Mes: diciembre 2016

LOS PEQUEÑOS HUMILLADOS IV



DIARIO DEL AUTOR
Esta mañana me llevé un buen susto. Me desperté sin saber quién era ni dónde estaba. Sentado en la cama, miré hacia la ventana por donde entraban los primeros rayos de sol del nuevo día, como si me hubiera vuelto tonto. Mi mente se quedó en blanco por completo. Mis piernas no me respondieron cuando quise levantarme, tampoco hubiera sabido a dónde ir. Me miré las manos y me parecieron viejas y sarmentosas. ¿Era yo un viejo? Necesitaba una respuesta a esa pregunta, esa fue la razón que me llevó hasta el servicio. Cuando me miré en el espejo supe que, en efecto, no solo era viejo, sino mucho más de lo que imaginara.

 

Fue entonces cuando fui consciente de una necesidad imperiosa: me estaba meando. Me costó orinar, sentí dolor,era como intentar hacer pasar una pequeña corriente de agua repleta de arena por un muro de ladrillo. Un hilillo atravesaba la pared por alguna rendija, luego se paraba y tenía que volver a buscar otra rendija. Decidí dejar que todo ocurriera sin hacer el menor esfuerzo, ni en un sentido ni en otro. Mientras miraba los azulejos frente a mí una intensa angustia se apoderó de mi cuerpo y solo de él, puesto que la mente en realidad ya no era mía. Era preciso recordar mi nombre, el primer paso hacia la recuperación de la memoria. ¿Cómo me llamaba? Me costó pronunciar algún nombre, cualquiera, los primeros que acudieron a mi cabeza. ¿Me llamaba Luis, Pepe, Paco…?

Podía ser cualquiera de ellos y ninguno. Una intensa tristeza se apoderó de mi. Cuando pasé mi mano por la cara la noté húmeda. Estaba llorando y ni siquiera me había dado cuenta. La puerta del servicio se abrió y un abuelo delgaducho, con los ojos perdidos, completamente desnudo, se plantó ante mí, sin verme. ¿Quién era aquel hombre? Por un momento me olvidé de mi problema y a punto estuve de carcajearme. Solo me lo impidió la sensación sufrida al mirarme al espejo. Yo era también un abuelo y puede que aún estuviera peor, puesto que ni siquiera recordaba mi nombre.

Se quedó plantado en el dintel de la puerta, como un espantapájaros, mirando sin verme. No supe qué hacer. En realidad no tuve que hacer nada, de pronto se dio la vuelta, como a cámara lenta, y arrastrando los pies regresó a la habitación. Entonces me asaltó una imagen, como un dejá vu, aquella era una residencia de ancianos y aquel hombre era mi compañero de cuarto. No estaba seguro, pero lo habría jurado sobre la Biblia.

Escuché una voz de mujer preguntando por un nombre. Parecía la voz de una chica joven. Quienquiera que fuera no se preocupaba lo más mínimo por el ruido. Entró a la habitación alborotando como una adolescente un día de excursión. Sentí vergüenza de que me viera así y levantándome de la taza cerré la puerta de golpe. No me sirvió de nada. Una mano firme la abrió sin contemplaciones.

-Hola Cosme. ¿Dónde se había metido?

Me quedé paralizado, incapaz de emitir el menor sonido. La chica me parecía conocida, ¿tal vez mi hija?, imposible, su uniforme la delataba. ¿Me encontraba en un hospital? Debió ver algo raro en la expresión de mi rostro.

-¿Se encuentra bien?

No contesté. Era como si mi boca no pudiera pronunciar las palabras que se iban formando en mi mente.

-Siéntese en la taza. Así. Ahora dígame cómo me llamo yo.

Hice un esfuerzo. Si era mi hija tenía necesariamente que saber su nombre… No, ya lo había descartado. Bueno, si era una enfermera parecía conocerme bien, yo también tendría que conocerla. Nada. Mi mente estaba en blanco.

-Tranquilícese, Cosme, voy a pedir ayuda. Si puede oirme mueva la cabeza.

Lo hice de forma automática.

-Si no puede hablar haga lo mismo.

Se marchó, dejándome allí solo y muy angustiado. Regresó con un hombre en bata blanca, calvo y regordete. Me examinó el pulso y comenzó un interrogatorio que me hizo sentirme muy mal. Cómo me llamaba, cómo se llamaba él, cómo se llamaba la chica, dónde me encontraba… No supe contestar a nada.

-Lo esperaba, pero no tan pronto. Beatriz, prepárele para llevarlo al hospital. Voy a llamar a una ambulancia. ¿Puede ir con él?

-Tendré que decírselo a mis compañeras.

-Hágalo. Quédese allí con él, todo el tiempo necesario, hasta que le hagan todas las pruebas. Habléle, sin agobiarle y esté atenta a sus reacciones.

-Sí doctor.

El se marchó y ella me preguntó si había terminado. ¿De qué? Me aseó un poco en el lavabo, secándome con una toalla. Luego me condujo con cuidado hasta mi cama. Me obligó a sentarme y se ocupó de buscar mi ropa y de vestirme.
-¿No me recuerda Cósme?

Hice un esfuerzo por contestar, pero solo me salió un gruñido. Moví la cabeza de izquierda a derecha.

-No te preocupes, ya te acordarás. Soy Beatriz, Bea, y hemos hablado mucho, somos buenos amigos…Imagino que quieres saber dónde estás. Esto es una residencia de ancianos. Te han diagnosticado Alzheimer. Lo recordarás todo. No te preocupes. Ahora tranquilízate y no te esfuerces.

