LOS PEQUEÑOS HUMILLADOS II


diario personal 4

DIARIO DEL AUTOR

Me parece increíble que yo pudiera escribir algo tan ñoño. No encaja con mi forma de ser ni tampoco con mi habitual manera de hilvanar palabras. ¿Cuándo lo hice? Ni idea. Nunca he fechado mis escritos, creo que por miedo a sentir el paso del tiempo. Ese ritual supersticioso no me sirvió de nada, porque aquí estoy. Han pasado tantos años que el niño que fui bien pudo ser mi abuelo o un personaje de novela.

PRESENTE

Estoy sentado otra vez en el mismo banco. Lo he elegido como “mi banco”, y parece que el resto de huéspedes lo respetan de manera inconsciente o tal vez por miedo. Creo que tengo fama de “peligroso” porque mis estallidos de cólera son cada vez más frecuentes e impredecibles. Bien pudiera tratarse de mi “lugar de poder” como leí alguna vez en los libros de Castaneda. Si mañana estoy de humor, repasaré mis notas sobre el tema. Un lugar o sitio de poder era, según don Juan, el chamán que enseñaba a Castaneda, un lugar a nosotros reservado, que el poder había reservado para nosotros y donde nuestras energías armonizaban con las del entorno.

¿He hablado ya de mi diagnóstico como enfermo de Alzheimer? Creo que sí, aunque no me apetece volver al principio y releer lo escrito.  Aparte de estos pequeños “lapsus” de memoria, sin la menor importancia, no me siento distinto.

¿Fue ayer cuando una abuelita sarmentosa se sentó conmigo en este banco y me propuso relaciones sexuales? Tal vez ocurriera hace unos meses. Mi memoria a corto plazo no es lo que era y eso sí lo llevo notando de un año a esta parte. No recuerdo su nombre, tampoco tiene la menor importancia. No me he parado a calcular el tanto por ciento de huéspedes para quienes el sexo sigue teniendo alguna importancia, a quienes aún hace cosquillas en alguna parte, no sabría decir en cuál. Perder el tiempo en esas tonterías me haría sentir muy mal, ahora que dispongo de tan poco. Lo cierto es que si me dejara llevar por ciertas impresiones, en determinados días, yo diría que hay un tanto por ciento elevado de residentes  que siguen manteniendo relaciones sexuales o al menos hablan de sexo, que no es lo mismo, aunque a estas edades no creo que la diferencia sea mucha. En otros tiempos me hubiera parecido impensable que viejos decrépitos como nosotros podamos encontrar aún algún aliciente en lo que yo mismo llegué a considerar el placer número uno de la vida.

La conducta de estos residentes me resultaría hasta divertida si no fuera por su estridencia caótica y desagradable. Se comportan como jovenzuelos salidos, siempre a la búsqueda de una ocasión para “ligar” o seducir. Hablan de follar como adolescentes reprimidos y su lenguaje es tan grosero, tan chabacano, que a veces siento el impulso irresistible de ponerme colorado. No siempre lo consigo, a veces me puede una risita cínica y desagradable.

Creo recordar que estaba escribiendo algo, cualquier cosa, sugestionándome de esta avanzando en esta obra inacabable. La abuelita puso su mano sobre mi muslo y con voz de corneja desplumada me preguntó, con un candor tan ficticio que estuve a punto de carcajearme, si mi “pajarito” aún funcionaba. Debí responderle algo desagradable, pero ella no se inmutó. Quería saber si esta noche estaba disponible para “echar un buen polvo”, tal vez dos o más si “mi arrugada polla” daba para tanto. Hasta había logrado que su compañera de cuarto aceptara dormir en mi cama, al lado de una especie de zombi roncador que me han puesto como compañero. Solo esperaba de mí que dijera sí, o que asintiera con la cabeza, si era tan idiota como para no poder articular una palabra tan sencilla. Esa noche buscaría el orgasmo entre sus muslos sarmentosos. ¿Podía existir un plan mejor?

