón. La sangre no te protegió de las inclemencias de la vida. El amor de la diosa fue aniquilado por la muerte.

Tata-tatám…

No se puede luchar contra las fuerzas del destino. La soledad del guerrero es tu única compañía. Los recuerdos son la densa oscuridad que todo lo aniquila más allá de la cienta de asfalto. Lo que fuiste ya no existe, lo que eres se reduce a un viejo coche coriiendo a ninguna parte, lo que serás es lo mismo que ahora eres.

Tata-tatám…

Naciste de la nada y regresarás a ella, tras un eterno recorrido en la noche. Todo es fugaz. Todo es frágil, nada existe realmente. Fuiste un sueño caprichoso de algún dios en el Valhalla, un dios que ahora se ha olvidado de ti.

Tata-tatám…Tata-tatám…

Hasta la marcha fúnebre tiene su propio fin. Nada es para siempre, nada permanece. Que los dioses aleatorios me castiguen con la próxima pieza y la siguiente y la siguiente…En algún momento la alucinación perderá intensidad y volveré a reencontrarme con la realidad, se volatilizará en el aire, de donde surgió y ante mis ojos alucinados aparecerá la ansiada salida.

Tata-tatám…Tata-tatám…Tará-tará-tararara…tará-tará-tarará….

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PRIMERA ENTREVISTA CON EL LOCO IV


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Me quedé con el tenedor en el que había pinchado un trozo de tortilla, a mitad de camino de mi boca. ¿Cómo alguien puede “ver” lo que aún no ha sucedido? No tenía sentido, a no ser que estuviera hablando del ojo del culo, nuestro tercer ojo, sin duda. Fue una imagen fugaz, nacida de la parte más oscura de mí mismo. Al fin y al cabo yo era el que había llegado hasta el loco, con una petición, no él quien se había acercado hasta mí para hablarme del tercer ojo. Si bien hasta aquel momento había relativizado su locura –como simples manías llevadas al extremo de la patología fóbica, debido a la soledad en que llevaba años viviendo – ahora me planteo que tal vez me equivocara y su locura esté más soterrada de lo que yo pensaba.

 

Me repuse, continué el movimiento de mi brazo hasta mi boca y mastiqué con calma el trozo de tortilla. Luego me serví otra copa de vino y la apuré de un trago. Iba a necesitar la euforia del alcohol. Decidí cambiar de tema, sin profundizar más en sus palabras.

La cena fue un agradable momento gastronómico, salpimentado con una conversación inteligente y culta. Quise saber cómo se las arreglaba para llevar sus días solitarios. Me habló de su pasión por la lectura. Sus autores favoritos eran Dostoievski y tres novelistas católicos que yo no conocía muy bien. Graham Greene, Julien Greene y Bernanos. Me habló de música, de cine, de arte, de filosofía… Sin dura era un hombre culto, que había asimilado muy bien sus lecturas.

Al terminar el loco salió del salón, regresando con luna cajetilla de tabaco. Encendió un pitillo y me ofreció. Fumo muy poco, pero me apetecía un cigarrillo. Acepté el ofrecimiento. Entonces decidí que era el momento de comenzar la entrevista. Nuestros estados anímicos no podían ser mejores tras una sustanciosa cena, muy bien regada.

-¿Puedo encender la grabadora?

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El loco se levantó para buscar mi cazadora, que había colgado de una percha en el pasillo. Me la tendió. Extraje la grabadora, colocándola sobre la mesa, después de hacer un poco de sitio. Mi experiencia me decía que ni un solo carraspeo del loco se perdería desde aquella distancia.

-¿Cómo empezó todo esto? –le solté a bocajarro.

-¿Mi locura? Claro, no podría tratarse de otra cosa… Pues verá… Estoy convencido de que el loco se hace, no nace. ¿Acaso ha visto usted un bebé diagnosticado de una grave patología mental? ¿ Y un niño? Un adolescente es más fácil. La adolescencia es una etapa complicada. Se puede caer en una depresión o incluso llegar a un intento de suicidio. Y en cuanto a patologías severas… Hay adolescentes acosadores, incluso asesinos.

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-¿Su locura comenzó también en la adolescencia?

-Tal vez, aunque fui un niño muy rarito. Muchos confunden la “rareza” con la locura. Te califican de loso solo porque eres distinto a ellos. Alguna vez he llegado a pensar que tal vez la locura no sea otra cosa que hacer en público lo que los demás creen que debe hacerse en privado. Si yo me hubiera desahogado en la intimidad nada de esto habría ocurrido. Pero es mejor comenzar por el principio… No tendría ni seis años cuando me escapé de casa –entonces vivíamos en un pueblecito de montaña- y me dirigí al cementerio. Necesitaba saber cómo era posible que personas vivas, a las que uno se acostumbra de ver todos los días, podían terminar como simples huesos, enterrados bajo tierra.

“El cementerio estaba cerrado, como es natural. Me senté en el suelo, frente a la cancela, y la verdad apabullante de que la muerte era un hecho real y no una hipótesis de futuro, me invadió hasta la médula. ¿Cómo podía un niño de esa edad plantearse una cuestión tan filosófica, tan madura? Al niño que permanecía en silencio, mediante sobre las postrimerías, no le importaba cómo había surgido la vida, ni qué explicación tenían para ello los científicos, solo necesitaba una respuesta: ¿existía un más allá, seguiríamos viviendo, aunque fuera de otra forma, una vez que el cuerpo hubiera sido devorado por los gusanos? Nada tenía el menor interés. Uno podía vivir años y años y tener todo lo que quisiera, hasta los mejores juguetes, pero si un día iba a morir, nada importaba un comino. Tardaría algunos años en saber que no era el único que pensaba así. En unos ejercicios espirituales, en Semana Santa y en el colegio religioso donde estudiaría el bachillerato, un fraile nos habló de San Ignacio de Loyola y sus ejercicios espirituales. Por lo visto se había convertido al contemplar el cadáver de una joven, puede que fuera su novia o no, mi memoria no llega a tanto,  fallecida en la plenitud de la vida. El también se había planteado para qué servía la vida si uno tendría que morir, antes o después.

