EL BUSCADOR DEL DESTINO I


NOTA INTRODUCTORIA

Creo que fue en uno de los episodios de diario de un enfermo mental cuando hablé de esta idea, que surgió de la nada, y a la nada volvió, dando coletazos. Me prometí no forzar la creatividad, no lo hagas, Cesarito, que luego te arrepentirás, siempre te arrepientes cuando te pasas de listo. La verdad es que la había dejado aparcada en el parking subterráneo de mi mente pero durante la fiesta de la Concepción, Inmaculada, me fui a ver una película, cualquiera, y de pronto, en una bolera, cerca de unos minicines, alcancé la iluminación. El destino me habló y supe que esta historia iba a ser lo más divertido que había escrito nunca. Me puse a ello en la bolera, las chicas guapas no me miraban, los bolos caían y el destino hablaba en susurros, y yo me reía, lo estaba pasando divinamente. Y como no puedo guardar nada en silencio, esconderlo para que nadie lo vea, esconderme yo, a ver si dejo de dar la lata de una vez, decidí compartir mi regocijo con mis colegas. Ya que comparto mis penas bien puedo compartir el regocijo y una jarra de cerveza, por pedir que no quede.

EL BUSCADOR DEL DESTINO

NOVELA DELIRANTE

I

CÓMO ME OPUSE AL DESTINO

No sé porqué razón estuve siempre convencido, incluso desde niño, puede que de bebé, hasta es posible que en el vientre de mi madre también pensara lo mismo, de que el destino me había jugado una mala pasada al obligarme a nacer. Desconozco si antes de nacer existimos o si la cigüeña nos trae de la nada; ignoro si alguien me dijo algo de la vida que me esperaba o tal vez mis delirios comenzaran como feto. Puede que me emborrachara con la sangre de mi madre, aunque por lo que escuchaba a escondidas, siendo niño, había nacido en una familia perfectamente normal, siempre y cuando se considere normal a todo aquel que siga las normas.

Años más tarde, bastantes años más tarde, descubrí en una terapia hipnótica, que había logrado, retorciéndome como un gusano, enredar el cordón umbilical alrededor de mi cuello. Cuando el terapeuta me preguntó por qué lo hacía, respondí, sin dudar y no por impulso de la hipnosis (que no coartaba mi libertad lo más mínimo, salvo cuando el hipnotizador me daba una orden a la que no podía oponerme) que no deseaba vivir, y lo dije con rabia. Hubiera querido profundizar más pero comprendí que no podía hablar si él no me preguntaba.

Fueron mis padres los que me obligaron a la terapia hipnótica, aunque yo no quería, en realidad nunca quise nada, pero tampoco me opuse a nada, nunca, ni en las situaciones más extremas, ni siquiera me habría opuesto a tirarme por un precipicio si a alguien se le hubiera ocurrido proponérmelo. Desde niño fui muy apático, actuaba a impulsos de órdenes ajenas y cuando pretendía tomar alguna decisión propia siempre estaba demasiado cansado para planteármelo siquiera. Mis padres me decían que yo era un vago (la palabra apático les llamó una vez la atención pero ni siquiera preguntaron qué significaba), un dejado de la mano de Dios. No entendían de dónde había salido y mi padre bromeaba con mi madre y mi madre se enfadaba y le contestaba que le iba a poner los cuernos de verdad, para que se enterara de lo que valía un peine, que por cierto, desconozco a cómo estaba el kilo de peine, aunque durante mi infancia se pagaban en pesetas, o incluso en reales o perronas.

Creo que el de vago fue el primer diagnóstico que me hicieron en la vida, pero el que vale fue el que me hizo un psiquiatra al que al parecer caía bien, menos mal, porque pretendió dejarme encerrado de por vida, si le caigo mal me tortura como dicen que la CIA torturó en Guantánamo. Es cierto que luego cambió su diagnóstico, y solo Dios sabe porqué fui calificado de bipolar y luego me hicieron pasar a esquizofrénico, así, sin más, para terminar –también de paso, en la vida todos estamos de paso- como depresivo-compulsivo-delirante y alucinante.

A estas alturas de mi vida, cuando me volví compulsivo y dejé de ser vago y apático, ya vivía solo, en un apartamento en el que tenía que entrar de perfil. Tenía un trabajo al que mimaba como a las niñas de mis ojos, a las que había puesto gafas para pasear, y me había olvidado de los diagnósticos, las etiquetas y de toda la parafernalia infernal que rodea a los enfermos mentales como el fuego a los condenados en el infierno.

