LOS PEQUEÑOS HUMILLADOS III


DIARIO DEL AUTOR

DIARIO

Me he quedado solo en el comedor, mientras recogen los platos de la cena. Todo el mundo se ha ido de excursión. No sé dónde ni sé a qué. Se quedan a dormir en otra residencia o en un colegio o no sé dónde.  Esta mañana lo celebraban con palmas y canciones. El autobús ha salido muy pronto y con tanto ruido era imposible seguir luchando por unos minutos más de sueño. En mi juventud dormía como un lirón, así cayeran rayos y truenos sobre mi cabeza. También me jactaba de poder comer hasta piedras sin que mi estómago se resintiera lo más mínimo. Fueron fanfarronadas estúpidas de juventud, cuando uno se siente tan vital que cree que la batería nunca se descargará y que el cuerpo y la mente funcionarán siempre con esa facilidad que la naturaleza concede a la gran mayoría al nacer, como una oportunidad maravillosa, como un don que pensamos nos es debido por el mero hecho de existir.

¡Qué equivocado estaba! La juventud es un soplo, el cuerpo un vehículo que no se deteriora día tras día. Quien pensaba iba a poder comer piedras el resto de su vida, ahora tiene que limitarse a comer purés y papillas y rezar para que la úlcera no te castigue. Quien creía iba a conservar la lucidez mental hasta el último momento, ahora se despierta temiendo no recordar quién es.

Hubo un tiempo en el que yo fui joven, ingenuo y romántico. Entonces imaginaba que con tan solo una pizca de suerte, la vida lamería mi mano. Las más hermosas mujeres harían cola ante mi lecho, lograría la fama y el laurel de los grandes escritores y el dinero me permitiría realizar los míseros sueños que solo pueden alcanzarse con el vil metal. Hoy casi lamento haberme pasado años y años escribiendo novelas que nadie leerá cuando me muera, que muy pocos han leído cuando las subí a Internet. Ahí permanecen, en algún rincón virtual, criando polvo, como un monumento a la estupidez. Algo falló. No era tan buen escritor como pensaba o no basta con escribir bien, también es preciso poseer buena estrella.

Haciendo de tripas corazón decidí leer estos primeros compases de la historia a “Bea”. Me temo que escuchó con paciencia solo porque ha decidido tener mucha paciencia conmigo, por alguna razón que se me escapa. Cuando le pregunté qué le parecía el tonto del pequeño Celemín, se limitó a sonreír sin saber qué decirme. ¿No te parece demasiado ñoño? No sabía quién era Bubú. Tuve que armarme de paciencia y hablarle del oso Yogui y de otros dibujos animados de mi infancia. De los cromos que compraba en el puesto de pipas y de los álbumes que iba rellenando poco a poco y con gran sacrificio. Hoy los niños prefieren las videoconsolas y jugar a la guerra. Ella misma le acababa de regalar una a un sobrinito por su cumpleaños.

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Aún no tengo claro si merece la pena continuar con la historia del Pequeño Celemín. Estoy comenzando a odiar a ese niño repelente, incapaz de asumir que Bubú nunca existió y que la vida no es un cuento de hadas o una historia de dibujos animados. Mientras tecleo en el portátil, esperando que se me cierre un ojo para irme a la cama o dar un paseo por el jardín, esta noche en la que nadie me molestará, me pregunto por qué se me habrá metido entre ceja y ceja rematar esta novela, precisamente, como una especie de legado para la humanidad. Mi infancia no interesa a nadie, creo que ni siquiera a mí mismo. Tan solo se trata de intentar recuperar al niño que fui, antes el viejo y decrépito abuelo estire la pata pensando que su vida fue inútil y nada mereció realmente la pena.

AVENTURAS Y DESVENTURAS DEL PEQUEÑO CELEMÍN II

EL COLEGIO

Durante estos días todos aprovechan para divertirse antes de que empiece el curso. Lo que más me gusta es leer tebeos, son inagotables, la mesa del profesor está llena de montones de elos. Uno puede ir cogiendo de uno en uno y nunca termina de leerlos todos. Los que más me gustan son los tebeos de la marca Marvel, que tiene personajes tan divertidos como Spiderman (el hombre araña) o Batman (el hombre murciélago) o tantos otros que  hacen cosas increibles porque tienen superpoderes y son superhéroes. Nadie puede con ellos. Me paso las horas muertas con la cabeza metida en el tebeo y nada me distrae de los vuelos de Batman, y Spiderman para combatir el mal.