-¿Fue entonces cuando comenzó a pensar en la telepatía como una forma de no sentirse solo, de imaginar que si todos podíamos hablarnos con la mente, tal vez se pudiera probar la existencia del más allá?

-Veo que no le han ahorrado detalles sobre mi locura. Sí, reconozco que durante un tiempo me comporté como si fuera un telépata. No es que estuviera absolutamente convencido de percibir pensamientos ajenos, no, mi locura no llegó al extremo. Simplemente ocurrieron cosas que superaban mi capacidad de asimilación. Mi fantasía pudo a la lógica.

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-¿Qué importancia tuvo para usted aquella visita al cementerio a tan temprana edad?

-Aunque resulte difícil de creer en un niño tan pequeño, fui muy consciente de la gran revelación que acababa de vivir y tomé una decisión que ha marcado mi vida. Decidí que el más allá existía y nada ni nadie me ha podido arrebatar esa creencia a lo largo de mi vida? Permítame que deje de momento el tema de la telepatía. Antes de narrarle cómo llegué al borde de la locura y aventuré un paso más allá, antes de retroceder, me gustaría mostrarle, aunque solo sea muy por encima, los hitos fundamentales en mi camino hacia la demencia.

“Me he olvidado de mencionar dos acontecimientos que marcaron mi niñez. El primero debió de ocurrir teniendo yo unos tres años. Me regalaron una perrita muy cariñosa, la llamé Tula y me encapriché de tal manera con ella que me pasaba el día en la calle, jugando y acariciándola constantemente. Por desgracia un día se escapó de mi lado e intentó cruzar la carretera? La atropelló un camión. Fue un trauma tan espantoso que solo años más tarde llegaría a recordarlo, cuando mi madre lo mencionó una vez, como de pasada.

“El otro acontecimiento también tuvo que ver con la muerte. Mi padre era minero, un trabajo muy duro. Ganaba poco y comíamos lo que podíamos. Había salido de Asturias tras una huelga salvaje, duramente reprimida. Una tarde, al volver del trabajo, se desmayó al bajar del autobús. Mi madre recibió la visita de una vecina del pueblo. Cuchichearon en voz baja, pero yo pude entender que mi padre había sufrido un ataque fulminante y estaba muerto.

“Para un niño no existen medias tintas. Si alguien te dice que tu padre está muerto crees a pies juntillas que lo está. No te planteas si la otra persona está equivocada o si tal vez solo sea el susto del momento. Si un adulto te dice algo, lo crees y basta. Así pues debí enfrentarme a la muerte de mi padre con seis años. Quise acompañar a mamá, pero ésta me dejó a cargo de la vecina y salió corriendo? Luego resultó que si bien la muerte estuvo mirando largo rato a los ojos de mi papá, éste logró salir a flote. En realidad se trataba de una úlcera de duodeno. Había estado perdiendo sangra durante un tiempo, pero no quiso darse cuenta o si lo observó prefirió callarse, puesto que una baja por enfermedad nos dejaría con serias dificultades para comer.

 

TRABAJADORES EN LA HULLERA VASCO LEONESA

“Lo ingresaron, lo operaron y regresó a casa. La muerte había pasado de largo esta vez. Pero no por eso la impresión dejó de ser algo indeleble en el corazón de aquel niño sensible. A los diez años me reclutó un fraile que iba por los pueblos, como un pescador, intentando que ingenuos infantes picaran el cebo. Nunca olvidaré el sacrificio que supuso para mi familia el dejarme marchar a un colegio religioso, donde estuve interno ocho años.

-¿Ha sido su obsesión por la muerte la causa del miedo que dice tener a sus semejantes?. Si es así permítame decirle que no encuentro mucho sentido en esta relación causa-efecto.

-Y no lo tiene…al menos aparentemente. Si uno profundiza lo suficiente acaba por encontrar razones y sentido a todo; lo mismo que si una perforadora abre un agujero hasta la profundidad adecuada, termina por rebosar el magma del centro de la Tierra.

“En mi juventud, en cierta ocasión, pasé varios días en coma, a causa de un intento de suicidio. Pues bien, al despertar recordaba con todo detalle una terrible pesadilla. Desde una torre, en unamezquita, me dirigía a una gran multitud. No sabía ni en qué tiempo ni en qué lugar me encontraba, pero el jefe religioso árabe, vestido con túnica negra y turbante, que arengaba a la masa, era yo. Con otro cuerpo, pero era mi consciencia quien lo habitaba.

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“En un momento determinado tomé la decisión de que estaba harto de mentiras e hipocresías. Entonces dije a los fieles, que acudían a la oración de la tarde, todo lo que pensaba de ellos y del mundo en el que habitábamos. Conforme me iba calentando, la masa comenzó a rebullir, a moverse, a gritar. Me increpaban con las frases más soeces, amenazándome de muerte. Llegado el punto crítico de mi exposición un grupo de gente, en las primeras filas, alzó la voz para pedir mi ejecución. Muchos se precipitaron a mi encuentro, por las escaleras de caracol, buscándome con odio feroz. Yo les esperaba, muy consciente de que mi muerte era segura. No me importó lo más mínimo. Antes de seguir engañándome y engañando a los demás, llevando una vida sin sentido, prefería la muerte.

“Pero una cosa es aceptar la transición y otra afrontar un sufrimiento prolongado en el tiempo y que llega a la máxima intensidad que es capaz de soportar un ser humano. Se arrojaron sobre mí, empujándome sin consideración por las escaleras. Caí rebotando de escalón en escalón, hasta llegar a la plaza donde estaba situada la mezquita. Allí habían preparado cuatro camellos y unas cuerdas. Me ataron de manos y pies, engancharon las sogas a los respectivos camellos y la multitud comenzó a gritar, con aullidos demoniacos. Las mujeres ululaban a la manera árabe que vemos en las películas.

“Los jefes de la rebelión tomaron de las riendas a los camellos, obligándoles a caminar hacia adelante. Un espantoso dolor me recorrió desde la punta de los pies a la coronilla. Los músculos se tensaron, apreté los dientes y juré por mi salvación eterna que nunca cedería ante una masa de canallas satánicos, que solo pensaban en sus intereses y que no sentían el menor reparo en asesinar, torturar, violar, masacrar a sus hermanos, para lograr riqueza y poder.

