UN VIAJE SIN RETORNO II


 

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II

La ambulancia rueda sin prisas por las calles de la ciudad. Un bonito paseo si pudiera olvidar el destino: la cárcel de las mentes. Se siente molesto porque nadie considerará nunca urgente su enfermedad ni  se apresurarán para evitar la hemorragia de su mente, ésta se utiliza tan poco que no somos capaces de apreciar sus heridas mortales. No  sucede así  con las del cuerpo, un charco de sangre en la acera y todo el mundo se estremece  como en presencia de la muerte. Nos aterroriza un cuerpo que se desangra y nos encogemos de hombros ante una mente vacía.

Sentado en la parte trasera en compañía de un aburrido policía, se entretiene mirando las maniobras del conductor. Por encima de su cabeza los edificios parecen volar a su encuentro como en una secuencia cinematográfica de persecución. La ambulancia acelera al tomar la carretera nacional que le conducirá al hospital psiquiátrico. Reza para que aquellos edificios le aplasten, para que se derrumben sobre él agitados por un inesperado terremoto, su deseo no se realiza como sucede con  sus deseos más profundos, al contrario parecen guiñarle sus numerosos ojos en un gesto obsceno, cómplices bufonescos de su desgracia.

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Se ha pasado toda la mañana en el  palacio de Justicia, un edificio moderno  horadado de pasillos repletos de puertas y de gente. Allí ha tenido que esperar más de media hora sentado en un banco del largo pasillo, hambriento y mareado. Por allí pasa mucha gente que se le queda mirando como a un delincuente peligroso, le ven esposado, las palmas de las manos hacia arriba reposando sobre sus muslos como solicitando una limosna espiritual. Se transforma en un hampón de película de los años treinta, esas que tanto  le gusta ver en la televisión. De nuevo la fantasía como una cariñosa amante consolándole y ayudándole a superar la  vergüenza de sentirse contemplado como un monstruo de feria.

El juez es un joven con barba bien recortada, intuye que se la ha dejado para dar mayor respetabilidad a su rostro de niño. Le trata con simpatía, casi con camaradería. Esta actitud de la autoridad le hace vulnerable  pero no hasta el punto de perder  su talante defensivo frente a la realidad. Repite la historia que ya domina como un actor bien ensayado aunque no cree que sus palabras puedan servirle frente al destino cuya sombra se agiganta tras las espaldas del niño-hombre. El despacho está más limpio que el del inspector, parece más moderno e infunde más respeto. Sentado detrás de una mesa que para él es un búnker el  joven barbudo le contempla con interés. A un lado de la mesa una funcionaria joven y atractiva enseña sus piernas disimulando no haber visto la mirada insistente del joven mientras escribe a máquina las frases que el juez dicta con voz sin entonación como si la ley no tuviera más corazón que las tapas de los libros  donde está escrita. Por primera vez desde que salió de casa de sus padres se siente tranquilo, casi feliz, es consciente de que su suerte no la decide el azar sino un joven, apenas unos años mayor que él. Observa toda la escena con confianza, es un hombre quien le juzga y al contrario de otros no parece tener el menor interés en destrozar su vida. A cada instante esta confianza se va acentuando y  su voz se afina un poco más perdiendo la impostura del adulto, en cada palabra asoma el niño que aún sigue siendo.

Firma la declaración que le presenta la administrativa a quien se atreve a sonreír atraído por su bello cuerpo, por su dulce cara, por un vago intento de sonrisa compasiva en la comisura de esa  boca de finos labios que desearía besar. Declina leerla, está convencido de que palabra alguna podrá modificar unos hechos que tiene frente así como una fría pared que él no ha construido ni podrá destruir nunca. Vuelve a sentarse en el banco del pasillo a la espera de que aparezca el médico forense a quien se ha llamado para que asesore sobre cuál debe ser su futuro. Se permite una mirada de niño perdido hacia un grupo de hombres con carteras, algunos con togas, tal vez letrados, que comentan algo con voces tan solemnes como la vieja estatua de la Justicia vista al entrar al edificio con sus ojos atrapados en una venda. Uno de ellos capta su mirada y comenta algo en voz baja, oye risas que se le clavan en el corazón como dardos envenenados. Decide volver a sus fantasías que nunca le han decepcionado.

Aparece el forense, un hombre alto, delgado, atractivo pero su frialdad en el trato y su cara de palo le hacen extremadamente desagradable. Pasan a un despachito y cierra la puerta, afuera quedan los dos policías de guardia. El médico le hace unas cuantas preguntas que él contesta con desgana, apenas algo más que un monosílabo afirmativo o negativo. El hombre se cansa pronto, parece vivir su profesión como un castigo del destino que acepta con muy poca paciencia. Se levanta y abandona el despacho sin una palabra. Al cabo de unos minutos vuelve con el joven juez que le comunica su decisión. Será internado en un hospital psiquiátrico hasta que el doctor que se encargue de su caso le facilite un completo informe sobre su estado mental. Le alarga la mano que él estrecha agradecido mientras el forense le hurta la mirada y la mano. El juez comprende su estado de ánimo e intenta reconfortarle. No le llevarán esposado, tan solo le acompañará un policía en una ambulancia más que nada para entregar su orden de internamiento.

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