Bueno, olvidar, olvidar, uno nunca se olvida de ciertas cosas, pero casi. A ratos perdidos, cuando me aburría, me divertía diagnosticándome y lo pasaba muy bien. De esta diversión me sacó una mujer que apareció en mi vida como un milagro, uno de esos milagros que tocan a sorteo entre los menos agraciados por la vida, como si esta quisiera lavar su conciencia con aguarrás. Me enamoré, me casé, tuve una hija y cuando ya me había convencido de que era una persona perfectamente normal, tuve una crisis, comencé a hacer tonterías y de pronto, casi sin darme cuenta, me encontré divorciado de una mujer maravillosa, de una hija más lista que el hambre y de un pasado al que había cobrado un cierto cariño, aunque en el fondo nos odiáramos cordialmente.

Nunca comprendí las razones de aquella mujer para enamorarse de mi, ni sus razones, ni sus emociones, ni nada de nada. Nunca comprendí nada, ni del amor ni del odio, ni de la vida ni de la muerte, ni mucho menos comprendo quién soy yo, por qué sigo vivo aún y por qué el destino ha jugado conmigo como un demonio con el nuevo huésped del infierno.

Fue por eso y por otras varias razones difíciles de explicar y digerir, sin haberlo comido ni bebido, que un día me puse a buscar al destino para ajustar cuentas, como a un pistolero que hubiera matado a mi familia, y me persiguiera, emboscado, emprenda yo el camino que emprenda.

No sé por qué lo hice, ni cómo lo hice, ni siquiera sé si lo hice. Una tarde, en una bolera, tomando una cerveza mientras esperaba que comenzara la sesión de cine en unos multicines cercanos, tomé una decisión que cambiaría mi vida. Tal como ésta se había desarrollado, cambiarla era tan elemental como fácil, estimado doctor Watson. Debí haberlo hecho antes, ahora soy ya un vejestorio, de huesos dolidos, sin corazón y con una mente que juega conmigo al escondite inglés, todos los días y a todas las horas.

Creo que fue un simple gesto, como una moneda que se tira al aire, el que me llevó por un camino insólito que ningún otro humano ha recorrido nunca, al menos que yo sepa, salvo el tonto de Edipo, que no pudo caminar mucho porque se había cegado con sus propias manos.

Aquella tarde salí de mi apartamento, sucio y cubierto de telarañas y naftalina, y me dirigí al pueblo más cercano porque en el mío ya no quedaban espectadores, se los había comido alguien, el sacamantecas o tal vez la crisis. Miré la cartelera sin verla, pregunté al taquillero por las sesiones y como las películas que me gustaban comenzaban a partir de las diez o veintidós horas, para ser más precisos, escogí una al azar. Resultó que ya la había visto. Lo supe cuando me dirigía la bolera cercana para tomarme una cervecita mientras hacía tiempo. Allí, en la encrucijada de mi vida, tomé una decisión. Elegí entre cambiar la entrada para otra película, regresar a casa sin ver cine o ver una película que ya había visto, solo porque el destino lo quería así.

En la bolera había chicas guapas que no me miraron como a un marciano, no me acerqué a ellas porque había decidido que no haría nada, que todo lo dejaría en manos del destino. Luego recordé que eso era lo que me había dicho el último psiquiatra, una preciosa mujer de pechos rotundos. Me vino a decir que yo era un apático nato y que con tal de no tomar decisiones, de no hacer nada, sería capaz de inventarme la Biblia en verso. Una psicosis, una esquizofrenia, una bipolaridad, un delirio catatónico, daba igual lo que fuera. No quise recordarle que todo aquello se lo habían inventado otros, sus colegas. Y no lo hice porque tal vez el destino me pudi8era recompensar poniendo aquellos maravillosos pechos en mis manos de pitecántropo erecto, o a punto de sufrir una erección.

Inicié mi carrera, como buscador del destino en aquella bolera, perdida en una llanura sin puntos cardinales, aunque creo que en realidad ya había iniciado aquella carrera al nacer, solo que ahora me había hecho consciente, como una especie de “fiat lux” en medio de las tinieblas.

Buscaría a mi destino para ajustar cuentas y tal vez antes de que me descerrajara un tiro entre las cejas (era un pistolero mucho más rápido) me pusiera cerca de la piel una hermosa mujer desnuda, como la última cena que sirven caliente a un condenado a muerte.

Continuará.

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