“Durante el tiempo que transcurrió, atormentado hasta el límite de la resistencia humana, sentí en repetidas ocasiones la tentación de arrepentirme, de chillar que me soltaran, les pediría perdón y sería su esclavo para siempre. Pero no lo hice, no fui capaz. Descoyuntaron mis miembros, me los arrancaron y expiré con un infinito odio en mi corazón y un deseo de venganza que no atenuarían los siglos ni las vidas.

“Al recobrar la consciencia me encontraba sobre una cama de hospital. Por la ventana creí escuchar el ulular de la multitud y la voz, llamando a la oración de un personaje religioso que hace esto en las películas?ahora no recuerdo como lo llaman?

“Tardé en darme cuenta de que en realidad lo que estaba oyendo era una taladradora, abajo en la acera y el tráfico y ajetreo normal en una ciudad. Tardé mucho tiempo en quitarme aquellas imágenes de la cabeza. Cuando entró una enfermera y me encontró despierto llamó a los doctores. Yo sudaba copiosamente ?un sudor frío- y la angustia me impedía articular palabra? Nunca he podido olvidar aquella pesadilla?

-Es terrible. Lo lamento. Pero pudo deberse sencillamente a las consecuencias del largo coma. Esto explicaría su miedo a la gente?si en realidad hubiera ocurrido, claro. Pero como usted imagina, no creo en otras vidas, ni en la posibilidad de la reencarnación.

-Sí, yo tampoco creía en la reencarnación entonces. Esta pesadilla y muchos otros sueños, me fueron haciendo cambiar de opinión. Nada es definitivo en esta vida, pero le aseguro que antes podría hacerme dudar de la existencia de esta pared que convencerme de que la reencarnación sea un cuento chino.

El loco tocó con la palma de la mano la pared, para a continuación golpearla con el puño una y otra vez. Me sentí molesto, deseoso de que la conversación tomara otro rumbo.

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-¿De niño sentía el mismo miedo hacia la gente de su entorno?

-Eso es algo muy curioso. Es normal que un niño tema a los adultos que pueden castigarlo o que los vea como a monstruos, debo a que son mentirosos y mezquinos, pero llegar a sentir pánico en su presencia indica una patología muy severa y muy extraña. Desde que sufrí aquella pesadilla yo lo achaco a las consecuencias de una vida pasada en la que fui descuartizado por la furiosa multitud.

-No logrará convencerme. Tal vez se debiera sencillamente a que usted era un niño muy tímido, muy sensible, al que tomaban el pelo más de la cuenta. Los niños sensibles pueden reaccionar así.

-Pudiera ser una buena explicación cuando no hay otra, aunque a mí no me convence. ¡Qué quiere que le diga! Cuando uno toma un determinado camino siempre tiene alguna explicación a mano para razonar por qué lo ha hecho. Solo cuando se llega al final  se sabe sin lugar a dudas se uno se ha equivocado o no… Mire, de niño me recuerdo ya mirando el suelo y la punta de mis zapatos, cuando caminaba por el pueblo, camino de la iglesia, para aprender el catecismo. Si me encontraba con alguien cambiaba de acera o me introducía en calles adyacentes y daba rodeo sin cuentos para evitar a una sola persona.

“En una sesión hipnótica- he pasado por todas o casi todas las terapias que conozco- el terapeuta me hizo retroceder al vientre materno. Descubrí con sorpresa –nunca fui consciente de haber pensado en ello alguna vez- que aquel bebé se movió conscientemente buscando enredarse al cuello el cordón umbilical. Estuve a punto de asfixiarme. Aunque le parezca increíble no deseaba nacer.  Mi madre contó en alguna ocasión lo mucho que sufrió con mi parto. Al parecer me negaba a sacar la cabeza…

 

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-¿También sabe lo que es la hipnosis?

-Sí. Fue una experiencia muy interesante y aleccionadora, aunque también muy dura. Pero si me permite seguiré con mi historia.

Me interesaban sus experiencias hipnóticas, pero decidí que lo mejor era dejar que el loco hablara libremente. Adopté la postura del terapeuta, que deja que el paciente charle por los codos y toma nota de lo que le parece interesante, haciendo como quien oye llover en las parrafadas que ya se sabe de memoria. No me sentía precisamente como un terapeuta con el loco. Sus problemas eran suyos y era él quien debería afrontarlos. Tampoco como un periodista que con sus preguntas encarrila la entrevista por el camino que a él le interesa. Se trataba de obtener todo el material posible de la vida de aquel hombre. Después decidiría qué hacer con él.

 

Tomé otro sorbo de mi copa y me recosté tranquilamente en el sofá. El loco hizo lo mismo y cerró los ojos, como si yo no existiera, como si no estuviera presente. Parecía hablar solo, dejando que las palabras flotaran en el aire. Supuse que estaba muy acostumbrado a hablar en voz alta consigo mismo. Todos los locos hacen lo mismo. Me pregunté cómo era posible que una persona ignorara de aquella manera a otra con la que supuestamente estaba hablando. No me di por ofendido, aceptando que los locos tienen sus propias normas de comportamiento social.

 

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“Nos habíamos quedado en mi infancia. ¿Le he contado lo de mi perrita? Creo que no. Yo era un niño extraño… Sensible, decían los hipócritas de mi entorno. A los tres años perdí a mi perrita Tula, a la que amaba como si fuera mi hermanita.  La atropelló un camión. Viví una tragedia sespiriana. Hasta el punto el punto que llegué a olvidarme por completo de haber tenido alguna vez una perrita. Solo años más tarde mi madre me recordaría un acontecimiento crucial en mi vida, que había bloqueado totalmente en mi memoria.A los dieciséis años me paseaba, de noche, antes de que nos recogiéramos para ir a dormir, por el patio del colegio. Entonces estudiaba sexto de bachillerato, o tal vez ya hubiera iniciado los dos años de estudios libres, fuera del esquema de estudios oficial, antes de entrar oficialmente en lo que ellos llamaban noviciado. Se pronunciaban los votos simples de pobreza, castidad y obediencia y se estudiaba teología.