Un “polvo” siempre es un “polvo”, aquí y en Katmandú, y si no tienes una chica joven y dispuesta, mejor una abuela libidinosa y promiscua que nada. No obstante no pude con la imaginación que se empeñó en representar para mí toda clase de escenas, más propias de un infierno de Dante para viejos, que de un coito más o menos desagradable, y con toda la sensibilidad y discreción de que fui capaz respondí que no, que gracias, pero no. Ella se lo tomó muy mal. Me puso a caer de un burro en unos insufribles y angustiosos minutos. Puede que mi control emocional no funcionara tan bien como yo creí. Tal vez me pasara en mi respuesta, que no fuera tan sensible y discreta como yo recordara. La pobre mujer tiene fama de estar como un cencerro. Aún así se pasó varios pueblos conmigo. Hasta llegó a decirme que si hubiera sido Bea quien me lo propusiera, no habría dudado en afilar mi lapicerito en su carne juvenil, en dejarlo entrar en aquel “afilalápices” con dientes y garras. Supongo que esto lo dijo porque la pobre chica tiene fama de estrecha, de gazmoña, de reprimida y de “espanta-hombres”. Yo no me haría el estrecho con ella, no, todo el mundo sabía que yo me pasaba las horas muertas persiguiendo a la jovencita, diciéndole toda clase de barbaridades y grosería.

No dejé de admitir que al menos aquello que me estaba diciendo la sarmentosa abuelita, era cierto. No recuerdo bien, es posible que fuera hace unos meses cuando Bea se sentó una tarde a mi lado, en este banco, y se puso a charlar conmigo con su sonrisita agradable enmarcada en aquel precioso rostro. Deseaba saber qué era lo que estaba escribiendo y si aún podía manejarme con el portátil y por qué no estaba con el resto, viendo la película y cómo era que un hombre tan culto había terminado allí. Si no tenía familia, porque desde que ella comenzara a trabajar en la residencia nunca me había visto con visita alguna. Era como una metralleta disparando, solo que en lugar de balas disparaba preguntas amables. De haber sido otra la habría mandado a la mierda. No sería la primera vez. Sin embargo aquella chica me gustaba. Me gustaba su rostro de dulce virgen, de doncella ingenua y romántica. Me gustaba su amabilidad conmigo, su sensibilidad para con un viejo decrépito… y sobre todo me gustaba su cuerpo, bien formado, joven, sensual, con las curvas en su punto, como a mí me han gustado siempre. Imaginarla desnuda y entre mis brazos alegraba mis días. Esa era la verdad y no podía negarla  ni siquiera a aquella viejecita. Por eso me limité a permanecer en silencio.

Después de aquella primera conversación hubo otras muchas. Parecía sentirse a gusto conmigo. Tal vez fuera porque sus compañeras, verdaderas arpías, no dejaban de tomarle el pelo o de aprovecharse cuanto podían, obligándola a hacer parte de sus trabajos o a cambiarles el turno cuando les venía bien. Bea era una contratada temporal y no estaban los tiempos para hacerse la digna. Tal vez fuera esta la razón de su conducta sumisa e indigna, o quizás fuera algo propio de su carácter tímido y apocado. También huía de sus compañeros, porque se creían con todo el derecho del mundo a buscar en ella el “polvo” que otras les negaban. Los residentes masculinos no se cortaban a la hora de piropearla con toda clase de obscenidades. Los que no lo hacían era porque ya estaban gagás. Las residentes la insultaban, tal vez porque era la única que les aguantaba aquel comportamiento. Puede que yo fuera el único con el que ella encontraba un poco de paz a lo largo de la jornada… Puede, porque si bien al principio me mantuve discreto, temiendo que su acercamiento fuera un error que rectificaría con el tiempo, en cuanto se estableció alguna confianza entre nosotros, no me recaté en expresarle mi admiración por su cuerpo y cómo el mío, a pesar de su decrepitud, se mostraba a veces muy juvenil, lo que a mí me agradaba mucho y esperaba que con el tiempo a ella también le agradara.