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Parece que los chivinas hemos venido antes porque tenemos que adaptarnos. Los mayores vienen justo el día anterior de que empiecen las clases. Ya no hace el calor del verano y es una pena porque así no podemos darnos un baño en la piscina que tiene una pinta estupenda. Yo creo que era olímpica, pero no me han dicho los compañeros que las olímpicas son enormes, como un campo de futbol, así que esto es al parecere la mitad, unos veinticino metros de largo. Tiene cespdes alrededor y unos arbolitos para dar sombra Está rodeado por un seto muy alto y hasta tiene trampolín y todo. Lo he visto por la tarde, después de la merienda, porque cierran las clases y ya no puedo quedarme leyendo tebeos. Así que salimos al patio y como no hay balones porque están cerrados bajo llave en los armarios del sótano, nos dedicamos a pasear por los campos de futbol y a explorar los alrededores. Al final de los campos está la piscina y más allá está la huerta, , pasada una chopera y ya cerca del colegio de los dominicos con quienes según me han dicho, nos llevamos muy mal porque somos grandes enemigos en las competiciones deportivas y porque eson esto y lo otro y lo demás allá, aunque a mí me parece que pasa como con los vecinos que por muy majos que sean siemre hay que hablar  mal de ellos y llevarse mal porque de otra forma no serían vecinos.

La huerta es muy grande y al pareer tiene casi de todo, patatas, lechugas, tomates, zanahorias y todo lo que se puede cultivar en una huerta hasta espárragos. No creo que necesiten comprar nada de verdura para darnos de comer, con lo que hay en la huerta y un poco de carne y pescado y algo de legumbre tienen para  alimentar a un regimiento durante todo un año.

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FASA RENAULT – FACTORÍA DE MOTORES Nº 1 Y DE PARTES MECÁNICAS (VALLADOLID, EN TORNO A 1970)

Al lado izquierdo de los campos defutbol está la fábrica de Fasa Renault, unas naves enormes donde se hacen muchos muchísimos coches. Esta separada del colegio por una valla metálica muy alta y larga que rodea toda la fábrica. Cada vez que tienen que entrar o salir los obreros suena una sirena durante mucho rato y  muy alto, por lo que acaban con los oídos machacados. Pero eso no ayuda a saber la hora que es. He observado que nadie tiene reloj de pulsera y nos tenemos que guiar por el sol, los que sabemos y or otros indicios como la sirena de Fasa-Renault que suena a la una para que salga un turno y entre otro.O por la hora del desayuno y la comida que son a las nueve y a la una y media. Cuando empiecen las clases sabremos siempre la hora que es por la clase en que estamos, las horas de comer y los recreoos, las horas de estudio, la misa, el rosario, el ángelus. Todo el día está reglamentado, desde que te levantas hasta que te acuestas.

El primer día ha sido muy cómodo. Esta mañana hemos oído misa enla capilla en lugar de la iglesia que es muy grande. La capilla tiene tres filas de bancos y es muy moderna, a los lados tieen las estaciones del viacrucis, hechas por un artista moderno porque hay que mirar bien los pasos para saber que es la que se retrata en ellos. El altar es de piedra y está separado de la pared, no como sucede enel pueblo que los altares están pegados a la pared, debe ser por eso del Concilio Vaticano II que ahora está tan de moda. En la pared hay una especie de escultura pero hay que mirarla bien para saber de qué se trata. Yo pienso que es una virgen con un niño, pero es muy rara, no se ve bien que sea una mujer y lo del niño uno lo piensa por lo que parecen manos y que sostienen algo.

A los lados de la virgen hay dos entradas ocultas a la sacristía por donde solió el fantasma, aún más pequeñito, revestido para decir la misa. Resultaba un tanto ridículo pero su cara era tan seria que desprendía mala leche que no se oye ninguna risita, a pesar de que a casi todos les debe pasar como a mí, que me entró la flojera y a punto estuve de soltar la risa que tenía.

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Dijo la misa tan deprisa que más parecía un farfullar en voz baja, como si estuviera cabreado, que un cura diciendo la misa. Apenas éramos capaces de contestar “amén” de vez en cuando. Lo que sí dijimos bien alto fue lo de “Deo gratias” para responder al “Ite misa est”.