 

Aquellos dos años preliminares nos daban un poco de todo y un mucho de nada. Filosofía, sociología, psicología y alguna cosilla más. Fue la filosofía la que más me afectó. Era tomista, por supuesto, aunque un cura “progre” nos enseñaba filosofía kantiana, y algo de Hegel, de Husserl y de Merlau Ponty, un filósofo contemporáneo por el que sentía pasión (creo que había estudiado en la universidad de Lieja, en Bélgica, me refiero al fraile). “Los silogismos tomistas me abrieron la mente a nuevos horizontes. Me permitieron poner en entredicho todo lo que me habían enseñado sobre la religión católica. Descubrí terribles contradicciones. Pero no fueron solo ellas las que me llevaron a plantearme el abandono. No entendía una vida de absoluta castidad. Me gustaban demasiado las mujeres para creer que podría ser casto el resto de mi vida. Y una vida hipócrita, intentando salvar almas, no me convencía.

“ Por entonces el balompié era mi pasión. Yo era seguidor incondicional del Real Madrid de su mejor época. Aún recuerdo la cancioncilla que cantábamos los niños del pueblo: Zoco tira a Pirri, Pirri tira a Muñoz, Muñoz se tira un pedo y atufa al portero… O algo así. No puedo recordarlo con exactitud. Mi meta en la vida era ser algún día jugador del Real Madrid, por lo que cuando el frailuco pidió voluntarios no pude resistirme y levanté el brazo. Aquel gesto cambió mi vida…

“La estancia en aquel colegio religioso me permitió tomar contacto con la cultura, pero también me convirtió en un adolescente angustiado, temiendo siempre que el pecado mortal de la masturbación me llevara irremisiblemente al infierno. Me lavaron el cerebro y durante el resto de mi vida no he hecho otra cosa que intentar llegar a las raíces de aquella planta y arrancarla entrenar la mente y adquirir una base lógica, con la que desmenucé y destruí todos los dogmas que habían introducido sibilinamente en el tierno subconsciente de aquel adolescente sensible. Tardé dos años en de cuajo.

“Como le decía,  caminaba todas las noches por el patio, siguiendo las líneas marcadas con yeso en el campo de futbol. Sufría una crisis vocacional, en la terminología de los curas. Estaba pensando en abandonar mi carrera hacia el sacerdocio y salir al mundo, al demonio y a la carne. El estudio de la filosofía me permitió decidirme. Fue allí, paseando a la luz de las farolas, hasta que la llamada del timbre nos obligaba a recogernos, cuando mi creencia en el infierno se hundió para siempre. También se hundieron con ella el resto de mis creencias y especialmente mi confianza en los adultos y en el ser humano en general.

“Ahora estoy convencido de haber sufrido allí mi primer ataque de locura. No pensaba en otra cosa. Le daba vueltas y más vueltas a la idea de abandonar. Estuviera donde estuviera, en clase, comiendo, en la capilla, en el patio, mi obsesión era decidirme de una vez por todas. Creía estarme jugando no solo mi vida, sino incluso mi destino espiritual, mi futuro y la posibilidad de salvación. No creía en el infierno, pero de alguna manera pensaba que Dios me castigaría si abandonaba.

El loco se levantó, bebió de un trago el güisqui de su copa y se sirvió una buena ración. Sin decirme nada fue a buscar más hielo. Colocó algunos cubitos en mi vaso, sin pedirme permiso y escanció un buen trago. Llenó su copa de cubitos de hielo y se bebió el contenido sin parpadear. Con nerviosismo se sirvió una tercera copa. Pensé que estaba a punto de contarme algo muy doloroso y dramático. Su nerviosismo rayaba la paranoia.

LOS PEQUEÑOS HUMILLADOS II


diario personal 4

DIARIO DEL AUTOR

Me parece increíble que yo pudiera escribir algo tan ñoño. No encaja con mi forma de ser ni tampoco con mi habitual manera de hilvanar palabras. ¿Cuándo lo hice? Ni idea. Nunca he fechado mis escritos, creo que por miedo a sentir el paso del tiempo. Ese ritual supersticioso no me sirvió de nada, porque aquí estoy. Han pasado tantos años que el niño que fui bien pudo ser mi abuelo o un personaje de novela.

PRESENTE

Estoy sentado otra vez en el mismo banco. Lo he elegido como “mi banco”, y parece que el resto de huéspedes lo respetan de manera inconsciente o tal vez por miedo. Creo que tengo fama de “peligroso” porque mis estallidos de cólera son cada vez más frecuentes e impredecibles. Bien pudiera tratarse de mi “lugar de poder” como leí alguna vez en los libros de Castaneda. Si mañana estoy de humor, repasaré mis notas sobre el tema. Un lugar o sitio de poder era, según don Juan, el chamán que enseñaba a Castaneda, un lugar a nosotros reservado, que el poder había reservado para nosotros y donde nuestras energías armonizaban con las del entorno.

¿He hablado ya de mi diagnóstico como enfermo de Alzheimer? Creo que sí, aunque no me apetece volver al principio y releer lo escrito.  Aparte de estos pequeños “lapsus” de memoria, sin la menor importancia, no me siento distinto.

¿Fue ayer cuando una abuelita sarmentosa se sentó conmigo en este banco y me propuso relaciones sexuales? Tal vez ocurriera hace unos meses. Mi memoria a corto plazo no es lo que era y eso sí lo llevo notando de un año a esta parte. No recuerdo su nombre, tampoco tiene la menor importancia. No me he parado a calcular el tanto por ciento de huéspedes para quienes el sexo sigue teniendo alguna importancia, a quienes aún hace cosquillas en alguna parte, no sabría decir en cuál. Perder el tiempo en esas tonterías me haría sentir muy mal, ahora que dispongo de tan poco. Lo cierto es que si me dejara llevar por ciertas impresiones, en determinados días, yo diría que hay un tanto por ciento elevado de residentes  que siguen manteniendo relaciones sexuales o al menos hablan de sexo, que no es lo mismo, aunque a estas edades no creo que la diferencia sea mucha. En otros tiempos me hubiera parecido impensable que viejos decrépitos como nosotros podamos encontrar aún algún aliciente en lo que yo mismo llegué a considerar el placer número uno de la vida.

