Mes: agosto 2016

MÁS RELATOS BREVES


 PSIQUIATRAS UNA DE PSIQUIATRAS

                LA SUGESTION

 

 

No sé dónde he oído comentar que la sugestión es la peor enfermedad que puede sufrir un ser humano. Desde luego no hice ningún caso; nunca hago caso de nada de lo que oigo o leo o veo (de lo que veo en la pequeña pantalla tampoco aunque siempre termino por notar ciertos tics luego de ver cualquier programa de televisión).

Al lado de esas vidas glamurosas, vestidas con los mejores modelitos de la fama, el rostro sonriente, simpático, tan agradable,  uno se pregunta por qué no podría tener un rostro así en los embotellamientos, delante del jefe malévolo y canallita o de los compañeros cotillas y pelotas o en las broncas familiares, o en esas situaciones en que estás enfadado con todo bicho viviente y no puedes ocultarlo…

En fin que uno envidia a los famosos, a los ricos, a los actores, a las actrices, a los líderes mediáticos, a los políticos, a los futbolistas, a los…las…les…

Sin buscarlo, sin ser muy consciente uno termina por autosugestionarse. Esta es una enfermedad que no perdona, peor que el cáncer. Observas la sonrisa deslumbrante de los nuevos dioses olímpicos y acabas por estirar la boca hasta descoyuntar la mandíbula. Tu mujer, que te conoce muy bien cree que te ha dado un pasmo porque tú no has sonreído en un atasco desde que aquel ministro tan gracioso quedó retenido más de tres horas en la Castellana. Los “medios” se pusieron las botas, dio tiempo a que  la noticia recorriera todo el planeta y aún seguía allí el pobre ministro, en el atasco.

No pones remedio a tiempo y pronto te encuentras imitando a todo el mundo que es alguien –los don nadies sólo son imitados por las lagartijas cuando están aburridas- y viviendo sus vidas con una intensidad que te aterroriza los escasos instantes en que eres capaz de recuperar la lucidez.

Te dolía la barriga cuando una famosa iba a tener un bebé y odiabas a los paparazzi tanto como…, sí esa a quien sacaron en top-les con las tetas caídas antes de operarse…,justo la misma.

Ya no vivías tu vida, sino una programación constante e inexorable. Por las  mañanas el líder mediático de tu emisora favorita te sacaba del sueño y tú inmediatamente te ponías a charlar como un lorito imitando su cordialísima labia.

En el trabajo te imaginabas lo que estarían haciendo tus otros egos mediáticos. Almorzabas con tu precioso busto parlante favorito delante de tu plato. Aún recuerdo aquella monada con el pelo a lo “garçon” y su deliciosa carita de ángel. A veces me levantaba de la mesa con el estómago lleno y por la noche encontraba la comida en una fuente dentro del frigorífico. La sugestión es una enfermedad terrible, ya lo creo.

Estuve a punto de volverme loco, como lo oyes, recuerdo que en el despacho del psiquiatra me creía Michel Douglas viendo cruzar las piernas a Sharon Stone, una y otra vez, una y otra vez. El doctor tuvo que darme una bofetada para despertarme y poder así cobrar la consulta.

Decidí cortar de raíz con la sugestión, era preciso volver a ser el asno normal y cuerdo que fui siempre. Decidí utilizar una navajita que guardaba en el bolsillo para que cada vez que se me ocurriera encender el televisor la tuviera a mano, así podía abrirla y pasar el dedo por su filo extremadamente cortante. Mi mujer terminó por regalar el televisor a una sobrinita del alma, no ganábamos parar comprar ropa, incluso una vez vino la policía a casa para investigar el origen de las manchas de sangre en los pantalones viejos que mi esposa había llevado a un asilo de desamparados.

Con la radio me costó más salir de la enfermedad sugestiva, me vi precisado a instalar un dispositivo para que me sacudiera un latigazo eléctrico que me ponía morado cada vez que tocaba el aparato de radio. La prensa fue lo más sencillito de todo, me acostumbré a no llevar suelto en el bolsillo.

Ahora en casa no se oye mas voz que la de mi mujer maldiciendo el día en que me conoció. Luego se calma y va a ver “Operación famosos” en la tele de la vecina, se han hecho grandes amigas.

Yo me quedo solo en medio de un silencio absoluto. A veces creo oír la voz de mi líder mediático favorito anunciando el inicio de su programa radiofónico. Doy un salto y busco desesperadamente el aparato de radio, pero no lo encuentro, la sobrina de mi mujer tiene el cuarto empapelado de transistores y radiocasetes.

Mientras fumo un cigarrillo en la terraza me estremece la sensación de una mirada en mi nuca, vuelvo la cabeza y creo ver el paso felino de aquella modelo que luego se hizo presentadora de televisión. Sí hombre, cómo se llamaba…

Es igual, oigo su voz susurrante a mis espaldas y me veo precisado a abandonar la terraza con el cigarrillo a medio acabar. Sé que todo es culpa de la sugestión pero no puedo evitarlo, me persiguen las vidas de los famosos a los que tanto amé.

Ahora hablo con fantasmas que juran y perjuran una y otra vez no ser conocidos ni de su propia madre.

 

RELATOS BREVES ERÓTICOS


RELATOS BREVES, UNA PERSPECTIVA SOBRE EL EROTISMO

I

 

EL DISCRETO ENAMORADO

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Se entrenaba cada día ligando con una maniquí, la había robado una noche de un escaparate. Su desnudo cuerpo de plástico estaba cubierto con un precioso vestido azul de tirantes que dejaba el nacimiento de su pecho al descubierto.

No se cansaba de probar una y otra vez intentando adivinar cómo sonarían las frases más diversas: ¿estudias o trabajas?; eres un encanto; esta noche estás muy guapa…

Necesitaba encontrar la entonación perfecta, la expresión más discreta dentro de lo posible, la más acertada para el fin propuesto; el tono justo, ni pijo ni gárrulo. Así quemó todos los ratos libres en aquel otoño borrascoso.

Llegó la primavera y por primera vez en muchos meses salió a la calle con paso discreto, sonrisa sutilísima y vestido con el apropiado desenfado que requería la ocasión. Después de mucho observar se acercó a una señorita sentada en un banco de madera en un parque cercano a su casa. Ella le miraba con descaro al tiempo que mascaba un chicle con gran entusiasmo.

