Mes: febrero 2017

ALGUNAS HISTORIAS SÓRDIDAS II


EL COMPROMISO

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Puede que llevara ya un par de años viviendo en el piso de mi amigo A. cuando una tarde éste entró acompañado de una mujer en aquella covacha infecta de solterones. Era una mujer joven, de unos veinticinco años, tal vez alguno más o alguno menos, yo entonces era un mal fisonomista porque no sentía el menor interés por las personas con las que me relacionaba. Me llamó la atención su baja estatura, era muy bajita y muy delgada, al menos para mi gusto. En cambio su rostro era agradable, de rasgos suaves en una cabeza pequeña y bien formada.

Me la presentó como Dulce, una amiga portuguesa. Hablaba español, aunque no muy bien y con fuerte acento portugués, lo que no me importó porque sonaba muy dulce, como su nombre. Me gustó a primera vista, al menos físicamente. La acababa de conocer por lo que no podía juzgar de su carácter y personalidad, aún así enseguida advertí algo extraño en ella. Se comportaba como si la casa fuera suya y A. su novio. Parecía tener un carácter fuerte y un tanto agresivo. Eso es algo que no me gusta en las personas, no soporto que me traten como si ellos estuvieran muy por encima de mí. Todos somos iguales, sino hermanos, al menos pertenecemos a la misma especie, la humana. ¿A qué viene entonces dárselas de dioses que visitan esta miseria de planeta?

A. le enseñó la casa y mientras les seguía, como un perrito faldero, observé las expresiones de su rostro al ver los dormitorios, sucios y con las camas sin hacer; el fregadero de la cocina, con la cacharrería sucia de varios días amontonada de cualquier manera, y la mesa del salón repleta de botellas vacías de ron Bacardí y Cocacola. Sin que mi presencia le incomodara lo más mínimo se puso a dictarle condiciones a mi amigo. Nada de esto, nada de lo otro, no soporto vivir en una pocilga… Y así todo el rato. Comenzó a resultarme antipática y nunca conseguiría cambiar esa primera impresión.

¿Quién era Dulce? ¿Cómo se atrevía a dar órdenes en casa ajena? Debo remontarme un par de años atrás para que la historia tenga sentido. A. y yo nos conocimos en el lugar menos propicio para las amistades. Ambos estábamos internos en un psiquiátrico. Yo llevaba allí varios meses, debido a una fuerte depresión que me había llevado a un intento de suicidio. Al cabo de unos días me enteraría de que él, A., era un alcohólico que estaba siguiendo una terapia de choque, porque todas las anteriores no habían dado el menor resultado.

El hecho de que no me lo dijera desde el principio me predispuso un poco en su contra. No soportaba a los mentirosos. La sinceridad abría mi corazón y rechazaba la hipocresía. Me refugiaba en mi concha y una vez allí era complicado conseguir que volviera a sacar la cabeza.

A. era un hombre joven, treinta años, me confesó en una conversación que mantuvimos paseando por un pasillo en forma de cuadrilátero, que rodeaba las habitaciones. Le habían injertado una pastilla en la ingle para evitar que bebiera. Yo desconocía aquel tratamiento y por un momento pensé que me tomaba el pelo. Pero era cierto. Al parecer se trataba de una terapia de choque que solo se les aplicaba a los alcohólicos que no respondían a nada. La ingestión de alcohol con aquella pastilla dentro de su cuerpo les producía unos efectos terribles, como presenciaría unos días más tarde.

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Por suerte el psiquiatra un hombre de unos cuarenta años, con modales burgueses y muy suaves que ocultaban una fría determinación que me obligó a pasar casi dos años en aquel infierno, ahora parecía bastante convencido de que mi “psicosis maniaco depresiva” como él había calificado mi pertinacia en los intentos de suicidio, había remitido casi por completo. De hecho hasta me dejaba salir a pasear por los jardines y estaba dispuesto a concederme algún permiso de fin de semana que nunca utilicé hasta entonces.

A. solo llevaba allí unos días y se le veía bastante desesperado e inquieto. No soportaba estar encerrado, me dijo. Se aburría y pasar las horas muertas recorriendo pasillos y tonteando con la monja encargada de la enfermería y con P., una psicóloga de buen ver, le empezaba a resultar insufrible. Estaba dispuesto a pedir el alta voluntaria. Tenían que dársela, aunque el psiquiatra, el mismo que me trataba a mí, le había convencido de que esperara al menos una semana, hasta ver cómo respondía al tratamiento.

Convenció al doctor para que nos dejara pasear por los jardines cuando quisiéramos e incluso salir hasta una cafetería próxima. El psiquiátrico estaba a las afueras de Madrid, en un lugar deshabitado, cerca de un campamento militar. A. gustaba de ir a tomar un café o un refresco en aquel bar de carretera. Allí hablábamos de temas intrascendentes. Yo procuraba mantenerme despierto y responder a sus preguntas, aunque la medicación a que estaba sometido era tan fuerte que tenía que hacer terribles esfuerzos para no dormirme de pie.

Una tarde, A. pidió una copa de coñac. Intenté disuadirle, pero se puso tan agresivo, incluso violento, que decidí dejar que se rompiera la crisma contra la pared. Eso fue lo que sucedió, porque al segundo trago comenzó a ponerse pálido, a marearse, y acabó por los suelos. El dueño quiso intervenir. Logré que me dejara sacarle de allí. Sirviendo de muleta comenzamos a caminar por la orilla de la carretera, de regreso al psiquiátrico. Hubo momentos en que creí que se moría en mis manos.