La conducta de estos residentes me resultaría hasta divertida si no fuera por su estridencia caótica y desagradable. Se comportan como jovenzuelos salidos, siempre a la búsqueda de una ocasión para “ligar” o seducir. Hablan de follar como adolescentes reprimidos y su lenguaje es tan grosero, tan chabacano, que a veces siento el impulso irresistible de ponerme colorado. No siempre lo consigo, a veces me puede una risita cínica y desagradable.

Creo recordar que estaba escribiendo algo, cualquier cosa, sugestionándome de esta avanzando en esta obra inacabable. La abuelita puso su mano sobre mi muslo y con voz de corneja desplumada me preguntó, con un candor tan ficticio que estuve a punto de carcajearme, si mi “pajarito” aún funcionaba. Debí responderle algo desagradable, pero ella no se inmutó. Quería saber si esta noche estaba disponible para “echar un buen polvo”, tal vez dos o más si “mi arrugada polla” daba para tanto. Hasta había logrado que su compañera de cuarto aceptara dormir en mi cama, al lado de una especie de zombi roncador que me han puesto como compañero. Solo esperaba de mí que dijera sí, o que asintiera con la cabeza, si era tan idiota como para no poder articular una palabra tan sencilla. Esa noche buscaría el orgasmo entre sus muslos sarmentosos. ¿Podía existir un plan mejor?

Un “polvo” siempre es un “polvo”, aquí y en Katmandú, y si no tienes una chica joven y dispuesta, mejor una abuela libidinosa y promiscua que nada. No obstante no pude con la imaginación que se empeñó en representar para mí toda clase de escenas, más propias de un infierno de Dante para viejos, que de un coito más o menos desagradable, y con toda la sensibilidad y discreción de que fui capaz respondí que no, que gracias, pero no. Ella se lo tomó muy mal. Me puso a caer de un burro en unos insufribles y angustiosos minutos. Puede que mi control emocional no funcionara tan bien como yo creí. Tal vez me pasara en mi respuesta, que no fuera tan sensible y discreta como yo recordara. La pobre mujer tiene fama de estar como un cencerro. Aún así se pasó varios pueblos conmigo. Hasta llegó a decirme que si hubiera sido Bea quien me lo propusiera, no habría dudado en afilar mi lapicerito en su carne juvenil, en dejarlo entrar en aquel “afilalápices” con dientes y garras. Supongo que esto lo dijo porque la pobre chica tiene fama de estrecha, de gazmoña, de reprimida y de “espanta-hombres”. Yo no me haría el estrecho con ella, no, todo el mundo sabía que yo me pasaba las horas muertas persiguiendo a la jovencita, diciéndole toda clase de barbaridades y grosería.

No dejé de admitir que al menos aquello que me estaba diciendo la sarmentosa abuelita, era cierto. No recuerdo bien, es posible que fuera hace unos meses cuando Bea se sentó una tarde a mi lado, en este banco, y se puso a charlar conmigo con su sonrisita agradable enmarcada en aquel precioso rostro. Deseaba saber qué era lo que estaba escribiendo y si aún podía manejarme con el portátil y por qué no estaba con el resto, viendo la película y cómo era que un hombre tan culto había terminado allí. Si no tenía familia, porque desde que ella comenzara a trabajar en la residencia nunca me había visto con visita alguna. Era como una metralleta disparando, solo que en lugar de balas disparaba preguntas amables. De haber sido otra la habría mandado a la mierda. No sería la primera vez. Sin embargo aquella chica me gustaba. Me gustaba su rostro de dulce virgen, de doncella ingenua y romántica. Me gustaba su amabilidad conmigo, su sensibilidad para con un viejo decrépito… y sobre todo me gustaba su cuerpo, bien formado, joven, sensual, con las curvas en su punto, como a mí me han gustado siempre. Imaginarla desnuda y entre mis brazos alegraba mis días. Esa era la verdad y no podía negarla  ni siquiera a aquella viejecita. Por eso me limité a permanecer en silencio.

Después de aquella primera conversación hubo otras muchas. Parecía sentirse a gusto conmigo. Tal vez fuera porque sus compañeras, verdaderas arpías, no dejaban de tomarle el pelo o de aprovecharse cuanto podían, obligándola a hacer parte de sus trabajos o a cambiarles el turno cuando les venía bien. Bea era una contratada temporal y no estaban los tiempos para hacerse la digna. Tal vez fuera esta la razón de su conducta sumisa e indigna, o quizás fuera algo propio de su carácter tímido y apocado. También huía de sus compañeros, porque se creían con todo el derecho del mundo a buscar en ella el “polvo” que otras les negaban. Los residentes masculinos no se cortaban a la hora de piropearla con toda clase de obscenidades. Los que no lo hacían era porque ya estaban gagás. Las residentes la insultaban, tal vez porque era la única que les aguantaba aquel comportamiento. Puede que yo fuera el único con el que ella encontraba un poco de paz a lo largo de la jornada… Puede, porque si bien al principio me mantuve discreto, temiendo que su acercamiento fuera un error que rectificaría con el tiempo, en cuanto se estableció alguna confianza entre nosotros, no me recaté en expresarle mi admiración por su cuerpo y cómo el mío, a pesar de su decrepitud, se mostraba a veces muy juvenil, lo que a mí me agradaba mucho y esperaba que con el tiempo a ella también le agradara.

La pobre se limitaba a sonreír, a echar unas risitas avergonzadas cuando me pasaba de la raya y a chantajearme con no volver a dirigirme la palabra si no me controlaba. Nunca lo hizo. Nuestras conversaciones a veces eran francas y amistosas, lo que me permitió ponerle al tanto de lo que estaba escribiendo, mi  supuesta biografía de un gilipollas, como dijera la abuelita sarmentosa. Le hablé de mi afición a escribir, de mi deseo de rematar aquella obra antes de mi muerte y del inmenso favor que me haría si en cuanto estirara la pata, ella, Bea, se apoderara de mis manuscritos, especialmente de ese, que guardaba en una carpeta azul, con el rótulo de “Los pequeños humillados, manuscrito definitivo”, y llevárselo a un editor al que yo llevaba dando la lata un par de años, a través del correo electrónico. El pobre hombre finalmente aceptó leer mi manuscrito cuando estuviera rematado para librarse de mi cansino asedio.

