EL BUSCADOR DEL DESTINO II


EL BUSCADOR DEL DESTINO II

Luego recordé que eso era lo que me había dicho el último psiquiatra, una preciosa mujer de pechos rotundos. Me vino a decir que yo era un apático nato y que con tal de no tomar decisiones, de no hacer nada, era capaz de inventarme la Biblia en verso. Una psicosis, una esquizofrenia, una bipolaridad, un delirio catatónico inaprehensible, lo que fuera. No quise recordarle que todo aquello se lo habían inventado otros, sus colegas. Y no lo hice porque tal vez el destino me recompensara poniendo aquellos pechos maravillosos en mis manos de pitecántropo erecto.

Inicié mi carrera de buscador del destino en aquella bolera, perdida en una llanura sin puntos cardinales, aunque creo que ya había iniciado aquel camino al nacer, solo que de forma inconsciente, ahora lo hacía lúcidamente, como un fiat lux en medio de las tinieblas.

Buscaría a mi destino para ajustar cuentas y tal vez antes de que me descerrajara un tiro entre las cejas (era un pistolero mucho más rápido que yo) me pusiera cerca de la piel una hermosa mujer desnuda, como la última cena que sirven caliente a un condenado a muerte.

Aquella tarde fui a ver aquella película que había visto ya, pensando que el destino pondría en la butaca e al lado a una bonita chica, sensible, comprensiva y charlatana. No ocurrió nada, regresé a casa por la autovía, en medio de la noche, salí de ella por la salida más lejana, pensando que mi sagrada misión en la vida era ponerle al destino las cosas difíciles. Nada de rutinas previsibles y adormecedoras, siempre alerta para enfrentarle al menor descuido por su parte, esperando que se le trabara la mano en la cartuchera y así yo podría descerrajarle un certero disparo de mi colt de plata entre ceja y ceja, en uno de cualquiera de sus millones de ojos aviesos.

Aquel día no ocurrió nada, ni al siguiente, ni al siguiente del siguiente del siguiente, pero no me desesperé, debo decir que ni siquiera me inmuté. Iba al trabajo cada día, por una ruta distinta, salía a tomar café a horas imprevisibles y lo hacía en alguna cafetería al azar, sin elegir, sin rutinas, sin rotaciones.

Me engañaba a mí mismo sabiendo cuando no me apetecía salir de casa o quedándome cuando me apetecía salir. Me llevaba siempre la contraria pensando que si el destino me había castigado por seguir mis inclinaciones, me premiaría si me llevaba siempre la contraria. Y si no me premiaba, al menos sería más fácil pillarle descuidado si dejaba de ser previsible.

Me transformé en un implacable cazador, siempre observando a su presa, siempre acechándola, escondido entre la maleza del camino. Habría tenido éxito con otra presa, con cualquiera, antes o después, pero el destino era un implacable cazador, un infernal acechador. La lucha se convirtió en una guerra de Titanes, solo que el destino era una de las fuerzas poderosas que rigen el universo y yo un idiota que se creía un dios.

No por ello tiré la toalla, como un boxeador muy castigado, que ya no puede ver porque tiene las cejas abiertas y sangrantes. En mis zizzagueos en busca del destino me encontré con mujeres a las que jamás habría encontrado si el destino no me las hubiera puesto a huevo. Pensé eso, que si el destino me ponía a huevo a las mujeres yo solo tendría que hacer el trabajo fácil, acercarme a ellas y llevármelas a la cama.

No lo conseguí con ninguna, pero continué en mi acechante batalla con el destino. Cada día era una aventura imprevisible. Los fines de semana colocaba en el maletero mi equipaje, siempre el mismo, siempre preparado, la ropa recién lavada y planchada. Solo tenía que bajar a la cochera, subir al coche, darle al encendido y apretar el acelerador. No sabía con antelación si al salir giraría a la izquierda o a la derecha, si recorrería cien kilómetros o quinientos, por cualquier autovía o por alguna carretera secundaria. Nunca reservé habitación, ni por teléfono ni por Internet. Nunca me paraba a comer en los sitios que me llamaban la atención. Buscaba al destino y éste era un experto cazador, un zorro viejo. No cesaba de tenderle trampas, día tras día, hora tras hora, segundo tras segundo.

