PRIMERA ENTREVISTA CON EL LOCO V


CIÑERA

La carta que escribí aquellas vacaciones marcó una ruptura abisal en mi vida. No era muy larga. Me limitaba a decir que no volvería. Que después de haberlo pensado mucho, estaba convencido de que no tenía vocación y esperaba llevar una vida más cristiana fuera que dentro. Agradecía sus desvelos y me despedía de todos ellos. Me contestaron muy solícitos, explicándome que aquella era una de esas crisis vocacionales que todos padecemos en el camino del Señor. 

“No cedí. Salí al mundo, al demonio y a la carne –como calificaban ellos la vida profana-  para descubrir que era un auténtico bobo indefenso, un corderito balador al que los lobos depredarían en un santiamén. 

El loco se levantó. Tomó el cenicero y lo colocó sobre sus rodillas. Encendió un pitillo y lo chupó como si fuera una teta. Sus rodillas estaban temblando. El temblor se fue acentuando hasta resultar llamativo. Mi madre hubiera observado que tenía el baile de San Vito. Imagino que se trataba de una enfermedad de posguerra, caracterizada por  temblores. Cerró los ojos, procurando que el cenicero no se fuera al suelo. Bueno, pensé, ahora me contará lo que le produce ese miedo, sea lo que sea. 

“Fue un choque del que nunca me recuperé. Mis padres se trasladaron del pueblo a la ciudad. Me puse a buscar trabajo, desesperadamente. Mi padre estaba de baja por enfermedad (le descontaban un 25% del sueldo y éste era muy bajo) y yo no deseaba ser una carga. Lo pasábamos mal. Mi propina consistía en cinco duros al mes. Con ellos podía comprarme un libro de bolsillo de bruguera o ir al cine.  La necesidad de un nuevo sueldo era imperiosa. 

“A pesar de mi bachillerato superior me resultaba imposible encontrar trabajo. Ni siquiera de peón de albañil o camarero encontraba nada. Miraba los periódicos, pateaba las calles, todo era inútil. Mi desesperación subía un grado más cada día que pasaba. Me levantaba tarde. Las noches en claro oyendo la radio, al loco de la colina (yo me sentía un auténtico loco de la colina) o leyendo, o intentando escribir algo, cualquier cosa.  “Recuerdo que fue un verano. Nunca soporté el calor. Permanecía en la cama, oyendo al loco, leyendo una novela de Julien Green, creo que era “Cada hombre en su noche. Me sentía deprimido, hundido, desesperado. Para mí el futuro no existía. No encontraba trabajo, no tenía amigos, no lograba ni mirar a una mujer sin echarme a temblar. A pesar de que había logrado arrancar de mi mente el infierno y la religión, no podía dejar de pensar que el abandono del camino hacia el sacerdocio estaba siendo mi perdición. Dios me estaba castigando por ello. 

“Los nervios estaban rotos, la desesperación crecía y crecía y la vida no tenía para mí el menor sentido. Prefería enfrentarme a Dios y aceptar las consecuencias que enfrentarme a la vida, solo e indefenso. Me levanté de la cama, pasee por la pequeña habitación como un lobo enjaulado. Me asomé a la ventana. Una idea satánica pasó por mi mente. Me alcé hasta el alfeizar. Estaba en calzoncillos. Allí, de pie, me planteé durante unos segundos si sería capaz de arrojarme al vacío. 

LEON

“Nunca entenderé de dónde saqué la resolución para doblar las rodillas y saltar. Vivíamos en un tercer piso. Una altura no demasiado alta, sino fuera porque los pisos eran bastante altos. Dicen que antes de morir pasa tu vida en la pantalla de tu mente y esos segundos previos al final son eternos. Debo decir que por mi experiencia eso no es cierto. Ni siquiera me dio tiempo formar una sola idea en la cabeza.  

 “De pronto estuve tumbado en el suelo. Ni siquiera sentía dolor. Solo la sensación de un golpe espantoso y de que los nervios debían haberse cortado, porque no sentía nada.  Mi cuerpo estaba paralizado, mi mente sufría un shock que me impedía pensar con claridad. Tenía los ojos abiertos, porque podía ver el color de la noche.  

“De pronto se abrió una ventana y un grito desgarrador taladró mi alma. Pude reconocer la voz de mi madre. Nunca olvidaré aquel grito inhumano que me partió en dos. El resto lo viví como una pesadilla. Una ambulancia debió llevarme al hospital, mientras en mi cabeza continuaba oyendo la voz de mi madre que me consideraba muerto.  

 “Supongo que perdí el conocimiento. Cuando desperté estaba sobre una cama de hospital, sábanas blancas, paredes blancas… mente en blanco. Algún médico me explicó con la frialdad que los caracteriza cómo estaba mi cuerpo. Me había roto varias vértebras, puede que lumbares, me había roto el tobillo derecho; pensaban que no podrían salvarme el riñón izquierdo; desconocían los daños internos; temían que el trauma craneal pudiera tener consecuencias serias. Permanecería en observación una temporada. Tal vez tuvieran que operarme. Tal vez quedara paralítico. No podían saber cómo evolucionaría. 