Con el tiempo Bea y yo llegamos a establecer una especie de protocolo. Yo le hacía repetir dónde estaban mis manuscritos y cómo escondía “el bueno” bajo mi cama, en un hueco que había descubierto al mover dos tablas del parqué. Cómo tan pronto se enterara de que las había “espichado”, estuviera donde estuviera, vendría corriendo y se apoderaría de mis cosas. Enseñaría la nota manuscrita que yo le había dado. Se lo llevaría todo a casa. Podría leerlo y luego iría en persona, nada de utilizar el correo al domicilio del editor que también le había facilitado. Los derechos de autor serían para ella, si se publicaba, y puede que la estableciera como mi única heredera en mi testamento, con la condición de cumplir ese encargo.

Estoy convencido de que ella soportaba mi manía como un pago por mi compañía que le evitaba pasar más tiempo con sus compañeros y el resto de residentes. Este protocolo era de obligado cumplimiento tras el primer saludo. Luego podíamos charlar de otras cosas. Con el tiempo llegué a leerle algunos párrafos de mi novela y creo que a ella le gustaron, aparte de las consabidas frases de halago que se dicen en estos casos. Confiaba en ella y creo que ella se iba sintiendo más próxima a mí, por lo menos se atrevía a contarme las intimidades de su trabajo y hasta su vida fuera de allí, las dificultades para relacionarse con su madre y su dificultad con los hombres. Huía de los jóvenes que la asediaban porque era muy consciente de lo que buscaban.

Mi confianza en que cumpliera su promesa no era total, pero al menos sabía que existía alguna posibilidad y eso me alegraba la vida. Los viejos nos conformamos con muy poco.

Creo que por hoy es suficiente. A continuación podría venir el primer capítulo de mi novela, “Los pequeños humillados”. No encuentro la versión en tercera persona, así que utilizaré el manuscrito en primera persona, aunque contado desde el futuro, desde el presente para mí. ¿Dónde he metido los archivos? Creo recordar que abrí una carpeta de documentación. Es posible que mañana lo recuerde.

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LOS PEQUEÑOS HUMILLADOS

Durante años me he balanceado entre la historia ñoña del pequeño Celemín y la historia verdadera y terrible de “Los pequeños humillados”.  A veces he logrado una especie de acuerdo que me ha permitido contar la historia “a medias”, es decir si no toda la verdad, al menos una parte, y enmascarada en el reflejo deformante de un espejo de feria.

Incluso llegué a pensar en presentar esta historia, como novela, a un famoso premio literario. Así comenzaba, hace algunos años, esta historia ficticia.

LOS PEQUEÑOS HUMILLADOS-NOVELA

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A MODO DE PROLOGO

Dicen que los ancianos recuerdan mejor sus años infantiles que lo sucedido ayer. Tal vez sea cierto o puede que no, en mi caso el regreso al pasado es una obligación moral para conmigo mismo, puesto que mirar hacia el futuro es un suicidio volver la vista hacia atrás es pura lógica de supervivencia.

Con lo visto tan cansada que hasta mirarme en el espejo me obliga a lagrimear, he tenido que renunciar a la lectura, la gran pasión de mi vida. Aburrido hasta el hastío, en una cutre residencia de ancianos, solo me queda la mente y sus milagrosas cualidades, como los deseos cumplidos por un genio liberado de la lámpara maravillosa.

Con mi memoria, ayudada a veces por sus pizpiretas damas de compañía –la fantasía o imaginación y la caprichosa lógica de un -he decidido trasladarme a mi infancia, de la misma forma que lo haría un viajero en el tiempo en cuerpo mortal, solo que invisible para su entorno, no del todo para el niño que fui siempre, convencido de tener a su alrededor una presencia invisible que identificaba con el ángel de la guarda, ignorante de la prodigiosa capacidad que tienen a veces las mentes de los ancianos.

Me he abrigado bien para el viaje, en el tiempo y luego de mucho pensarlo he decidido caer en el tranvía traqueteante que me llevaba por primera vez al colegio aparecer en el pasillo de un vagón no como caído del cielo sino más bien del futuro.

Hale-Hop, comienza la función.

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LIBRO I

EL FIN DE LA INFANCIA

CAPITULO I

LLEGADA AL COLEGIO

Puedo ver a un niño sentado junto al gran cristal de la ventanilla de un tren mirando hacia el exterior en dirección a su marcha. El tren es un tranvía traqueteante y el niño soy yo, tengo diez años, he nacido un 23 de abril -precisamente el día del libro, también el día en que se recuerda al gran genio, a Cervantes, un excelente presagio que no se ha cumplido- de un año que no voy a mencionar por coquetería de anciano o más bien por cabezonería. Estamos en plena época franquista, una etapa de castigo para este país de nuestros dolores que ha recibido muchos castigos y los seguirá sufriendo por sus muchos pecados sin purgar.

Bajito, como todos en aquellos tiempos de hambre y miseria, puedo verme las patitas de alambre asomando debajo de mis pantaloncitos cortos. Es otoño o más bien quedan unos días para que empiece. Tal vez estamos en la primera quincena de septiembre. Torso de muñeco y cabeza grande –siempre la he tenido muy grande- siempre la he tenido demasiado grande- pero bien proporcionada, cabello ligeramente rubio (un engaño de la naturaleza puesto que en mi juventud tuve el pelo negro, y estropajoso y más tarde calvo y grisáceo) y una expresión angelical en el rostro, de la que entonces no era consciente. Ahora que puedo verme a gusto, contemplarme desde fuera, como si estuviera presenciando el rebullir de una vida que me es completamente ajena, debo confesar que comería  a besos a aquel niño. Casi todos los niños están dotados por la naturaleza de esas cualidades físicas que atraen inmediatamente la simpatía de los adultos; aún más, diría que los niños están hechos por la naturaleza para ser amados por los adultos y quien sea incapaz de amar a un niño debe buscar algún defecto en sus genes o en su corazón. En algunos casos excitan el canibalismo, a mí me pasa con frecuencia en presencia de un niño, no podía ser menos ante la imagen del niño que fui.

