LOS PEQUEÑOS HUMILLADOS VI


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Caminamos fuera del patio y entonces veo algo que hace que mis ojos brillen de alegría. Hay una enorme planicie con el suelo de cemento. Allí hay muchas canchas de baloncesto y campos de balonmano. Siento del deseo de gritar y de saltar, pero me contengo. El cura ha visto mi alegría y me pregunta. ¿Te gusta el deporte? Asiento con la cabeza, incapaz de hablar. ¿Qué deporte te gusta más. El futbol. Sonríe. ¿De qué equipo eres? Del Real Madrid. Nueva sonrisa. ¿ Y quién te gusta más Gento o Amancio? Digo que Gento porque corre más. Nos dice que los fines de semana por la tarde podremos escuchar carrusel deportivo de la Cadena Ser, a través de los altavoces. Y nos los señala.

Me gustaría tener un balón, de reglamento, de cuero, si pudiera ser y ponerme ya mismo a jugar. He visto que donde acaba el patio de deportes hay un talud pronunciado y al fondo están los campos de futbol. Aunque voy vestido conmi trajecito de las fiestas, chaqueta y pantalón corto y zapatos de charol, conforme a las instrucciones que les dejaron a mis papis, no me importaría ponerme a jugar, tal como estoy.

Entonces recuerdo cómo supe que tenía vocación. Estábamos en la escuela del pueblo. Era un día como cualquier otro. Entonces llamaron a la puerta y el maestro fue a abrir. Volvimos la cabeza y allí estaba un cura raro. En vez de sonata llevaba un hábito negro con capucha que le caía sobre la espalda. El maestro le saludó y ambos caminaron hacia el encerado. Allí se volvieron y todos miramos al cura raro  con ojos como platos. Nos lo presentó. No recuerdo el nombre. Era un fraile de la orden de los agustinos y venía a hablarnos de la vocación. El hombre de negro se persignó y comenzó a decirnos qué era la vocación. Nos comentó el pasaje del evangelio en el que Jesús llega a donde están pescando unos hombres y les dice que dejen todo, que les hará pescadores de hombres. Y comienza a decirnos qué grande es la vocación de seguir a Cristo y cómo no hay tarea mejor que salvar almas. Habla muy bien. Todos nos quedamos embobados. Hay un gran silencio, nadie se mueve, ni siquiera los mayores que siempre están armando jaleo. Me siento raro, nunca había pensado en eso, aunque desde la primera comunión rezo todos los días y voy a comultar los domingos, después de confesarme con el cura del pueblo. He pensado muchas veces en ir a Africa a salvar „negritos“ , pero nunca imaginé que eso se pudiera hacer de verdad. Pero lo que me deja fuera de mí es lo que dice del colegio. Parece como un cuento de hadas. Sobre todo me gusta que haya tantos campos de futbol y de baloncesto y de balonmano. Quiero ir. ¡Cómo me gustaría ir!

Me abstraigo en mis fantasías, por eso no entiendo muy bien lo que dice. Solo sé que he alzado la mano. Yo quiero ir allí a jugar al futbol. ¿Es por eso que he subido el brazo? El fraile se me acerca. El maestro le dice al cura que yo soy el mejor alumno, que tengo muy buena cabeza. Que sería una pena que se desaprovecharan mis posibilidades. Ambos se acercan a los ventanales y hablan en voz baja. El maestro dice que se ha terminado la clase por hoy. Cuando voy a salir, me retiene. ¿Te gustaría que fuéramos a hablar con tus padres? Asiento con la cabeza sin saber muy bien lo que estoy haciendo.

Veo como en un sueño cómo ellos me acompañan hasta mi casa. Aquel día está también mi padre porque ha trabajado en el turno de noche. Su sorpresa no tiene límites. Mi madre está muy nerviosa. No sabe dónde meterse. Pide disculpas, podían haber avisado. No ha tenido tiempo de limpiar. Le dicen que no importa. Ella les hace pasar a la cocina y ni siquiera se le ocurre invitarles a nada. Ellos no parecen darse cuenta. Hablan de mi como si yo no estuviera presente.El maestro dice que soy un genio, que sería una pena desaprovechar mi cabeza. El cura dice que Dios no les perdonaría si torcieran mi vocación.