Antes de que llegara a abrir la boca sintió como la señorita, que se había acercado silenciosamente, sin previo aviso echó mano a su intimidad más preciada y disimulando el secuestro con un abrazo de novia devorada por la pasión, le arrastró sin miramientos hasta su cercano apartamento. No tardó mucho en olvidar todo lo aprendido… tuvo una excelente maestra.

 

 

II

 

LA MUJER ROMANTICA

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Ella esperaba el amor romántico, la pasión que todo lo puede. Ella esperaba que un hombre distinto a todos los que conocía cruzara por su vida como una cometa por el cielo nocturno.

Reservaba lo mejor de su persona para él en un lugar escondido de su alma, un lugar que quienes la miraban no podían ni imaginar.

De tanto pensar en el ideal acabamos por volvernos ciegos a la única puerta que nos permitiría escapar a nuestro destino. El perfume fuerte que nos arrojamos encima nos oculta el hedor de podredumbre de que estamos rodeados.

Un día la ligó un feo simpático. Tenía labia

 

 

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                                                        III

                                   EL COLECCIONISTA DE ARTE EROTICO

 

Adoro el erotismo, decía a todos sus amigos. Era una pasión inextinguible. Coleccionaba todo aquello que caía en sus manos y que tuviera una mínima relación con el tema, hasta piedras que encontraba en el campo con forma de pene o vagina. Con el tiempo llegó a poseer el mejor museo del mundo de erotismo, una fundación por el amor libre le cedió un complejo de edificios donde instaló toda su colección y aún le faltó lugar. Se quedó con los objetos, las obras de arte, que más excitaban su deseo. Con el tiempo uno acaba por cansarse de todo, tal vez por ello a nadie le extraño que llegara a enamorarse de su propio ombligo que exhibía en el vestíbulo del museo como la gran obra de arte en la historia del erotismo.

LOS PEQUEÑOS HUMILLADOS III


DIARIO DEL AUTOR

DIARIO

Me he quedado solo en el comedor, mientras recogen los platos de la cena. Todo el mundo se ha ido de excursión. No sé dónde ni sé a qué. Se quedan a dormir en otra residencia o en un colegio o no sé dónde.  Esta mañana lo celebraban con palmas y canciones. El autobús ha salido muy pronto y con tanto ruido era imposible seguir luchando por unos minutos más de sueño. En mi juventud dormía como un lirón, así cayeran rayos y truenos sobre mi cabeza. También me jactaba de poder comer hasta piedras sin que mi estómago se resintiera lo más mínimo. Fueron fanfarronadas estúpidas de juventud, cuando uno se siente tan vital que cree que la batería nunca se descargará y que el cuerpo y la mente funcionarán siempre con esa facilidad que la naturaleza concede a la gran mayoría al nacer, como una oportunidad maravillosa, como un don que pensamos nos es debido por el mero hecho de existir.

¡Qué equivocado estaba! La juventud es un soplo, el cuerpo un vehículo que no se deteriora día tras día. Quien pensaba iba a poder comer piedras el resto de su vida, ahora tiene que limitarse a comer purés y papillas y rezar para que la úlcera no te castigue. Quien creía iba a conservar la lucidez mental hasta el último momento, ahora se despierta temiendo no recordar quién es.

Hubo un tiempo en el que yo fui joven, ingenuo y romántico. Entonces imaginaba que con tan solo una pizca de suerte, la vida lamería mi mano. Las más hermosas mujeres harían cola ante mi lecho, lograría la fama y el laurel de los grandes escritores y el dinero me permitiría realizar los míseros sueños que solo pueden alcanzarse con el vil metal. Hoy casi lamento haberme pasado años y años escribiendo novelas que nadie leerá cuando me muera, que muy pocos han leído cuando las subí a Internet. Ahí permanecen, en algún rincón virtual, criando polvo, como un monumento a la estupidez. Algo falló. No era tan buen escritor como pensaba o no basta con escribir bien, también es preciso poseer buena estrella.

Haciendo de tripas corazón decidí leer estos primeros compases de la historia a “Bea”. Me temo que escuchó con paciencia solo porque ha decidido tener mucha paciencia conmigo, por alguna razón que se me escapa. Cuando le pregunté qué le parecía el tonto del pequeño Celemín, se limitó a sonreír sin saber qué decirme. ¿No te parece demasiado ñoño? No sabía quién era Bubú. Tuve que armarme de paciencia y hablarle del oso Yogui y de otros dibujos animados de mi infancia. De los cromos que compraba en el puesto de pipas y de los álbumes que iba rellenando poco a poco y con gran sacrificio. Hoy los niños prefieren las videoconsolas y jugar a la guerra. Ella misma le acababa de regalar una a un sobrinito por su cumpleaños.

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Aún no tengo claro si merece la pena continuar con la historia del Pequeño Celemín. Estoy comenzando a odiar a ese niño repelente, incapaz de asumir que Bubú nunca existió y que la vida no es un cuento de hadas o una historia de dibujos animados. Mientras tecleo en el portátil, esperando que se me cierre un ojo para irme a la cama o dar un paseo por el jardín, esta noche en la que nadie me molestará, me pregunto por qué se me habrá metido entre ceja y ceja rematar esta novela, precisamente, como una especie de legado para la humanidad. Mi infancia no interesa a nadie, creo que ni siquiera a mí mismo. Tan solo se trata de intentar recuperar al niño que fui, antes el viejo y decrépito abuelo estire la pata pensando que su vida fue inútil y nada mereció realmente la pena.

AVENTURAS Y DESVENTURAS DEL PEQUEÑO CELEMÍN II

EL COLEGIO

Durante estos días todos aprovechan para divertirse antes de que empiece el curso. Lo que más me gusta es leer tebeos, son inagotables, la mesa del profesor está llena de montones de elos. Uno puede ir cogiendo de uno en uno y nunca termina de leerlos todos. Los que más me gustan son los tebeos de la marca Marvel, que tiene personajes tan divertidos como Spiderman (el hombre araña) o Batman (el hombre murciélago) o tantos otros que  hacen cosas increibles porque tienen superpoderes y son superhéroes. Nadie puede con ellos. Me paso las horas muertas con la cabeza metida en el tebeo y nada me distrae de los vuelos de Batman, y Spiderman para combatir el mal.