No me cae nada simpático este Fantasma y mucho me  estoy temiendo que nos las hará pasar canutas este curso. Da miedo, solo verle con su cara agria, como si lo estuvieran insultando todo el día. Lo del amor al prójimo no le va nada. A mi seme ha desatado la fantasía, como me sucede con casi cualquier motivo y he comenzado a pensar que tal vez sea el hijo menor de una familia muy numerosa. He oído que el hijo mayor se queda con la herencia, por eso está aquí, porque es la forma más cómoda de ganarse la vida. ¿Tú  que crees?

DIARIO DEL AUTOR

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Esta mañana me llevé un buen susto. Me desperté sin saber quién era ni dónde estaba. Sentado en la cama, miré hacia la ventana por donde entraban los primeros rayos de sol del nuevo día, como si me hubiera vuelto tonto. Mi mente se quedó en blanco por completo. Mis piernas no me respondieron cuando quise levantarme, tampoco hubiera sabido a dónde ir. Me miré las manos y me parecieron viejas y sarmentosas. ¿Era yo un viejo? Necesitaba una respuesta a esa pregunta, esa fue la razón que me llevó hasta el servicio. Cuando me miré en el espejo supe que, en efecto, no solo era viejo, sino mucho más de lo que imaginara.

Fue entonces cuando fui consciente de una necesidad imperiosa: me estaba meando. Me costó orinar, sentí dolor,era como intentar hacer pasar una pequeña corriente de agua repleta de arena por un muro de ladrillo. Un hilillo atravesaba la pared por alguna rendija, luego se paraba y tenía que volver a buscar otra rendija. Decidí dejar que todo ocurriera sin hacer el menor esfuerzo, ni en un sentido ni en otro. Mientras miraba los azulejos frente a mí una intensa angustia se apoderó de mi cuerpo y solo de él, puesto que la mente en realidad ya no era mía. Era preciso recordar mi nombre, el primer paso hacia la recuperación de la memoria. ¿Cómo me llamaba? Me costó pronunciar algún nombre, cualquiera, los primeros que acudieron a mi cabeza. ¿Me llamaba Luis, Pepe, Paco…?

Podía ser cualquiera de ellos y ninguno. Una intensa tristeza se apoderó de mi. Cuando pasé mi mano por la cara la noté húmeda. Estaba llorando y ni siquiera me había dado cuenta. La puerta del servicio se abrió y un abuelo delgaducho, con los ojos perdidos, completamente desnudo, se plantó ante mí, sin verme. ¿Quién era aquel hombre? Por un momento me olvidé de mi problema y a punto estuve de carcajearme. Solo me lo impidió la sensación sufrida al mirarme al espejo. Yo era también un abuelo y puede que aún estuviera peor, puesto que ni siquiera recordaba mi nombre.

Se quedó plantado en el dintel de la puerta, como un espantapájaros, mirando sin verme. No supe qué hacer. En realidad no tuve que hacer nada, de pronto se dio la vuelta, como a cámara lenta, y arrastrando los pies regresó a la habitación. Entonces me asaltó una imagen, como un dejá vu, aquella era una residencia de ancianos y aquel hombre era mi compañero de cuarto. No estaba seguro, pero lo habría jurado sobre la Biblia.

Escuché una voz de mujer preguntando por un nombre. Parecía la voz de una chica joven. Quienquiera que fuera no se preocupaba lo más mínimo por el ruído. Entró a la habitación alborotando como una adolescente un día de excursión. Sentí vergüenza de que me viera así y levantándome de la taza cerré la puerta de golpe. No me sirvió de nada. Una mano firme la abrió sin contemplaciones.

-Hola Cosme. ¿Dónde se había metido?

Me quedé paralizado, incapaz de emitir el menor sonido. La chica me parecía conocida, ¿tal vez mi hija?, imposible, su uniforme la delataba. ¿Me encontraba en un hospital? Debió ver algo raro en la expresión de mi rostro.

-¿Se encuentra bien?

No contesté. Era como si mi boca no pudiera pronunciar las palabras que se iban formando en mi mente.

-Siéntese en la taza. Así. Ahora dígame cómo me llamo yo.

