PRIMERA ENTREVISTA CON EL LOCO IV


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Me quedé con el tenedor en el que había pinchado un trozo de tortilla, a mitad de camino de mi boca. ¿Cómo alguien puede “ver” lo que aún no ha sucedido? No tenía sentido, a no ser que estuviera hablando del ojo del culo, nuestro tercer ojo, sin duda. Fue una imagen fugaz, nacida de la parte más oscura de mí mismo. Al fin y al cabo yo era el que había llegado hasta el loco, con una petición, no él quien se había acercado hasta mí para hablarme del tercer ojo. Si bien hasta aquel momento había relativizado su locura –como simples manías llevadas al extremo de la patología fóbica, debido a la soledad en que llevaba años viviendo – ahora me planteo que tal vez me equivocara y su locura esté más soterrada de lo que yo pensaba.

 

Me repuse, continué el movimiento de mi brazo hasta mi boca y mastiqué con calma el trozo de tortilla. Luego me serví otra copa de vino y la apuré de un trago. Iba a necesitar la euforia del alcohol. Decidí cambiar de tema, sin profundizar más en sus palabras.

La cena fue un agradable momento gastronómico, salpimentado con una conversación inteligente y culta. Quise saber cómo se las arreglaba para llevar sus días solitarios. Me habló de su pasión por la lectura. Sus autores favoritos eran Dostoievski y tres novelistas católicos que yo no conocía muy bien. Graham Greene, Julien Greene y Bernanos. Me habló de música, de cine, de arte, de filosofía… Sin dura era un hombre culto, que había asimilado muy bien sus lecturas.

Al terminar el loco salió del salón, regresando con luna cajetilla de tabaco. Encendió un pitillo y me ofreció. Fumo muy poco, pero me apetecía un cigarrillo. Acepté el ofrecimiento. Entonces decidí que era el momento de comenzar la entrevista. Nuestros estados anímicos no podían ser mejores tras una sustanciosa cena, muy bien regada.

-¿Puedo encender la grabadora?

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El loco se levantó para buscar mi cazadora, que había colgado de una percha en el pasillo. Me la tendió. Extraje la grabadora, colocándola sobre la mesa, después de hacer un poco de sitio. Mi experiencia me decía que ni un solo carraspeo del loco se perdería desde aquella distancia.

-¿Cómo empezó todo esto? –le solté a bocajarro.

-¿Mi locura? Claro, no podría tratarse de otra cosa… Pues verá… Estoy convencido de que el loco se hace, no nace. ¿Acaso ha visto usted un bebé diagnosticado de una grave patología mental? ¿ Y un niño? Un adolescente es más fácil. La adolescencia es una etapa complicada. Se puede caer en una depresión o incluso llegar a un intento de suicidio. Y en cuanto a patologías severas… Hay adolescentes acosadores, incluso asesinos.

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-¿Su locura comenzó también en la adolescencia?

-Tal vez, aunque fui un niño muy rarito. Muchos confunden la “rareza” con la locura. Te califican de loso solo porque eres distinto a ellos. Alguna vez he llegado a pensar que tal vez la locura no sea otra cosa que hacer en público lo que los demás creen que debe hacerse en privado. Si yo me hubiera desahogado en la intimidad nada de esto habría ocurrido. Pero es mejor comenzar por el principio… No tendría ni seis años cuando me escapé de casa –entonces vivíamos en un pueblecito de montaña- y me dirigí al cementerio. Necesitaba saber cómo era posible que personas vivas, a las que uno se acostumbra de ver todos los días, podían terminar como simples huesos, enterrados bajo tierra.