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Aquella experiencia le hizo recapacitar. Durante dos días permaneció encerrado, sin atreverse a salir, ni siquiera al jardín. Me visitaba en mi habitación y charlábamos, yo sentado en la cama y él en la única silla del cuarto. A pesar de que la medicación me obligaba a pasar todo el día luchando contra el sueño, intentaba leer los libros que había llevado. Recuerdo muy bien que por entonces estaba leyendo las obras completas de Shakespeare, de editorial Aguilar. Un capricho que me había costado muy caro para el sueldo miserable que percibía como funcionario.

A. era profesor de matemáticas en un instituto. Según me dijo se pasaba la mayor parte del curso de baja. No le gustaba mucho leer y consideraba la literatura como una distracción para mentes poco lógicas. Aún así me pidió el libro. Se lo dejé, aunque estaba leyendo Hamlet. Yo me quedé con la segunda parte de las obras completas y comencé a leer los sonetos.

Al cabo de los dos días A. me dijo que se marchaba. Había pedido el alta voluntaria y a pesar de los consejos de la monjita, con la que al parecer hacía buenas migas, y de los serios consejos de P., a la que piropeaba más por pasatiempo que por verdadero deseo de seducirla (me había confesado que ya no se le “levantaba”), ya no aguantaba más y se iba.

Me limité a encogerme de hombros. Ya tenía muy claro que era mejor dejarle a su aire. Aceptaba muy mal los consejos y salvo que estuviera muy bien, solía responder de forma muy agresiva. Traía el libro consigo. Alargué la mano, respirando aliviado de recuperar una obra tan valiosa para mí. Pero él no me la dio. Me preguntó si me importaría que se la llevara. Estaba a mitad de una obra, no me dijo cuál.

A pesar de mi juventud –tendría entonces unos veintidós o veintitrés años- era muy consciente de que allí había gato encerrado. Ya sabía que no le gustaba leer y además, una vez en su casa, podría leer lo que le apeteciera. ¿Por qué Shakespeare precisamente? Insistió tanto que cedí. Me había hecho a la idea de no volver a verle más. Eso sería para mí un alivio. Ahora me vería obligado a visitarle al salir de allí para recuperar aquel tesoro. Era un contratiempo muy molesto, pero no estaba en condiciones de enfrentarme a él ni a nadie.

Pasó el tiempo. No volví a saber de él. Con harto dolor de mi corazón y dominado por una angustia compulsiva, tuve que aceptar la pérdida de lo que tanto me había costado conseguir. Había estado ahorrando durante meses para comprar los dos tomos de las obras completas. Maldije mi estupidez y aquella timidez patológica que tanto daño me causara a lo largo de mi corta vida.

 

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LOS PEQUEÑOS HUMILLADOS VI


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Caminamos fuera del patio y entonces veo algo que hace que mis ojos brillen de alegría. Hay una enorme planicie con el suelo de cemento. Allí hay muchas canchas de baloncesto y campos de balonmano. Siento del deseo de gritar y de saltar, pero me contengo. El cura ha visto mi alegría y me pregunta. ¿Te gusta el deporte? Asiento con la cabeza, incapaz de hablar. ¿Qué deporte te gusta más. El futbol. Sonríe. ¿De qué equipo eres? Del Real Madrid. Nueva sonrisa. ¿ Y quién te gusta más Gento o Amancio? Digo que Gento porque corre más. Nos dice que los fines de semana por la tarde podremos escuchar carrusel deportivo de la Cadena Ser, a través de los altavoces. Y nos los señala.

Me gustaría tener un balón, de reglamento, de cuero, si pudiera ser y ponerme ya mismo a jugar. He visto que donde acaba el patio de deportes hay un talud pronunciado y al fondo están los campos de futbol. Aunque voy vestido conmi trajecito de las fiestas, chaqueta y pantalón corto y zapatos de charol, conforme a las instrucciones que les dejaron a mis papis, no me importaría ponerme a jugar, tal como estoy.

Entonces recuerdo cómo supe que tenía vocación. Estábamos en la escuela del pueblo. Era un día como cualquier otro. Entonces llamaron a la puerta y el maestro fue a abrir. Volvimos la cabeza y allí estaba un cura raro. En vez de sonata llevaba un hábito negro con capucha que le caía sobre la espalda. El maestro le saludó y ambos caminaron hacia el encerado. Allí se volvieron y todos miramos al cura raro  con ojos como platos. Nos lo presentó. No recuerdo el nombre. Era un fraile de la orden de los agustinos y venía a hablarnos de la vocación. El hombre de negro se persignó y comenzó a decirnos qué era la vocación. Nos comentó el pasaje del evangelio en el que Jesús llega a donde están pescando unos hombres y les dice que dejen todo, que les hará pescadores de hombres. Y comienza a decirnos qué grande es la vocación de seguir a Cristo y cómo no hay tarea mejor que salvar almas. Habla muy bien. Todos nos quedamos embobados. Hay un gran silencio, nadie se mueve, ni siquiera los mayores que siempre están armando jaleo. Me siento raro, nunca había pensado en eso, aunque desde la primera comunión rezo todos los días y voy a comultar los domingos, después de confesarme con el cura del pueblo. He pensado muchas veces en ir a Africa a salvar „negritos“ , pero nunca imaginé que eso se pudiera hacer de verdad. Pero lo que me deja fuera de mí es lo que dice del colegio. Parece como un cuento de hadas. Sobre todo me gusta que haya tantos campos de futbol y de baloncesto y de balonmano. Quiero ir. ¡Cómo me gustaría ir!