Mi nariz, o más bien la pequeña y chata nariz del niño que un día fui, permanecía pegada con fuerza al cristal de la inmensa ventanilla del tranvía que nos llevaba, adentrándose en la árida meseta castellana, hacia un destino que deseaba y temía al mismo tiempo; en él esperaba llegar a convertirme en adulto, un paso decisivo que impedía retroceder en el camino de la vida y que me daría las riendas de mi destino. Ser adulto era una posibilidad que ocupaba casi constantemente mi mente infantil, esta posibilidad la utilizaba como amuleto contra todas las desgracias que caían o imaginaban acabarían cayendo sobre mi cabeza y que eran tantas que huía de pensar en ello.

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Era consciente de que a los adultos también les ocurrían cosas malas, pero pensaba que al menos ellos tenían el poder de decidir por sí mismos aunque estuvieran equivocados –los niños siempre estábamos equivocados- y a su alrededor muchas personas tuviéramos que sufrir las consecuencias de sus errores. Por otro lado tenía miedo de abandonar para siempre el caparazón de tortuga que era mi imaginación infantil, la desbordante fantasía donde me refugiaba cuando la vida se convertía en un animal especialmente carnívoro; entonces ese duro caparazón era muy efectivo contra las afiladas garras y los temibles dientes de ese animal multiforme que siempre me estaba acechando para atacar al menor descuido.

Dejar el caparazón y enfrentarme sólo, con mis propias fuerzas, a esa sociedad de carnívoros  que era la vida –al menos así lo sentía yo entonces- me producía tal angustia que estoy convencido de no haberlo abandonado nunca completamente,  para mí era algo poderoso, mágico, capaz de ayudarme a sobrevivir a las circunstancias más terribles.

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Llevaba así largo rato, seguramente tenía la nariz enrojecida y dolorida, pero no era consciente de ello o no me importaba, estaba demasiado interesado en contar los postes de madera que con sus brazos en cruz me hacían pensar en una inmensa fila de crucificados paralelos a la vía del tren solicitando una oración o un compasivo sentimiento de aquel niño que les miraba y comprendía lo que realmente eran. Lo que ningún ser humano, estaba seguro de ello, era capaz de sentir.
El abuelo que soy está allí, en el pasillo central, apoyado en su nudosa cachaba, fibroso y encogido, la cara arrugada, la expresión hosca, contemplando al delicioso niño que fui con la nariz pegada al cristal. De hecho así me estoy viendo desde la cima de la montaña del tiempo. ¿Cómo puede uno recordar estas cosas? Tal vez no fuera así pero está claro que una nariz pegada demasiado tiempo a un cristal se acaba poniendo roja. ¿Cuánto hay de deducción en ello y cuánto de matices inescrutables de la memoria? A pesar de estar de pie en el pasillo me resulta difícil visualizar aquel vagón. Los olores han desaparecido, por supuesto, ¿qué puede oler un anciano a 60, 70, tal vez 80 años vista –no  crean que voy a decirles mi edad? ¿Cuántos pasajeros iban en el vagón? Creo recordar que muchos, no se encontraba un asiento libre aunque los pasillos y el cubículo de entrada estaban vacíos. ¿Es así o se trata de una reconstrucción de la memoria? ¿Por qué soy incapaz de recordar con viveza esos detalles y en cambio puedo volver a sentir con intensidad la angustia ante un futuro incierto, el miedo a un entorno nuevo donde no controlará nada, que vivió mi sosias, aquel niño delgaducho con la nariz pegada al cristal? La memoria emocional siempre podrá más que el frío recuerdo del color de los asientos de un tranvía. Aún así me pregunto si no sería capaz de recordar con la misma viveza que la emoción esos fríos detalles del tranvía que se me escapan una y otra vez como un puñado de agua entre los dedos. Tal vez esos científicos chalados que todo lo cambian con sus experimentos logren alcanzar el tic adecuado en la neurona precisa y las nuevas generaciones sean capaces de recordar el olor de la comida que les sirvieron en el tren rápido hace ahora veinte años, o de visualizar con absoluta exactitud la decoración del hotel donde pernoctaron en su viaje de novios. Me pregunto si podríamos vivir con un recuerdo exhaustivo del entorno, ya nos cuesta hacerlo al rememorar las emociones, imaginemos qué sería de nosotros si encima oliéramos, palpáramos, oyéramos e incluso viéramos el pasado. El tiempo que nos obliga a caminar hacia delante se detendría y nuestros cuerpos serían incapaces de continuar caminando. Si no existe el tiempo no se puede caminar hacia el mañana.

Llevaba así largo rato contemplando la vacía y amarillenta llanura sembrada de cereales y postes telefónicos que pasaban ante la ventanilla, ahora eran soldaditos de un ejército que avanzaba con su rostro de madera vuelto hacia algún punto incierto, tal vez perteneciente al país de los sueños. Me senté otra vez en el rígido e incómodo asiento procurando no mirar hacia el otro lado del pasillo, no quería que Antonio me enredara en otro de sus juegos ruidosos e inciertos.
Algunos creen que el niño es un proyecto de hombre, por el contrario yo creo que es el hombre el que es un proyecto de niño. La desaparición de la imaginación infantil es sustituida por el frío pragmatismo del adulto, no me parece ningún avance, al contrario la pérdida de la fantasía nos catapulta al calabozo de la neurosis. Tampoco creo que el asesinato de la ingenua espontaneidad del niño por el miedo a las represalias del adulto, sea un progreso del que nadie pueda sentirse orgulloso. El qué dirán son las esposas con las que nos llevan a la cárcel de la neurosis.