Hice un esfuerzo. Si era mi hija tenía necesariamente que saber su nombre… No, ya lo había descartado. Bueno, si era una enfermera parecía conocerme bien, yo también tendría que conocerla. Nada. Mi mente estaba en blanco.

-Tranquilícese, Cosme, voy a pedir ayuda. Si puede oirme mueva la cabeza.

Lo hice de forma automática.

-Si no puede hablar haga lo mismo.

Se marchó, dejándome allí solo y muy angustiado. Regresó con un hombre en bata blanca, calvo y regordete. Me examinó el pulso y comenzó un interrogatorio  que me hizo sentirme muy mal. Cómo me llamaba, cómo se llamaba él, cómo se llamaba la chica, dónde me encontraba… No supe contestar a nada.

-Lo esperaba, pero no tan pronto. Beatriz, prepárele para llevarlo al hospital. Voy a llamar a una ambulancia. ¿Puede ir con él?

-Tendré que decírselo a mis compañeras.

-Hágalo. Quédese allí con él, todo el tiempo necesario, hasta que le hagan todas las pruebas. Hablele, sin agobiarle y esté atenta a sus reacciones.

-Sí doctor.

El se marchó y ella me preguntó si había terminado. ¿De qué? Me aseó un poco en el lavabo, secándome con una toalla. Luego me condujo con cuidado hasta mi cama. Me obligó a sentarme y se ocupó de buscar mi ropa y de vestirme.

-¿No me recuerda Cósme?

Hice un esfuerzo por contestar, pero solo me salió un gruñido. Moví la cabeza de izquierda a derecha.

-No te preocupes, ya te acordarás. Soy Beatriz, Bea, y hemos hablado mucho, somos buenos amigos…Imagino que quieres saber dónde estás. Esto es una residencia de ancianos. Te han diagnosticado Alzheimer. Lo recordarás todo. No te preocupes. Ahora tranquilízate y no te esfuerces.

Llegó otro hombre con uniforme blanco y una silla de ruedas. Me colocaron en ella con cuidado y me bajaron en el ascensor. Cerré los ojos y esperé. Me sentía muy raro, cada vez más, y eso me angustiaba mucho sin saber por qué.

Me llevaron al hospital, me hicieron pruebas. Pasamos allí varias horas. En cuanto llegamos comencé a recordar, solo un poco, lo suficiente para hacerme consciente de lo mal que estaba. Bea no dejaba de hablarme. Me tomaba la mano y me hablaba de mi novela, El pequeño Celemín, o algo así. Decía que yo se la estaba contando. Que la escribía en mi ordenador portatil todos los días. Aquello me angustió. ¿Dónde estaba mi portatil? Lo dije en voz alta.

-Vaya, Cosme, ya has recobrado el habla. Ahora te irás acordando poco a poco de todo. No te preocupes, el portatil está bajo llave en un armario, te lo damos después de desayunar. ¿No lo recuerdas?

Llegamos a tiempo para comer en la residencia. Los recuerdos habían estado goteando de mis neuronas toda la mañana. Para entonces ya sabía quién era y la relación que me unía con Beatriz. Me puse colorado al recordar cómo la trataba. Sin poder controlarme se lo dije, rogándole que me perdonara. Ella se echó a reír.

-Vaya con el viejo verde, quién iba a pensar que me pediría disculpas. Jaja.

Viendo mi expresión compungida me tomó la mano y me dijo al oído.

-Puedes decirme todo lo que quieras, lo buena que estoy, lo que te gustaría hacer conmigo. No me molesta. Me alegro de que vuelvas a ser tú mismo.

Fue un tremendo choque el que recibí aquella mañana. Me sentí como un niño indefenso, como un recién nacido. Aquello me convenció de que mi tiempo era ya muy limitado. Tenía que terminar la novela, como fuera. Tras la comida Bea me dijo que terminaba el turno pero que comería y regresaría para estar conmigo. Me negué, le dije que no, que estaba bien. Me puse cerril. Al fin cedió. Me pasé toda la tarde trabajando en la novela.No me centraba, no sabía muy bien cómo encajar los párrafos. No me rendí, lo importante es que la historia tuviera sentido, que no diera excesivos saltos en el tiempo. Fui copiando en el archivo principal los párrafos que me parecieron sincronizados cronológicamente, aunque procedieran de distintas versiones. No quise buscar  otras anotaciones ni enredarme con la segunda versión, la ñoña, como la llamo, las aventuras y desventuras del pequeño Celemín. Debía darme prisa antes de que me olvidara para siempre de quién era yo.