Me abstraigo en mis fantasías, por eso no entiendo muy bien lo que dice. Solo sé que he alzado la mano. Yo quiero ir allí a jugar al futbol. ¿Es por eso que he subido el brazo? El fraile se me acerca. El maestro le dice al cura que yo soy el mejor alumno, que tengo muy buena cabeza. Que sería una pena que se desaprovecharan mis posibilidades. Ambos se acercan a los ventanales y hablan en voz baja. El maestro dice que se ha terminado la clase por hoy. Cuando voy a salir, me retiene. ¿Te gustaría que fuéramos a hablar con tus padres? Asiento con la cabeza sin saber muy bien lo que estoy haciendo.

Veo como en un sueño cómo ellos me acompañan hasta mi casa. Aquel día está también mi padre porque ha trabajado en el turno de noche. Su sorpresa no tiene límites. Mi madre está muy nerviosa. No sabe dónde meterse. Pide disculpas, podían haber avisado. No ha tenido tiempo de limpiar. Le dicen que no importa. Ella les hace pasar a la cocina y ni siquiera se le ocurre invitarles a nada. Ellos no parecen darse cuenta. Hablan de mi como si yo no estuviera presente.El maestro dice que soy un genio, que sería una pena desaprovechar mi cabeza. El cura dice que Dios no les perdonaría si torcieran mi vocación.

Mi madre está tan nerviosa que no sabe dónde mirar. Mi padre también está nervioso aunque se le nota el orgullo de tener un hijo tan listo. El cura les explica lo del colegio, los estudios, los campos de futbol. Mi madre dice que nada le gustaría más, pero son muy pobres, el suelo no llega a final de mes. Interviene el maestro. Les dice que hay becas y que yo con mi cabeza sacaría beca todos los años. Solo tendrían que pagar la ropa necesaria y algunos gastos extra. Mi padre pregunta cuánto. Se le nota que le gustaría poder hacerlo, pero es excéptico, aunque fuera una cantidad mínima no podrían hacer frente.

El cura les entrega unas hojas mecanografiadas. Allí está toda la ropa necesaria y los gastos imprescindibles. Mi madre la lee y casi se desmaya del susto. Recupera su valor y pregunta. ¿Y el albornoz? Es necesario para salir de la ducha, hay que guardar el recato, y para ir a la piscina. ¿Hay piscina? Pregunta mi padre. El cura le explica cómo es la piscina. Mi madre ya se ha recuperado. No la convencerán fácilmente. Esto parece el ajuar de una novia. El cura toma la ocasión por los pelos. Sí, en efecto, la vocación es como el matrimonio del alma con Dios.

Hablan y hablan. Parece imposible que les convenzan. Entonces el maestro utiliza el argumento definitivo. Se dirige a mi padre. ¿Te gustaría que tu hijo fuera minero? Mi padre se derrumba. Siempre me ha dicho que la mina es lo último. Admite que sería fantástico que yo fuera al colegio, pero no podrán pagarlo. Es imposible. Mi madre hace cuentas por encima. El cura les dice que pueden pedir fiado, que podrían pagarlo en varios meses. Luego, el curso siguiente, todo sería gratis porque yo sacaría beca. Mis padres dicen que se lo pensarán, que no pueden dar una respuesta definitiva. El maestro queda en volver a visitarles. Cura y maestro se van y en casa queda una espada sobre nuestras cabezas. Mi madre me pregunta qué he hecho. Les digo que nada, solo les dije que quería ser cura. Mi madre es muy religiosa y eso la enorgullece. Mi padre está muy alegre y nervioso. Ya te dije que tu hijo es muy listo. Le dice a mi madre, que asiente pero enseguida contraataca. ¿Cómo vamos a pagar todo eso? Ni que fuéramos ricos. Y suelta una carcajada nerviosa. Todo queda en el aire. Aquel día comemos con angustia, como si en lugar de irme al colegio me fuera a la guerra.

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No recuerdo qué fue lo que realmente ocurrió para que mis padres se embarcaran en aquel bote lleno de agujeros. Solo un milagro pudo lograr lo imposible. Tal vez cuando el cura se marchó volvió a pasar por casa para intentar convencerles de que mi mente era demasiado genial para dejar que se pudriera en el fondo de una mina. Si eso fue lo que hizo yo no estaba en casa y mis padres no me comentaron nada.

El cura les había dejado la lista de todo lo que yo iba a necesitar y las instrucciones correspondientes. Con seguridad debió mantenerse en contacto con el maestro para saber la decisión definitiva. Debió haber visitado muchos pueblos, aunque no en todos encontrara un tonto como yo, más bien creo lo contrario, que en muy pocos la semilla fructificó, aún así aquel verano estuvo muy ocupado, o estuvieron muy ocupados aquellos pescadores de hombres que visitaron la provincia, las provincias, para conseguir recolectar más de cien chavales en las escuelas de media España. Era la época de las vocaciones, el florecimiento de las sotanas negras.

CARSON MACCULLERS EFEMÉRIDES LITERARIAS)


DOMINGO 19-FEBRER0 2017

CARSON MACCULLERS

LULA CARSON SMITH

1917 Nace Carson McCullers, prosista estadounidense.

https://en.wikipedia.org/wiki/Carson_McCullers

No hace mucho comenté en esta biblioteca un libro de esta gran escritora, El corazón es un cazador solitario. Por casualidad me acabo de enterar de que mañana sería su cumpleaños si aún siguiera viva. No quiero desaprovechar la oportunidad de celebrar esta efemérides haciendo acopio de alguna documentación que nos permita profundizar en la vida y la obra de una escritora genial a la que por desgracia acabo de descubrir. De haberlo hecho años antes tal vez ahora habría leído buena parte de su obra, pero nunca es tarde si la dicha es buena. Me temo que buena parte del desconocimiento de su figura y su obra se debe a su condición de mujer y a su elección como tema para sus novelas los desheredados y marginados sociales. He intentado encontrar frases o críticas de escritores famosos sobre esta novelista en Google y no he conseguido nada, lo que indica hasta qué punto sigue siendo una desconocida. En Yotube he conseguido encontrar una entrevista corta que nos puede servir, aunque esté en inglés, para saber un poco cómo era y cómo hablaba.

