ALGUNAS HISTORIAS SÓRDIDAS I


ALGUNAS HISTORIAS SÓRDIDAS

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ALGUNAS HISTORIAS SÓRDIDAS

NOTA A LA NOTA

 

Desde hace algún tiempo estoy empeñado en la edición personal de mi obra completa. Es un capricho que no me sale muy caro y que me permito, tal vez guiado por sentimientos no muy claros, aunque para mí más que aceptables.

 

Soy consciente de que solo un milagro conseguiría la publicación de algunas de mis obras antes de mi muerte o incluso después de ella, de forma póstuma, como fue el caso de Kafka. No es algo que me preocupe ni mucho ni poco, porque como dicen por mi tierra “a burro muerto la cebada al rabo”.  Lo que suceda con mi obra literaria (expresión retórica y grandilocuente donde las haya) tras mi muerte es algo que me preocupa tanto como que me pongan comida para alimentarme en el más allá.

 

Si tuviera la más mínima duda de que lo que llevo escribiendo durante todos estos años es algo más que pura y egocéntrica diversión, tal vez me sintiera un poco obligado  a que no se hundiera en el olvido para siempre. Si Max Brod, el amigo de Kafka, no hubiera decidido saltarse a la torera la recomendación de “K” de que quemara todos sus manuscritos, la historia de la literatura habría perdido mucho, muchísimo en mi opinión subjetiva, y creo que no solo yo, algunos más, hubiéramos quedado un poco huérfanos.

 

Pero este no es mi caso, por supuesto, nada se perdería si mañana  quemara todo lo escrito y eliminara todos los textos subidos a Internet, salvo mi propia vanidad. Aún así me apetece mucho tener en mi biblioteca  mi propia obra, editada a mi manera, para mí particular refocile y solaz.  Desde hace un año he ido comprando en “los chinos” una especie de álbumes plastificados que son muy adecuados para presentaciones con texto y fotos o ilustraciones. Poco a poco, sin prisa pero sin pausa,  porque no es mi intención morirme antes de tiempo y espero que ese tiempo me permita vivir hasta los cien años, más o menos, me temo que más ya no sería vivir, solo vegetar.

 

Estos relatos, las historias sórdidas, tienen ya algunos años, bastantes, los escribí en una etapa muy concreta de mi vida, cuando la evolución personal y como escritor era la que era.  He reformado algunos, reescrito otros y los menos han quedado tal como estaban.

 

Incluso para un lector avispado, sería muy complicado dilucidar lo que hay en ellos de real, de vivencia personal, de autobiografía o de técnica narrativa transformadora de la realidad. Eso sí, todos están basados en hechos reales, ocurridos en mi entorno o leídos en la prensa o vistos en telediarios o en otros programas televisivos, incluso alguno lo escuché en la radio. De entre ellos, tal vez el cincuenta por ciento, están basados en vivencias personales o en vivencias de otras personas muy próximas dentro de mi entorno, en una etapa concreta de mi vida.

 

Hay personas reales que aparecen en estas historias, cuyos nombres y circunstancias personales han sido modificadas, y cualquier dato que sirviera para identificarlas ha sido completamente transformado, por lo que resultarían irreconocibles, incluso para mí, si el recuerdo no fuera tan vivo en mi memoria. En algunos casos, ni muchos ni pocos, las personas han fallecido, o ha transcurrido tanto tiempo que no podrían recordar lo sucedido o serían incapaces de reconocerse en los personajes que se mueven en ellas.

 

¿Por qué no había subido estas historias hasta este momento? No suelo hacerme estas preguntas. Dejo que el tiempo y las circunstancias hablen o que mi subconsciente se muestre imperioso, coercitivo, entonces sé que ha llegado el momento de hacer algo o de dejar de hacerlo. Tal vez la necesidad de subir a Internet esta serie de relatos se deba a un ejercicio que llevo haciendo desde hace algún tiempo. Se trata de ejercicios de “Recapitulación”. Así lo denomina don Juan, el protagonista de los libros de Castaneda, un brujo o chamán yaqui, que en Nuevo México y allá por los años 1960, introdujo a Carlos Castaneda en el camino del conocimiento, tal como nos lo cuenta él en toda su obra.