La pobre se limitaba a sonreír, a echar unas risitas avergonzadas cuando me pasaba de la raya y a chantajearme con no volver a dirigirme la palabra si no me controlaba. Nunca lo hizo. Nuestras conversaciones a veces eran francas y amistosas, lo que me permitió ponerle al tanto de lo que estaba escribiendo, mi  supuesta biografía de un gilipollas, como dijera la abuelita sarmentosa. Le hablé de mi afición a escribir, de mi deseo de rematar aquella obra antes de mi muerte y del inmenso favor que me haría si en cuanto estirara la pata, ella, Bea, se apoderara de mis manuscritos, especialmente de ese, que guardaba en una carpeta azul, con el rótulo de “Los pequeños humillados, manuscrito definitivo”, y llevárselo a un editor al que yo llevaba dando la lata un par de años, a través del correo electrónico. El pobre hombre finalmente aceptó leer mi manuscrito cuando estuviera rematado para librarse de mi cansino asedio.

Con el tiempo Bea y yo llegamos a establecer una especie de protocolo. Yo le hacía repetir dónde estaban mis manuscritos y cómo escondía “el bueno” bajo mi cama, en un hueco que había descubierto al mover dos tablas del parqué. Cómo tan pronto se enterara de que las había “espichado”, estuviera donde estuviera, vendría corriendo y se apoderaría de mis cosas. Enseñaría la nota manuscrita que yo le había dado. Se lo llevaría todo a casa. Podría leerlo y luego iría en persona, nada de utilizar el correo al domicilio del editor que también le había facilitado. Los derechos de autor serían para ella, si se publicaba, y puede que la estableciera como mi única heredera en mi testamento, con la condición de cumplir ese encargo.

Estoy convencido de que ella soportaba mi manía como un pago por mi compañía que le evitaba pasar más tiempo con sus compañeros y el resto de residentes. Este protocolo era de obligado cumplimiento tras el primer saludo. Luego podíamos charlar de otras cosas. Con el tiempo llegué a leerle algunos párrafos de mi novela y creo que a ella le gustaron, aparte de las consabidas frases de halago que se dicen en estos casos. Confiaba en ella y creo que ella se iba sintiendo más próxima a mí, por lo menos se atrevía a contarme las intimidades de su trabajo y hasta su vida fuera de allí, las dificultades para relacionarse con su madre y su dificultad con los hombres. Huía de los jóvenes que la asediaban porque era muy consciente de lo que buscaban.

Mi confianza en que cumpliera su promesa no era total, pero al menos sabía que existía alguna posibilidad y eso me alegraba la vida. Los viejos nos conformamos con muy poco.

Creo que por hoy es suficiente. A continuación podría venir el primer capítulo de mi novela, “Los pequeños humillados”. No encuentro la versión en tercera persona, así que utilizaré el manuscrito en primera persona, aunque contado desde el futuro, desde el presente para mí. ¿Dónde he metido los archivos? Creo recordar que abrí una carpeta de documentación. Es posible que mañana lo recuerde.

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LOS PEQUEÑOS HUMILLADOS

Durante años me he balanceado entre la historia ñoña del pequeño Celemín y la historia verdadera y terrible de “Los pequeños humillados”.  A veces he logrado una especie de acuerdo que me ha permitido contar la historia “a medias”, es decir si no toda la verdad, al menos una parte, y enmascarada en el reflejo deformante de un espejo de feria.

Incluso llegué a pensar en presentar esta historia, como novela, a un famoso premio literario. Así comenzaba, hace algunos años, esta historia ficticia.