Todos los blancos les resultaban iguales a los negros, pero éstos se preocupaban de diferenciarlos. Por otra parte, los negros les parecían todos iguales a los blancos, pero éstos no se molestaban generalmente en fijar el rostro de los negros en su mente.

Nosotros los que sabemos debemos ser cautos. La palabra nos hace sentir bien… de hecho, la palabra es un gran ideal. Pero es con este ideal que las arañas tejen para nosotros sus telas más peligrosas.

El corazón es un cazador solitario

http://www.jotdown.es/2014/11/mujeres-de-cuento-carson-mccullers/

FRASES DE CARSON MACCULLERS

Yo vivo con la gente que creo y siempre ha hecho mi soledad esencial menos entusiasta.

El tema es el tema de la humillación, que es la raíz cuadrada de pecado, en oposición a la libertad de la humillación y el amor, que es la raíz cuadrada de maravilla.

La mente es como un tapiz rico tejidos en los que los colores se extraen de la experiencia de los sentidos, y el diseño tomados de las circunvoluciones del intelecto.

http://koratai.com/otras-paginas/cena-c%20…%20lyn-monroe

Stone Is Not Stone

There was a time when stone was stone
And a face on the street was a finished face.
Between the Thing, myself and God alone
There was an instant symmetry.
Since you have altered all my world this trinity is twisted:
Stone is not stone
And faces like the fractioned characters in dreams are incomplete
Until in the child’s inchoate face
I recognize your exiled eyes.
The soldier climbs the glaring stair leaving your shadow.
Tonight, this torn room sleeps
Beneath the starlight bent by you.

La piedra ya no es de piedra

Hubo un tiempo en que la piedra era piedra
y una cara en la calle era un rostro perfecto
Entre esto, yo mismo y Dios
hubo un instante de simetría
Desde que has alterado todo mi mundo, esta trinidad se ha perturbado

La piedra ya no es de piedra
Y los rostros, como en los sueños, son incompletos
hasta en el rostro inmaduro del niño
reconozco tus ojos perdidos.
El soldado sube la escalera resplandeciente dejando tras él tu sombra.
Esta noche, la habitación duerme desgarrada
enmarañada por ti bajo la luz de las estrellas.

Traducción de Victoria Martínez Vega (prácticamente obligada, nunca se le pasó por la cabeza traducir poesía) con algún retoque personal.

The Mortgaged Heart

The dead demand a double vision. A furthered zone,
Ghostly decision of apportionment. For the dead can claim
The lover’s senses, the mortgaged heart.

Watch twice the orchard blossoms in grey rain
And to the cold rose skies bring twin surprise.
Endure each summons once, and once again;
Experience multiplied by two-the duty recognized.
Instruct the quivering spirit, instant nerve
To schizophrenic master serve,
Or like a homeless Doppelgänger
Blind love might wander.

The mortgage of the dead is known.
Prepare the cherished wreath, the garland door.
But the secluded ash, the humble bone-
Do the dead know?

El Corazón Hipotecado

Los muertos exigen una visión doble. Una parcela de más
a repartir cumpliendo un acuerdo espectral. Pues los muertos
tienen derechos sobre los sentidos de su amante, sobre el corazón hipotecado.

Mira dos veces el huerto que florece bajo la lluvia gris
Y los cielos rosas y fríos que traen una doble sorpresa.
Soporta cada requerimiento una y otra vez;
la experiencia multiplicada por dos – la deuda reconocida.
Ordena al espíritu tembloroso, al nervio inmediato
que sirva bien al amo esquizofrénico,
si no el amor ciego vagará extraviado
igual que un émulo sin hogar.

Sabida es la hipoteca contraída con los muertos.
Prepara pues, la preciada corona, la guirnalda de la puerta.
Aunque, de las recónditas cenizas, del hueso humilde
¿Saben algo los muertos?

http://cultura.elpais.com/cultura/2017/01/15/actualidad/1484483993_950181.html

http://www.elcultural.com/revista/letras/La-balada-de-Carson-McCullers/39108

UN VIAJE SIN RETORNO III


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Un brusco frenazo le obliga a salir  de sus recuerdos. Sobre la colina un conjunto de edificios de ladrillo hacen pensar inmediatamente en un hospital, pero la alta valla de alambre de espino en lo alto cambia la primera apreciación. Ningún hospital necesitaría encerrar a sus enfermos como si fueran reclusos. Sin duda aquello es una cárcel aunque  su interior esté lleno de doctores con bata blanca. La ambulancia se detiene frente a una gran puerta corredera con barrotes de metal terminados en afiladas puntas. A un lado el cajetín del portero automático que comunica con el interior. El conductor un hombre mayor, de pelo canoso y parco en palabras desciende del vehículo, se acerca hasta la puerta con paso cansino y llama un par de veces. Se identifica con una breve frase y la puerta comienza a moverse suavemente sobre el carril.

El vehículo recorre un largo camino de grava que lleva hasta el edificio central al que se accede por una escalera de piedra cubierta por una marquesina. A ambos lados  numerosos senderos dibujan todo el jardín que aparece muy bien cuidado con bancos de madera bajo los árboles en los que están  sentados  algunos pacientes, ensimismados en profundos, inalcanzables pensamientos. Los parterres de flores le producen una sensación de gran sosiego. Podría ser un lugar casi encantador si no existiera la valla que le recuerda su condición de prisionero. Le bastaría  con que le dejaran salir al jardín de vez en cuando para que su estancia fuera grata aunque tuviera que prolongarse algunos meses, su imaginación no necesita nada más. No siente ningún deseo de volver con sus padres, aquí podrá ser feliz ensimismado en sus fantasías.