“El cementerio estaba cerrado, como es natural. Me senté en el suelo, frente a la cancela, y la verdad apabullante de que la muerte era un hecho real y no una hipótesis de futuro, me invadió hasta la médula. ¿Cómo podía un niño de esa edad plantearse una cuestión tan filosófica, tan madura? Al niño que permanecía en silencio, mediante sobre las postrimerías, no le importaba cómo había surgido la vida, ni qué explicación tenían para ello los científicos, solo necesitaba una respuesta: ¿existía un más allá, seguiríamos viviendo, aunque fuera de otra forma, una vez que el cuerpo hubiera sido devorado por los gusanos? Nada tenía el menor interés. Uno podía vivir años y años y tener todo lo que quisiera, hasta los mejores juguetes, pero si un día iba a morir, nada importaba un comino. Tardaría algunos años en saber que no era el único que pensaba así. En unos ejercicios espirituales, en Semana Santa y en el colegio religioso donde estudiaría el bachillerato, un fraile nos habló de San Ignacio de Loyola y sus ejercicios espirituales. Por lo visto se había convertido al contemplar el cadáver de una joven, puede que fuera su novia o no, mi memoria no llega a tanto,  fallecida en la plenitud de la vida. El también se había planteado para qué servía la vida si uno tendría que morir, antes o después.

-¿Fue entonces cuando comenzó a pensar en la telepatía como una forma de no sentirse solo, de imaginar que si todos podíamos hablarnos con la mente, tal vez se pudiera probar la existencia del más allá?

-Veo que no le han ahorrado detalles sobre mi locura. Sí, reconozco que durante un tiempo me comporté como si fuera un telépata. No es que estuviera absolutamente convencido de percibir pensamientos ajenos, no, mi locura no llegó al extremo. Simplemente ocurrieron cosas que superaban mi capacidad de asimilación. Mi fantasía pudo a la lógica.

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-¿Qué importancia tuvo para usted aquella visita al cementerio a tan temprana edad?

-Aunque resulte difícil de creer en un niño tan pequeño, fui muy consciente de la gran revelación que acababa de vivir y tomé una decisión que ha marcado mi vida. Decidí que el más allá existía y nada ni nadie me ha podido arrebatar esa creencia a lo largo de mi vida? Permítame que deje de momento el tema de la telepatía. Antes de narrarle cómo llegué al borde de la locura y aventuré un paso más allá, antes de retroceder, me gustaría mostrarle, aunque solo sea muy por encima, los hitos fundamentales en mi camino hacia la demencia.

“Me he olvidado de mencionar dos acontecimientos que marcaron mi niñez. El primero debió de ocurrir teniendo yo unos tres años. Me regalaron una perrita muy cariñosa, la llamé Tula y me encapriché de tal manera con ella que me pasaba el día en la calle, jugando y acariciándola constantemente. Por desgracia un día se escapó de mi lado e intentó cruzar la carretera? La atropelló un camión. Fue un trauma tan espantoso que solo años más tarde llegaría a recordarlo, cuando mi madre lo mencionó una vez, como de pasada.

“El otro acontecimiento también tuvo que ver con la muerte. Mi padre era minero, un trabajo muy duro. Ganaba poco y comíamos lo que podíamos. Había salido de Asturias tras una huelga salvaje, duramente reprimida. Una tarde, al volver del trabajo, se desmayó al bajar del autobús. Mi madre recibió la visita de una vecina del pueblo. Cuchichearon en voz baja, pero yo pude entender que mi padre había sufrido un ataque fulminante y estaba muerto.

“Para un niño no existen medias tintas. Si alguien te dice que tu padre está muerto crees a pies juntillas que lo está. No te planteas si la otra persona está equivocada o si tal vez solo sea el susto del momento. Si un adulto te dice algo, lo crees y basta. Así pues debí enfrentarme a la muerte de mi padre con seis años. Quise acompañar a mamá, pero ésta me dejó a cargo de la vecina y salió corriendo? Luego resultó que si bien la muerte estuvo mirando largo rato a los ojos de mi papá, éste logró salir a flote. En realidad se trataba de una úlcera de duodeno. Había estado perdiendo sangra durante un tiempo, pero no quiso darse cuenta o si lo observó prefirió callarse, puesto que una baja por enfermedad nos dejaría con serias dificultades para comer.

 

TRABAJADORES EN LA HULLERA VASCO LEONESA

“Lo ingresaron, lo operaron y regresó a casa. La muerte había pasado de largo esta vez. Pero no por eso la impresión dejó de ser algo indeleble en el corazón de aquel niño sensible. A los diez años me reclutó un fraile que iba por los pueblos, como un pescador, intentando que ingenuos infantes picaran el cebo. Nunca olvidaré el sacrificio que supuso para mi familia el dejarme marchar a un colegio religioso, donde estuve interno ocho años.