Llegó otro hombre con uniforme blanco y una silla de ruedas. Me colocaron en ella con cuidado y me bajaron en el ascensor. Cerré los ojos y esperé. Me sentía muy raro, cada vez más, y eso me angustiaba mucho sin saber por qué.Me llevaron al hospital, me hicieron pruebas. Pasamos allí varias horas. En cuanto llegamos comencé a recordar, solo un poco, lo suficiente para hacerme consciente de lo mal que estaba. Bea no dejaba de hablarme. Me tomaba la mano y me hablaba de mi novela, El pequeño Celemín, o algo así. Decía que yo se la estaba contando. Que la escribía en mi ordenador portatil todos los días. Aquello me angustió. ¿Dónde estaba mi portatil? Lo dije en voz alta.

-Vaya, Cosme, ya has recobrado el habla. Ahora te irás acordando poco a poco de todo. No te preocupes, el portatil está bajo llave en un armario, te lo damos después de desayunar. ¿No lo recuerdas?

Llegamos a tiempo para comer en la residencia. Los recuerdos habían estado goteando de mis neuronas toda la mañana. Para entonces ya sabía quién era y la relación que me unía con Beatriz. Me puse colorado al recordar cómo la trataba. Sin poder controlarme se lo dije, rogándole que me perdonara. Ella se echó a reír.

-Vaya con el viejo verde, quién iba a pensar que me pediría disculpas. Jaja.

Viendo mi expresión compungida me tomó la mano y me dijo al oído.

-Puedes decirme todo lo que quieras, lo buena que estoy, lo que te gustaría hacer conmigo. No me molesta. Me alegro de que vuelvas a ser tú mismo.

Fue un tremendo choque el que recibí aquella mañana. Me sentí como un niño indefenso, como un recién nacido. Aquello me convenció de que mi tiempo era ya muy limitado. Tenía que terminar la novela, como fuera. Tras la comida Bea me dijo que terminaba el turno pero que comería y regresaría para estar conmigo. Me negué, le dije que no, que estaba bien. Me puse cerril. Al fin cedió. Me pasé toda la tarde trabajando en la novela.No me centraba, no sabía muy bien cómo encajar los párrafos. No me rendí, lo importante es que la historia tuviera sentido, que no diera excesivos saltos en el tiempo. Fui copiando en el archivo principal los párrafos que me parecieron sincronizados cronológicamente, aunque procedieran de distintas versiones. No quise buscar otras anotaciones ni enredarme con la segunda versión, la ñoña, como la llamo, las aventuras y desventuras del pequeño Celemín. Debía darme prisa antes de que me olvidara para siempre de quién era yo.

LOS PEQUEÑOS HUMILLADOS

CAPÍTULO I

LLEGADA AL COLEGIO-CONTINUACIÓN

El tren llegó a la estación con varias horas de retraso. Yo sentía mucho miedo. Un niño puede dejarse llevar por las más delirantes y terroríficas fantasias e incluso disfrutar con ello, pero cuando es la realidad la que te produce terror no hay criatura más indefensa que un niño.

Los niños viven en el presente, no conocen otro tiempo. Recuerdo muy bien la dificultad que tuve durante toda la infancia para considerar como real el pasado. No podía recordarlo, y cuando lo hacía los recuerdos comenzaban a formar parte de mis fantasías. Era capaz de corregirlas, incluso manipularlas sin el menor sentimiento de estar haciendo algo malo, mintiendo. Lo único real era lo que me estaba sucediendo en el preciso momento. Si alguien me daba una bofetada me dolía porque estaba ocurriendo, las bofetadas recibidas en el pasado ya no podían dolerme, razón por la cual no eran reales. Solo con los años llegaría a sentir el sufrimiento de las bofetadas pasadas como si fueran presentes. Ese fue un largo y duro aprendizaje.

Los niños también tienen dificultades para imaginarse el futuro, incluso lo que podría ocurrirles mañana. La bofetada que pueden darte mañana aún no la sientes en tu mejilla, razón por la cual eso también forma parte del mundo imaginario.
Llegar a la estación tarde era el presente. Llegar al colegio y que no nos abrieran la puerta también era presente. Sabía muy bien de las dificultades económicas de mis padres y no podía imaginarme yendo a pasar la noche a una pensión. ¿Qué iba a ocurrir si no nos abrían la puerta? El miedo se agazapó en mi barriguita, a la altura del ombligo, donde siempre se agazapaban mis miedos.

No encontramos taxi en la estación, tal vez porque ya fuera muy tarde. Mi padre decidió esperar a que llegara alguno, pero el tiempo pasaba y la estación continuaba desierta. Me cuesta imaginarme que en aquel tiempo los trenes no funcionaran de noche, es posible que fuera así, o que a partir de cierta hora solo llegara un tren cada mucho tiempo. MI padre se cansó, se enfadó, decidió que iríamos andando y aunque el padre del otro niño no estaba por la labor y Antonio protestó y yo me atreví a alzar mi vocecita para decir que estaba muy cansado, cuando a mi papi se le metía algo en la mollera nadie podía sacárselo. Cogió mis dos maletas y se puso a caminar sin volver la vista atrás. El padre de Antonio se lo debió pensar mejor y vino tras nosotros.

No puedo recordar a aquel hombre, en mi memoria es como el hombre invisible, que puedes saber que está a tu lado porque respira, pero no puedes verlo. Yo era muy consciente del sacrificio que habían hecho mis padres para que yo fuera al colegio, como lo era ahora de lo inoportuno de aquel contratiempo y de la dificultad que tenía mi padre para desenvolverse en una gran ciudad. Quise llevar una de las maletas, tan grandes y pesadas que tuve que pensármelo unos minutos. El se rió. Insistí como un niño malcriado hasta lograr enfadarlo. Dio un par de voces y supe que lo mejor sería estar calladito.

Fue una larga y penosa caminata, como un viacrucis. Ni siquiera sabíamos dónde se encontraba el colegio y mi padre tuvo que preguntar. Por suerte la estación estaba casi en las afueras, lo mismo que el colegio, situado en unos descampados en la carretera a Madrid.