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Entran todos en un amplio vestíbulo con suelo de baldosas relucientes, al fondo un ancho pasillo con numerosas puertas, las consultas de los médicos. A la derecha detrás de un mostrador un conserje se afana moviendo algunos papeles  intentando disimular su aburrimiento. A la izquierda un conjunto de sillones y sofás con algunas plantas muy bien cuidadas. El conserje les invita a acercarse, el conductor le tiende un papel que el otro sella. Invita al policía y al joven a sentarse en la zona de sofás mientras él descuelga el teléfono y llama a alguien. El conductor se acerca al hombre de uniforme, le pregunta si debe esperarle, este contesta que no se preocupe, un coche patrulla pasará a buscarle dentro de media hora.

Al cabo de unos minutos alguien sale de un ascensor situado  al lado de una escalera que baja del piso superior. Es  una monja de impoluto hábito blanco, en la cabeza una cofia del mismo color extendiendo sus alas a ambos lados del rostro. Es delgada como un palo, solo el hábito hace su figura aceptable a la vista. Lleva gafas con soporte metálico sobre una nariz afilada, su rostro es alargado y su expresión hace pensar en una profesora despistada que se ha perdido incapaz de encontrar el camino de regreso. Sus ademanes son fríos y su caminar firme, como un soldado consciente de la misión urgente que se le ha encomendado. Hay una curiosa contradicción entre su rostro y sus ademanes como la habría entre una maestra vestida con uniforme de general. Se planta, rígida como un poste delante del policía que se levanta bruscamente como sorprendido en falta por un superior. Hace un par de preguntas rápidas como si ya lo supiera todo, pide el mandamiento judicial y les conduce por el pasillo hasta una puerta a la derecha que abre resueltamente, se trata de una pequeña salita con un sofá y un par de sillas. Les pide que esperen allí mientras ella habla con el doctor en el despacho de enfrente, éste sale enseguida a recibirlos.

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Es un hombre bajo, delgado, de cabeza grande, barba canosa, gafas de concha, aparenta unos cincuenta años aunque podrían ser algunos menos. Le dice al policía que puede marcharse, éste le responde que el chaval puede llegar a ser peligroso. Entonces les hace pasar a su despacho, se sienta detrás de su mesa y descuelga el teléfono. Pronto llega un gigantesco celador de casi dos metros de altura y músculos de un Hércules, el doctor le pide que espere a la puerta mientras habla con el paciente. Mira al policía con sonrisa de conejo y le pregunta con sorna si ahora cree que ya puede marcharse. Este saluda con  la mano en la gorra y se marcha sin decir una palabra cerrando la puerta tras de sí. El joven tiene la cabeza vuelta hacia allí, está mirando con miedo al gigante que permanece en el pasillo firme como una roca.

El doctor abre una carpeta, saca un folio pautado, coge la estilográfica del bolsillo de su bata blanca, la desenrosca y se dispone a escribir. Pregunta su nombre, domicilio, pero no obtiene ninguna respuesta. Levanta la cabeza sorprendido, el joven se ha encerrado en un absoluto mutismo y mira sus zapatos sucios como si en ellos se desarrollara algún interesante acontecimiento deportivo. Sin perder más tiempo llama por el interfono a la monja que aparece con paso marcial seguida del celador. El doctor hace un gesto y ayudado por el celador que le coge del brazo, levantándole de la silla,  es conducido por el pasillo con la monja a su derecha hasta  la segunda planta; en un despachito que hace de enfermería le obligan a sentarse, el celador le sube la manga de la camisa y le sujeta por detrás mientras la monja le pone una inyección. Le parece humillante el trato que está recibiendo, sobre todo que la monja no conteste a su pregunta de para qué es la inyección, pero se aguanta, está decidido a soportarlo todo. El celador  toma su brazo y le arrastra por el pasillo con exagerado cuidado, él trata de desasirse con  gesto brusco pero el gigantón se lo impide y amablemente le explica que le han puesto una dosis muy fuerte de tranquilizantes, muy pronto se dormirá, ahora es posible que se maree un poco.

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Llegan al final del pasillo entrando en la última habitación a la izquierda. Esta tiene dos camas metálicas. Sobre la mesita de noche hay un pijama cuidadosamente doblado. El celador amablemente quiere ayudarle a desvestirse mientras le explica que es la habitación más pequeña de la planta, las demás tienen cuatro camas. De momento estará solo hasta que haya un ingreso. El es consciente de que la expresión hosca de su cara obliga al celador a renunciar a ayudarle,  se queda a su lado mirándole con simpatía. Cuando se introduce en la cama le arropa, luego se marcha no sin antes intentar consolarle. No es un sitio agradable pero si se lo toma con calma pronto volverá a estar fuera. El joven piensa  que a pesar de su aspecto, de la fuerza brutal de sus músculos, es un hombre amable en el que se puede confiar. Antes de quedarse dormido intenta convencerse de allí no se está tan mal, la cama no es demasiado cómoda pero sí mucho más que los bancos donde ha pasado otras noches.

