PERDIDO EN EL TIEMPO XIII


 

AUTE, LUIS-EDUARDO
AL ALBA

El alba debería asomar en el horizonte, debería haberlo hecho ya si la radio no está también fuera del tiempo, como yo. Toda una noche esperando al alba pero la noche continúa, tal vez por toda la eternidad. Debería estar desayunando, un café con leche y un croissant en cualquier cafetería de carretera, o cualquier otra cosa, sin embargo no tengo hambre, el estómago parece quieto y relajado como si no existiera. No tengo hambre ni sed, ni siento deseos de orinar, de mear hablando claro porque aquí nadie me escucha, no tengo por qué seguir utilizando el lenguaje social ni ser políticamente correcto, ni ser nada, porque ahora estoy solo, puedo emplear las palabras que quiera, pensarlas o gritarlas, no seré señalado por el dedo acusador, no seré mirado como un loco, no seré insultado ni marginado, con el tiempo recobraré mi lenguaje, el lenguaje de mis vísceras, con el tiempo recobraré muchas cosas perdidas. Pero me temo que no recobraré el hambre, la sed, las necesidades corporales, el deseo, todo aquello que conformó mi vida como la única realidad posible.

Los relojes siguen detenidos, el móvil sin cobertura, el depósito no ha perdido ni una gota de gasolina, las farolas apagadas, las lejanas luces de la ciudad han desaparecido, el quitamiedos no se abre a salida alguna. La noche es más oscura que nunca y para mí ya no habrá nunca más alba o más ocaso. El pasado está muerto, lo que viví es un vago recuerdo, el amor pudo haber sido sentido por otro, el dolor y la tragedia una leyenda histórica, una leyenda urbana, el franquismo parece un cuento de miedo para niños, la democracia de la urna multiorgásmica que necesita votaciones constantes para sentirse viva parece una pesadilla superada, ya no me importa si ganó Hillary o Trump, si algún día morirá Fidel o los últimos dictadores se irán a vivir a Marte en algún viaje turístico. Han pasado solo unas horas pero la grieta en el tiempo es de eones. Estoy lejos de todo, del niño que fui, del adolescente insaciable que deseaba tener sexo con todas las mujeres del planeta, del joven que se tiraba por las ventanas o se subía a los cables de alta tensión como un mono desesperado o se iba a Costa Fleming a follar con una despampanante sueca tan cargado de pastillas que el miembro no se le hubiera levantado ni con una grua. Atrás queda la locura y la cordura, el romanticismo y el quijotismo, los hijos que no tuvimos y lo que tuvimos, el gatito y el perrito que nunca tendré, los miles de buitres callados que extienden sus alas y la rata que fui ya nunca más se esconderá en las cloacas.

Parece que solo me queda el deseo del pitillo, pero es un deseo falso, artificial, como si buscara en el humo el viaje infernal de la droga que no puede ser peor que éste. Vuelvo a encender otro más y no me preocupo de mirar si se van reproduciendo en la cajetilla como en un nido de buitres. Ya no necesitaré comida, ni bebida, ni mujer a la que mirar con deseo, ni gatito que me lama la cara. Puede que hasta no necesite más tabaco, si es que los pitillos no se reproducen como los delirios de un drogadicto. Por no necesitar ya no necesitaré ni expulsar excrementos, ni el líquido amarillento y caliente cargado con todas mis toxinas. No voy a necesitar hablar pero lo voy a hacer de todas formas, voy a gritar en mi nuevo lenguaje recuperado a la hipocresía, a la beatería, a lo políticamente correcto, al miedo del qué dirán y qué no dirán, al miedo que corroe las entrañas, al miedo que me persiguió de niño como el hombre del saco y el sacamantecas, al miedo de que me señalen con el dedo, al dedo dictatorial, al dedo del anuncio publicitario, al dedo del futuro, al dedo del pasado, al dedo de los que saben y de los que no saben, de los que creen saber y te marcan el camino, al dedo del destino, al dedo en el gatillo de la violencia. Aún poseo todos mis dedos, pero no son bastantes para horadar la noche. Y el alba no regresará nunca y los miles de buitres callados se esconderán en las cloacas porque a mí ya no pueden tocarme. Y los fascistas de toda ralea no me atemorizarán nunca más porque estoy fuera del tiempo y el espacio, estoy fuera de la vida y de la muerte, estoy al margen de la historia, y ni el amor volverá a seducirme ni la muerte me atraerá con sus cantos de sirena.

Termino un pitillo y enciendo otro y aprieto con fuerza el acelerador y el coche se lanza hacia adelante cosquilleando con sus luces el vientre de la noche. Y daré vueltas y más vueltas al circuito infernal mientras el dedo aleatorio del destino irá poniendo por mí la música de mi vida, la que hizo danzar mis pies y la que alivió mi alma. Ya no importa que regrese el alba, ni que el sol asome en el horizonte, ni que la luz vuelva a mis ojos, no necesito el engaño del tiempo, la seducción de la supusta realidad. Aquí estoy, sentado sobre nubes oscuras, haciendo ver que todo sigue yendo hacia delante. La radio me irá mostrando los millones de mundos posibles, las dimensiones infinitas que hacen posibles nuestros actos. Y mientras allá, en el mundo que se cree real se suceden los terremotos y las inundaciones y los accidentes, y el frío y el calor y la violencia insana y mientras el apocalipsis extiende sus alas como buitre de mal agüero y las ratas regresan a las cloacas, yo sigo aquí dando vueltas y más vueltas, escuchando la música que nunca se acaba, sin esperar nada sin anhelar nada. Nada que decir al amor mío, ni a los hijos que no tuvimos, ni a los que tuvimos y que sangre la luna llena al filo de la guadaña. Que ellos sigan el camino del tiempo, porque yo me he quedado aquí varado, fuera del tiempo, sin alba y sin ocaso.

Si te dijera, amor mío,
Que temoa a la madrugada,
No sé qué estrellas son estas
Que hieren como amenazas,
Ni sé qué sangra la luna
Al filo de su guadaña.
Presiento que tras la noche
Vendrá la noche más larga,
Quiero que no me abandones
Amor mío, al alba.
Los hijos que no tuvimos
Se esconden en las cloacas,
Comen las últimas flores,
Parece que adivinaran
Que el día que se avecina
Viene con hambre atrasada.
Presiento que tras la noche

Miles de buitres callados
Van extendiendo sus alas,
No te destroza, amor mío,
Esta silenciosa danza,
Maldito baile de muertos,
Pólvora de la mañana.
Presiento que tras la noche
Written by Luis Eduardo Aute Gutierrez • Copyright © Universal Music Publishing Group

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