LOS PEQUEÑOS HUMILLADOS

CAPÍTULO I

LLEGADA AL COLEGIO-CONTINUACIÓN

El tren llegó a la estación con varias horas de retraso. Yo sentía mucho miedo. Un niño puede dejarse llevar por las más delirantes y terroríficas fantasías e incluso disfrutar con ello, pero cuando es la realidad la que te produce terror no hay criatura más indefensa que un niño.

Los niños viven en el presente, no conocen otro tiempo. Recuerdo muy bien la dificultad que tuve durante toda la infancia para considerar como real el pasado. No podía recordarlo, y cuando lo hacía los recuerdos comenzaban a formar parte de mis fantasías. Era capaz de corregirlas, incluso manipularlas sin el menor sentimiento de estar haciendo algo malo, mintiendo. Lo único real era lo que me estaba sucediendo en el preciso momento. Si alguien me daba una bofetada me dolía porque estaba ocurriendo, las bofetadas recibidas en el pasado ya no podían dolerme, razón por la cual no eran reales. Solo con los años llegaría a sentir el sufrimiento de las bofetadas pasadas como si fueran presentes. Ese fue un largo y duro aprendizaje.

Los niños también tienen dificultades para imaginarse el futuro, incluso lo que podría ocurrirles mañana. La bofetada que pueden darte mañana aún no la sientes en tu mejilla, razón por la cual eso también forma parte del mundo imaginario.
Llegar a la estación tarde era el presente. Llegar al colegio y que no nos abrieran la puerta también era presente. Sabía muy bien de las dificultades económicas de mis padres y no podía imaginarme yendo a pasar la noche a una pensión. ¿Qué iba a ocurrir si no nos abrían la puerta? El miedo se agazapó en mi barriguita, a la altura del ombligo, donde siempre se agazapaban mis miedos.

No encontramos taxi en la estación, tal vez porque ya fuera muy tarde. Mi padre decidió esperar a que llegara alguno, pero el tiempo pasaba y la estación continuaba desierta. Me cuesta imaginarme que en aquel tiempo los trenes no funcionaran de noche, es posible que fuera así, o que a partir de cierta hora solo llegara un tren cada mucho tiempo. Mi padre se cansó, se enfadó, decidió que iríamos andando y aunque el padre del otro niño no estaba por la labor y Antonio protestó y yo me atreví a alzar mi vocecita para decir que estaba muy cansado, cuando a mi papi se le metía algo en la mollera nadie podía sacárselo. Cogió mis dos maletas y se puso a caminar sin volver la vista atrás. El padre de Antonio se lo debió pensar mejor y vino tras nosotros.

No puedo recordar a aquel hombre, en mi memoria es como el hombre invisible, que puedes saber que está a tu lado porque respira, pero no puedes verlo. Yo era muy consciente del sacrificio que habían hecho mis padres para que yo fuera al colegio, como lo era ahora de lo inoportuno de aquel contratiempo y de la dificultad que tenía mi padre para desenvolverse en una gran ciudad. Quise llevar una de las maletas, tan grandes y pesadas que tuve que pensármelo unos minutos. El se rió. Insistí como un niño malcriado hasta lograr enfadarlo. Dio un par de voces y supe que lo mejor sería estar calladito.

Fue una larga y penosa caminata, como un viacrucis. Ni siquiera sabíamos dónde se encontraba el colegio y mi padre tuvo que preguntar. Por suerte la estación estaba casi en las afueras, lo mismo que el colegio, situado en unos descampados en la carretera a Madrid.

Me caía de agotamiento y de sueño, aún así apreté los dientes y decidí que ya era un hombrecito. No me quejaría hasta que cayera al suelo redondo. Cuando llegamos ya era noche cerrada. Teniendo en cuenta que estábamos en el mes de septiembre, debió de ser muy tarde. Pudimos entrar hasta el patio, con árboles, bancos y columpios. Por suerte la verja metálica no estaba cerrada con llave. Solo hubo que empujarla. Ascendimos aquella extraña escalera, hecha con enormes bloques de piedra en la que habían empotrado pequeños guijarros como un adorno. El arquitecto que lo construyó no debió pensar en los pies de los niños, resecos tras una larga caminata. Se me clavaron en la planta de los pies, atravesando la suela de los zapatos y aquello me dio muy mala espina.