UN VIAJE SIN RETORNO II


 

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II

La ambulancia rueda sin prisas por las calles de la ciudad. Un bonito paseo si pudiera olvidar el destino: la cárcel de las mentes. Se siente molesto porque nadie considerará nunca urgente su enfermedad ni  se apresurarán para evitar la hemorragia de su mente, ésta se utiliza tan poco que no somos capaces de apreciar sus heridas mortales. No  sucede así  con las del cuerpo, un charco de sangre en la acera y todo el mundo se estremece  como en presencia de la muerte. Nos aterroriza un cuerpo que se desangra y nos encogemos de hombros ante una mente vacía.

Sentado en la parte trasera en compañía de un aburrido policía, se entretiene mirando las maniobras del conductor. Por encima de su cabeza los edificios parecen volar a su encuentro como en una secuencia cinematográfica de persecución. La ambulancia acelera al tomar la carretera nacional que le conducirá al hospital psiquiátrico. Reza para que aquellos edificios le aplasten, para que se derrumben sobre él agitados por un inesperado terremoto, su deseo no se realiza como sucede con  sus deseos más profundos, al contrario parecen guiñarle sus numerosos ojos en un gesto obsceno, cómplices bufonescos de su desgracia.

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Se ha pasado toda la mañana en el  palacio de Justicia, un edificio moderno  horadado de pasillos repletos de puertas y de gente. Allí ha tenido que esperar más de media hora sentado en un banco del largo pasillo, hambriento y mareado. Por allí pasa mucha gente que se le queda mirando como a un delincuente peligroso, le ven esposado, las palmas de las manos hacia arriba reposando sobre sus muslos como solicitando una limosna espiritual. Se transforma en un hampón de película de los años treinta, esas que tanto  le gusta ver en la televisión. De nuevo la fantasía como una cariñosa amante consolándole y ayudándole a superar la  vergüenza de sentirse contemplado como un monstruo de feria.

El juez es un joven con barba bien recortada, intuye que se la ha dejado para dar mayor respetabilidad a su rostro de niño. Le trata con simpatía, casi con camaradería. Esta actitud de la autoridad le hace vulnerable  pero no hasta el punto de perder  su talante defensivo frente a la realidad. Repite la historia que ya domina como un actor bien ensayado aunque no cree que sus palabras puedan servirle frente al destino cuya sombra se agiganta tras las espaldas del niño-hombre. El despacho está más limpio que el del inspector, parece más moderno e infunde más respeto. Sentado detrás de una mesa que para él es un búnker el  joven barbudo le contempla con interés. A un lado de la mesa una funcionaria joven y atractiva enseña sus piernas disimulando no haber visto la mirada insistente del joven mientras escribe a máquina las frases que el juez dicta con voz sin entonación como si la ley no tuviera más corazón que las tapas de los libros  donde está escrita. Por primera vez desde que salió de casa de sus padres se siente tranquilo, casi feliz, es consciente de que su suerte no la decide el azar sino un joven, apenas unos años mayor que él. Observa toda la escena con confianza, es un hombre quien le juzga y al contrario de otros no parece tener el menor interés en destrozar su vida. A cada instante esta confianza se va acentuando y  su voz se afina un poco más perdiendo la impostura del adulto, en cada palabra asoma el niño que aún sigue siendo.

Firma la declaración que le presenta la administrativa a quien se atreve a sonreír atraído por su bello cuerpo, por su dulce cara, por un vago intento de sonrisa compasiva en la comisura de esa  boca de finos labios que desearía besar. Declina leerla, está convencido de que palabra alguna podrá modificar unos hechos que tiene frente así como una fría pared que él no ha construido ni podrá destruir nunca. Vuelve a sentarse en el banco del pasillo a la espera de que aparezca el médico forense a quien se ha llamado para que asesore sobre cuál debe ser su futuro. Se permite una mirada de niño perdido hacia un grupo de hombres con carteras, algunos con togas, tal vez letrados, que comentan algo con voces tan solemnes como la vieja estatua de la Justicia vista al entrar al edificio con sus ojos atrapados en una venda. Uno de ellos capta su mirada y comenta algo en voz baja, oye risas que se le clavan en el corazón como dardos envenenados. Decide volver a sus fantasías que nunca le han decepcionado.

Aparece el forense, un hombre alto, delgado, atractivo pero su frialdad en el trato y su cara de palo le hacen extremadamente desagradable. Pasan a un despachito y cierra la puerta, afuera quedan los dos policías de guardia. El médico le hace unas cuantas preguntas que él contesta con desgana, apenas algo más que un monosílabo afirmativo o negativo. El hombre se cansa pronto, parece vivir su profesión como un castigo del destino que acepta con muy poca paciencia. Se levanta y abandona el despacho sin una palabra. Al cabo de unos minutos vuelve con el joven juez que le comunica su decisión. Será internado en un hospital psiquiátrico hasta que el doctor que se encargue de su caso le facilite un completo informe sobre su estado mental. Le alarga la mano que él estrecha agradecido mientras el forense le hurta la mirada y la mano. El juez comprende su estado de ánimo e intenta reconfortarle. No le llevarán esposado, tan solo le acompañará un policía en una ambulancia más que nada para entregar su orden de internamiento.

*                           *                           *

 

EL ESCRIBIR VISTO POR LOS ESCRITORES XXII


TEMAS EN LA NOVELA

LUIS RACIONERO/EL ARTE DE ESCRIBIR

SUSPENSE
• El suspense: el único recurso literario que surte efecto ante tiranos y salvajes.

TEMAS
• Los principales hechos de la vida humana son cinco: el nacimiento, la comida, el sueño, el amor y la muerte. PodrÍamos elevar el número- añadir la respiración, por ejemplo- pero estos cinco son los más evidentes. Estudiemos brevemente el papel que desempeñan en nuestra vida y en la novela.

