LOS PEQUEÑOS HUMILLADOS V


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El fraile nos sugirió que tal vez lo mejor sería subir las maletas a los dormitorios, de esta forma estaríamos más libres para visitar el resto del colegio. Nos precedió, abrió la puerta acristalada y por el pasillo nos llevó hacia unas escaleras, por las que trepamos como pudimos con las maletas. Yo intenté hacerme con una pero mi padre no me lo permitió. Los dormitorios estaban en el tercer piso. Bueno creo que había otros dormitorios en el segundo, pero nosotros, los nuevos ocuparíamos uno de los dormitorios del tercero, a la izquierda de la puerta de entrada.

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El fraile no paraba de hablar. Se le notaba que estaba muy orgulloso de aquel colegio inmenso. Había costado más de mil millones de pesetas. Aquella cifra me mareó. Por mucho que lo intentara no lograria nunca imaginarme lo que ocuparía ese dinero ni cuántas barras de pan se podrían comprar. Los dormitorios tenían cabida para más de cien alumnos, y eran cuatro. El nuestro estaría ocupado por los nuevos, los que entrábamos aquel año, junto con algunos de segundo curso.

A mí me tocó una cama en una fila que miraba hacia los ventanales que se veían al fondo. Cada fila de cama estaba separada de la otra por un muro de ladrillo en el que estaban empotrados pequeños armarios de madera.  A cada lado del muro había camas cuya cabecera entraba en un pequeño hueco y al lado de la cama el correspondiente armarito. Era curioso ver cómo encajaban por ambos lados. El hueco de una fila era ocupado por un armario al otro lado y al otro lado del armario estaba el hueco de la cama del otro pasillo. Muy ingenioso. Las filas eran enormes, mirabas desde la primera y te costaba ver la última.

El fraile pidió a mi padre que dejara las maletas sobre la cama sin hacer. Ya las desharía yo más tarde. Lo que más me gustó fue un pequeño truco que nos enseñó aquel religioso. Incluso a los niños les gusta un poco de intimidad, me dijo. Pues nada más sencillo. Se abre la puerta del armario y hace como de cortina para que no nos pueda ver el de al lado y como éste también abre la puerta, cada alumno está encajonado entre dos puertas, de esta manera le produce la sensación de tener su pequeña habitación.

Luego nos llevó a los servicios. Estaban al fondo del dormitorio. Me hizo gracia la puerta, era de vaivén, como aquellas de los salones del oeste que había visto en las películas del pueblo. Eran enormes y casi como nuevecitos. Estaban tan limpios que se hubiera notado una mosca muerta en los lavabos. Nos enseñó las duchas y los retretes. Me gustó que se pudieran cerrar por dentro con un pequeño pasador. La posibilidad de que alguien pudieran entrar mientras yo estaba haciendo mis necesidades me puso los pelos de punta.  Lo que me disgustó fue que la puerta no llegara hasta el suelo. Quedaba un espacio como de dos cuartas. Un compañero con ganas de bromas podría tumbarse en el suelo y mirar a través de aquel agujero. Era un poco rebuscado, pero los niños solemos hacemos cosas tan raras como esas.

Mi padre se quedó con la boca abierta al ver el dormitorio y aún se le abrió más en los servicios. Tenían que ser enormes para que más de cien niños pudieran asearse todas las mañanas sin necesidad de hacer cola durante horas.El fraile explicó lo de las puertas, que había llamado la atención de mi padre, que se atrevió a preguntar. Algunos niños enrabietados se encierran por dentro y es necesario saber si están bien. Ya sabe usted cómo son los niños.

El hombre con el hábito negro, como ala de cuervo, procuraba ser amable, yo diría que incluso se pasaba de obsequiso o pelota. Nos invitó a acercarnos a los ventanales. Estaban muy lejos de la cama que me había tocado. Me consolé pensando que el próximo curso yo estaría allí. Las ventanas eran enormes, eso permitía que el sol iluminara el dormitorio y hubiera luz suficiente para todos los niños. Desde allí podía verse el jardín o parque, como lo llamó el cura. Estaba muy cuidado. Me pregunté si tendrían jardineros. No abrí la boca porque estaba tan asustado de que algo saliera mal y me tuviera que volver a casa que casi intentaba ser invisible.

Salimos del dormitorio y bajamos las escaleras. En el primer piso se detuvo para enseñarnos nuestra aula. Por lo visto los nuevos estaríamos en el primer piso. Al parecer allí cuanto más alto estabas más mayor eras y más categoría tenías. Del cuerpo principal  del edificio salían tres o cuatro pabellones. Allí estaban las clases. Nuestro pabellón era el más alejado del comedor y el más cercano a la capilla. En el primer piso había dos clases y al fondo un servicio muy amplio, que el cura nos enseñó casi con delectación. Estaba muy interesado en que apreciáramos la limpieza. Luego entramos en la clase más cercana a la escalera que al parecer sería la nuestra. Lo deduje porque nos preguntó los apellidos.