Me caía de agotamiento y de sueño, aún así apreté los dientes y decidí que ya era un hombrecito. No me quejaría hasta que cayera al suelo redondo. Cuando llegamos ya era noche cerrada. Teniendo en cuenta que estábamos en el mes de septiembre, debió de ser muy tarde. Pudimos entrar hasta el patio, con árboles, bancos y columpios. Por suerte la verja metálica no estaba cerrada con llave. Solo hubo que empujarla. Ascendimos aquella extraña escalera, hecha con enormes bloques de piedra en la que habían empotrado pequeños guijarros como un adorno. El arquitecto que lo construyó no debió pensar en los pies de los niños, resecos tras una larga caminata. Se me clavaron en la planta de los pies, atravesando la suela de los zapatos y aquello me dio muy mala espina.

Pudimos leer un letrero de que no se abría la puerta a partir de las díez de la noche. Mi padre decidió llamar. Ni se le pasó por la cabeza que aquellos curas que seguían la doctrina cristiana a rajatabla pudieran dejar en la calle a unos niños, fuera la hora que fuera. Como no le contestaran, insistió e insistió. Tenían que escuchar aquel timbre por fuerza y nadie podía tener un corazón tan duro como para no acercarse a ver quién estaba llamando.

Solo respondió el silencio. Me atreví a mirar el rostro de mi padre en la penumbra. Solo algún que otro foco del techo estaba encendido, los suficientes para que un visitante no permaneciera completamente a oscuras. En el patio un par de farolas daban una luz mortecina que dejaba casi todo el jardin en sombras. La imaginación de un niño trabaja muy bien en estos entornos. Por un momento fantaseé con la posibilidad de que extraños monstruos salieran de la oscuridad y se arrojaran sobre nosotros. No los hubiera temido tanto como la reacción de mi padre. Esta no se hizo esperar. Una vez agotada la paciencia y perdido el control comenzó a maldecir de aquellos curas de corazón de piedra. Se le escapó alguna que otra blasfemia. Su tono de voz era tan elevado que temí le pudieran escuchar en alguna parte de aquel enorme edificio. De nuevo mi fantasía se disparó. ¿Y si algún cura le oía y bajaba a ver qué pasaba? Despues de tantos sacrificios, la posibilidad de que pudieran mandarme para casa me hundió enel abismo de la desesperación. No hay mayor desesperación que la de un niño, porque lo mismo que puede confiar en todo y en todos desconfía más que cualquiera cuando su esperanza naufraga.

Conocía bien aquellos arrebatos de mi padre. Sus estallidos de cólera eran como bombas que arrasaban todo a su alrededor, se transformaba en un toro capaz de embestir a todo aquel que se encontrara cerca. Sentía verdadero terror ante lo que pudiera suceder. En realidad era un hombre bonachón y bastante paciente, con un sentido del humor un poco chabacano para un niño sensible, pero alegre y hasta divertido. Su talón de Aquiles eran aquellos incontrolables estallidos de cólera. A veces comprendía sus razones para perder la paciencia, pero la desmesura de sus arrebatos hacían irracional cualquier razón. Yo era un niño asustado.

Creo que también lo estaban Antonio y su padre, porque permanecían silenciosos, mirándolo como si fuera un peligroso extraño. Yo rezaba desde lo más profundo de mi ser. Por favor, Dios mío, que no ocurra nada. No confié mucho en mi plegaria, no había tenido el menor efecto después de rezar un padrenuestro y un avemaría para que algún cura estuviera despierto. Sin embargo esta vez Dios sí pareció haberme escuchado, porque milagrosamente mi padre se calmó tras unos minutos de voces destempladas y paseos de fiera enjaulada.

Se agachó, abrió una de las maletas y rebuscó sin contemplaciones. Sacó unas mantas y las colocó sobre el suelo empedrado de guijarros. Nos dijo que él no pensaba gastarse ni un céntimo en una pensión. Ya había hecho bastantes sacrificios para comprar toda la ropa, traerme hasta aquí y pagar el colegio. Dormiríamos allí.

En la meseta castellana una noche de septiembre puede llegar a ser bastante fría, pero no lo suficiente para congelarse. Mi padre puso una prenda de ropa doblada sobre mi manta y me dijo que me acostara. Me echó por encima el albornoz blanco, obligatorio en la vestimenta de todo colegial, e intentó mostrarse cariñoso. Mañana será otro día, dijo.
El padre de Antonio tardó un tiempo en reaccionar, al fín hizo lo mismo, tal vez por miedo, aunque más probablemente por ahorrarse unas pesetas. Ellos tampoco podían permitirse el lujo de un gasto extradordinario. Nos dispusimos a pasar la noche. Me costó mucho quedarme dormido. Tiritaba de nervios y de miedo. Todo lo malo, lo peor, me parecía posible en aquel momento, hasta que verdaderos monstruos brotaran del jardin. El cansancio, el agotamiento, acabó por vencerme.

Me desperté sobresaltado. No recordaba muy bien la pesadilla, pero sí la angustia que me produjera. Tenía la espalda molida por aquellos malditos guijarros puntiagudos que algún idiota pusiera allí como adorno. No encontraba una buena postura, me pusiera como me pusiera algún guijarro se clavaba en mi cuerpecito menudo. Recé para que Dios me concediera el sueño. A la mañana siguiente quería estar fresco, al menos lo suficiente para causar una buena impresión a los curas. Pensaba que de ello dependería la posibilidad de seguir estudiando. Me aterrorizaba la posibilidad de tener que convertirme en minero, como mi padre, y bajar al fondo de la mina. No podría soportarlo.

