UN CADÁVER EN LA CARRETERA III


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Laura -de alguna manera hay que llamarla- escoge un excelente tinto. Resulta evidente que aquella mujer no es una cualquiera, reconvertida en la amante de un mafioso por circunstancias del azar. Sin duda se trata de una mujer con clase, con mucha clase. Puede que incluso sea universitaria, al menos aparenta poseer una cultura aceptable. Se promete descubrir esos detalles en la conversación que con toda seguridad seguirá a la primera copa de vino. Le gustan las mujeres de carácter y ella lo es, vaya si lo es, todo un carácter….

Regresan a la cocina donde él abre la botella con los gestos de un caballero de smoking ante la dama de sus sueños, que le contemplara enfundada en su vestido de noche. Sirve un sorbo en la copa de ella que enseguida paladea como una experta.

-Excelente, amiguito, eres un hombre de gustos exquisitos. ¿También para las mujeres?

-Eso no me corresponde a mí decirlo, pero creo que mi ojo es de lo mejor. Claro que un buen ojo no lo es todo, hace falta que ellas piensen lo mismo de mí.

-No seas modesto, pichoncito. Puede que te sorprenda saber que sólo gusto a los hombres exquisitos. Ya sé, ya sé que a los hombres os gustan todas. Pero solo para echar un polvo rápido. Cuando se trata de algo más y no digamos de enamorarse solo los hombres cultos y exquisitos aguantan mi galopada. Es curioso cómo sois de cínicos los hombres. Para vosotros un agujero es siempre un agujero aunque sea un dibujo en una pared.

-Ese es un retrato robot del hombre machista, sin embargo hasta él cambia en cuanto convive dos días con una mujer. Cuando la observa levantarse al servicio, después de la segunda noche de amor. Entonces empieza a ver en ella algo más que una cálida cueva donde refugiar su flauta saltarina. Al menos así lo veo yo.

-Me gusta tu manera de hablar.

-Te gustarían más cosas de mí, créeme.

 -Lo sé, pero esta noche estoy cansada. Sírveme más vino, pichoncito.

 Terminan de cenar cambiando apenas un par de frases de cortesía, ambos hacen gala de un prodigioso apetito. Engullen la sopa y las albóndigas y como postre una tarta de queso que encuentran en el refrigerador. Ella le pide una copa de buen cognac y un pitillo. El se hace con una botella de excelente licor en el salón. Llena la copa de ella y en la suya escancia una buena ración. Ofrece un cigarrillo rubio, que la mujer toma con los ademanes de una vampiresa de cine y espera mirándole fijamente –su pestañeó le recuerda a una actriz que no es capaz de situar en su memoria- a que él lo encienda. Se miran unos segundos en silencio y de pronto Laura se echa a reír.

 -No sería mala escena para una película. ¿Puedo hacerte una pregunta?

 -Claro, dispara.

 -¿Tienes novia?

 -Ninguna fija. En mi agenda algunos números de teléfono están subrayados en rojo, ni un solo círculo en azul. ¿Ahora puedo saber algo íntimo de ti?

 -Claro, dispara, pichoncito. Puede que seas el único hombre al que le cuente ciertas cosas. ¿Sabes que cada vez me caes mejor?

 -Me alegro. Es una pena que no nos hayamos conocido unos años antes. Tal vez en la universidad. Por cierto, ¿has acabado alguna carrera?

 -Si tengo varias carreras universitarias, pero un título no es necesariamente un pasaje hacia el océano de la cultura, ni significa que sepas algo más que cuatro vagos conceptos de esto o de aquello, que deberás asimilar por tu cuenta, si alguna vez quieres ejercer tu profesión. El título es solo un papel y la cultura una forma de vivir.

-¿Cómo has podido acabar en este lío?

-Siempre me gustó vivir bien y como no nací millonaria tuve que buscarme la vida; esos resquicios que esta sociedad permite tan solo a los valientes.

-Eso suena un tanto cínico.

 -El cinismo es la verdad de los valientes.

 -Esa frase debería enmarcarse, pero creo que en realidad no hace sino ocultar la realidad de una vividora sin escrúpulos.

 -Tal vez, amiguito, pero un secuestrado no debería dirigirse así a su raptora.

 -Vaya, por fin te quitas la careta, por un momento llegué a pensar que eras mi invitada.