Mi madre está tan nerviosa que no sabe dónde mirar. Mi padre también está nervioso aunque se le nota el orgullo de tener un hijo tan listo. El cura les explica lo del colegio, los estudios, los campos de futbol. Mi madre dice que nada le gustaría más, pero son muy pobres, el suelo no llega a final de mes. Interviene el maestro. Les dice que hay becas y que yo con mi cabeza sacaría beca todos los años. Solo tendrían que pagar la ropa necesaria y algunos gastos extra. Mi padre pregunta cuánto. Se le nota que le gustaría poder hacerlo, pero es excéptico, aunque fuera una cantidad mínima no podrían hacer frente.

El cura les entrega unas hojas mecanografiadas. Allí está toda la ropa necesaria y los gastos imprescindibles. Mi madre la lee y casi se desmaya del susto. Recupera su valor y pregunta. ¿Y el albornoz? Es necesario para salir de la ducha, hay que guardar el recato, y para ir a la piscina. ¿Hay piscina? Pregunta mi padre. El cura le explica cómo es la piscina. Mi madre ya se ha recuperado. No la convencerán fácilmente. Esto parece el ajuar de una novia. El cura toma la ocasión por los pelos. Sí, en efecto, la vocación es como el matrimonio del alma con Dios.

Hablan y hablan. Parece imposible que les convenzan. Entonces el maestro utiliza el argumento definitivo. Se dirige a mi padre. ¿Te gustaría que tu hijo fuera minero? Mi padre se derrumba. Siempre me ha dicho que la mina es lo último. Admite que sería fantástico que yo fuera al colegio, pero no podrán pagarlo. Es imposible. Mi madre hace cuentas por encima. El cura les dice que pueden pedir fiado, que podrían pagarlo en varios meses. Luego, el curso siguiente, todo sería gratis porque yo sacaría beca. Mis padres dicen que se lo pensarán, que no pueden dar una respuesta definitiva. El maestro queda en volver a visitarles. Cura y maestro se van y en casa queda una espada sobre nuestras cabezas. Mi madre me pregunta qué he hecho. Les digo que nada, solo les dije que quería ser cura. Mi madre es muy religiosa y eso la enorgullece. Mi padre está muy alegre y nervioso. Ya te dije que tu hijo es muy listo. Le dice a mi madre, que asiente pero enseguida contraataca. ¿Cómo vamos a pagar todo eso? Ni que fuéramos ricos. Y suelta una carcajada nerviosa. Todo queda en el aire. Aquel día comemos con angustia, como si en lugar de irme al colegio me fuera a la guerra.

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No recuerdo qué fue lo que realmente ocurrió para que mis padres se embarcaran en aquel bote lleno de agujeros. Solo un milagro pudo lograr lo imposible. Tal vez cuando el cura se marchó volvió a pasar por casa para intentar convencerles de que mi mente era demasiado genial para dejar que se pudriera en el fondo de una mina. Si eso fue lo que hizo yo no estaba en casa y mis padres no me comentaron nada.

El cura les había dejado la lista de todo lo que yo iba a necesitar y las instrucciones correspondientes. Con seguridad debió mantenerse en contacto con el maestro para saber la decisión definitiva. Debió haber visitado muchos pueblos, aunque no en todos encontrara un tonto como yo, más bien creo lo contrario, que en muy pocos la semilla fructificó, aún así aquel verano estuvo muy ocupado, o estuvieron muy ocupados aquellos pescadores de hombres que visitaron la provincia, las provincias, para conseguir recolectar más de cien chavales en las escuelas de media España. Era la época de las vocaciones, el florecimiento de las sotanas negras.

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