Aquella noche me desperté tantas veces que a punto estuve de bajar los brazos y entregarme. Bien hubiera podido permanecer allí horas y horas, en aquel silencio mágico. El agua de las fuentes del parque producía un ruido relajante, muy agradable. Por otro lado tenía suficientes temas para fantasear. ¿Cómo sería el colegio? ¿Sería verdad que había tantos campos de futbol? Echaba de menos mi cama, la posibilidad de cerrar la puerta de la habitación y leer algún tebeo a la luz de la linterna, para que mis padres no vieran luz bajo la puerta y vinieran a ver por qué no me dormía.
No hay noche tan larga que no termine con la alborada. Cuando abrí los ojos mi padre ya estaba en pie. Había ido a mojarse la cara a la fuente más cercana y se estaba secando con una toalla. Me pidió que me levantara y me lavara también un poco. Luego recogió las mantas, las metió de cualquier manera en la maleta e intentó cerrarla. Tuvo que sentarse encima y maldecir durante varios minutos hasta conseguir que los cierres encajaran. Mientras tanto Antonio y su padre se levantaron en silencio, disponiéndose a esperar hasta que se abriera la puerta.

Mi padre no pudo esperar. Volvió a llamar y a insistir, muy nervioso. Al cabo de unos minutos se encendieron luces en el interior y se oyeron pasos. Mi padre miró su reloj de pulsera. No me atreví a preguntarle la hora, no me atreví ni siquiera a moverme. Permanecí paralizado, casi sin respirar. Había llegado el momento.

Y el momento llegó. Un fraile, con hábito negro, como ala de cuervo, capucha a la espalda, un cinturón de cuero rodeando su cintura y unas sandalias en los pies descalzos apareció en el umbral. De un vistazo se hizo cargo de la situación. Se dirigió a mi padre. Quería saber si habíamos dormido allí. ¿Cómo podía saberlo? Entonces vi la toalla sobre el murete de piedra. No se le escapaba una al frailecito.

Antes de que mi padre pudiera contestar ya se estaba lamentando el cura. Lo sentía mucho, pero eran las normas, a las diez se cerraban las puertas y no se abría a nadie.¿Qué había pasado? Mi padre pudo por fin explicar la situación. Balbuceaba un poco. Estaba asustado. No tanto como yo, pero sí bastante.

El fraile nos invitó a pasar y todos accedimos al vestíbulo. Era enorme. Yo no había visto nada parecido, claro que había visto muy pocas cosas. El techo era muy alto y en aquel vestíbulo bien podían coger más de cincuenta personas y creo que sin muchas apreturas. En un rincón un mostrador que al parecer se utilizaba como recepción. Al fondo unas cristaleras enrejadas separaban el lugar de un amplio pasillo.

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MI BIBLIOTECA PERSONAL XV


DIARIOS DE ANAIS NIN

Leyendo por primera vez sus diarios de infancia y adolescencia, que no había conseguido hasta ahora, me ha sorprendido descubrir la evolución de esta portentosa mujer a la que ya conocía desde mi juventud, cuando leí por primera vez sus diarios al tiempo que leía también la obra de Miller. Como escritor de diarios -comencé a escribir mi primer diario en unos cuadernos justo por esta época en Madrid, a la que yo denomino mi época negra, cuadernos que por desgracia quemé en una crisis hace algunos años- sé muy bien lo difícil que es mantener una continuidad en un diario, algo que Anais hace con voluntad de hierro puesto que es muy difícil encontrar algún salto en la cronología, aunque sea solo de un día, también he sufrido la dificultad que supone desear hablar exclusivamente de tu vida y mantener al margen a las demás personas que forman parte inextricable de ella. De hecho una parte de sus diarios permanecieron inéditos para no herir o molestar a alguno de ellos, especialmente sus amantes. Por eso me resulta ahora tan apasionante leer su Diario amoroso que he conseguido en formato digital. Además de todo ello para escribir un buen diario se requiere explotar, como diría Henry Miller, y olvidarse de lo que puedan pensar o decir de ti quienes lean ese diario, es más lo ideal sería escribirlo como si fueras a leerlo tú solo, sin la menor autocensura, y luego esperar a ver qué hacemos si tienes la suerte de que vaya a ser publicado. Tal vez se necesita alguna poda, pero siempre será preferible a escribir pensando en que fulanito o menganita se molestarían mucho si lo leyeran.

Cuando escribes sobre tu vida en un diario debes ser consciente de que estás haciendo un streptease, te estás desnudando hasta no dejar ni un poro de tu piel a cubierto, y olvidarte de lo que puedan pensar los demás de tu cuerpo desnudo, de tus defectos, de la erosión del tiempo o de la vida, de si vas a gustar mucho, hasta el punto de generar deseos libidinosos o si vas a causar tanta repugnancia que alguien, tal vez muchos, no puedan evitar el vómito. Anais Nin escribe como si nunca fueran a leer sus diarios, escribe para ella, sin miedo, sin vergüenza, con naturalidad. Cuando enseña algún párrafo a alguna amiga o luego a su amante Henry, aún se le nota el pudor cuando escribe sobre la vergüenza que esto le produce. Todos los escritores escribimos pensamos en ser publicados, pero dudo que Anais tuviera claro que intentaría publicar sus diarios, al menos hasta ya muy avanzados. Esta sinceridad y naturalidad hace que sus diarios sean profunda y sensiblemente humanos, incluso hasta el detalle ingenuo e incluso infantil. Ella no escribe pensando en los que la van a leer, escribe para sí misma, incluso convierte al diario en un amigo, como he descubierto ahora mientras leo sus diarios de adolescencia.

Aparte de una biografía, una vida, que merece la pena conocer en toda su profundidad e intensidad, los diarios de Anais tienen una gran calidad literaria, escribe muy bien, y ya forman parte indiscutible de la historia de la literatura. Es apasionante no solo descubrir el alma de esta gran mujer y su portentosa evolución sino también conocer a otros personajes, más o menos históricos y famosos, psiquiatras, escritores, todo el mundillo del París de aquellos tiempos o del Nueva York de su adolescencia y juventud. La personalidad de Anais Nin es indiscutible, pero me temo que no puede ser encasillada. Tal vez a ciertas feministas les gustaría proponer a esta mujer como símbolo de la liberación femenina y de la lucha por la igualdad, pero es imposible conseguirlo sin forzarla mucho. La propia Anais tampoco se preocupó mucho de estos temas, limitándose a vivir su vida a su manera y a evolucionara conforme las duras lecciones de la vida la iban moldeando. Es cierto que no fue una mujer tipo de su época, ni mucho menos una mujer-florero, todo lo contrario, pero sus vivencias, incluidas las sexuales, son personales e intransferibles, no formó parte de corriente alguna, defendiendo vivir su propia vida por encima de todo.