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A MODO DE PROLOGO

Dicen que los ancianos recuerdan mejor sus años infantiles que lo sucedido ayer. Tal vez sea cierto o puede que no, en mi caso el regreso al pasado es una obligación moral para conmigo mismo, puesto que mirar hacia el futuro es un suicidio volver la vista hacia atrás es pura lógica de supervivencia.

Con lo visto tan cansada que hasta mirarme en el espejo me obliga a lagrimear, he tenido que renunciar a la lectura, la gran pasión de mi vida. Aburrido hasta el hastío, en una cutre residencia de ancianos, solo me queda la mente y sus milagrosas cualidades, como los deseos cumplidos por un genio liberado de la lámpara maravillosa.

Con mi memoria, ayudada a veces por sus pizpiretas damas de compañía –la fantasía o imaginación y la caprichosa lógica de un -he decidido trasladarme a mi infancia, de la misma forma que lo haría un viajero en el tiempo en cuerpo mortal, solo que invisible para su entorno, no del todo para el niño que fui siempre, convencido de tener a su alrededor una presencia invisible que identificaba con el ángel de la guarda, ignorante de la prodigiosa capacidad que tienen a veces las mentes de los ancianos.

Me he abrigado bien para el viaje, en el tiempo y luego de mucho pensarlo he decidido caer en el tranvía traqueteante que me llevaba por primera vez al colegio aparecer en el pasillo de un vagón no como caído del cielo sino más bien del futuro.

Hale-Hop, comienza la función.

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LIBRO I

EL FIN DE LA INFANCIA

CAPITULO I

LLEGADA AL COLEGIO

Puedo ver a un niño sentado junto al gran cristal de la ventanilla de un tren mirando hacia el exterior en dirección a su marcha. El tren es un tranvía traqueteante y el niño soy yo, tengo diez años, he nacido un 23 de abril -precisamente el día del libro, también el día en que se recuerda al gran genio, a Cervantes, un excelente presagio que no se ha cumplido- de un año que no voy a mencionar por coquetería de anciano o más bien por cabezonería. Estamos en plena época franquista, una etapa de castigo para este país de nuestros dolores que ha recibido muchos castigos y los seguirá sufriendo por sus muchos pecados sin purgar.

Bajito, como todos en aquellos tiempos de hambre y miseria, puedo verme las patitas de alambre asomando debajo de mis pantaloncitos cortos. Es otoño o más bien quedan unos días para que empiece. Tal vez estamos en la primera quincena de septiembre. Torso de muñeco y cabeza grande –siempre la he tenido muy grande- siempre la he tenido demasiado grande- pero bien proporcionada, cabello ligeramente rubio (un engaño de la naturaleza puesto que en mi juventud tuve el pelo negro, y estropajoso y más tarde calvo y grisáceo) y una expresión angelical en el rostro, de la que entonces no era consciente. Ahora que puedo verme a gusto, contemplarme desde fuera, como si estuviera presenciando el rebullir de una vida que me es completamente ajena, debo confesar que comería  a besos a aquel niño. Casi todos los niños están dotados por la naturaleza de esas cualidades físicas que atraen inmediatamente la simpatía de los adultos; aún más, diría que los niños están hechos por la naturaleza para ser amados por los adultos y quien sea incapaz de amar a un niño debe buscar algún defecto en sus genes o en su corazón. En algunos casos excitan el canibalismo, a mí me pasa con frecuencia en presencia de un niño, no podía ser menos ante la imagen del niño que fui.

Mi nariz, o más bien la pequeña y chata nariz del niño que un día fui, permanecía pegada con fuerza al cristal de la inmensa ventanilla del tranvía que nos llevaba, adentrándose en la árida meseta castellana, hacia un destino que deseaba y temía al mismo tiempo; en él esperaba llegar a convertirme en adulto, un paso decisivo que impedía retroceder en el camino de la vida y que me daría las riendas de mi destino. Ser adulto era una posibilidad que ocupaba casi constantemente mi mente infantil, esta posibilidad la utilizaba como amuleto contra todas las desgracias que caían o imaginaban acabarían cayendo sobre mi cabeza y que eran tantas que huía de pensar en ello.