-¿Ha sido su obsesión por la muerte la causa del miedo que dice tener a sus semejantes?. Si es así permítame decirle que no encuentro mucho sentido en esta relación causa-efecto.

-Y no lo tiene…al menos aparentemente. Si uno profundiza lo suficiente acaba por encontrar razones y sentido a todo; lo mismo que si una perforadora abre un agujero hasta la profundidad adecuada, termina por rebosar el magma del centro de la Tierra.

“En mi juventud, en cierta ocasión, pasé varios días en coma, a causa de un intento de suicidio. Pues bien, al despertar recordaba con todo detalle una terrible pesadilla. Desde una torre, en unamezquita, me dirigía a una gran multitud. No sabía ni en qué tiempo ni en qué lugar me encontraba, pero el jefe religioso árabe, vestido con túnica negra y turbante, que arengaba a la masa, era yo. Con otro cuerpo, pero era mi consciencia quien lo habitaba.

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“En un momento determinado tomé la decisión de que estaba harto de mentiras e hipocresías. Entonces dije a los fieles, que acudían a la oración de la tarde, todo lo que pensaba de ellos y del mundo en el que habitábamos. Conforme me iba calentando, la masa comenzó a rebullir, a moverse, a gritar. Me increpaban con las frases más soeces, amenazándome de muerte. Llegado el punto crítico de mi exposición un grupo de gente, en las primeras filas, alzó la voz para pedir mi ejecución. Muchos se precipitaron a mi encuentro, por las escaleras de caracol, buscándome con odio feroz. Yo les esperaba, muy consciente de que mi muerte era segura. No me importó lo más mínimo. Antes de seguir engañándome y engañando a los demás, llevando una vida sin sentido, prefería la muerte.

“Pero una cosa es aceptar la transición y otra afrontar un sufrimiento prolongado en el tiempo y que llega a la máxima intensidad que es capaz de soportar un ser humano. Se arrojaron sobre mí, empujándome sin consideración por las escaleras. Caí rebotando de escalón en escalón, hasta llegar a la plaza donde estaba situada la mezquita. Allí habían preparado cuatro camellos y unas cuerdas. Me ataron de manos y pies, engancharon las sogas a los respectivos camellos y la multitud comenzó a gritar, con aullidos demoniacos. Las mujeres ululaban a la manera árabe que vemos en las películas.

“Los jefes de la rebelión tomaron de las riendas a los camellos, obligándoles a caminar hacia adelante. Un espantoso dolor me recorrió desde la punta de los pies a la coronilla. Los músculos se tensaron, apreté los dientes y juré por mi salvación eterna que nunca cedería ante una masa de canallas satánicos, que solo pensaban en sus intereses y que no sentían el menor reparo en asesinar, torturar, violar, masacrar a sus hermanos, para lograr riqueza y poder.

“Durante el tiempo que transcurrió, atormentado hasta el límite de la resistencia humana, sentí en repetidas ocasiones la tentación de arrepentirme, de chillar que me soltaran, les pediría perdón y sería su esclavo para siempre. Pero no lo hice, no fui capaz. Descoyuntaron mis miembros, me los arrancaron y expiré con un infinito odio en mi corazón y un deseo de venganza que no atenuarían los siglos ni las vidas.

“Al recobrar la consciencia me encontraba sobre una cama de hospital. Por la ventana creí escuchar el ulular de la multitud y la voz, llamando a la oración de un personaje religioso que hace esto en las películas?ahora no recuerdo como lo llaman?

“Tardé en darme cuenta de que en realidad lo que estaba oyendo era una taladradora, abajo en la acera y el tráfico y ajetreo normal en una ciudad. Tardé mucho tiempo en quitarme aquellas imágenes de la cabeza. Cuando entró una enfermera y me encontró despierto llamó a los doctores. Yo sudaba copiosamente ?un sudor frío- y la angustia me impedía articular palabra? Nunca he podido olvidar aquella pesadilla?

-Es terrible. Lo lamento. Pero pudo deberse sencillamente a las consecuencias del largo coma. Esto explicaría su miedo a la gente?si en realidad hubiera ocurrido, claro. Pero como usted imagina, no creo en otras vidas, ni en la posibilidad de la reencarnación.