Es inevitable leer sus diarios desde la perspectiva masculina o femenina, pero esto no influye decisivamente en la lectura. Yo me he sentido como si leyera a cualquier otro ser humano, cualquier otra persona, al margen de su sexo o sus tendencias sexuales, solo en ocasiones puntuales uno no puede evitar darse cuenta de que la psicología femenina y la masculina siguen siendo distintas, como lo son sus cuerpos, gracias a Dios. Hay algo que siempre nos diferenciará, nos pongamos como nos pongamos, lo que no significa que se pueda permitir, eso jamás, la desigualdad o discriminación por razón del sexo, pero a la hora de vivir es cierto que seguirá habiendo diferencias importantes entre la mujer y el hombre.

En cuanto a su lectura como género erótico yo diría que su condición de diarios supera cualquier consideración de ese tipo. Anais es muy discreta, muy sensible, muy buena escritora a la hora de hablarnos de sus amantes o de su vida sexual, yo diría que es todo lo contrario a Henry Miller, quien resultaría realmente pornográfico si no fuera un escritor tan poderoso y si todos los personajes que aparecen en sus novelas no estuvieran tan vivos. Como yo mismo escribí en un intento de manual del perfecto escritor erótico, que inicié hace tiempo, para mí la única manera de diferenciar entre erotismo y pornografía sería que el erotismo lo practican seres humanos y la pornografía robots sin alma. Eso de diferenciarlas por la falda más o menos corta o por si se ve o no la ropa interior o por si se describe más o menos el acto sexual, me parece una tontería. A mi, particularmente, me resultan más pornográficas ciertas escenas sexuales en las que apenas se describe nada, pero que son protagonizadas por auténticos robots sin alma, que las escenas más fuertes de las novelas de Miller, porque el lector es perfectamente consciente de que son seres humanos los que están teniendo sexo.

La recomendación de los diarios de Anais Nin es absoluta, sin matices, sin géneros de los lectores, y no solo porque conocer a un ser humano por dentro siempre es recomendable, sino también como obra literaria.

MI BIBLIOTECA PERSONAL XIV


LA CRUCIFIXIÓN ROSADA (SEXUS, PLEXUS, NEXUS) DE HENRY MILLER

Aún recuerdo muy bien cómo descubrí a Henry Miller. Fue en un escaparate de una libreria de un barrio de Madrid, no puedo precisar el barrio. Por supuesto, había oído hablar del gran escándalo de un escritor americano y de sus “novelas pornográficas”. Corría el año 1978, en plena transición, cuando ya había aparecido en los quioscos Interviú o estaba a punto de aparecer, mi memoria no puede llegar a esos detalles. Acababa de llegar a Madrid para tomar posesión como funcionario de justicia, yo era un joven ingenuo, apocado y a quien ya se le había diagnosticado su enfermedad mental. Tenía unos 21 o 22 años, tal vez 21, a punto de cumplir 22, puesto que tomé posesión unos días antes de mi cumpleaños. Hacía poco más de tres años que había abandonado el colegio religioso y a pesar de que mentalmente superé enseguida la represión sexual y religiosa, emocionalmente aún continuaba llevando esa carga. Me costó Dios y ayuda comprar mi primera revista Interviú y disfrutar con los desnudos, pero no me costó nada entrar en aquella librería y comprar La Crucifixión rosada de Alfaguara en traducción de Carlos Manzano, que aún me sigue pareciendo excelente a pesar de que nunca he podido leerlas en inglés. En mi biblioteca personal conservo buena parte de la obra de Miller que compré en aquellos años, no toda porque entonces comenzaba a llegar. Con el traslado, hace no mucho, y la colocación de algunos libros en las dos estanterías que ha comprado por Internet, he descubierto que me falta una de las novelas de la trilogía, y he recordado que se la presté a un amigo hace ya muchos años, un error puesto que no creo que él llegara siquiera a leerla y yo me quedé sin mi ejemplar. Por suerte he podido adquirir un ejemplar digital.

Poco a poco fui comprando el resto de su obra que iba llegando a cuenta gotas, los Trópicos, El coloso de Marussi, etc. He observado que conservo todos los ejemplares y se me ocurrió buscar el resto de su obra que iré pidiendo por Internet. Ya me han llegado dos libros que no tenía y espero conseguir el resto, siempre que estén traducidos. Al mismo tiempo me hice con los Diarios de Anais Nin, a quien Miller mencionaba mucho, como es natural, puesto que fueron amantes. También me faltaba un ejemplar que pedí por Internet y ya me ha llegado, aprovechando para hacerme con los que me faltaban, especialmente los diarios de infancia y adolescencia.

No suelo hacer mucho caso de las críticas o rumores sobre cualquier escritor, y mucho menos si lo tildan de pornográfico, prefiero leerlo y luego opinar. En mi juventud Miller supuso un impacto impresionante, como lector apasionado de literatura y también como escritor en ciernes. Dejando de lado su misoginia, que es cierta, su vivencia del sexo, que se podría calificar de machista, sin equivocarse mucho, lo cierto es que es uno de los escritores que me llegó con más fuerza en aquellos años de lector compulsivo. Estoy de acuerdo con el propio Miller cuando dice que uno solo llega a ser un gran escritor cuando explota, cuando acaba con todas sus inhibiciones, el miedo al qué dirán, la autocensura, y todas esas tonterías que acaban por amordazar y aprisionar al escritor novato que se deje, recortando sus alas. La prosa de Miller es tan directa, tiene tanta fuerza que uno parece estar sosteniendo en sus manos un cartucho de dinamita que podría explotar en cualquier momento.