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Parece que los chivinas hemos venido antes porque tenemos que adaptarnos. Los mayores vienen justo el día anterior de que empiecen las clases. Ya no hace el calor del verano y es una pena porque así no podemos darnos un baño en la piscina que tiene una pinta estupenda. Yo creo que era olímpica, pero no me han dicho los compañeros que las olímpicas son enormes, como un campo de futbol, así que esto es al parecere la mitad, unos veinticino metros de largo. Tiene cespdes alrededor y unos arbolitos para dar sombra Está rodeado por un seto muy alto y hasta tiene trampolín y todo. Lo he visto por la tarde, después de la merienda, porque cierran las clases y ya no puedo quedarme leyendo tebeos. Así que salimos al patio y como no hay balones porque están cerrados bajo llave en los armarios del sótano, nos dedicamos a pasear por los campos de futbol y a explorar los alrededores. Al final de los campos está la piscina y más allá está la huerta, , pasada una chopera y ya cerca del colegio de los dominicos con quienes según me han dicho, nos llevamos muy mal porque somos grandes enemigos en las competiciones deportivas y porque eson esto y lo otro y lo demás allá, aunque a mí me parece que pasa como con los vecinos que por muy majos que sean siemre hay que hablar  mal de ellos y llevarse mal porque de otra forma no serían vecinos.

La huerta es muy grande y al pareer tiene casi de todo, patatas, lechugas, tomates, zanahorias y todo lo que se puede cultivar en una huerta hasta espárragos. No creo que necesiten comprar nada de verdura para darnos de comer, con lo que hay en la huerta y un poco de carne y pescado y algo de legumbre tienen para  alimentar a un regimiento durante todo un año.

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FASA RENAULT – FACTORÍA DE MOTORES Nº 1 Y DE PARTES MECÁNICAS (VALLADOLID, EN TORNO A 1970)

Al lado izquierdo de los campos defutbol está la fábrica de Fasa Renault, unas naves enormes donde se hacen muchos muchísimos coches. Esta separada del colegio por una valla metálica muy alta y larga que rodea toda la fábrica. Cada vez que tienen que entrar o salir los obreros suena una sirena durante mucho rato y  muy alto, por lo que acaban con los oídos machacados. Pero eso no ayuda a saber la hora que es. He observado que nadie tiene reloj de pulsera y nos tenemos que guiar por el sol, los que sabemos y or otros indicios como la sirena de Fasa-Renault que suena a la una para que salga un turno y entre otro.O por la hora del desayuno y la comida que son a las nueve y a la una y media. Cuando empiecen las clases sabremos siempre la hora que es por la clase en que estamos, las horas de comer y los recreoos, las horas de estudio, la misa, el rosario, el ángelus. Todo el día está reglamentado, desde que te levantas hasta que te acuestas.

El primer día ha sido muy cómodo. Esta mañana hemos oído misa enla capilla en lugar de la iglesia que es muy grande. La capilla tiene tres filas de bancos y es muy moderna, a los lados tieen las estaciones del viacrucis, hechas por un artista moderno porque hay que mirar bien los pasos para saber que es la que se retrata en ellos. El altar es de piedra y está separado de la pared, no como sucede enel pueblo que los altares están pegados a la pared, debe ser por eso del Concilio Vaticano II que ahora está tan de moda. En la pared hay una especie de escultura pero hay que mirarla bien para saber de qué se trata. Yo pienso que es una virgen con un niño, pero es muy rara, no se ve bien que sea una mujer y lo del niño uno lo piensa por lo que parecen manos y que sostienen algo.

A los lados de la virgen hay dos entradas ocultas a la sacristía por donde solió el fantasma, aún más pequeñito, revestido para decir la misa. Resultaba un tanto ridículo pero su cara era tan seria que desprendía mala leche que no se oye ninguna risita, a pesar de que a casi todos les debe pasar como a mí, que me entró la flojera y a punto estuve de soltar la risa que tenía.

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Dijo la misa tan deprisa que más parecía un farfullar en voz baja, como si estuviera cabreado, que un cura diciendo la misa. Apenas éramos capaces de contestar “amén” de vez en cuando. Lo que sí dijimos bien alto fue lo de “Deo gratias” para responder al “Ite misa est”.

No me cae nada simpático este Fantasma y mucho me  estoy temiendo que nos las hará pasar canutas este curso. Da miedo, solo verle con su cara agria, como si lo estuvieran insultando todo el día. Lo del amor al prójimo no le va nada. A mi seme ha desatado la fantasía, como me sucede con casi cualquier motivo y he comenzado a pensar que tal vez sea el hijo menor de una familia muy numerosa. He oído que el hijo mayor se queda con la herencia, por eso está aquí, porque es la forma más cómoda de ganarse la vida. ¿Tú  que crees?

DIARIO DEL AUTOR

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Esta mañana me llevé un buen susto. Me desperté sin saber quién era ni dónde estaba. Sentado en la cama, miré hacia la ventana por donde entraban los primeros rayos de sol del nuevo día, como si me hubiera vuelto tonto. Mi mente se quedó en blanco por completo. Mis piernas no me respondieron cuando quise levantarme, tampoco hubiera sabido a dónde ir. Me miré las manos y me parecieron viejas y sarmentosas. ¿Era yo un viejo? Necesitaba una respuesta a esa pregunta, esa fue la razón que me llevó hasta el servicio. Cuando me miré en el espejo supe que, en efecto, no solo era viejo, sino mucho más de lo que imaginara.

Fue entonces cuando fui consciente de una necesidad imperiosa: me estaba meando. Me costó orinar, sentí dolor,era como intentar hacer pasar una pequeña corriente de agua repleta de arena por un muro de ladrillo. Un hilillo atravesaba la pared por alguna rendija, luego se paraba y tenía que volver a buscar otra rendija. Decidí dejar que todo ocurriera sin hacer el menor esfuerzo, ni en un sentido ni en otro. Mientras miraba los azulejos frente a mí una intensa angustia se apoderó de mi cuerpo y solo de él, puesto que la mente en realidad ya no era mía. Era preciso recordar mi nombre, el primer paso hacia la recuperación de la memoria. ¿Cómo me llamaba? Me costó pronunciar algún nombre, cualquiera, los primeros que acudieron a mi cabeza. ¿Me llamaba Luis, Pepe, Paco…?

Podía ser cualquiera de ellos y ninguno. Una intensa tristeza se apoderó de mi. Cuando pasé mi mano por la cara la noté húmeda. Estaba llorando y ni siquiera me había dado cuenta. La puerta del servicio se abrió y un abuelo delgaducho, con los ojos perdidos, completamente desnudo, se plantó ante mí, sin verme. ¿Quién era aquel hombre? Por un momento me olvidé de mi problema y a punto estuve de carcajearme. Solo me lo impidió la sensación sufrida al mirarme al espejo. Yo era también un abuelo y puede que aún estuviera peor, puesto que ni siquiera recordaba mi nombre.

