CRAZYWOLRD XXII


MI PRIMERA NOCHE CON KATHY

Logré escaparme de Alice, pero no antes de que me pellizcara un bíceps. Semejantes muestras de cariño y de intimidad lograron que mis mejillas se incendiaran ligeramente. Menos mal que nadie nos había visto… Bueno, es un decir, porque sorprendí a Jimmy mirando con ojos golosos a la camarerita, escondido tras la puerta del salón, de la que asomaba su naricita pecosa. En cuanto estuve a su lado me susurró:

-Si me consigues a Alice habrás pagado parte de la deuda que tienes conmigo.

Me encogí de hombros.

-Haré lo que pueda.

Aquel pecosillo creía haberse transformado en mi gran acreedor. Iría viendo cómo me desenvolvía en Crazyworld, aquella jungla laberíntica, y luego decidiría sobre las supuestas deudas de Jimmy.

La cena transcurrió con cierta tranquilidad. Jimmy escogió la misma mesa, al lado de la cocina. Supuse que para lanzar pellizcos a Alice al pasar, aunque tuve la sensación de que J. era persona non grata. Todo el mundo parecía huirle, especialmente las mujeres. Me pregunté si hasta mi llegada no habría tenido que comer solo y si yo no sería el tonto caído del cielo para terminar con su soledad, la oreja paciente que escuchaba todas sus tonterías sin protestar y el instrumento, el puente, para llegar allí donde él ya no podría volver a llegar.

El menú fue excelente, como no podía ser menos tratándose de una residencia para millonarios. Una sopa de guisantes, seguida de pescado a la plancha y tarta de cerezas. Me pregunté si J. habría pensado en la posibilidad de colarse en la logística de transportes. Me parecía la forma mas obvia de huida, aunque si eso se me había ocurrido a mí también se le habría ocurrido a todo el mundo.

Aproveché para observar con más detenimiento a cada paciente. Si iba a pasar allí una temporadita, mejor saber con quién me tendría que gastar los cuartos y qué incidentes me depararía el futuro con aquel rebaño de gente rara, siendo muy suave en los calificativos.

Todo parecía tranquilo. Observé que algunos pacientes hablaban en voz alta consigo mismos. Otros charlaban animadamente con mis compañeros de mesa, como si estuvieran en un restaurante de lujo en lugar de un frenopático. Me pregunté qué clase de enfermedad padecería. Como J. estaba deseoso de charlar aproveché para hacerle preguntas.

-No te preocupes. En cuanto se nos presente la ocasión asaltaremos el despacho del doctor Sun y podrás ver las historias clínicas de todos.

-¿Cómo piensas hacerlo? ¿Es que le has mangado la llave?

-Tengo una llave maestra. Me la facilitó la señorita Ruth.

-No tienes remedio, Jimmy.

-Hay que buscarse la vida. Esto es una jungla. Ya lo comprobarás.

El tiempo se deslizó con normalidad hasta que el hombre de múltiple personalidad, un maduro espécimen, rayano en la obesidad y vestido de forma estrafalaria, como si se hubiera movido subrepticiamente de habitación en habitación, poniéndose una prenda aquí y otra allá, todas desconjuntadas, de diferentes tamaños y colores y hasta una especie de chal que posiblemente habría mangado en una habitación ocupada por un huésped femenino, se levantó de la mesa, con la sopa de guisantes resbalando de su barbilla y se contoneó como una auténtica mujer hasta llegar a nuestra mesa. Me miró con un remedo de picardía barata y me dijo.

-Joven, es usted muy atractivo. Estoy a su disposición esta noche para un buen polvo. ¿Podría pasar por mi habitación después de cenar?

Se quedó esperando respuesta. El Pecas se tronchaba de risa. Me dio un codazo y me susurró.

-Síguele la corriente o tendremos jaleo.

-Es usted una preciosidad. Cuente conmigo.

El Sr. Múltiple personalidad me lanzó un beso con la yema de los dedos y regresó a su mesa con un contoneo aún más pronunciado.

-Te has pasado un poco, pero has estado bien. La personalidad de Adelita llevaba mucho tiempo sin aflorar. Le debes gustar mucho.

-¿Adelita?

-Una mujer mexicana. Suele cantar a voz en grito aquello de si “Adelita, lala,lalala. Ya sabes. Hoy le ha dado por tirarte los tejos. Esto es nuevo.

Un plato salió volando estrellándose contra la pared. Nos sobresaltamos. Habíamos dejado de seguir el contoneo de Adelita. Antes de llegar a su mesa debió ocurrir algo porque la buena mujer estaba ante la mesa de una pareja madura, los brazos en jarras, contemplando de hito en hito hito al hombre. Este parecía realmente asustado. El plato de la sopa de guisantes parecía ser el suyo, lanzado con mano maestra por “Adelita”. Este se puso a chillar con una voz femenina tan aguada que algunas copas de vino estallaron en mil pedazos.

-No le consiento, caballero, que me mire así el culo. Una dama merece un mínimo de respeto.

-¿Quién es la pareja, Jimmy?