Enseguida se nota que estamos ante un gran lector que ha aprovechado todo lo que ha leído, como podemos ver en su obra “Los libros de mi vida”. Posee una gran cultura, autodidacta, la mejor, y su pensamiento ha ido evolucionando hasta alcanzar altas cumbres. Quien busque en Miller solo un machista que habla del sexo con total desparpajo se llevará una sorpresa porque son sus ideas las realmente pornográficas y explosivas, con ellas se podría dinamitar esta sociedad, bien colocadas las cargas en los puntos clave. Es un hombre con criterio propio, muy leído, que decidió abandonar la cárcel de la sociedad de consumo y vivir a salto de mata, como un “clochard”, sableando amigos y enemigos, viviendo de lo que podía y a veces llegando al límite más allá del cual está la delincuencia pura y dura. Es uno de los pocos escritores que abandonó todo para dedicarse solo a escribir, intentando vivir o malvivir de ello. Sin amigos como Anais Nin y otros muchos es posible que se hubiera muerto de hambre o acabara siendo un estafador de tres al cuarto, en cambio aquella vida bohemia le ha dado una terrible fuerza a su escritura que no se casa con nada ni con nadie.

Hay que leer los diarios de Anais Nin para situar en su verdadero contexto las relaciones de Miller con June, su mujer, una verdadera mina de oro como material de ficción, puesto que tanto los trópicos como esta trilogía, como buena parte de su obra hablando de esta relación, una y otra vez, de forma obsesiva. Como lector me sorprendí mucho de la elaboración que Miller hace de este material autobiográfico, pero como escritor aún fue mayor el impacto. Creo que debo mucho a Henry Miller como escritor, yo también aprendí cómo puedes manejar y malear un buen material autobiográfico para transformarlo en una obra literaria cuando menos interesante. Analizando mi obra me doy cuenta de que en buena parte de ella aprovecho mis vivencia, mi propia autobiografía, para escribir obras de ficción que son un híbrido extraño entre un diario, puro y duro, como es el caso de los diarios de Anais Nin, y una obra de ficción puramente imaginativa. Es por eso que la obra de Miller y los Diarios de Anais armonizan tan bien, hasta el punto que aconsejo leerlos a la vez, un libro de Miller, un diario de Anais. Es lo que hice yo en aquellos tiempos juveniles y lo que estoy haciendo ahora de nuevo, releyendo la obra de ambos a la vez, con la adicción de obras que no había conseguido hasta ahora.

Leyendo a Anais uno descubre que tal vez June no hubiera sido un material literario tan bueno de no ser por la poderosísima fuerza de Miller. Un buen escritor es aquel que con una pizca de realidad, bien transformada, con unos cuantos cartuchos de dinamita, bien escondidos bajo la piel de la realidad, consigue que todo le explote en las narices al lector, como sucede con esta Crucifixión rosada que aconsejo leer después de los Trópicos, es conveniente una lectura cronológica, puesto que de otra forma habrá que volver atrás muchas veces.

La obra de Miller es ante todo una gran obra literaria, una obra maestra, si además la situamos en el género erótico se puede disfrutar mucho por quienes gusten del erotismo en todas sus formas, especialmente del erotismo literario. Mi obra en este género se lo debe todo a Miller, a quien pretendí imitar, sin ningún éxito, todo sea dicho con mi saga de Johnny, el gigoló. Claro que para ello, además de ser tan buen escritor como el propio Miller, hubiera necesitado vivir alguna de sus experiencias vitales y haber terminado con todo resto de aquella represión que me clavaron en el subconsciente en aquel colegio religioso -experiencia que cuento en la novela Los pequeños humillados, con sus dosis correspondiente de ficción- y que ha frustrado una faceta importante de mi vida.

Para las lectoras un consejo: no intenten olvidarse del machismo de Miller mientras lo leen, no lo van a conseguir, pero sí al menos déjense llevar por la terrible fuerza de su prosa y disfruten de esta auténtica demolición de una forma de vida, lo más alejada posible del famoso sueño americano.

CRAZYWORLD XX


EN LOS BOSQUES DE CRAZYWORLD/ CONTINUACIÓN

-Muchas gracias, hombre. Es todo un detalle por tu parte.

-No hay de qué. Este Robert es el mejor amigo del millonario y un pájaro de cuidado. Como puedes ver también le gusta el “sado”, aunque en las grabaciones que he visto no ha pasado de unos azotes en el culo de su amante o de unos latigazos muy suaves. Sí le gusta mucho esposarlas a la cama. También tiene ramalazos masoquistas. A veces se visten los dos de cuero, con antifaces y se deja pisotear por su dueña. En algún video llega a una degradación repugnante. Ella le obliga a beberse su orina. Se acuclilla sobre él y le lanza el chorrito a la boca. Realmente repugnante, pero muy divertido. Otro día te busco la grabación y te la dejo a mano para que la veas cuando quieras.

-Tú también estás hecho un buen pájaro, Jimmy, un pájaro de cuidado. Has conseguido un maravilloso refugio. Me gustaría poder pasar aquí una larga temporada, lejos de esa chifladura de Crazyworld. Pero me temo que nos echarían en falta y nos buscarían. ¿No es así?

-Tú también acabarás siendo un pajarraco, amigo. En cuanto al tiempo que se puede pasar sin que te echen de menos y comiencen a buscarte, depende mucho de quién esté de turno en el Centro de Seguridad, del humor de Sun y de otras muchas circunstancias. Nunca estás seguro de lo que puede ocurrir si llevas algunos días sin hacer acto de presencia por allí. Cuando Heather está de turno puedes pasarte una semana sin aparecer por ninguna parte, nadie te echará de menos.