Se quedó plantado en el dintel de la puerta, como un espantapájaros, mirando sin verme. No supe qué hacer. En realidad no tuve que hacer nada, de pronto se dio la vuelta, como a cámara lenta, y arrastrando los pies regresó a la habitación. Entonces me asaltó una imagen, como un dejá vu, aquella era una residencia de ancianos y aquel hombre era mi compañero de cuarto. No estaba seguro, pero lo habría jurado sobre la Biblia.

Escuché una voz de mujer preguntando por un nombre. Parecía la voz de una chica joven. Quienquiera que fuera no se preocupaba lo más mínimo por el ruído. Entró a la habitación alborotando como una adolescente un día de excursión. Sentí vergüenza de que me viera así y levantándome de la taza cerré la puerta de golpe. No me sirvió de nada. Una mano firme la abrió sin contemplaciones.

-Hola Cosme. ¿Dónde se había metido?

Me quedé paralizado, incapaz de emitir el menor sonido. La chica me parecía conocida, ¿tal vez mi hija?, imposible, su uniforme la delataba. ¿Me encontraba en un hospital? Debió ver algo raro en la expresión de mi rostro.

-¿Se encuentra bien?

No contesté. Era como si mi boca no pudiera pronunciar las palabras que se iban formando en mi mente.

-Siéntese en la taza. Así. Ahora dígame cómo me llamo yo.

Hice un esfuerzo. Si era mi hija tenía necesariamente que saber su nombre… No, ya lo había descartado. Bueno, si era una enfermera parecía conocerme bien, yo también tendría que conocerla. Nada. Mi mente estaba en blanco.

-Tranquilícese, Cosme, voy a pedir ayuda. Si puede oirme mueva la cabeza.

Lo hice de forma automática.

-Si no puede hablar haga lo mismo.

Se marchó, dejándome allí solo y muy angustiado. Regresó con un hombre en bata blanca, calvo y regordete. Me examinó el pulso y comenzó un interrogatorio  que me hizo sentirme muy mal. Cómo me llamaba, cómo se llamaba él, cómo se llamaba la chica, dónde me encontraba… No supe contestar a nada.

-Lo esperaba, pero no tan pronto. Beatriz, prepárele para llevarlo al hospital. Voy a llamar a una ambulancia. ¿Puede ir con él?

-Tendré que decírselo a mis compañeras.

-Hágalo. Quédese allí con él, todo el tiempo necesario, hasta que le hagan todas las pruebas. Hablele, sin agobiarle y esté atenta a sus reacciones.

-Sí doctor.

El se marchó y ella me preguntó si había terminado. ¿De qué? Me aseó un poco en el lavabo, secándome con una toalla. Luego me condujo con cuidado hasta mi cama. Me obligó a sentarme y se ocupó de buscar mi ropa y de vestirme.

-¿No me recuerda Cósme?

Hice un esfuerzo por contestar, pero solo me salió un gruñido. Moví la cabeza de izquierda a derecha.

-No te preocupes, ya te acordarás. Soy Beatriz, Bea, y hemos hablado mucho, somos buenos amigos…Imagino que quieres saber dónde estás. Esto es una residencia de ancianos. Te han diagnosticado Alzheimer. Lo recordarás todo. No te preocupes. Ahora tranquilízate y no te esfuerces.

Llegó otro hombre con uniforme blanco y una silla de ruedas. Me colocaron en ella con cuidado y me bajaron en el ascensor. Cerré los ojos y esperé. Me sentía muy raro, cada vez más, y eso me angustiaba mucho sin saber por qué.

Me llevaron al hospital, me hicieron pruebas. Pasamos allí varias horas. En cuanto llegamos comencé a recordar, solo un poco, lo suficiente para hacerme consciente de lo mal que estaba. Bea no dejaba de hablarme. Me tomaba la mano y me hablaba de mi novela, El pequeño Celemín, o algo así. Decía que yo se la estaba contando. Que la escribía en mi ordenador portatil todos los días. Aquello me angustió. ¿Dónde estaba mi portatil? Lo dije en voz alta.

-Vaya, Cosme, ya has recobrado el habla. Ahora te irás acordando poco a poco de todo. No te preocupes, el portatil está bajo llave en un armario, te lo damos después de desayunar. ¿No lo recuerdas?

Llegamos a tiempo para comer en la residencia. Los recuerdos habían estado goteando de mis neuronas toda la mañana. Para entonces ya sabía quién era y la relación que me unía con Beatriz. Me puse colorado al recordar cómo la trataba. Sin poder controlarme se lo dije, rogándole que me perdonara. Ella se echó a reír.

-Vaya con el viejo verde, quién iba a pensar que me pediría disculpas. Jaja.

Viendo mi expresión compungida me tomó la mano y me dijo al oído.

-Puedes decirme todo lo que quieras, lo buena que estoy, lo que te gustaría hacer conmigo. No me molesta. Me alegro de que vuelvas a ser tú mismo.

Fue un tremendo choque el que recibí aquella mañana. Me sentí como un niño indefenso, como un recién nacido. Aquello me convenció de que mi tiempo era ya muy limitado. Tenía que terminar la novela, como fuera. Tras la comida Bea me dijo que terminaba el turno pero que comería y regresaría para estar conmigo. Me negué, le dije que no, que estaba bien. Me puse cerril. Al fin cedió. Me pasé toda la tarde trabajando en la novela.No me centraba, no sabía muy bien cómo encajar los párrafos. No me rendí, lo importante es que la historia tuviera sentido, que no diera excesivos saltos en el tiempo. Fui copiando en el archivo principal los párrafos que me parecieron sincronizados cronológicamente, aunque procedieran de distintas versiones. No quise buscar  otras anotaciones ni enredarme con la segunda versión, la ñoña, como la llamo, las aventuras y desventuras del pequeño Celemín. Debía darme prisa antes de que me olvidara para siempre de quién era yo.

LOS PEQUEÑOS HUMILLADOS

CAPÍTULO I

LLEGADA AL COLEGIO-CONTINUACIÓN

El tren llegó a la estación con varias horas de retraso. Yo sentía mucho miedo. Un niño puede dejarse llevar por las más delirantes y terroríficas fantasías e incluso disfrutar con ello, pero cuando es la realidad la que te produce terror no hay criatura más indefensa que un niño.