-El matrimonio Durán, esclavos de qué dirán, una pareja de mequetrefes muy ricos. Padecen una patología severa que el doctor Sun ha diagnosticado como “síndrome de personalidad falsamente empática”. SPFE. Se pasan el día pendientes de que nadie hable mal de ellos y cualquier mirada que les dirigen es interpretada de la peor manera posible. Adelita ha escogido muy mal. Los Durán se volverán insoportables durante una buena temporada.

Un celador musculoso, como salido de la nada, se abalanzó sobre Adelita. Intentó hacerle una llave para reducirla pero ésta se volvió como un puma hacia él y le redujo con enorme facilidad con una llave portentosa de muñeca.

-Mala suerte para Ronald, toro sentado, ha hecho surgir la personalidad de Huang Ching Ping, maestro en artes marciales. Ahora tendremos una bonita diversión -dijo y acomodó sus codos en la mesa, dispuesto a presenciar un espectáculo escalofriante-.

Lo fue. Comenzaron a brotar celadores de todas partes, como si lo hicieran de la tierra, que se lanzaron sobre Huang Ching Ping como si intentaran bloquear a un jugador de futbol americano. El maestro se libró de uno, de otro, el tercero impactó con su torso, derribándole. Ambos rodaron por el suelo. Varias meses volcaron. Se oyeron chillidos. Hubo estampidos. El comedor se volvió de pronto un ring de lucha libre. Los golpes y caídas eran tan exagerados y poco creíbles como en este tipo de lucha.

Los celadores lo habrían pasado muy mal de no haber aparecido la señorita Ruth con una especie de pistola de dardos. Disparó a quemarropa sobre el pecho de Huang Chin Ping y éste pronto estuvo roncando en el suelo. Los celadores se arrastraban por el suelo, humillados y quejicosos.

-Un cliente para el doctor Sun. Las celdas de aislamiento ya no estarán vacías.

La señorita Ruth enfundó la pistola y ordenó a Alice que hiciera regresar a los comensales. La tropa volvió a regañadientes pero nadie siguió con la cena, se habían desatado las patologías y aquello era un lío espantoso. El Pecas siguió troceando el pescado, llevándose bocaditos a la boca mientras observaba al personal y me iba contando las incidencias. Yo casi había terminado de comer. Me embutí de paso y deprisa el último trozo de pescado. Terminé el postre y me levanté.

-No puedo soportar esto. Te espero en el jardín.

-Tú te lo pierdes.

Salí de estampida y solo respiré aliviado cuando me encontré fuera del edificio. La noche había caído, una noche despejada, tranquila, con numerosas estrellas en el firmamento y una luna llena muy hermosa, como de hombre lobo, con un colorido como de sangre derramada. Busqué en mis ropas el tabaco. Necesitaba un pitillo. De pronto recordé que era amnésico. ¿Acaso era fumador antes de perder la memoria? Si era así sentía síndrome de abstinencia y ahora no tenía un pitillo a mano.

Se oyó una sirena estridente. En el edificio se escuchaban voces destempladas, ruidos como de platos que se rompían, carreras… A mi lado pasaron varios celadores en ropa de calle, sin duda fuera de servicio. Seguramente estarían en sus residencias, tan tranquilos, cuando oyeron la sirena de alarma. Eso deduje de aquel evento inesperado. Todo se fue calmando. Al cabo de media hora Crazyworld parecía un cementerio. J. no apareció. Me sentía tan cansado que decidí retirarme. Entré en el edifico. Estaba vacío, las luces apagadas. Encontré como pude las escaleras. Subí un piso y otro hasta llegar al tercero. Encontré de nuevo mi cuarto. Cuando iba a abrir la puerta apareció la señorita Ruth, surgiendo de la oscuridad como un fantasma huesudo. Me dio susto de muerte.

-Hemos logrado reducir el motín, la mayoría está en las celdas de aislamiento. Tendré que cerrarte por fuera. Será una noche complicada joven. Intente dormir y olvídese de todo. Oiga lo que oiga permanezca quietecito y en silencio. Volveré a abrir la puerta por la mañana y sobre todo ni se le ocurra facilitarle las cosas a Kathy. Es de todo punto imprevisible lo que hará, más con esta locura que se ha desatado, pero puedes estar seguro que intentará acostarse contigo, no se le ha escapado un novato, paciente o del personal, desde que Crazyworld es Crazyworld. No tengo mucha confianza en que la puerta cerrada la detenga, pero tampoco es cuestión de darle todas las facilidades, dejar la puerta abierta y servirte en bandeja, joven. Lo dicho, intente dormir y si todo va bien mañana se sentirá como nuevo.

No supe qué decir. Entré en el cuarto encendí la luz y a mis espaldas escuché la llave en la cerradura. ¿Me estaba encerrando aquella vieja bruja? En otro momento me hubieran puesto a aporrear la puerta como un loco, pero estaba demasiado cansado. Había sido un día con tantas emociones que me desprendí de la ropa prestada, a manotazos, me quedé en pelota picada y me introduje entre las sábanas con un suspiro de alivio. ¡Al fín! ¡Uff, qué bien!

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