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Era consciente de que a los adultos también les ocurrían cosas malas, pero pensaba que al menos ellos tenían el poder de decidir por sí mismos aunque estuvieran equivocados –los niños siempre estábamos equivocados- y a su alrededor muchas personas tuviéramos que sufrir las consecuencias de sus errores. Por otro lado tenía miedo de abandonar para siempre el caparazón de tortuga que era mi imaginación infantil, la desbordante fantasía donde me refugiaba cuando la vida se convertía en un animal especialmente carnívoro; entonces ese duro caparazón era muy efectivo contra las afiladas garras y los temibles dientes de ese animal multiforme que siempre me estaba acechando para atacar al menor descuido.

Dejar el caparazón y enfrentarme sólo, con mis propias fuerzas, a esa sociedad de carnívoros  que era la vida –al menos así lo sentía yo entonces- me producía tal angustia que estoy convencido de no haberlo abandonado nunca completamente,  para mí era algo poderoso, mágico, capaz de ayudarme a sobrevivir a las circunstancias más terribles.

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Llevaba así largo rato, seguramente tenía la nariz enrojecida y dolorida, pero no era consciente de ello o no me importaba, estaba demasiado interesado en contar los postes de madera que con sus brazos en cruz me hacían pensar en una inmensa fila de crucificados paralelos a la vía del tren solicitando una oración o un compasivo sentimiento de aquel niño que les miraba y comprendía lo que realmente eran. Lo que ningún ser humano, estaba seguro de ello, era capaz de sentir.
El abuelo que soy está allí, en el pasillo central, apoyado en su nudosa cachaba, fibroso y encogido, la cara arrugada, la expresión hosca, contemplando al delicioso niño que fui con la nariz pegada al cristal. De hecho así me estoy viendo desde la cima de la montaña del tiempo. ¿Cómo puede uno recordar estas cosas? Tal vez no fuera así pero está claro que una nariz pegada demasiado tiempo a un cristal se acaba poniendo roja. ¿Cuánto hay de deducción en ello y cuánto de matices inescrutables de la memoria? A pesar de estar de pie en el pasillo me resulta difícil visualizar aquel vagón. Los olores han desaparecido, por supuesto, ¿qué puede oler un anciano a 60, 70, tal vez 80 años vista –no  crean que voy a decirles mi edad? ¿Cuántos pasajeros iban en el vagón? Creo recordar que muchos, no se encontraba un asiento libre aunque los pasillos y el cubículo de entrada estaban vacíos. ¿Es así o se trata de una reconstrucción de la memoria? ¿Por qué soy incapaz de recordar con viveza esos detalles y en cambio puedo volver a sentir con intensidad la angustia ante un futuro incierto, el miedo a un entorno nuevo donde no controlará nada, que vivió mi sosias, aquel niño delgaducho con la nariz pegada al cristal? La memoria emocional siempre podrá más que el frío recuerdo del color de los asientos de un tranvía. Aún así me pregunto si no sería capaz de recordar con la misma viveza que la emoción esos fríos detalles del tranvía que se me escapan una y otra vez como un puñado de agua entre los dedos. Tal vez esos científicos chalados que todo lo cambian con sus experimentos logren alcanzar el tic adecuado en la neurona precisa y las nuevas generaciones sean capaces de recordar el olor de la comida que les sirvieron en el tren rápido hace ahora veinte años, o de visualizar con absoluta exactitud la decoración del hotel donde pernoctaron en su viaje de novios. Me pregunto si podríamos vivir con un recuerdo exhaustivo del entorno, ya nos cuesta hacerlo al rememorar las emociones, imaginemos qué sería de nosotros si encima oliéramos, palpáramos, oyéramos e incluso viéramos el pasado. El tiempo que nos obliga a caminar hacia delante se detendría y nuestros cuerpos serían incapaces de continuar caminando. Si no existe el tiempo no se puede caminar hacia el mañana.