Los niños viven en el presente, no conocen otro tiempo. Recuerdo muy bien la dificultad que tuve durante toda la infancia para considerar como real el pasado. No podía recordarlo, y cuando lo hacía los recuerdos comenzaban a formar parte de mis fantasías. Era capaz de corregirlas, incluso manipularlas sin el menor sentimiento de estar haciendo algo malo, mintiendo. Lo único real era lo que me estaba sucediendo en el preciso momento. Si alguien me daba una bofetada me dolía porque estaba ocurriendo, las bofetadas recibidas en el pasado ya no podían dolerme, razón por la cual no eran reales. Solo con los años llegaría a sentir el sufrimiento de las bofetadas pasadas como si fueran presentes. Ese fue un largo y duro aprendizaje.

Los niños también tienen dificultades para imaginarse el futuro, incluso lo que podría ocurrirles mañana. La bofetada que pueden darte mañana aún no la sientes en tu mejilla, razón por la cual eso también forma parte del mundo imaginario.
Llegar a la estación tarde era el presente. Llegar al colegio y que no nos abrieran la puerta también era presente. Sabía muy bien de las dificultades económicas de mis padres y no podía imaginarme yendo a pasar la noche a una pensión. ¿Qué iba a ocurrir si no nos abrían la puerta? El miedo se agazapó en mi barriguita, a la altura del ombligo, donde siempre se agazapaban mis miedos.

No encontramos taxi en la estación, tal vez porque ya fuera muy tarde. Mi padre decidió esperar a que llegara alguno, pero el tiempo pasaba y la estación continuaba desierta. Me cuesta imaginarme que en aquel tiempo los trenes no funcionaran de noche, es posible que fuera así, o que a partir de cierta hora solo llegara un tren cada mucho tiempo. Mi padre se cansó, se enfadó, decidió que iríamos andando y aunque el padre del otro niño no estaba por la labor y Antonio protestó y yo me atreví a alzar mi vocecita para decir que estaba muy cansado, cuando a mi papi se le metía algo en la mollera nadie podía sacárselo. Cogió mis dos maletas y se puso a caminar sin volver la vista atrás. El padre de Antonio se lo debió pensar mejor y vino tras nosotros.

No puedo recordar a aquel hombre, en mi memoria es como el hombre invisible, que puedes saber que está a tu lado porque respira, pero no puedes verlo. Yo era muy consciente del sacrificio que habían hecho mis padres para que yo fuera al colegio, como lo era ahora de lo inoportuno de aquel contratiempo y de la dificultad que tenía mi padre para desenvolverse en una gran ciudad. Quise llevar una de las maletas, tan grandes y pesadas que tuve que pensármelo unos minutos. El se rió. Insistí como un niño malcriado hasta lograr enfadarlo. Dio un par de voces y supe que lo mejor sería estar calladito.

Fue una larga y penosa caminata, como un viacrucis. Ni siquiera sabíamos dónde se encontraba el colegio y mi padre tuvo que preguntar. Por suerte la estación estaba casi en las afueras, lo mismo que el colegio, situado en unos descampados en la carretera a Madrid.

Me caía de agotamiento y de sueño, aún así apreté los dientes y decidí que ya era un hombrecito. No me quejaría hasta que cayera al suelo redondo. Cuando llegamos ya era noche cerrada. Teniendo en cuenta que estábamos en el mes de septiembre, debió de ser muy tarde. Pudimos entrar hasta el patio, con árboles, bancos y columpios. Por suerte la verja metálica no estaba cerrada con llave. Solo hubo que empujarla. Ascendimos aquella extraña escalera, hecha con enormes bloques de piedra en la que habían empotrado pequeños guijarros como un adorno. El arquitecto que lo construyó no debió pensar en los pies de los niños, resecos tras una larga caminata. Se me clavaron en la planta de los pies, atravesando la suela de los zapatos y aquello me dio muy mala espina.

Pudimos leer un letrero de que no se abría la puerta a partir de las diez de la noche. Mi padre decidió llamar. Ni se le pasó por la cabeza que aquellos curas que seguían la doctrina cristiana a rajatabla pudieran dejar en la calle a unos niños, fuera la hora que fuera. Como no le contestaran, insistió e insistió. Tenían que escuchar aquel timbre por fuerza y nadie podía tener un corazón tan duro como para no acercarse a ver quién estaba llamando.

Solo respondió el silencio. Me atreví a mirar el rostro de mi padre en la penumbra. Solo algún que otro foco del techo estaba encendido, los suficientes para que un visitante no permaneciera completamente a oscuras. En el patio un par de farolas daban una luz mortecina que dejaba casi todo el jardín en sombras. La imaginación de un niño trabaja muy bien en estos entornos. Por un momento fantaseé con la posibilidad de que extraños monstruos salieran de la oscuridad y se arrojaran sobre nosotros. No los hubiera temido tanto como la reacción de mi padre. Esta no se hizo esperar. Una vez agotada la paciencia y perdido el control comenzó a maldecir de aquellos curas de corazón de piedra. Se le escapó alguna que otra blasfemia. Su tono de voz era tan elevado que temí le pudieran escuchar en alguna parte de aquel enorme edificio. De nuevo mi fantasía se disparó. ¿Y si algún cura le oía y bajaba a ver qué pasaba? Después de tantos sacrificios, la posibilidad de que pudieran mandarme para casa me hundió en el abismo de la desesperación. No hay mayor desesperación que la de un niño, porque lo mismo que puede confiar en todo y en todos desconfía más que cualquiera cuando su esperanza naufraga.

Conocía bien aquellos arrebatos de mi padre. Sus estallidos de cólera eran como bombas que arrasaban todo a su alrededor, se transformaba en un toro capaz de embestir a todo aquel que se encontrara cerca. Sentía verdadero terror ante lo que pudiera suceder. En realidad era un hombre bonachón y bastante paciente, con un sentido del humor un poco chabacano para un niño sensible, pero alegre y hasta divertido. Su talón de Aquiles eran aquellos incontrolables estallidos de cólera. A veces comprendía sus razones para perder la paciencia, pero la desmesura de sus arrebatos hacían irracional cualquier razón. Yo era un niño asustado.

Creo que también lo estaban Antonio y su padre, porque permanecían silenciosos, mirándolo como si fuera un peligroso extraño. Yo rezaba desde lo más profundo de mi ser. Por favor, Dios mío, que no ocurra nada. No confié mucho en mi plegaria, no había tenido el menor efecto después de rezar un padrenuestro y un avemaría para que algún cura estuviera despierto. Sin embargo esta vez Dios sí pareció haberme escuchado, porque milagrosamente mi padre se calmó tras unos minutos de voces destempladas y paseos de fiera enjaulada.