-¿Qué es eso del turno de guardia?

-El protocolo que el director les dio, al comenzar a funcionar Crazyworld, y que luego fue reformado por el doctor Sun les obliga a dar un parte diario confirmando que están todos los que deberían estar, y no solo pacientes, se refiere a todo el personal. Es algo así como pasar lista en una prisión. Recuerdo que cuando llegué los guardias de seguridad pasaban lista por la mañana y por la noche. Nos hacían formar en el comedor y como algunos pacientes ni siquiera responden a su nombre les acompañaba una camarera. También lo hacían en los demás edificios del personal, incluido el de las putas y putos. Todos tenían que formar como en el ejército, ponerse firmes y responder a la lista. Fulanito de tal… ¡presente! Era un verdadero cachondeo. El doctor Sun que presenció una noche el desmadre que se organizó al pasar lista, reformó el protocolo que les había dado el director. Tenían que comprobar en las grabaciones o constatar en los monitores que no faltaba nadie. Con eso era suficiente. Con el tiempo se organizaron entre ellos mismos para que el parte correspondiente, debidamente firmado, estuviera en el despacho de Sun todas las noches a las veintidós horas. Ahora uno se encarga cada semana de ese trámite. Cuando está Heather ni se preocupa de cerciorarse por dónde ando, si no me ve en las grabaciones o en los monitores. Ya sabe que soy culo de mal asiento. Pero con los demás no ocurre lo mismo, se lo dirían a Sun y este organizaría una búsqueda hasta que me encontraran. Luego me castigaría a las celdas de aislamiento, un día, una semana… con él nunca se sabe.

-¿Y cada cuánto tiempo está Heather de guardia?

– Solo los jefes están autorizados a firmar y presentar el parte y actualmente son cinco que se sustituyen entre sí en diferentes turnos. Calculo que está una semana al mes, algunos meses dos semanas y otros ninguna. Si quieres pasar aquí unas vacaciones, pregúntame antes, los turnos nunca se cumplen a rajatabla, y se cambian según las necesidades y los acuerdos a que lleguen entre sí los jefes de seguridad.

-¿Y tú cómo te enteras?

-No te voy a contar todos los secretos, al menos no el primer día. Si estás de acuerdo en ir organizando un plan de fuga será imprescindible también contar con Heather. Puede que necesitemos que ella esté de guardia dos semanas seguidas. Tú no tendrás problemas en convencerla. Ya has visto que la tienes en el bote. A mí me odia, aunque hubo un tiempo en el que se mostró muy cariñosa conmigo.

-Cuenta, cuenta…

-No tenemos tiempo. La semana que viene le toca a Heather de guardia, si no lo cambia. Podríamos venir aquí y estar unos días, nos merecemos unas vacaciones. Creo que dejaremos los vídeos por hoy. Se está haciendo muy tarde. Te dejaré los mejores a mano, para que puedas echarles un vistazo cuando quieras. Ahora debes anotar mis instrucciones y dejarlas aquí, pegadas a este monitor. Puedes utilizar ese taco de posit-it.

Y Jimmy me fue dictando todo lo que debería saber para funcionar con aquel formidable equipo de grabación y espionaje. De momento a mí solo me interesaba conocer el funcionamiento de los vídeos y los deuvedés. Puede que la función de cámara lenta me viniera bien para recrearme en ciertas escenas, pero poco más. Cuando se lo comenté, El Pecas se enfadó mucho. ¿Acaso se me había pasado por la cabeza traerme a mis ligues y no grabar lo que hiciéramos? Debía de jurar hacerlo o me arrepentiría de haber conocido su gran secreto. No sé lo que pensaría hacerme si no juraba, no quise saberlo. Juré sin inmutarme, repitiendo la fórmula que él me fue dictando. Antes quise saber si él también grababa sus hazañas sexuales. Me lo confirmó, pero como yo me mostrara un tanto desconfiado, buscó una cinta y la puso un momento. En ella podía verse a Jimmy follando con una mujer que yo aún no conocía. Me bastó, aunque le pedí que en la próxima ocasión me dejara todas sus grabaciones a mano o yo no le dejaría las mías.

-Mira, cuando traigas a una mujer hasta aquí, deberás procurar que no sepa dónde está ni el camino que ha recorrido. Lo mejor sería que la durmieras. Puedes pedirme somníferos y te ayudaré con la carretilla. Si eso te parece demasiado complicado, al menos ponle una venda en los ojos y no dejes que se la quite hasta estar dentro de la cabaña. Puedes convencerla como si tuvieras para ella un regalo muy especial y no pudiera verlo hasta que tú se lo digas.

-¡Pero Jimmy! ¡Cómo crees que puedo mantenerla con los ojos cerrados la media hora o más que nos ha llevado caminar por el bosque! Además que nos perderíamos seguro.

-Te haré un mapa con todas las señales que he ido marcando. Y en cuanto a las mujeres se nota que eres amnésico y no recuerdas nada. Una mujer con un motivo romántico de primera clase se dejaría atar, amordazar, que le pusieras una venda en los ojos y hasta que la des una azotaina en el culo.

-¡No seas bruto, Jimmy!

-Ya me lo dirás cuando adquieras experiencia. A cambio mañana me ayudarás a traer algunos bidones de gasolina para el generador, que aunque se gaste poco vamos a necesitarlos para pasar el invierno. Ya tendremos tiempo de hablar del plan de fuga. Ahora me vas a acompañar al bunker nuclear. En caso de emergencia podríamos sobrevivir aquí un par de años sin ser localizados. Claro que yo no me encerraría ahí sin una mujer con la que poder pasar el rato. Sería muy aburrido.
Meticulosamente apagó todo lo que había encendido, dejándolo todo tal cual estaba.

-Cuando vengas, procura no dejar señales de que alguien ha descubierto la cabaña y anda por aquí. Hasta ahora no he notado nada que me haga pensar que el millonario sigue viniendo o que algún miembro del personal sabe de su existencia, pero mejor es prevenir que curar.