-Sí, yo tampoco creía en la reencarnación entonces. Esta pesadilla y muchos otros sueños, me fueron haciendo cambiar de opinión. Nada es definitivo en esta vida, pero le aseguro que antes podría hacerme dudar de la existencia de esta pared que convencerme de que la reencarnación sea un cuento chino.

El loco tocó con la palma de la mano la pared, para a continuación golpearla con el puño una y otra vez. Me sentí molesto, deseoso de que la conversación tomara otro rumbo.

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-¿De niño sentía el mismo miedo hacia la gente de su entorno?

-Eso es algo muy curioso. Es normal que un niño tema a los adultos que pueden castigarlo o que los vea como a monstruos, debo a que son mentirosos y mezquinos, pero llegar a sentir pánico en su presencia indica una patología muy severa y muy extraña. Desde que sufrí aquella pesadilla yo lo achaco a las consecuencias de una vida pasada en la que fui descuartizado por la furiosa multitud.

-No logrará convencerme. Tal vez se debiera sencillamente a que usted era un niño muy tímido, muy sensible, al que tomaban el pelo más de la cuenta. Los niños sensibles pueden reaccionar así.

-Pudiera ser una buena explicación cuando no hay otra, aunque a mí no me convence. ¡Qué quiere que le diga! Cuando uno toma un determinado camino siempre tiene alguna explicación a mano para razonar por qué lo ha hecho. Solo cuando se llega al final  se sabe sin lugar a dudas se uno se ha equivocado o no… Mire, de niño me recuerdo ya mirando el suelo y la punta de mis zapatos, cuando caminaba por el pueblo, camino de la iglesia, para aprender el catecismo. Si me encontraba con alguien cambiaba de acera o me introducía en calles adyacentes y daba rodeo sin cuentos para evitar a una sola persona.

“En una sesión hipnótica- he pasado por todas o casi todas las terapias que conozco- el terapeuta me hizo retroceder al vientre materno. Descubrí con sorpresa –nunca fui consciente de haber pensado en ello alguna vez- que aquel bebé se movió conscientemente buscando enredarse al cuello el cordón umbilical. Estuve a punto de asfixiarme. Aunque le parezca increíble no deseaba nacer.  Mi madre contó en alguna ocasión lo mucho que sufrió con mi parto. Al parecer me negaba a sacar la cabeza…

 

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-¿También sabe lo que es la hipnosis?

-Sí. Fue una experiencia muy interesante y aleccionadora, aunque también muy dura. Pero si me permite seguiré con mi historia.

Me interesaban sus experiencias hipnóticas, pero decidí que lo mejor era dejar que el loco hablara libremente. Adopté la postura del terapeuta, que deja que el paciente charle por los codos y toma nota de lo que le parece interesante, haciendo como quien oye llover en las parrafadas que ya se sabe de memoria. No me sentía precisamente como un terapeuta con el loco. Sus problemas eran suyos y era él quien debería afrontarlos. Tampoco como un periodista que con sus preguntas encarrila la entrevista por el camino que a él le interesa. Se trataba de obtener todo el material posible de la vida de aquel hombre. Después decidiría qué hacer con él.

 

Tomé otro sorbo de mi copa y me recosté tranquilamente en el sofá. El loco hizo lo mismo y cerró los ojos, como si yo no existiera, como si no estuviera presente. Parecía hablar solo, dejando que las palabras flotaran en el aire. Supuse que estaba muy acostumbrado a hablar en voz alta consigo mismo. Todos los locos hacen lo mismo. Me pregunté cómo era posible que una persona ignorara de aquella manera a otra con la que supuestamente estaba hablando. No me di por ofendido, aceptando que los locos tienen sus propias normas de comportamiento social.