 -Es una broma… o casi. Háblame de cómo funcionas en esta casa. Supongo que alguna señora vendrá a limpiar de vez en cuando…

 -Una señora mayor, que atiende varias casas en urbanizaciones cercanas, pasa cuando la llamo por teléfono, para limpiar un poco. Tiene un juego de llaves y cuando no estoy viene a echar un vistazo de vez en cuando o pasa cada cierto tiempo para ver si hay alguna novedad. Cuando vengo llena el frigorífico unos días antes. La despensa y la bodega las tengo repletas, así que en una semana no necesitaré nada.

-Eso está bien. Entonces pasaremos unos días tranquilitos, tu y yo pichoncito. Es todo lo que necesito.

-¿Por qué?

 -Los amigos del muerto escarbarán la zona durante unos días, luego nos dejaran en paz.

-¿Mafiosos?

 -Cuanto menos sepas mejor para tu body, amiguito.

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La conversación fue decayendo, a pesar de haber dado buena cuenta de la botella de cognac. Ambos estaban cansados. Él tuvo que ayudar a Laura a llegar a la habitación, allí la dejó caer sobre la cama como un fardo y al instante se quedó dormida. Al menos eso daba a entender su boca entreabierta respirando rítmicamente.   El fue a su habitación y apagó la luz, pero su mente trabajaba febrilmente. Necesitaba encontrar una solución razonable para aquel embrollo. Así transcurrió más de media hora. A cada minuto miraba la esfera luminosa de su reloj, como si fuera a quedarse sin tiempo para pensar. Cuando creyó que ella no despertaría ya, se descalzó y empezó a recorrer la casa buscando algo, que solo al cabo de un rato supo qué era.  No encontraba las llaves del coche, buscó por toda la casa con tensa desesperación. Bajó al garaje y escrutó meticulosamente cada rincón. El coche estaba abierto pero las llaves no estaban puestas, ni habían quedado tiradas en sitio alguno. Un polizonte no hubiera podido hacer un registro más exhaustivo. Entonces se imaginó lo ocurrido.  “La muy zorra me las ha birlado delante de mis mismas narices. Además de puta y asesina es una carterista de primera. Seguro que ahora las tiene bajo de las bragas. Es capaz. Miraré su bolso por si acaso, pero es perder el tiempo. Cualquiera le hace cosquillas ahí, seguro que lo tiene más sensible que la lente de un satélite espía americano”. Regresó al salón, de puntillas, se acercó a su habitación y permaneció delante de su puerta varios minutos, silencioso, al acecho. No podía creerlo pero la muy puta roncaba. Puede que estuviera disimulando, ninguna mujer ronca así, pensó. No, eran demasiado naturales. Se decidió, abrió la puerta con cuidado y entró. El bolso estaba sobre la silla al lado del armario. Lo tomó, lo abrió y palpó a tientas. No había ninguna llave, tampoco estaba la pistola. “Si no las tiene bajo las bragas las tendrá debajo del colchón”. No pudo reprimirse, si le pillaba alegaría que deseaba palpar su cuerpo, no se sorprendería mucho. La luz iluminaba parte de su cuerpo desnudo, solo cubierto por las braguitas. Le pareció que el monte de Venus se elevaba demasiado. “creo que tengo razón, las tiene ahí”. Antes de meter la mano bajo el colchón contempló con placer lujurioso su cuerpo desnudo. Le gustaban sus pechos “tiene los pezones erguidos la muy puta”. Con suave cuidado palpó bajo el colchón y luego bajo la almohada… nada.  Salió de puntillas y cerró la puerta. Con el teléfono cortado y sin coche era inútil cualquier movimiento. Podía acercarse hasta el pueblo pero estaba a más de quince kilómetros. “A buen paso son más de dos horas; de noche, y por esa carretera de mierda no pasan ni las ratas. Ya ha habido algún atraco, nadie se atreve. Además es posible que haya puesto el despertador para que suene dentro de una hora. Con mi coche me pilla en un momento y esta vez no tendrá misericordia, seguro que me pega un tiro”. No sabía si el razonamiento era muy bueno o era el cuerpo desnudo de ella el que le retenía. Tal vez las dos cosas. Decidió darse por vencido. Fue a su habitación y se acostó vestido, pero tardó en dormirse. Aquel cuerpo desnudo le excitaba más que el miedo.

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