Se agachó, abrió una de las maletas y rebuscó sin contemplaciones. Sacó unas mantas y las colocó sobre el suelo empedrado de guijarros. Nos dijo que él no pensaba gastarse ni un céntimo en una pensión. Ya había hecho bastantes sacrificios para comprar toda la ropa, traerme hasta aquí y pagar el colegio. Dormiríamos allí.

En la meseta castellana una noche de septiembre puede llegar a ser bastante fría, pero no lo suficiente para congelarse. Mi padre puso una prenda de ropa doblada sobre mi manta y me dijo que me acostara. Me echó por encima el albornoz blanco, obligatorio en la vestimenta de todo colegial, e intentó mostrarse cariñoso. Mañana será otro día, dijo.
El padre de Antonio tardó un tiempo en reaccionar, al fin hizo lo mismo, tal vez por miedo, aunque más probablemente por ahorrarse unas pesetas. Ellos tampoco podían permitirse el lujo de un gasto extraordinario. Nos dispusimos a pasar la noche. Me costó mucho quedarme dormido. Tiritaba de nervios y de miedo. Todo lo malo, lo peor, me parecía posible en aquel momento, hasta que verdaderos monstruos brotaran del jardín. El cansancio, el agotamiento, acabó por vencerme.

Me desperté sobresaltado. No recordaba muy bien la pesadilla, pero sí la angustia que me produjera. Tenía la espalda molida por aquellos malditos guijarros puntiagudos que algún idiota pusiera allí como adorno. No encontraba una buena postura, me pusiera como me pusiera algún guijarro se clavaba en mi cuerpecito menudo. Recé para que Dios me concediera el sueño. A la mañana siguiente quería estar fresco, al menos lo suficiente para causar una buena impresión a los curas. Pensaba que de ello dependería la posibilidad de seguir estudiando. Me aterrorizaba la posibilidad de tener que convertirme en minero, como mi padre, y bajar al fondo de la mina. No podría soportarlo.

Aquella noche me desperté tantas veces que a punto estuve de bajar los brazos y entregarme. Bien hubiera podido permanecer allí horas y horas, en aquel silencio mágico. El agua de las fuentes del parque producía un ruido relajante, muy agradable. Por otro lado tenía suficientes temas para fantasear. ¿Cómo sería el colegio? ¿Sería verdad que había tantos campos de futbol? Echaba de menos mi cama, la posibilidad de cerrar la puerta de la habitación y leer algún tebeo a la luz de la linterna, para que mis padres no vieran luz bajo la puerta y vinieran a ver por qué no me dormía.
No hay noche tan larga que no termine con la alborada. Cuando abrí los ojos mi padre ya estaba en pie. Había ido a mojarse la cara a la fuente más cercana y se estaba secando con una toalla. Me pidió que me levantara y me lavara también un poco. Luego recogió las mantas, las metió de cualquier manera en la maleta e intentó cerrarla. Tuvo que sentarse encima y maldecir durante varios minutos hasta conseguir que los cierres encajaran. Mientras tanto Antonio y su padre se levantaron en silencio, disponiéndose a esperar hasta que se abriera la puerta.

Mi padre no pudo esperar. Volvió a llamar y a insistir, muy nervioso. Al cabo de unos minutos se encendieron luces en el interior y se oyeron pasos. Mi padre miró su reloj de pulsera. No me atreví a preguntarle la hora, no me atreví ni siquiera a moverme. Permanecí paralizado, casi sin respirar. Había llegado el momento.

Y el momento llegó. Un fraile, con hábito negro, como ala de cuervo, capucha a la espalda, un cinturón de cuero rodeando su cintura y unas sandalias en los pies descalzos apareció en el umbral. De un vistazo se hizo cargo de la situación. Se dirigió a mi padre. Quería saber si habíamos dormido allí. ¿Cómo podía saberlo? Entonces vi la toalla sobre el murete de piedra. No se le escapaba una al frailecito.

Antes de que mi padre pudiera contestar ya se estaba lamentando el cura. Lo sentía mucho, pero eran las normas, a las diez se cerraban las puertas y no se abría a nadie.¿Qué había pasado? Mi padre pudo por fin explicar la situación. Balbuceaba un poco. Estaba asustado. No tanto como yo, pero sí bastante.

El fraile nos invitó a pasar y todos accedimos al vestíbulo. Era enorme. Yo no había visto nada parecido, claro que había visto muy pocas cosas. El techo era muy alto y en aquel vestíbulo bien podían coger más de cincuenta personas y creo que sin muchas apreturas. En un rincón un mostrador que al parecer se utilizaba como recepción. Al fondo unas cristaleras enrejadas separaban el lugar de un amplio pasillo.

 

PRIMERA ENTREVISTA CON EL LOCO V


CIÑERA

La carta que escribí aquellas vacaciones marcó una ruptura abisal en mi vida. No era muy larga. Me limitaba a decir que no volvería. Que después de haberlo pensado mucho, estaba convencido de que no tenía vocación y esperaba llevar una vida más cristiana fuera que dentro. Agradecía sus desvelos y me despedía de todos ellos. Me contestaron muy solícitos, explicándome que aquella era una de esas crisis vocacionales que todos padecemos en el camino del Señor. 

“No cedí. Salí al mundo, al demonio y a la carne –como calificaban ellos la vida profana-  para descubrir que era un auténtico bobo indefenso, un corderito balador al que los lobos depredarían en un santiamén. 

El loco se levantó. Tomó el cenicero y lo colocó sobre sus rodillas. Encendió un pitillo y lo chupó como si fuera una teta. Sus rodillas estaban temblando. El temblor se fue acentuando hasta resultar llamativo. Mi madre hubiera observado que tenía el baile de San Vito. Imagino que se trataba de una enfermedad de posguerra, caracterizada por  temblores. Cerró los ojos, procurando que el cenicero no se fuera al suelo. Bueno, pensé, ahora me contará lo que le produce ese miedo, sea lo que sea. 

“Fue un choque del que nunca me recuperé. Mis padres se trasladaron del pueblo a la ciudad. Me puse a buscar trabajo, desesperadamente. Mi padre estaba de baja por enfermedad (le descontaban un 25% del sueldo y éste era muy bajo) y yo no deseaba ser una carga. Lo pasábamos mal. Mi propina consistía en cinco duros al mes. Con ellos podía comprarme un libro de bolsillo de bruguera o ir al cine.  La necesidad de un nuevo sueldo era imperiosa. 