¿Qué hace el novelista?. ¿Tiende a reproducirlos con exactitud o tiende a exagerarlos, a minimizarlos, a ignorarlos y a presentar a sus personajes atravesando vicisitudes que ustedes y yo atrevamos, aunque llevan el mismo nombre.

• Al novelista se le permite recordar y comprender todo, si le convine. Conoce toda la vida oculta. ¿En qué momento después de su nacimiento tomará a los personajes?. ¿Hasta qué punto los seguirá antes de la tumba?. ¿Qué dirá o hará sentir respecto a estas dos extrañas experiencias?…La comida es un nexo entre lo conocido y lo olvidado; está íntimamente unida al nacimiento- que ninguno de nosotros recuerda- y se enlaza con el desayuno de esta mañana. Como el sueño- al que en muchos aspectos se parece-, la comida no solamente restituye nuestra fuerza, sino que tiene también un aspecto estético: puede saber bien o mal..¿Qué ocurrirá en la literatura con esta mercancía de dos caras?

• No vamos hablar de la naturaleza del sueño o de los sueños; solamente señalaremos que ocupan buena parte del tiempo, y que lo que llamamos “Historia” solo tiene por objeto dos terceras partes del ciclo humano y construye sus teorías a partir de ellas. ¿Adopta la novela una actitud similar?

• El sueño ocupa unas ocho horas de las veinticuatro del día; la alimentación, otras dos. ¿podemos atribuir al amor otras dos? Se trata de un cálculo generoso. Ésta es en parte la condición humana. Constituido así el propio novelista, toma su pluma en la mano, se introduce en ese estado anormal que se ha dado en llamar “inspiración” y trata de crear personajes. Estos tienen quizá que enfrentarse con otros elementos en la novela -lo que suele ser frecuente, aunque las obras de Henry James son un caso extremo-, y entonces, como es natural, los personajes tienen que modificar su carácter.

• LA MUERTE.- Les gusta porque la muerte redondea bien los libros y porque -algo menos evidente-, al moverse en el tiempo, le resulta más fácil operar desde lo conocido hacia la oscuridad que desde la oscuridad del nacimiento hacia lo conocido.

• LA COMIDA.- En la novela es principalmente social. Sirve para reunir personajes que rara vez la necesitan fisiológicamente, rara vez la disfrutan y jamás la digieren, a menos que se les pida especialmente.

• EL SUEÑO.- Un acto mecánico también. Ningún autor intenta describir la inconsciencia o el mundo de los sueños. Se introducen con un propósito que no es la vida del personaje en su conjunto, sino la parte de ella que vive cuando está despierto. Nunca se concibe a aquél como una criatura que pasa un tercio de su vida en la oscuridad.

• EL AMOR.- En primer lugar, cuando el novelista pasa de concebir a sus personajes a darles forma, el “amor” -en cualquiera de sus aspectos o en todos- cobra importancia en su mente y, sin pretenderlo, hace a sus personajes excesivamente sensibles a él (excesivamente porque en la vida real no se preocuparían tanto). -Una segunda razón..es que el amor, como la muerte, se adapta al espíritu del novelista porque proporciona un final adecuado a los libros…Toda emoción fuerte lleva consigo la ilusión de la permanencia, y los novelistas han sabido utilizar esto. Normalmente terminan sus libros con una boda, y nosotros no objetamos nada porque les entregamos nuestros sueños.

• El incidente surge del personaje y lo transforma. Los personajes y los sucesos se hallan íntimamente enlazados, y el autor consigue esto mediante estas invenciones. A menudos son encantadores, a veces conmovedores y siempre inesperados. El impacto que nos producen, seguido de la sensación de “pues sí, está bien”, es señal de que todo marcha bien con el argumento; los personajes, para ser reales, deben ir sobre ruedas, pero un argumento debe suscitar sorpresa.

EL TIEMPO
• Para un novelista, en cambio, nunca es posible negar el tiempo en el entramado de su novela: aunque sea de una manera superficial, debe aferrarse al hilo de su historia. Debe tocar por fuerza esa interminable solitaria, so pena de volverse incomprensible, lo que en su caso supondría un patinazo.

• En una novela siempre hay un reloj.
• La base de toda novela es una historia, y esa historia consiste en una narración de hechos organizados en una secuencia temporal.
• Existe una novelista que ha intentado lograr la abolición del tiempo, y su fracaso es aleccionador: Gertrude Stein.

LA HISTORIA EN LA NOVELA

• Todos estamos de acuerdo en que el aspecto fundamental de una novela es que cuenta una historia…Este es el aspecto fundamental sin el cual no pude existir. Ese es el denominador común a todas las novelas.

• Podemos ya definir la historia: es una narración de sucesos ordenados en su orden temporal.

• En cuanto tal, la historia solamente puede tener un mérito: el conseguir que el público quiera saber qué ocurre después. A la inversa, sólo puede tener un defecto: conseguir que el público no quiera saber lo que ocurre después. Estas son las dos únicas críticas que pueden hacerse a una historia como Dios manda.

• Si Dios pudiera contar la historia del universo, el universo entero se convertiría en ficción.

• La ficción es más verdad que la Historia, porque va más allá de lo visible.

PERSONAJES

• Los actores de una historia son, o fingen ser, seres humanos.

• La función del novelista es revelar la vida interior en su origen.

• Todo lo observable en un hombre – es decir, sus acciones y la existencia espiritual que puede deducirse y la existencia espiritual que puede deducirse de sus acciones- pertenece al dominio de la Historia. Pero su faceta novelesca o romántica abarca la pura pasión, es decir los sueños, gozos, penas y autoconfesiones que la educación o la vergüenza le impiden expresar, y el mostrar esta faceta de la naturaleza humana es una de las principales funciones de la novela.
• La gente de una novela, si el novelista lo desea, puede ser comprendida del todo por el lector.

