UN VIAJE SIN RETORNO III


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Un brusco frenazo le obliga a salir  de sus recuerdos. Sobre la colina un conjunto de edificios de ladrillo hacen pensar inmediatamente en un hospital, pero la alta valla de alambre de espino en lo alto cambia la primera apreciación. Ningún hospital necesitaría encerrar a sus enfermos como si fueran reclusos. Sin duda aquello es una cárcel aunque  su interior esté lleno de doctores con bata blanca. La ambulancia se detiene frente a una gran puerta corredera con barrotes de metal terminados en afiladas puntas. A un lado el cajetín del portero automático que comunica con el interior. El conductor un hombre mayor, de pelo canoso y parco en palabras desciende del vehículo, se acerca hasta la puerta con paso cansino y llama un par de veces. Se identifica con una breve frase y la puerta comienza a moverse suavemente sobre el carril.

El vehículo recorre un largo camino de grava que lleva hasta el edificio central al que se accede por una escalera de piedra cubierta por una marquesina. A ambos lados  numerosos senderos dibujan todo el jardín que aparece muy bien cuidado con bancos de madera bajo los árboles en los que están  sentados  algunos pacientes, ensimismados en profundos, inalcanzables pensamientos. Los parterres de flores le producen una sensación de gran sosiego. Podría ser un lugar casi encantador si no existiera la valla que le recuerda su condición de prisionero. Le bastaría  con que le dejaran salir al jardín de vez en cuando para que su estancia fuera grata aunque tuviera que prolongarse algunos meses, su imaginación no necesita nada más. No siente ningún deseo de volver con sus padres, aquí podrá ser feliz ensimismado en sus fantasías.

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Entran todos en un amplio vestíbulo con suelo de baldosas relucientes, al fondo un ancho pasillo con numerosas puertas, las consultas de los médicos. A la derecha detrás de un mostrador un conserje se afana moviendo algunos papeles  intentando disimular su aburrimiento. A la izquierda un conjunto de sillones y sofás con algunas plantas muy bien cuidadas. El conserje les invita a acercarse, el conductor le tiende un papel que el otro sella. Invita al policía y al joven a sentarse en la zona de sofás mientras él descuelga el teléfono y llama a alguien. El conductor se acerca al hombre de uniforme, le pregunta si debe esperarle, este contesta que no se preocupe, un coche patrulla pasará a buscarle dentro de media hora.

Al cabo de unos minutos alguien sale de un ascensor situado  al lado de una escalera que baja del piso superior. Es  una monja de impoluto hábito blanco, en la cabeza una cofia del mismo color extendiendo sus alas a ambos lados del rostro. Es delgada como un palo, solo el hábito hace su figura aceptable a la vista. Lleva gafas con soporte metálico sobre una nariz afilada, su rostro es alargado y su expresión hace pensar en una profesora despistada que se ha perdido incapaz de encontrar el camino de regreso. Sus ademanes son fríos y su caminar firme, como un soldado consciente de la misión urgente que se le ha encomendado. Hay una curiosa contradicción entre su rostro y sus ademanes como la habría entre una maestra vestida con uniforme de general. Se planta, rígida como un poste delante del policía que se levanta bruscamente como sorprendido en falta por un superior. Hace un par de preguntas rápidas como si ya lo supiera todo, pide el mandamiento judicial y les conduce por el pasillo hasta una puerta a la derecha que abre resueltamente, se trata de una pequeña salita con un sofá y un par de sillas. Les pide que esperen allí mientras ella habla con el doctor en el despacho de enfrente, éste sale enseguida a recibirlos.

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Es un hombre bajo, delgado, de cabeza grande, barba canosa, gafas de concha, aparenta unos cincuenta años aunque podrían ser algunos menos. Le dice al policía que puede marcharse, éste le responde que el chaval puede llegar a ser peligroso. Entonces les hace pasar a su despacho, se sienta detrás de su mesa y descuelga el teléfono. Pronto llega un gigantesco celador de casi dos metros de altura y músculos de un Hércules, el doctor le pide que espere a la puerta mientras habla con el paciente. Mira al policía con sonrisa de conejo y le pregunta con sorna si ahora cree que ya puede marcharse. Este saluda con  la mano en la gorra y se marcha sin decir una palabra cerrando la puerta tras de sí. El joven tiene la cabeza vuelta hacia allí, está mirando con miedo al gigante que permanece en el pasillo firme como una roca.

El doctor abre una carpeta, saca un folio pautado, coge la estilográfica del bolsillo de su bata blanca, la desenrosca y se dispone a escribir. Pregunta su nombre, domicilio, pero no obtiene ninguna respuesta. Levanta la cabeza sorprendido, el joven se ha encerrado en un absoluto mutismo y mira sus zapatos sucios como si en ellos se desarrollara algún interesante acontecimiento deportivo. Sin perder más tiempo llama por el interfono a la monja que aparece con paso marcial seguida del celador. El doctor hace un gesto y ayudado por el celador que le coge del brazo, levantándole de la silla,  es conducido por el pasillo con la monja a su derecha hasta  la segunda planta; en un despachito que hace de enfermería le obligan a sentarse, el celador le sube la manga de la camisa y le sujeta por detrás mientras la monja le pone una inyección. Le parece humillante el trato que está recibiendo, sobre todo que la monja no conteste a su pregunta de para qué es la inyección, pero se aguanta, está decidido a soportarlo todo. El celador  toma su brazo y le arrastra por el pasillo con exagerado cuidado, él trata de desasirse con  gesto brusco pero el gigantón se lo impide y amablemente le explica que le han puesto una dosis muy fuerte de tranquilizantes, muy pronto se dormirá, ahora es posible que se maree un poco.

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Llegan al final del pasillo entrando en la última habitación a la izquierda. Esta tiene dos camas metálicas. Sobre la mesita de noche hay un pijama cuidadosamente doblado. El celador amablemente quiere ayudarle a desvestirse mientras le explica que es la habitación más pequeña de la planta, las demás tienen cuatro camas. De momento estará solo hasta que haya un ingreso. El es consciente de que la expresión hosca de su cara obliga al celador a renunciar a ayudarle,  se queda a su lado mirándole con simpatía. Cuando se introduce en la cama le arropa, luego se marcha no sin antes intentar consolarle. No es un sitio agradable pero si se lo toma con calma pronto volverá a estar fuera. El joven piensa  que a pesar de su aspecto, de la fuerza brutal de sus músculos, es un hombre amable en el que se puede confiar. Antes de quedarse dormido intenta convencerse de allí no se está tan mal, la cama no es demasiado cómoda pero sí mucho más que los bancos donde ha pasado otras noches.

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