Llevaba así largo rato contemplando la vacía y amarillenta llanura sembrada de cereales y postes telefónicos que pasaban ante la ventanilla, ahora eran soldaditos de un ejército que avanzaba con su rostro de madera vuelto hacia algún punto incierto, tal vez perteneciente al país de los sueños. Me senté otra vez en el rígido e incómodo asiento procurando no mirar hacia el otro lado del pasillo, no quería que Antonio me enredara en otro de sus juegos ruidosos e inciertos.
Algunos creen que el niño es un proyecto de hombre, por el contrario yo creo que es el hombre el que es un proyecto de niño. La desaparición de la imaginación infantil es sustituida por el frío pragmatismo del adulto, no me parece ningún avance, al contrario la pérdida de la fantasía nos catapulta al calabozo de la neurosis. Tampoco creo que el asesinato de la ingenua espontaneidad del niño por el miedo a las represalias del adulto, sea un progreso del que nadie pueda sentirse orgulloso. El qué dirán son las esposas con las que nos llevan a la cárcel de la neurosis.

Durante todo mi vida de adulto serio y responsable he echado de menos la prodigiosa fantasía infantil creadora de universos –si Dios existe tiene que ser necesariamente un niño- y ahora intento encontrarla en el bolsillo interior de mi cerebro, donde he guardado durante años los objetos inútiles que me he negado a arrojar a la basura. De niño no necesitaba nada más que una chispa para que se encendiera el horno de la fantasía, la chispa podía ser un palo en el suelo, la chapa de una botella de cerveza, un montoncito de tierra, el reflejo de un rayo de luz en el cristal de la ventana… Entonces cuando se calentaba el horno, cerraba la puerta por dentro, dejándome asar a fuego lento. De adulto por el contrario me dio por el frío de la realidad y abriendo la puerta del refrigerador, me introduje entre los alimentos perecederos, cerré la puerta y dejé que la brisa gélida de los objetos reales me congelara el alma. ¡Cuánto echo de menos aquel dulce calor del horno donde me acurrucaba horas y horas!

El tren sufrió una avería a mitad del recorrido, algo frecuente en aquellos tiempos en que para describir la lentitud de una persona en llegar a sus citas se empleaban expresiones tales como “eres más lento que un tren expreso” o “traes más retraso que el tren”. Espero que hayan desaparecido por fin del vocabulario. En este lugar fuera del tiempo donde reposan mis huesos ni siquiera se emplea la expresión “tortugo”. Aquí nadie tiene prisa por llegar a ningún destino. El niño que yo era, sabía por aquel entonces muy poco de trenes –por su pueblo no pasaba ninguno- pero aprendería muchas cosas de sus compañeros, entre ellas a utilizar esas expresiones.

Sentado aquí al sol de una tarde de verano se me ocurre una loca fantasía. Cualquier día inventaran algo para que el anciano y el niño que fuimos puedan comunicarse. No me parece tan disparatado si lo pienso un poco. Si en la dimensión espacial dos cuencas fluviales pueden comunicarse a través de un canal ¿porqué en la dimensión temporal no podría hacerse? Solo sería necesario encontrar eso que los científicos denominan con palabras muy rimbontantes, pero que en el fondo no es otra cosa que “descubrir el intríngulis”.