-De acuerdo, Jimmy, seré cuidadoso.

Apagó las luces. Por suerte había dejado encendida la luz del pasillo que proyectaba un pequeño rectángulo en el techo del desván. Me empujó con suavidad para que pasara delante. Descendí por la escalera de cuerda sintiéndome Tarzán de los monos. De nuevo una imagen clara en mi memoria. Ya pensaría en ello cuando tuviera tiempo. El Pecas recogió la escalera y cerró la trampilla con cuidado. En cuanto estuvo en el suelo colocó la escalera metálica, en la que había trepado para abrir la trampilla, en el armario del pasillo. Sin más se puso al frente y bajó escaleras hasta llegar a un sótano, decorado con más cabezas de animales y más cuernos. Me pareció una especie de museo cinegético de los bosques de Crazyworld, con mapas enmarcados y colgados de las paredes, fotografías de animales, pájaros, reptiles y todo tipo de bichos y breves textos que explicaban su vida y milagros. Todo estaba muy bien distribuido, con sillones orejeros y sofás para descansar, comentar cómo va la vida y tomarse una copa del mueble bar. Era un lugar amplio, aunque un poco estrecho para mi gusto. Si te encontrabas con una pareja, de frente, y tú ibas acompañado, alguien debería ceder el paso. Es solo para que se hagan una idea de cómo estaba distribuido aquello.

Jimmy no me dejó echar un vistazo, comprendía su prisa aunque consideraba su reacción como exagerada, teniendo en cuenta que llegar tarde a cenar o noche avanzada no debería causarnos problemas, salvo que cerraran las puertas antes de la hora habitual. ¿O es que me estaba ocultando algo?

Sin pausa y sin comentarme nada sacó algunos libros de una pequeña estantería pegada a la pared del fondo, a la izquierda de la escalera. Asistí impertérrito al esperpéntico ritual que El Pecas fue coregrafiando. Parecía sacar un libro al azar y luego otro de otra estantería, y uno lo dejaba a la mitad y otro lo sacaba por completo y algunos libros estaban juntos y otros muy separados… Aquello no tenía el menor sentido. Cuanto terminó, repasó lo hecho. Yo me acerqué, curioso, Los títulos y autores de los libros eran variados, no encontré ningún tipo de clave. Más bien parecía que escogía cada libro por su posición en la estantería y lo sacaba hasta una distancia determinada, si bien con un par de libros hizo lo contrario, los empujó hacia dentro, una cuarta aproximadamente. Cuando todo estuvo en su sitio correspondiente, según el esquema que él poseía en la cabeza, se puso de espaldas a la estantería y comenzó a caminar hacia mí, que me encontraba enfrente, de una forma que consideré muy infantil. En efecto, colocaba el pie izquierdo y luego el calcaño derecho, de forma que la puntera del izquierdo tocara la parte trasera del zapato derecho y luego al revés, y así iba caminando y contando, al parecer. Hasta que alcanzó la cantidad que andaba buscando. Entonces se paró, me miró sin verme y dio un fuerte zapatazo en el suelo. Regresó corriendo hasta la estantería y hurgando con la palma de la mano por detrás, a una altura determinada, me pareció que apretaba un botón u oprimía un saliente.

Mi sorpresa no tuvo límites cuando un lienzo de pared, al que estaba pegada la estantería, comenzó a moverse, con mucha lentitud al principio, y luego con más rapidez hasta dejar un espacio suficiente para que pasara una persona. Jimmy me hizo una seña de que le siguiera y él se coló en el interior en un visto y no visto. El lienzo de pared que se estaba moviendo debería encajar a la perfección para que yo no hubiera advertido nada extraño. Creo que nadie se hubiera dado cuenta, ni aunque se pasara un buen rato meditando frente a esa pared.

Tras la pared me encontré con un pequeño hueco, un vacío del que no pude hacerme una idea hasta que Jimmy encendió una pequeña luz sobre la puerta acorazada. Sí, porque el hueco había sido excavado en la piedra. Una enorme puerta acorazada, circular, imagino que hecha del mejor acero del mundo, nos impedía el paso al interior. Me recordó a las de los submarinos (¿dónde había visto yo un submarino?), con la típica ruedita a la que se da vueltas en un sentido u otro, según se intente abrir o cerrar. En el centro de la rueda parpadeaba una especie de monitor digital. Jimmy se puso a teclear, o más bien, a tocar con los dedos aquí y allá, en otra especie de danza esperpéntica, ésta vez con las manos. El resultado fue que la luz roja de arriba, la que me había permitido hacerme una idea de dónde nos encontrábamos, cambió a verde. Entonces El Pecas me pidió que le ayudara a mover la rueda hacia la derecha, como las agujas del reloj. Cuando le pareció bien empujó hacia fuera y por mi parte ayudé lo que pude.

Se oyó una especie de musiquita, muy suave y bastante hortera para mi gusto y la puerta comenzó a moverse sobre sí misma. Jimmy pasó el primero, yo le seguí con una cierta aprensión, si aquella puerta que se abría automáticamente, se cerraba de la misma forma y sin avisar allí nos quedaríamos los dos el resto de nuestras estúpidas vidas. Las luces se habían encendido en cuanto la puerta blindada comenzó a moverse. El interior era como la cueva de Alí Babá y los cuarenta ladrones, solo que aquello era un bunker nuclear y los ladrones éramos solo dos y no cuarenta.

Jimmy seguía teniendo prisa, así que no dejó que me regodeara con lo que estaba viendo. Se trataba de una especie de loft gigantesco, con paredes de piedra, en lugar de tabiques de ladrillo. De hecho se había excavado en la piedra de la montaña todo el espacio, por lo que tanto techo como paredes, en bruto, hubieran podido ser las de un túnel excavado en la montaña.