Durante todo mi vida de adulto serio y responsable he echado de menos la prodigiosa fantasía infantil creadora de universos –si Dios existe tiene que ser necesariamente un niño- y ahora intento encontrarla en el bolsillo interior de mi cerebro, donde he guardado durante años los objetos inútiles que me he negado a arrojar a la basura. De niño no necesitaba nada más que una chispa para que se encendiera el horno de la fantasía, la chispa podía ser un palo en el suelo, la chapa de una botella de cerveza, un montoncito de tierra, el reflejo de un rayo de luz en el cristal de la ventana… Entonces cuando se calentaba el horno, cerraba la puerta por dentro, dejándome asar a fuego lento. De adulto por el contrario me dio por el frío de la realidad y abriendo la puerta del refrigerador, me introduje entre los alimentos perecederos, cerré la puerta y dejé que la brisa gélida de los objetos reales me congelara el alma. ¡Cuánto echo de menos aquel dulce calor del horno donde me acurrucaba horas y horas!

El tren sufrió una avería a mitad del recorrido, algo frecuente en aquellos tiempos en que para describir la lentitud de una persona en llegar a sus citas se empleaban expresiones tales como “eres más lento que un tren expreso” o “traes más retraso que el tren”. Espero que hayan desaparecido por fin del vocabulario. En este lugar fuera del tiempo donde reposan mis huesos ni siquiera se emplea la expresión “tortugo”. Aquí nadie tiene prisa por llegar a ningún destino. El niño que yo era, sabía por aquel entonces muy poco de trenes –por su pueblo no pasaba ninguno- pero aprendería muchas cosas de sus compañeros, entre ellas a utilizar esas expresiones.

Sentado aquí al sol de una tarde de verano se me ocurre una loca fantasía. Cualquier día inventaran algo para que el anciano y el niño que fuimos puedan comunicarse. No me parece tan disparatado si lo pienso un poco. Si en la dimensión espacial dos cuencas fluviales pueden comunicarse a través de un canal ¿porqué en la dimensión temporal no podría hacerse? Solo sería necesario encontrar eso que los científicos denominan con palabras muy rimbontantes, pero que en el fondo no es otra cosa que “descubrir el intríngulis”.

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No me preocupaba la avería, no tenía prisa por llegar al colegio, un lugar que al menos al principio no sería muy agradable para mí. Hubiera deseado seguir en la cuna de la fantasía donde manos invisible me estaban acunando hasta quedarme dormido, los sueños eran casi siempre mágicos y maravillosos por eso adoraba tanto la ensoñación. De vez en vez sufría alguna pesadilla, sobre todo una en que una o varias serpientes me perseguían siempre a punto de pillarme, pero con el tiempo aprendí a volar, sí, a volar, en lugar de correr como un desesperado hacia ninguna parte decidí subir y bajar los brazos como alas de un águila gigantesca y para mi sorpresa me elevé en el aire y me alejé volando de la asquerosa serpiente que no dejaba de perseguirme hasta en los sueños más felices y divertidos. Aquellas alas oníricas me permitirían escapar muchas veces de las serpientes que la vida manda contra nosotros una y otra vez como un dios vengativo que no se compadece de nada ni de nadie. Pero como toda realidad que siempre tiene la cruz al otro lado de la cara las alas oníricas de águila acabaron por formar parte de mi biología y me permitieron ir tan lejos que a veces perdí completamente el rumbo.

El mundo de los sueños es siempre más atractivo que el sórdido mundo real, si no se tiene cuidado uno termina por alejarse tanto de la vida y de la realidad cotidiana que se transforma en eso que “los normales” llaman un loco, desde ese lugar solo queda por dar un paso más y atravesar la puerta del infierno. Puede que algunos hayan llegado al paraíso pero a pesar de mis sueños utópicos sigo sin creer en ningún paraíso, desde que el hombre es hombre alguno ya lo hubiera alcanzado y no conozco a nadie.

Antonio cortó mi ensoñación, pretendía que intentara abrir las puertas para bajarnos y comer al lado de la vía por la inmensa llanura de cereal que se perdía en el horizonte, pero los botones verdes y rojos que manipulamos y golpeamos una y otra vez no se abrieron; permanecimos un rato sobre la plataforma jugando a indios y vaqueros, yo tuve que ser el indio por supuesto. Al cabo de un tiempo se me ocurrió pulsar el botón verde y la puerta se abrió, tal vez alguien lo había solicitado del revisor para poder estirar las piernas cuando se enteraron de que la avería iba para rato –estuvimos allí parados en medio de ninguna parte durante varias horas- y de esta manera pudimos bajar y correr por los rastrojos. Nuestros padres acabaron por echarnos de menos y nos llamaron a gritos, pudimos convencerles de que nos dejaran desfogarnos con la condición de que no nos alejáramos mucho y estuviéramos atentos por si el tren se movía.

Gracias a ello la espera no se hizo tan agobiante. Finalmente muchos bajaron del tren por el lado despejado, al otro lado corría paralela otra vía, y de esta forma se convirtió, la ladera terrosa, en un patio de vecinos provisional en el que la gente empezó a sentarse y charlar entre sí, más por aburrimiento que por deseo de conocer a gentes a las que nunca volverían a ver. Años más tarde, un apasionado ya de la literatura, descubriría con enorme sorpresa que la mayoría de la gente se aburre mucho, hasta el hastío en algunos casos, y habla y habla como un juego que les permite divertirse un rato, como a veces hacíamos en el pueblo la pandilla, cuando no se nos ocurría ningún juego nuevo. Tardé en aceptar que yo era de los pocos privilegiados que nunca se aburren, siempre están en la agradable y amena compañía de los personajes de las novelas o escuchando música o viendo una película o escribiendo un balbuceo de relato o simplemente fantaseando ensoñadoramente. Muchos no pueden hacerlo porque no se les ha facilitado la entrada a la gran mansión de la cultura, se les ha cerrado la puerta en las narices y ni siquiera pueden imaginar los tesoros que encierra esa casa, donde algún prójimo se introduce un rato como un ladrón y sale hablando maravillas. No será para tanto piensan ellos… pero sí lo es. Pronto lo descubriría; sin embargo,  pasadas unas horas, cuando el tren terminó por ponerse en marcha lo que más deseaba era llegar cuanto antes, estaba cansado, agotado.

Celemin7