 

La recapitulación es una técnica chamánica que don Juan dice a Castaneda le resultará imprescindible para transformarse en un “guerrero impecable”. Consiste en recordar los acontecimientos más importantes en la vida de un aspirante a guerrero, los más importantes a nivel emocional. Don Juan tiene la teoría –que yo comparto desde que Milarepa me hablara de la “vinculación”- de que todas las personas vamos dejando atrás hilillos energéticos. Habitualmente van asociados a circunstancias dramáticas o intensamente emocionales y sentimentales.

 

Antes de morir, el guerrero impecable debe recapitular toda su vida, para que al morir el Águila se quede con la recapitulación y le deje sobrevivir a la muerte. Todos estos términos les resultarán muy extraños, pero no se preocupen, porque a partir de primeros de año comenzaré a subir un diccionario chamánico, sacado de los libros de Castanda, que les servirá para saber de qué estoy hablando. Esta técnica de “recapitulación” se contradice con otra, la de “borrar el pasado”, que también les explicaré en ese diccionario. Pero solo es una contradicción en apariencia, como sabrán a su debido tiempo.

 

El hecho de que en el thriller que he comenzado a subir se hable mucho de los libros de Castaneda, también me ha impulsado a confeccionar ese diccionario. Y nada más. Creo que ha llegado el momento de “recapitular” mi pasado. Me servirá como contrapunto al delirio que me ha acompañado y me acompañará en historias tan delirantes como Crazyworld o Un escritor frustrado, pongamos por caso. Necesito volver a pisar tierra con fuerza y que me fantasía se ancle durante un tiempo. Estas historias me ayudarán, sin duda.

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NOTA.- Esta serie de relatos surgió como una necesidad del autor de reencontrarse con la realidad perdida. Extraviado en la fantasía más delirante necesitaba tomar tierra de nuevo y nada mejor que la sordidez de unas historias, siempre con un sólido anclaje en la realidad, para poner a la imaginación en su lugar, un lugar muy alto, sin duda, pero con la perspectiva desenfocada.

 

Todos los relatos parten de un hecho real, bien sea una vivencia personal, una historia narrada por un conocido, un cotilleo oído al azar o una crónica perdida entre las páginas de un periódico y de una brutalidad que solo tienen las realidades más sórdidas. Todo me podía servir y me puse a ello como un ejercicio de humildad y de penitencia. Cuando te pierdes en el humor o en la fantasía necesitas enfrentarte otra vez a la desnuda naturaleza humana. Podría haber elegido respirar aire puro y narrar historias donde la parte más espiritual del ser humano elevara la consciencia del lector. Las dejo para otra serie, aún en fase de esbozo. La sordidez de nuestro lado oscuro no puede ser enterrada en el olvido, porque vivimos tiempos sórdidos y es preciso que nos enfrentemos a lo que todos, todos sin excepción, podríamos llegar a ser si nuestro ángel de la guarda no guiará nuestros pasos.

 

Este relato no se basa en un hecho real, sino en una “vivencia” real. El autor padeció en su juventud terribles depresiones que le hicieron pasar una temporadita en el infierno. Lo peor no fue la angustia y el sufrimiento inenarrables, sino el desprecio, la marginación y la conducta vil y rastrera de muchos de sus semejantes. Eran personas normales y sin embargo se comportaron como auténticas bestias, incapaces de la compasión, la empatía y el respeto que todo ser humano merece, aunque sea un enfermo mental, o precisamente por ello. Este relato narra los sentimientos más íntimos del autor ante estas vilezas. Pudo haber elegido otro soporte, un niño con síndrome de Dawn que es maltratado por adultos, una adolescente violada, un pedófilo que compra a unos padres con malas artes, el tonto del pueblo que soporta las bromas sangrientas de “los listos”. Cualquiera de estos soportes le hubiera permitido expresar su vivencia, pero eligió una historia con un componente sexual más soterrado que explícito porque le da un toque especialmente morboso y repugnante a una conducta que retrata lo peor de nuestra naturaleza humana.

 

En otras historias la realidad habrá sido vivida por otros o por el mismo autor que solo las manipulará lo imprescindible para que la narración no pierda interés o alcance el clímax emocional necesario para atrapar al lector. En ellas los veinticuatro pecados capitales (por poner un número, hay muchos más) y alguna que otra virtud nos intentará retratar los abismos de la psicología humana. Confieso que Dostoievski ha sido mi maestro en esta dura aventura y a él van dedicados estos relatos, donde quiera que esté.

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