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No podía ser más bonita. Los pupitres eran modernos e individuales. Me gustaba estar solo. Una enorme pizarra ocupaba la pared más cercana a la puerta. Había una tarima de madera con una papelera y la mesa del profesor al final, cerca de la ventana. Todas las ventanas eran muy grandes y tenían unas persianas muy modernas que yo no había visto nunca. El fraile nos enseñó cómo se bajaban y subían y cómo se podían entornar, más o menos, según la luz que se quisiera pasar y los días, si eran más o menos soleados.

Hizo que nos sentáramos a un pupitre. Yo procuraba no mirar a Antonio para no reírme y tampoco miraba a su padre porque no me caía bien, no sabía por qué. En cuanto a mi padre, procuraba mirarle lo menos posible, no fuera que se pusiera nervioso y montara una escena, como decía mi madre cuando veía que se acercaba una tormenta. Me gustó mucho el pupitre. Era de color verde, el color que más me gustaba y además tenía un gran cajón para meter los libros. Yo había descubierto que se levantaba la tapa. El fraile esperó a que los dos niños examináramos todo, luego se acercó a la tarima y explicó que alli se sentaba el profesor. Aprovechó la ocasión para ensalzar a los profesores. La mayoría eran frailes de la orden, aunque había algún seglar, concretamente el profesor de matemáticas, don Matías, que había sido coronel en el ejército de Franco, y que era de lo mejorcito. También el profesor de dibujo, un gran artista.

Como yo me quedara mirando con reverencia el crucifijo y una ilustración muy bonita de la Inmaculada Concepción, el cura me preguntó si sabía quien era. Lo dije balbuceando. Muy bien, respondió. En efecto es nuestra madre santísima. Espero que seas muy devoto de ella. Asentí con la cabeza. Mi timidez y reverencia ante la imagen de Cristo y de su madre le conmovió un poco. Me colocó la mano sobre la cabeza y revolvió mi pelo con cariño. Eso hizo que me sintiera importante y devoto, aunque me avergonzara aquella muestra de cariño. No dijo nada de la foto de franco, muy grande, en la que se veía al generalísimo en traje militar, posando en su despacho. También estaba Jose-Antonio, un hombre vestido con el uniforme de Falange y cuya mirada me pareció muy triste. No me gustaba aquel hombre, aunque parecía guapo. Tampoco me gustaba Franco, le tenía demasiado miedo y me pareció un hombre pequeñajo y con muy poca presencia.

Salimos de la clase mientras el cura nos explicaba que al acabar la asignatura sonaría un timbre que estaba encima de la puerta y que nos enseñó. Era redondo, metálico, muy moderno. Yo no había visto nada parecido. En la escuela era el maestro quien daba dos palmadas cuando llegaba la hora de ir al recreo. Bajamos las escaleras y llegamos al sótano. Allí estaban los vestuarios. Nos los enseñó con mucho entusiasmo. El cura no dejaba de frotarse las manos. Parecía tan nervioso como nosotros, aunque no demostraba para nada tener prisa por acabar de enseñarnos el colegio. Aprovechaba cualquier cosa para decirnos lo bien que estaba todo. Los vestuarios eran muy grandes, como todo. Había unos bancos de listones en el centro, para sentarse y vestirse. También había muchas duchas, retretes y unos armarios metálicos que ocupaban todas las paredes. Cada uno tendría su propio armario que se cerraba con llave. Abrió uno. Allí se tenían que dejar las playeras y la ropa de deporte. No se permitía guardarla en el dormitorio. Aunque se cuidaba mucho que nadie robara nada y se vigilaba de cerca y se expulsaba a quien se le encontrara robando, él aconsejaba que cada alumno cerrara con llave y se quedara con ella. Para evitar tentaciones, dijo.

También dijo una frase en latín, mens sana in córpore sano, y tradujo. Mente sana en cuerpo sano. El deporte era muy importante para que los estudiantes pudieran explayar su energía y concentrarse en los estudios. También dijo que eso evitaba las tentaciones. No sé a qué se refería. Salimos de los vestuarios y por una puerta entramos en una gran sala. Allí había de todo. Mesas de ping-pong, futbolines, tableros de ajedrez y de parchís en las mesas. Hasta una mesa de billar. Era el salón de ocio, indicado especialmente en los inviernos, cuando hacía frío y no era aconsejable que los alumnos salieran al patio. Me llamó la atención las enormes tuberías que recorrían todo el techo. Todo era enorme en aquel colegio.

Mi padre estaba tan asombrado que no decía nada y el padre de Antonio no se atrevía a rechistar, era mucho más silencioso y yo creo que estaba aún más asustado que nosotros. Subimos de nuevo las escaleras y salimos a un patio, formado por dos pabellones que salían del cuerpo principal del edificio. Me llamó la atención que el patio estuviera empedrado con pequeños guijarros puntiagudos, lo mismo que la escalera donde habíamos dormido. Eso no me pareció bien. Tenían que hacer daño al caminar y si nos caíamos nos abriríamos brechas en las rodillas. Allí nos dijo el cura que se formaba en fila antes de regresar a las clases del recreo o para ir al comedor.

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