 

VISTA GENERAL DEL HOSPITAL VIRGEN BLANCA
HOSPITAL VIRGEN BLANCA

 “No recuerdo las visitas de mis padres, aunque me las imagino. Curiosamente evolucioné bien y deprisa. Los médicos, como me ocurriría a lo largo de mi vida, no salían de su asombro. Poseía una naturaleza digna de estudio. El riñón curó sin operar. Solo utilizaron antiinflamatorios y otra clase de medicación que me introdujeron a través de un gotero, como lo llamaba mi padre. 

 “No me operaron la columna. Me pusieron una faja ortopédica, me escayolaron el tobillo. Me colocaron un collarín en el cuello. No podía moverme. Las enfermeras me daban cambios posturales cada cierto tiempo. Creo que podía mover las manos, porque me recuerdo leyendo un libro y moviendo el dial de un transistor. 

-¡Dios mío!  La voz era mía. Creí haberlo pensado, pero solo cuando oí la grabación comprendí que no pude retenerla dentro de mi cráneo. Me sentía muy afectado, a pesar de la borrachera. El loco lo había narrado con los ojos cerrados y el cenicero temblando en sus rodillas. Ahora se levantó y bebió de un trago el licor que restaba en su copa. Se sirvió otra, doble, echó unos cubitos de hielo, que aún no se habían deshecho, y se la bebió sin respirar. Luego volvió a llenar la copa y la dejó reposar sobre la mesa. Retrocedió hasta el sofá y se sentó. Los ojos cerrados. En silencio.  Nunca he podido entender el suicidio. Puedo comprender a un asesino en serie que mata por impulso, por venganza o por pura bestialidad. Puedo comprender la violencia. Puedo comprenderlo casi todo. Pero no puedo con el suicidio. Se me atraganta. Haga uno lo que haga siempre estará vivo. Excepto en el caso del suicidio.  Desarrollas una violencia bestial contra ti mismo y luego mueres. Desapareces. No queda nada de ti. Nada. Nothing.  No es una cuestión religiosa. No creo que exista Dios, por lo tanto no puedo castigarte. No es una cuestión moral. Nadie tiene derecho a disponer de su propia vida y bla, bla y blá. Ni siquiera es una cuestión humanitaria: los que se quedan, los que te han querido.

 No, nada de eso me conmueve. Es otra cosa. Es decir, ahora existo, ahora no existo. Si la muerte te atrapa,  te resignas, todos somos mortales. Pero si tú mismo alzas tu mano contra tu cuerpo y violentamente lo destruyes. Entonces…Entonces no comprendo nada.  En la grabación se mascaba el silencio. Cuando la escuché, en mi despacho, pude oír mis gemidos y hasta me atrevería a decir que mis sollozos. En cambio del loco no oí nada. Su silencio era absoluto. Un cadáver hubiera hecho menos ruido. Me serví una copa hasta el borde y me la bebí sin respirar. Sentí el licor quemándome la garganta las entrañas. Posé mi cabeza en el sofá y respiré hondo. Una y otra vez… Una y otra vez…

No sé cuánto duró el silencio. Podría saberlo si dejara correr la cassette con un cronómetro en la mano. Pero vomitaría si me atreviera a hacerlo. Finalmente hablé, para que el silencio no nos devorase a los dos.

  -¿Cuánto tiempo estuvo en el hospital?

  -Creo que más de seis meses. Lo peor fue la columna. No se atrevían a operar por miedo a dejarme paralítico de por vida. Incluso hasta un mes antes pensaron que tal vez no pudiera andar. Dejaron que las vértebras se soldaran solas. 

FAJA

 “Cuando salí de allí llevaba una faja ortopédica, una muleta en cada mano y el alma destrozada. Permanecí en casa. En la cama. Leyendo, escuchando al loco de la colina. No podía asimilar que estuviera vivo. No podía aceptar que hubiera intentado matarme. 

 -¿Cómo reaccionaron sus padres?

-Mal . Nunca me lo perdonaron. Mi madre me cuidaba y mi padre hablaba poco. A veces les oía hablar desde la cama. Mi madre pensaba que yo no tenía remedio y se quejaba a Dios de haberle dado un hijo así. Creo que sí es cierto que intenté matarme con el cordón umbilical en su vientre, debió de ser previendo esta escena. 

-¿Cómo se recuperó? 

 -Físicamente solo fue cuestión de tiempo. Pero psicológicamente nunca me recuperé. 

 “Estaba tan mal de los nervios que mis padres gestionaron mi ingreso en una clínica psiquiátrica. Yo era entonces menor de edad. Recuerde que durante el franquismo la mayoría de edad no se alcanzaba hasta los veintiuno. Allí tuve que aceptar que hicieran conmigo lo que quisieran. 

electroshock

“Los psiquiatras estaban convencidos de que una patología tan seria solo desaparecería con electroshocks. Ya sabe… Te ponen unos cables en la cabeza, te colocan un aparato de goma en la boca, para que no te rompas los dientes y… Te dan corriente como si fueras un horno eléctrico. 