“A pesar de mi bachillerato superior me resultaba imposible encontrar trabajo. Ni siquiera de peón de albañil o camarero encontraba nada. Miraba los periódicos, pateaba las calles, todo era inútil. Mi desesperación subía un grado más cada día que pasaba. Me levantaba tarde. Las noches en claro oyendo la radio, al loco de la colina (yo me sentía un auténtico loco de la colina) o leyendo, o intentando escribir algo, cualquier cosa.  “Recuerdo que fue un verano. Nunca soporté el calor. Permanecía en la cama, oyendo al loco, leyendo una novela de Julien Green, creo que era “Cada hombre en su noche. Me sentía deprimido, hundido, desesperado. Para mí el futuro no existía. No encontraba trabajo, no tenía amigos, no lograba ni mirar a una mujer sin echarme a temblar. A pesar de que había logrado arrancar de mi mente el infierno y la religión, no podía dejar de pensar que el abandono del camino hacia el sacerdocio estaba siendo mi perdición. Dios me estaba castigando por ello. 

“Los nervios estaban rotos, la desesperación crecía y crecía y la vida no tenía para mí el menor sentido. Prefería enfrentarme a Dios y aceptar las consecuencias que enfrentarme a la vida, solo e indefenso. Me levanté de la cama, pasee por la pequeña habitación como un lobo enjaulado. Me asomé a la ventana. Una idea satánica pasó por mi mente. Me alcé hasta el alfeizar. Estaba en calzoncillos. Allí, de pie, me planteé durante unos segundos si sería capaz de arrojarme al vacío. 

LEON

“Nunca entenderé de dónde saqué la resolución para doblar las rodillas y saltar. Vivíamos en un tercer piso. Una altura no demasiado alta, sino fuera porque los pisos eran bastante altos. Dicen que antes de morir pasa tu vida en la pantalla de tu mente y esos segundos previos al final son eternos. Debo decir que por mi experiencia eso no es cierto. Ni siquiera me dio tiempo formar una sola idea en la cabeza.  

 “De pronto estuve tumbado en el suelo. Ni siquiera sentía dolor. Solo la sensación de un golpe espantoso y de que los nervios debían haberse cortado, porque no sentía nada.  Mi cuerpo estaba paralizado, mi mente sufría un shock que me impedía pensar con claridad. Tenía los ojos abiertos, porque podía ver el color de la noche.  

“De pronto se abrió una ventana y un grito desgarrador taladró mi alma. Pude reconocer la voz de mi madre. Nunca olvidaré aquel grito inhumano que me partió en dos. El resto lo viví como una pesadilla. Una ambulancia debió llevarme al hospital, mientras en mi cabeza continuaba oyendo la voz de mi madre que me consideraba muerto.  

 “Supongo que perdí el conocimiento. Cuando desperté estaba sobre una cama de hospital, sábanas blancas, paredes blancas… mente en blanco. Algún médico me explicó con la frialdad que los caracteriza cómo estaba mi cuerpo. Me había roto varias vértebras, puede que lumbares, me había roto el tobillo derecho; pensaban que no podrían salvarme el riñón izquierdo; desconocían los daños internos; temían que el trauma craneal pudiera tener consecuencias serias. Permanecería en observación una temporada. Tal vez tuvieran que operarme. Tal vez quedara paralítico. No podían saber cómo evolucionaría. 

 

VISTA GENERAL DEL HOSPITAL VIRGEN BLANCA
HOSPITAL VIRGEN BLANCA

 “No recuerdo las visitas de mis padres, aunque me las imagino. Curiosamente evolucioné bien y deprisa. Los médicos, como me ocurriría a lo largo de mi vida, no salían de su asombro. Poseía una naturaleza digna de estudio. El riñón curó sin operar. Solo utilizaron antiinflamatorios y otra clase de medicación que me introdujeron a través de un gotero, como lo llamaba mi padre. 

 “No me operaron la columna. Me pusieron una faja ortopédica, me escayolaron el tobillo. Me colocaron un collarín en el cuello. No podía moverme. Las enfermeras me daban cambios posturales cada cierto tiempo. Creo que podía mover las manos, porque me recuerdo leyendo un libro y moviendo el dial de un transistor. 

-¡Dios mío!  La voz era mía. Creí haberlo pensado, pero solo cuando oí la grabación comprendí que no pude retenerla dentro de mi cráneo. Me sentía muy afectado, a pesar de la borrachera. El loco lo había narrado con los ojos cerrados y el cenicero temblando en sus rodillas. Ahora se levantó y bebió de un trago el licor que restaba en su copa. Se sirvió otra, doble, echó unos cubitos de hielo, que aún no se habían deshecho, y se la bebió sin respirar. Luego volvió a llenar la copa y la dejó reposar sobre la mesa. Retrocedió hasta el sofá y se sentó. Los ojos cerrados. En silencio.  Nunca he podido entender el suicidio. Puedo comprender a un asesino en serie que mata por impulso, por venganza o por pura bestialidad. Puedo comprender la violencia. Puedo comprenderlo casi todo. Pero no puedo con el suicidio. Se me atraganta. Haga uno lo que haga siempre estará vivo. Excepto en el caso del suicidio.  Desarrollas una violencia bestial contra ti mismo y luego mueres. Desapareces. No queda nada de ti. Nada. Nothing.  No es una cuestión religiosa. No creo que exista Dios, por lo tanto no puedo castigarte. No es una cuestión moral. Nadie tiene derecho a disponer de su propia vida y bla, bla y blá. Ni siquiera es una cuestión humanitaria: los que se quedan, los que te han querido.

 No, nada de eso me conmueve. Es otra cosa. Es decir, ahora existo, ahora no existo. Si la muerte te atrapa,  te resignas, todos somos mortales. Pero si tú mismo alzas tu mano contra tu cuerpo y violentamente lo destruyes. Entonces…Entonces no comprendo nada.  En la grabación se mascaba el silencio. Cuando la escuché, en mi despacho, pude oír mis gemidos y hasta me atrevería a decir que mis sollozos. En cambio del loco no oí nada. Su silencio era absoluto. Un cadáver hubiera hecho menos ruido. Me serví una copa hasta el borde y me la bebí sin respirar. Sentí el licor quemándome la garganta las entrañas. Posé mi cabeza en el sofá y respiré hondo. Una y otra vez… Una y otra vez…

No sé cuánto duró el silencio. Podría saberlo si dejara correr la cassette con un cronómetro en la mano. Pero vomitaría si me atreviera a hacerlo. Finalmente hablé, para que el silencio no nos devorase a los dos.