 

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“Nos habíamos quedado en mi infancia. ¿Le he contado lo de mi perrita? Creo que no. Yo era un niño extraño… Sensible, decían los hipócritas de mi entorno. A los tres años perdí a mi perrita Tula, a la que amaba como si fuera mi hermanita.  La atropelló un camión. Viví una tragedia sespiriana. Hasta el punto el punto que llegué a olvidarme por completo de haber tenido alguna vez una perrita. Solo años más tarde mi madre me recordaría un acontecimiento crucial en mi vida, que había bloqueado totalmente en mi memoria.A los dieciséis años me paseaba, de noche, antes de que nos recogiéramos para ir a dormir, por el patio del colegio. Entonces estudiaba sexto de bachillerato, o tal vez ya hubiera iniciado los dos años de estudios libres, fuera del esquema de estudios oficial, antes de entrar oficialmente en lo que ellos llamaban noviciado. Se pronunciaban los votos simples de pobreza, castidad y obediencia y se estudiaba teología.

 

Aquellos dos años preliminares nos daban un poco de todo y un mucho de nada. Filosofía, sociología, psicología y alguna cosilla más. Fue la filosofía la que más me afectó. Era tomista, por supuesto, aunque un cura “progre” nos enseñaba filosofía kantiana, y algo de Hegel, de Husserl y de Merlau Ponty, un filósofo contemporáneo por el que sentía pasión (creo que había estudiado en la universidad de Lieja, en Bélgica, me refiero al fraile). “Los silogismos tomistas me abrieron la mente a nuevos horizontes. Me permitieron poner en entredicho todo lo que me habían enseñado sobre la religión católica. Descubrí terribles contradicciones. Pero no fueron solo ellas las que me llevaron a plantearme el abandono. No entendía una vida de absoluta castidad. Me gustaban demasiado las mujeres para creer que podría ser casto el resto de mi vida. Y una vida hipócrita, intentando salvar almas, no me convencía.

“ Por entonces el balompié era mi pasión. Yo era seguidor incondicional del Real Madrid de su mejor época. Aún recuerdo la cancioncilla que cantábamos los niños del pueblo: Zoco tira a Pirri, Pirri tira a Muñoz, Muñoz se tira un pedo y atufa al portero… O algo así. No puedo recordarlo con exactitud. Mi meta en la vida era ser algún día jugador del Real Madrid, por lo que cuando el frailuco pidió voluntarios no pude resistirme y levanté el brazo. Aquel gesto cambió mi vida…

“La estancia en aquel colegio religioso me permitió tomar contacto con la cultura, pero también me convirtió en un adolescente angustiado, temiendo siempre que el pecado mortal de la masturbación me llevara irremisiblemente al infierno. Me lavaron el cerebro y durante el resto de mi vida no he hecho otra cosa que intentar llegar a las raíces de aquella planta y arrancarla entrenar la mente y adquirir una base lógica, con la que desmenucé y destruí todos los dogmas que habían introducido sibilinamente en el tierno subconsciente de aquel adolescente sensible. Tardé dos años en de cuajo.

“Como le decía,  caminaba todas las noches por el patio, siguiendo las líneas marcadas con yeso en el campo de futbol. Sufría una crisis vocacional, en la terminología de los curas. Estaba pensando en abandonar mi carrera hacia el sacerdocio y salir al mundo, al demonio y a la carne. El estudio de la filosofía me permitió decidirme. Fue allí, paseando a la luz de las farolas, hasta que la llamada del timbre nos obligaba a recogernos, cuando mi creencia en el infierno se hundió para siempre. También se hundieron con ella el resto de mis creencias y especialmente mi confianza en los adultos y en el ser humano en general.

“Ahora estoy convencido de haber sufrido allí mi primer ataque de locura. No pensaba en otra cosa. Le daba vueltas y más vueltas a la idea de abandonar. Estuviera donde estuviera, en clase, comiendo, en la capilla, en el patio, mi obsesión era decidirme de una vez por todas. Creía estarme jugando no solo mi vida, sino incluso mi destino espiritual, mi futuro y la posibilidad de salvación. No creía en el infierno, pero de alguna manera pensaba que Dios me castigaría si abandonaba.

El loco se levantó, bebió de un trago el güisqui de su copa y se sirvió una buena ración. Sin decirme nada fue a buscar más hielo. Colocó algunos cubitos en mi vaso, sin pedirme permiso y escanció un buen trago. Llenó su copa de cubitos de hielo y se bebió el contenido sin parpadear. Con nerviosismo se sirvió una tercera copa. Pensé que estaba a punto de contarme algo muy doloroso y dramático. Su nerviosismo rayaba la paranoia.

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