 -¿Qué efectos le produjo ese tratamiento? 

 -No sentía dolor. Creo que al principio un poco. Lo peor era despertarse y no recordar quién eras. 

-¿Ni siquiera recordaba su nombre? 

 -Ni siquiera. Tardaba horas en recuperar algo de memoria. Durante ellas no cesaba de preguntarme quién era y qué hacía allí. A las enfermeras las volvía locas. ¿Quién soy? ¿Dónde estoy? No

A las enfermeras las volvía locas. ¿Quién soy? ¿Dónde estoy? No querían responderme. Pronto recuperará la memoria, decían sin el menor esfuerzo para no resultar secas.  Yo insistía, porque una entidad consciente no puede vivir sin memoria. En cierta ocasión leí algo sobre un científico que pensaba que el ser humano era un 99% de memoria y el resto… Pues bien. A mí me faltaba el 99% de mi personalidad. 

 “Me pasaba las horas formulando hipótesis. Yo era un asesino en serie al que habían lobotomizado para que no recordara su pasado… 

-¿En serio que llegó a pensar eso? 

 -Entre otras muchas cosas. No se puede vivir sin memoria. La personalidad no existe si no recuerdas. Yo intentaba llenar ese vacío. Hasta llegué a plantearme si no estaría muerto y viviendo la confusión que sufren los muertos, antes de darse cuenta de que lo están. 

 “Me dieron diez sesiones, más o menos. Eso que recuerde. O puede que me dieran aún otra tanda. Cada vez que me llevaban en la camilla, camino del sótano, pataleaba y gritaba. Me rebelaba y les amenazaba con matarles en cuanto pudiera librarme de las correas. Ellos se reían y yo les maldecía. Pedía a Dios que acabara con ellos, que les castigara como ellos me castigaban a mí. 

 -¿Cómo salió de allí? 

-Gracias a Dios la clínica era de pago y mis padres no podían mantenerme allí más tiempo. No les llegaba el dinero. Gestionaron mi traslado a otra clínica de otra ciudad, regentada por una orden religiosa. La Diputación se hacía cargo. O fue otro organismo. No lo recuerdo. Me llevaron en una ambulancia y me ingresaron en una habitación con otros tres enfermos. Imagino que no debieron pensar que era un loco peligroso, porque sí recuerdo que uno de ellos era un alcohólico. 

“No podía comprender lo que estaban haciendo conmigo. Porque yo no mejoraba. Cada día estaba peor, más deprimido, más hundido, con más ganas de quitarme la vida. Cuando mis padres me visitaban les suplicaba llorando que me sacaran de allí. Pero ellos hacían caso de un médico, joven, con gafas, y más tieso que un palo. Él creía que era preciso tenerme allí el tiempo que fuera necesario hasta conseguir mi curación.

 “¿Cómo pensaban curarme? ¿Con electroshocks? ¿Teniendo que ver todos los días a dementes y otros enfermos con patologías severas? ¿Privándome de cariño y tratándome como a una silla? Decidí ponerme en huelga de hambre.

  -¿Fue capaz de hacerlo?

  -Mire. Si hay algo difícil en la vida para mí, es dejar de comer. Me quedo un día sin ingerir alimento y mi vida se convierte en un infierno. Sin embargo lo hice. 

 -¿Cuánto persistió en la huelga de hambre? 

EMBUDO

 -Hubiera aguantado hasta morirme. La decisión estaba tomada y cuando yo tomo una decisión ni Dios puede conmigo. Sin embargo no me dejaron. Me alimentaban a la fuerza. Y no con suero. Me ataban fuertemente, me ponían un embudo de plástico en la boca y por allí echaban el alimento en puré, desde una gran perola. Me obligaban a tragar. Me golpeaban. Yo me atragantaba y vomitaba. Y ellos insistían una y otra vez… una y otra vez…  El loco estaba a punto de sollozar. Se levantó y apuró de nuevo la copa. Apenas era capaz de hablar sin balbuceos e incoherencias. Su borrachera era ya muy acusada. A pesar de ello se esforzaba en seguir narrando su historia.  Lo hacía como si estuviera viendo lo sucedido. Como si delirara y aquellas escenas estuvieran delante de sus ojos.  Decidí parar un poco semejante desatino. Le ofrecí un pitillo del paquete que él mismo había colocado sobre la mesa. Se lo encendí y casi a empujones lo llevé hasta la ventana. La abrí y el ruido de la ciudad penetró hasta aquel salón, que muy bien hubiera podido ser la mazmorra de un castillo de la Edad Media, a juzgar por lo que él loco estaba contando. Un aire fresco penetró en una gran oleada. Respiramos. La boca muy abierta, sin decir nada. 

 

 

 

 

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