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No me preocupaba la avería, no tenía prisa por llegar al colegio, un lugar que al menos al principio no sería muy agradable para mí. Hubiera deseado seguir en la cuna de la fantasía donde manos invisible me estaban acunando hasta quedarme dormido, los sueños eran casi siempre mágicos y maravillosos por eso adoraba tanto la ensoñación. De vez en vez sufría alguna pesadilla, sobre todo una en que una o varias serpientes me perseguían siempre a punto de pillarme, pero con el tiempo aprendí a volar, sí, a volar, en lugar de correr como un desesperado hacia ninguna parte decidí subir y bajar los brazos como alas de un águila gigantesca y para mi sorpresa me elevé en el aire y me alejé volando de la asquerosa serpiente que no dejaba de perseguirme hasta en los sueños más felices y divertidos. Aquellas alas oníricas me permitirían escapar muchas veces de las serpientes que la vida manda contra nosotros una y otra vez como un dios vengativo que no se compadece de nada ni de nadie. Pero como toda realidad que siempre tiene la cruz al otro lado de la cara las alas oníricas de águila acabaron por formar parte de mi biología y me permitieron ir tan lejos que a veces perdí completamente el rumbo.

El mundo de los sueños es siempre más atractivo que el sórdido mundo real, si no se tiene cuidado uno termina por alejarse tanto de la vida y de la realidad cotidiana que se transforma en eso que “los normales” llaman un loco, desde ese lugar solo queda por dar un paso más y atravesar la puerta del infierno. Puede que algunos hayan llegado al paraíso pero a pesar de mis sueños utópicos sigo sin creer en ningún paraíso, desde que el hombre es hombre alguno ya lo hubiera alcanzado y no conozco a nadie.

Antonio cortó mi ensoñación, pretendía que intentara abrir las puertas para bajarnos y comer al lado de la vía por la inmensa llanura de cereal que se perdía en el horizonte, pero los botones verdes y rojos que manipulamos y golpeamos una y otra vez no se abrieron; permanecimos un rato sobre la plataforma jugando a indios y vaqueros, yo tuve que ser el indio por supuesto. Al cabo de un tiempo se me ocurrió pulsar el botón verde y la puerta se abrió, tal vez alguien lo había solicitado del revisor para poder estirar las piernas cuando se enteraron de que la avería iba para rato –estuvimos allí parados en medio de ninguna parte durante varias horas- y de esta manera pudimos bajar y correr por los rastrojos. Nuestros padres acabaron por echarnos de menos y nos llamaron a gritos, pudimos convencerles de que nos dejaran desfogarnos con la condición de que no nos alejáramos mucho y estuviéramos atentos por si el tren se movía.

Gracias a ello la espera no se hizo tan agobiante. Finalmente muchos bajaron del tren por el lado despejado, al otro lado corría paralela otra vía, y de esta forma se convirtió, la ladera terrosa, en un patio de vecinos provisional en el que la gente empezó a sentarse y charlar entre sí, más por aburrimiento que por deseo de conocer a gentes a las que nunca volverían a ver. Años más tarde, un apasionado ya de la literatura, descubriría con enorme sorpresa que la mayoría de la gente se aburre mucho, hasta el hastío en algunos casos, y habla y habla como un juego que les permite divertirse un rato, como a veces hacíamos en el pueblo la pandilla, cuando no se nos ocurría ningún juego nuevo. Tardé en aceptar que yo era de los pocos privilegiados que nunca se aburren, siempre están en la agradable y amena compañía de los personajes de las novelas o escuchando música o viendo una película o escribiendo un balbuceo de relato o simplemente fantaseando ensoñadoramente. Muchos no pueden hacerlo porque no se les ha facilitado la entrada a la gran mansión de la cultura, se les ha cerrado la puerta en las narices y ni siquiera pueden imaginar los tesoros que encierra esa casa, donde algún prójimo se introduce un rato como un ladrón y sale hablando maravillas. No será para tanto piensan ellos… pero sí lo es. Pronto lo descubriría; sin embargo,  pasadas unas horas, cuando el tren terminó por ponerse en marcha lo que más deseaba era llegar cuanto antes, estaba cansado, agotado.

Celemin7

 

 

 

 

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