  -¿Cuánto tiempo estuvo en el hospital?

  -Creo que más de seis meses. Lo peor fue la columna. No se atrevían a operar por miedo a dejarme paralítico de por vida. Incluso hasta un mes antes pensaron que tal vez no pudiera andar. Dejaron que las vértebras se soldaran solas. 

FAJA

 “Cuando salí de allí llevaba una faja ortopédica, una muleta en cada mano y el alma destrozada. Permanecí en casa. En la cama. Leyendo, escuchando al loco de la colina. No podía asimilar que estuviera vivo. No podía aceptar que hubiera intentado matarme. 

 -¿Cómo reaccionaron sus padres?

-Mal . Nunca me lo perdonaron. Mi madre me cuidaba y mi padre hablaba poco. A veces les oía hablar desde la cama. Mi madre pensaba que yo no tenía remedio y se quejaba a Dios de haberle dado un hijo así. Creo que sí es cierto que intenté matarme con el cordón umbilical en su vientre, debió de ser previendo esta escena. 

-¿Cómo se recuperó? 

 -Físicamente solo fue cuestión de tiempo. Pero psicológicamente nunca me recuperé. 

 “Estaba tan mal de los nervios que mis padres gestionaron mi ingreso en una clínica psiquiátrica. Yo era entonces menor de edad. Recuerde que durante el franquismo la mayoría de edad no se alcanzaba hasta los veintiuno. Allí tuve que aceptar que hicieran conmigo lo que quisieran. 

electroshock

“Los psiquiatras estaban convencidos de que una patología tan seria solo desaparecería con electroshocks. Ya sabe… Te ponen unos cables en la cabeza, te colocan un aparato de goma en la boca, para que no te rompas los dientes y… Te dan corriente como si fueras un horno eléctrico. 

 -¿Qué efectos le produjo ese tratamiento? 

 -No sentía dolor. Creo que al principio un poco. Lo peor era despertarse y no recordar quién eras. 

-¿Ni siquiera recordaba su nombre? 

 -Ni siquiera. Tardaba horas en recuperar algo de memoria. Durante ellas no cesaba de preguntarme quién era y qué hacía allí. A las enfermeras las volvía locas. ¿Quién soy? ¿Dónde estoy? No

A las enfermeras las volvía locas. ¿Quién soy? ¿Dónde estoy? No querían responderme. Pronto recuperará la memoria, decían sin el menor esfuerzo para no resultar secas.  Yo insistía, porque una entidad consciente no puede vivir sin memoria. En cierta ocasión leí algo sobre un científico que pensaba que el ser humano era un 99% de memoria y el resto… Pues bien. A mí me faltaba el 99% de mi personalidad. 

 “Me pasaba las horas formulando hipótesis. Yo era un asesino en serie al que habían lobotomizado para que no recordara su pasado… 

-¿En serio que llegó a pensar eso? 

 -Entre otras muchas cosas. No se puede vivir sin memoria. La personalidad no existe si no recuerdas. Yo intentaba llenar ese vacío. Hasta llegué a plantearme si no estaría muerto y viviendo la confusión que sufren los muertos, antes de darse cuenta de que lo están. 

 “Me dieron diez sesiones, más o menos. Eso que recuerde. O puede que me dieran aún otra tanda. Cada vez que me llevaban en la camilla, camino del sótano, pataleaba y gritaba. Me rebelaba y les amenazaba con matarles en cuanto pudiera librarme de las correas. Ellos se reían y yo les maldecía. Pedía a Dios que acabara con ellos, que les castigara como ellos me castigaban a mí. 

 -¿Cómo salió de allí? 

-Gracias a Dios la clínica era de pago y mis padres no podían mantenerme allí más tiempo. No les llegaba el dinero. Gestionaron mi traslado a otra clínica de otra ciudad, regentada por una orden religiosa. La Diputación se hacía cargo. O fue otro organismo. No lo recuerdo. Me llevaron en una ambulancia y me ingresaron en una habitación con otros tres enfermos. Imagino que no debieron pensar que era un loco peligroso, porque sí recuerdo que uno de ellos era un alcohólico. 

“No podía comprender lo que estaban haciendo conmigo. Porque yo no mejoraba. Cada día estaba peor, más deprimido, más hundido, con más ganas de quitarme la vida. Cuando mis padres me visitaban les suplicaba llorando que me sacaran de allí. Pero ellos hacían caso de un médico, joven, con gafas, y más tieso que un palo. Él creía que era preciso tenerme allí el tiempo que fuera necesario hasta conseguir mi curación.

 “¿Cómo pensaban curarme? ¿Con electroshocks? ¿Teniendo que ver todos los días a dementes y otros enfermos con patologías severas? ¿Privándome de cariño y tratándome como a una silla? Decidí ponerme en huelga de hambre.

  -¿Fue capaz de hacerlo?

  -Mire. Si hay algo difícil en la vida para mí, es dejar de comer. Me quedo un día sin ingerir alimento y mi vida se convierte en un infierno. Sin embargo lo hice. 

 -¿Cuánto persistió en la huelga de hambre? 

EMBUDO

 -Hubiera aguantado hasta morirme. La decisión estaba tomada y cuando yo tomo una decisión ni Dios puede conmigo. Sin embargo no me dejaron. Me alimentaban a la fuerza. Y no con suero. Me ataban fuertemente, me ponían un embudo de plástico en la boca y por allí echaban el alimento en puré, desde una gran perola. Me obligaban a tragar. Me golpeaban. Yo me atragantaba y vomitaba. Y ellos insistían una y otra vez… una y otra vez…  El loco estaba a punto de sollozar. Se levantó y apuró de nuevo la copa. Apenas era capaz de hablar sin balbuceos e incoherencias. Su borrachera era ya muy acusada. A pesar de ello se esforzaba en seguir narrando su historia.  Lo hacía como si estuviera viendo lo sucedido. Como si delirara y aquellas escenas estuvieran delante de sus ojos.  Decidí parar un poco semejante desatino. Le ofrecí un pitillo del paquete que él mismo había colocado sobre la mesa. Se lo encendí y casi a empujones lo llevé hasta la ventana. La abrí y el ruido de la ciudad penetró hasta aquel salón, que muy bien hubiera podido ser la mazmorra de un castillo de la Edad Media, a juzgar por lo que él loco estaba contando. Un aire fresco penetró en una gran oleada. Respiramos. La boca muy abierta, sin decir nada.