• ¿En qué se diferencian los seres que nacen en la novela de los que nacen en la tierra?. No podemos generalizar porque no tiene nada en común en el sentido científico; por ejemplo, no necesitan tener glándulas de secreción, en tanto que los seres humanos sí las tienen. Sin embargo, aunque escapan a una definición estricta, tienen a comportarse dentro de las mismas pautas.

• Podemos dividir a los personajes en planos y redondos.

• PLANOS.- Unas veces se les llama estereotipos y otras caricaturas. En su forma más pura se construyen en torno a una sola idea o cualidad; cuando predomina más de un factor en ellos, atisbamos el comienzo de una curva que sugiera al círculo…Una de las grandes ventajas de los personajes planos es que se les reconoce fácilmente cuando quiera que aparecen…Para un autor es una ventaja el poder dar un golpe con todas sus fuerzas, y los personajes planos resultan muy útiles, ya que nunca necesitan ser introducidos, nunca escapan, no es necesario observar su desarrollo y están provistos de su propio ambiente: son pequeños discos luminosos de un tamaño preestablecido que se empujan de un lado a otro como fichas en el vacío o entre las estrellas; resultan sumamente cómodos…Una segunda ventaja para el lector es que son fáciles de recordar después.

Una novela que sea medianamente compleja suele exigir tanto personajes planos como redondos.-

• Los personajes de Dickens son casi todos planos. Casi todos ellos pueden resumirse en una frase, y, sin embargo, existe una maravillosa sensación de profundidad humana. Probablemente, la inmensa vitalidad de Dickens hace que sus personajes vibren un poco; así que toman prestada de él la vida y parecen tener una existencia propia.

• Los personajes planos en sí no son un logro tan grande como los redondos..son mejores cuando son cómicos.

PROFECIA
• La profecía .. es un tono de voz. Puede llevar implícitas cualquiera de las creencias que han dominado a la humanidad: cristianismo, budismo, dualismo, satanismo o simplemente el amor y el odio humanos elevados al tal potencia que desbordan sus receptáculos normales, pero no nos preocupa directamente qué visión concreta del mundo se recomienda.

• El aspecto profético exige dos cualidades: humildad y la suspensión del sentido del humor.

PUNTOS DE VISTA PARA CONTAR LA HISTORIA

• ”TODO EL INTRINCADO PROBLEMA DEL MÉTODO EN EL ARTE DE LA FICCIÓN(DICE PERCY LUBBOCK) ME PARECE GOBERNADO POR LA CUESTIÓN DE LA PERSPECTIVA: LA CUESTIÓN DE LA RELACIÓN EN QUE EL NARRADOR SE SITÚA EN LA HISTORIA”.

• ¿Puede el escritor compartir con el lector los secretos de sus personajes?…:más vale que no lo haga. Es peligroso; generalmente conduce a un descenso de la temperatura, a la laxitud intelectual y emocional y, peor aún, a la jocosidad; es una invitación amistosa a ver cómo se sostienen las figuras por detrás…Se consigue intimidad, sí, pero a costa de la ilusión y de la nobleza. Es como ofrecer una copa a una persona para que no critique nuestras ideas.

• Son las confidencias sobre individuos concretos las que perjudican y apartan de los personajes al lector llevándole a examinar la mente del novelista. Y en momentos así nunca hay gran cosa en ella, porque nunca se halla en un estado creativo…Confiarle al lector nuestra visión del universo es cosa muy distinta. No es peligroso para un novelista apartarse de sus personajes -como hacen Hardy o Conrad- y generalizar sobre las condiciones en que cree que la vida se desenvuelve.

• REDONDOS.- La prueba de un personaje redondo está en su capacidad para sorprender de una manera convincente. Si nunca sorprende es plano. Un personaje redondo trae consigo lo imprevisible de la vida.

• Todos los personajes principales de Guerra y paz, todos los de Dostoievsky, todos los de Proust, Madame Bovary .. son redondos.

EL ESCRIBIR VISTO POR LOS ESCRITORES XXI


FICCIÓN Y REALIDAD

FRANCISCO UMBRAL

MIS PARAÍSOS ARTIFICIALES

-Nadie se ve vivir a sí mismo y el escritor menos que nadie.

-Ese es el hallazgo máximo del escribir. No se busca la belleza, ni la verdad, ni la justicia, ni la libertad, cosas todas ellas que están en la vida o no están en ninguna parte. SE busca un poco de tiempo en estado puro.

-Afirmaba Ortega que el hombre solo se mueve por razones líricas.

-Una gran obra, sobre todo una gran obra novelesca, tiene una función supletoria de mundo completo, retirado y a salvo del que podemos irnos de vez en cuando, en momentos malos o buenos, en momentos en que nos cansa el mundo que tenemos en torno.

-Pienso que el escritor, el creador de esos vastos mundos novelescos también huye de la vida al escribir.

–El lector busca siempre un autor al que devorar, busca un hombre, una conciencia, una intimidad, un canibalismo espiritual, y se come al protagonista de la novela solo vicariamente. A quien quiere comerse es al autor.

-Todos los realistas se pasan la vida metiendo la tripa, incluso los novelistas sociales españoles de los años cincuenta. Pero al esconder la tripaha sucedido la contemplación del ombligo.

-Proust y Joyce son los padres de la novela moderna porque imponen su subjetividad exasperada y lírica al libro. Se acabó el esconder la tripa.

-En la vida es inevitable traicionar al niño. En el arte se le puede salvar, conservar. Por eso el arte es sagrado.