Pudimos leer un letrero de que no se abría la puerta a partir de las diez de la noche. Mi padre decidió llamar. Ni se le pasó por la cabeza que aquellos curas que seguían la doctrina cristiana a rajatabla pudieran dejar en la calle a unos niños, fuera la hora que fuera. Como no le contestaran, insistió e insistió. Tenían que escuchar aquel timbre por fuerza y nadie podía tener un corazón tan duro como para no acercarse a ver quién estaba llamando.

Solo respondió el silencio. Me atreví a mirar el rostro de mi padre en la penumbra. Solo algún que otro foco del techo estaba encendido, los suficientes para que un visitante no permaneciera completamente a oscuras. En el patio un par de farolas daban una luz mortecina que dejaba casi todo el jardín en sombras. La imaginación de un niño trabaja muy bien en estos entornos. Por un momento fantaseé con la posibilidad de que extraños monstruos salieran de la oscuridad y se arrojaran sobre nosotros. No los hubiera temido tanto como la reacción de mi padre. Esta no se hizo esperar. Una vez agotada la paciencia y perdido el control comenzó a maldecir de aquellos curas de corazón de piedra. Se le escapó alguna que otra blasfemia. Su tono de voz era tan elevado que temí le pudieran escuchar en alguna parte de aquel enorme edificio. De nuevo mi fantasía se disparó. ¿Y si algún cura le oía y bajaba a ver qué pasaba? Después de tantos sacrificios, la posibilidad de que pudieran mandarme para casa me hundió en el abismo de la desesperación. No hay mayor desesperación que la de un niño, porque lo mismo que puede confiar en todo y en todos desconfía más que cualquiera cuando su esperanza naufraga.

Conocía bien aquellos arrebatos de mi padre. Sus estallidos de cólera eran como bombas que arrasaban todo a su alrededor, se transformaba en un toro capaz de embestir a todo aquel que se encontrara cerca. Sentía verdadero terror ante lo que pudiera suceder. En realidad era un hombre bonachón y bastante paciente, con un sentido del humor un poco chabacano para un niño sensible, pero alegre y hasta divertido. Su talón de Aquiles eran aquellos incontrolables estallidos de cólera. A veces comprendía sus razones para perder la paciencia, pero la desmesura de sus arrebatos hacían irracional cualquier razón. Yo era un niño asustado.

Creo que también lo estaban Antonio y su padre, porque permanecían silenciosos, mirándolo como si fuera un peligroso extraño. Yo rezaba desde lo más profundo de mi ser. Por favor, Dios mío, que no ocurra nada. No confié mucho en mi plegaria, no había tenido el menor efecto después de rezar un padrenuestro y un avemaría para que algún cura estuviera despierto. Sin embargo esta vez Dios sí pareció haberme escuchado, porque milagrosamente mi padre se calmó tras unos minutos de voces destempladas y paseos de fiera enjaulada.

Se agachó, abrió una de las maletas y rebuscó sin contemplaciones. Sacó unas mantas y las colocó sobre el suelo empedrado de guijarros. Nos dijo que él no pensaba gastarse ni un céntimo en una pensión. Ya había hecho bastantes sacrificios para comprar toda la ropa, traerme hasta aquí y pagar el colegio. Dormiríamos allí.

En la meseta castellana una noche de septiembre puede llegar a ser bastante fría, pero no lo suficiente para congelarse. Mi padre puso una prenda de ropa doblada sobre mi manta y me dijo que me acostara. Me echó por encima el albornoz blanco, obligatorio en la vestimenta de todo colegial, e intentó mostrarse cariñoso. Mañana será otro día, dijo.
El padre de Antonio tardó un tiempo en reaccionar, al fin hizo lo mismo, tal vez por miedo, aunque más probablemente por ahorrarse unas pesetas. Ellos tampoco podían permitirse el lujo de un gasto extraordinario. Nos dispusimos a pasar la noche. Me costó mucho quedarme dormido. Tiritaba de nervios y de miedo. Todo lo malo, lo peor, me parecía posible en aquel momento, hasta que verdaderos monstruos brotaran del jardín. El cansancio, el agotamiento, acabó por vencerme.

