PERDIDO EN EL TIEMPO XIV


PERDIDO EN EL TIEMPO XIV

CANTO GREGORIANO
MISA DE ANGELIS

He golpeado el volante con un golpe seco de mi puño, he frenado bruscamente y apagado las luces. Cierro los ojos e intento rezar. La vida nos parece algo tan sólido y elemental que no somos capaces de imaginar el prodigio que supone estar vivo. Es más comprensible el vacío, la nada, no suponen ningún esfuerzo. En el principio era el vacío y la no existencia, nada existía y nada tenía por qué existir, un silencio infinito ocupaba cada partícula del eterno vacío, nada ni nadie era consciente de que ese debería ser el estado natural de las cosas. Hasta la explosión primigenia no surgió el misterio, de un diminuto huevo comprimido por fuerzas inexplicables brotaría un universo infinito, infinitos universos infinitos. Y en el culo del mundo, del universo, un planeta como tantos otros acogió la vida que surgía del misterio. Y entre tantas criaturas una de ellas tuvo un ápice de consciencia, suficiente para ser consciente de su existencia, para preguntarse de dónde había surgido.

Cuando la mano de la divinidad nos sostiene sobre el vacío todo tiene sentido, somos porque tenemos que ser, porque fuimos desde el principio, aunque no lo recordemos y seremos hasta el final, aunque no lo sepamos, y el círculo perfecto nos aleja de la nada, lo único perfectamente lógico. Nos creemos poderosos, nos creemos dioses, creemos en nuestra existencia eterna aunque sabemos que antes del primer vagido de consciencia no recordamos nada y aquel que no recuerda es nada. Y los diosecillos de pacotilla se ponen a transformar un planeta, eliminando todo aquello que les estorba y creen que están transformando un universo, que ellos son el centro de ese universo, que en toda la infinitud del universo, que en todos los infinitos universos infinitos solo existe una criatura inteligente, consciente.

Todo nos pertenece, todo se retorció hasta el paroxismo y el huevo primigenio explotó y se expandió solo para que nosotros viéramos la luz y nos pusiéramos a parlotear como cotorras sobre lo importantes que somos, lo poderosos, únicos, la cima de la creación. Y ni siquiera aceptamos la gran fraternidad humana como centro de un universo en expansión, nuestro ego es tan inmenso, tan apocalípticamente ridículo que cada uno llega a creerse el centro de todo y de todos, somos soles únicos y a nuestro alrededor giran todos los planetas, somos supernovas deslumbrantes y las galaxias se arrodillan a nuestro paso.

Pero cuando la mano divina se retira y caemos hacia el abismo de la nada, cuando el vacío se hace a nuestro alrededor, cuando el silencio y la soledad es todo lo que podemos esperar, nos hacemos conscientes de la nada que somos y de la fina capa de aire que nos separa de la no existencia. Entonces solo queda rezar, rezar para que todo vuelva a ser como antes, para que podamos volver a sentirnos el centro del universo, la realidad única y última, para que podamos pavonearnos por las calles de nuestras ciudades, hinchando el pecho ante nuestra desmesurada importancia personal; para que podamos ser poderosos y terribles, despojando a los tontos de lo que creen tener, torturando a los corderos que no saben que están en nuestras manos, en el matadero que hemos fabricado para ellos. Y nos creemos inmortales y nada nos podrá arrebatar una existencia tan sólida, y los días pasarán como antes pasaban, cuando la mano divina nos sostenía en el vacío pero no nos dábamos cuenta de ello y ni siquiera dábamos las gracias.

Y cuando la mano se retira solo queda rezar. PADRE NUESTRO… KYRIE ELEISON…AVE MARÍA… AGNUS DEI…

Aprieto los ojos pero las lágrimas se escapan a mi pesar. Recuerdo mi adolescencia, cantando la misa de angelis en la misa de celebración de la fiesta del colegio. Entonces estaba solo pero no lo sabía, porque otras voces cantaban conmigo. Entonces estaba convencido de que nunca moriría porque era joven y la vitalidad me rezumaba de las orejas, y el tiempo futuro, la muerte, estaban tan lejos, tan, tan lejos, que uno no podía pensar en ello sin reírse. Entonces creía que la vida me concedería todo lo que le pedía, porque yo eran grande, me lo merecía, había hecho méritos, los haría, amaría y sería amado, nunca estaría solo, alcanzaría todas las metas que me había propuesto y sería grande, grande, grande.

Y la mano se retira y comienzo a caer a un vacío infinito, me gustaría reírme a mandíbula batiente, porque nada se me podía arrebatar ya, puesto que todo me había sido arrebatado, pero siempre se puede sufrir un poco más, aunque solo sea una pizca. Siempre se te puede arrebatar la luz, incluso en un día gris y nublado, con la niebla llegando hasta tus ojos. Y la noche se puede hacer eterna, cuando las farolas se apagan. Y ningún otro vehículo me acompaña en mi camino solitario por la autopista. Los otros estaban lejos, pero estaban, no me hablaban, pero hablaban entre ellos. Siempre era posible recibir una llamada inesperada, pero ahora ya no hay cobertura ni la habrá nunca más para mí. La mancha blanca y lanuda del rebaño permitía la sugestión, el frío intenso de la soledad es menos intenso cuando observas al rebaño balar a lo lejos.

Entonces tenía mis libros para vivir las historias escritas por otros, ahora no tengo nada, podría haberme traído el libro electrónico con miles de libros digitales en su pancita lisa. Ni siquiera me acordé de poner en la bolsa el libro de papel de mi mesita de noche. Solo me queda una pequeña libreta casi llena de anotaciones sin importancia. No podría escribir mucho, aunque quisiera, no podría contar mi historia, aunque alguien pudiera escucharme. Estoy solo, en medio de una desierta autovía, silenciosa y oscura, llorando, rezando. Pido que la mano divina vuelva a sostenerme de nuevo, aunque regrese a la soledad de aquel apartamento diminuto, entre mis libros de papel, mis libros digitales, mis cuadernos y libretas, mi música. Todo lo que escribí durante años será arrojado a la basura sin contemplaciones, ha sido como cavar una y otra vez mi tumba, donde ni siquiera puedo ya ser enterrado. Al menos me gustaría sentir dolor físico, un pinchazo en el pecho, anunciando el infarto, esa opresión en el cerebro precursora del ictus cerebral. Al menos podría hacerme la ilusión de que dentro de un mes o dos, o tres, habré muerto de hambre, o antes de sed, cuando ya ni pueda beberme mis orines. Pero ni siquiera eso me ha sido concedido. No tengo hambre, no tengo sed, el cuerpo es ligero como una nube, levito sobre el asiento de un coche al que nunca se le terminará la gasolina, no tengo para escribir ni un libro para leer. No necesito comer, ni beber, ni excretar, ni dormir. Puedo dar vueltas y vueltas o quedarme parado y rezar. KYRIE ELEISON.

Al menos me queda la música. Al menos me queda el recuerdo, aquel adolescente que cantaba con su voz dislocada la misa de angelis. Al menos me queda la memoria del pasado. Al menos podré escribir novelas en mi mente, contarme todas las historias que quiera.

Y me pongo a cantar con voz destemplada, mientras las lágrimas mojan mis mejillas, intentando rezar para que la mano divina vuelva a sostenerme en el vacío.

KIRIE-E-E-EE-EEE

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s