Me desperté sobresaltado. No recordaba muy bien la pesadilla, pero sí la angustia que me produjera. Tenía la espalda molida por aquellos malditos guijarros puntiagudos que algún idiota pusiera allí como adorno. No encontraba una buena postura, me pusiera como me pusiera algún guijarro se clavaba en mi cuerpecito menudo. Recé para que Dios me concediera el sueño. A la mañana siguiente quería estar fresco, al menos lo suficiente para causar una buena impresión a los curas. Pensaba que de ello dependería la posibilidad de seguir estudiando. Me aterrorizaba la posibilidad de tener que convertirme en minero, como mi padre, y bajar al fondo de la mina. No podría soportarlo.

Aquella noche me desperté tantas veces que a punto estuve de bajar los brazos y entregarme. Bien hubiera podido permanecer allí horas y horas, en aquel silencio mágico. El agua de las fuentes del parque producía un ruido relajante, muy agradable. Por otro lado tenía suficientes temas para fantasear. ¿Cómo sería el colegio? ¿Sería verdad que había tantos campos de futbol? Echaba de menos mi cama, la posibilidad de cerrar la puerta de la habitación y leer algún tebeo a la luz de la linterna, para que mis padres no vieran luz bajo la puerta y vinieran a ver por qué no me dormía.
No hay noche tan larga que no termine con la alborada. Cuando abrí los ojos mi padre ya estaba en pie. Había ido a mojarse la cara a la fuente más cercana y se estaba secando con una toalla. Me pidió que me levantara y me lavara también un poco. Luego recogió las mantas, las metió de cualquier manera en la maleta e intentó cerrarla. Tuvo que sentarse encima y maldecir durante varios minutos hasta conseguir que los cierres encajaran. Mientras tanto Antonio y su padre se levantaron en silencio, disponiéndose a esperar hasta que se abriera la puerta.

Mi padre no pudo esperar. Volvió a llamar y a insistir, muy nervioso. Al cabo de unos minutos se encendieron luces en el interior y se oyeron pasos. Mi padre miró su reloj de pulsera. No me atreví a preguntarle la hora, no me atreví ni siquiera a moverme. Permanecí paralizado, casi sin respirar. Había llegado el momento.

Y el momento llegó. Un fraile, con hábito negro, como ala de cuervo, capucha a la espalda, un cinturón de cuero rodeando su cintura y unas sandalias en los pies descalzos apareció en el umbral. De un vistazo se hizo cargo de la situación. Se dirigió a mi padre. Quería saber si habíamos dormido allí. ¿Cómo podía saberlo? Entonces vi la toalla sobre el murete de piedra. No se le escapaba una al frailecito.

Antes de que mi padre pudiera contestar ya se estaba lamentando el cura. Lo sentía mucho, pero eran las normas, a las diez se cerraban las puertas y no se abría a nadie.¿Qué había pasado? Mi padre pudo por fin explicar la situación. Balbuceaba un poco. Estaba asustado. No tanto como yo, pero sí bastante.

El fraile nos invitó a pasar y todos accedimos al vestíbulo. Era enorme. Yo no había visto nada parecido, claro que había visto muy pocas cosas. El techo era muy alto y en aquel vestíbulo bien podían coger más de cincuenta personas y creo que sin muchas apreturas. En un rincón un mostrador que al parecer se utilizaba como recepción. Al fondo unas cristaleras enrejadas separaban el lugar de un amplio pasillo.

 

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2 comentarios en “LOS PEQUEÑOS HUMILLADOS III

  1. Es una grata sorpresa el encontrar este texto, señal que “estás al pie del cañón” siempre escribiendo, y regalándonos a todos con tus relatos ficticios, al menos este (por suerte) lo es.
    Es tu prosa la de un escritor que se sabe expresar con total claridad, y profundidad en el lenguaje escrito. Manejas los tiempos como nadie, y me gusta de leerte, aunque no siempre te lea.

    Un abrazo, te sigo leyendo.

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    1. Gracias, en realidad es una novela que inicié hace años y que voy a ir subiendo para tenerla a mano en el blog, no he escrito nada ultimamente. Ando liado y además la wifi del ayuntamiento no me funciona muy bien aquí en Soria. Aprovecharé lo que pueda. Un abrazo.

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