Incluso cuando me conectaba a Internet le tendía trampas al destino. No me conectaba a la misma hora, lo hacía cuando me apetecía y nunca me apetecía si preveía que el destino iba a pensar que lo deseaba. El destino conocía mis pensamientos y emociones, por eso lo engañaba sintiendo lo que no sentía y pensando lo que no quería pensar. En Internet nunca visitaba las mismas páginas, nunca repetía viejas rutinas ni miraba en el historial las que ya había visitado. Lo mismo visitaba una página de contactos y ponía un perfil surrealista que entraba en un foro sobre la conducta de las mariposas en la Selva Negra. Contestaba a cualquier correo spam que me llegara, sabiendo que el destino conocía muy bien que ni el más tonto lo haría. Me dejé timar por timadores de pacotilla que utilizaban timos que conocían los párvulos. Me hice el tonto porque eso era lo último que esperaba de mí el destino, sabiendo que era listo y me vanagloriaba de ello.

Me hice el listo con los tontos que me consideraban tonto y los traté como tontos porque se creían listos. Me hice el tonto con los listos que se las sabían todas. Diseñé una estrategia para enfrentarme con el universo que no es otra cosa que un laberinto-trampa diseñado por el destino.

Y no pasó nada… nada… día tras día, semana tras semana, mes tras mes… Era algo insólito, inexplicable, milagroso, maligno. A todo el mundo le ocurre algo de vez en cuando, hasta a mí. Se te pincha una rueda por una carretera secundaria, lejos de cualquier población. Alguien te pone la zancadilla al pasar por su lado, sin querer, y te esmorras. Una mujer tropieza contra ti, sin querer, al girar en la esquina. O te ponen una multa en el lugar más inesperado, donde nadie lo esperaría, en llano, con total visibilidad, sin la menor posibilidad de que un coche de civiles esté por allí camuflado. O el ordenador se bloquea en el peor momento, cuando no puedes guardar algo importante que se perderá para siempre y que tardarás días o años en rehacer.

A todo el mundo le ocurre, a mí me pasaba casi con más frecuencia que a los demás. Pero dejaron de pasarme esas cosas. Mi vida se transformó en algo muy aburrido. Era como si el destino manejara los hilos de mi vida, intentando que la rutina terminara por ahogarme.

Y de pronto, al cumplirse el primer aniversario de mi decisión de la bolera, todo cambió…Sentí el aliento del destino en la nuca. Si me olvidaba el móvil en casa sabía que pincharía una rueda, o las cuatro, en un lugar desierto o tendría un accidente contra mí mismo o contra un árbol y este no podría llamar a la grúa porque los árboles no tienen móviles. Si no me olvidaba del móvil alguien me llamaba cuando iba conduciendo y yo contestaba sin dudar porque pensaba que el simple hecho de que alguien me llamara era un milagro y uno contesta siempre a los milagros, esté haciendo lo que esté haciendo. Y era un milagro que los civiles de tráfico me vieran entre un tráfico tupido y me calcaran una multa.

Mi vida comenzó a ser más peligrosa que la de un asesino a sueldo. Me transformé en un paranoico y con razón. No era posible que se me estropeara el frigorífico, el televisor, el ordenador, la vitro, la campana extractora, el termostato de la calefacción en invierno y el aire acondicionado en verano… todo a la vez, bueno, no, uno detrás de otro, con intervalos de diez segundos contados por mi mente y luego ladrados por la boca, contraída en un rictus. Cuando pasaba la calle miraba a la izquierda y luego a la derecha y otra vez a la izquierda y de nuevo a la derecha. Ni un solo coche, y de pronto ponía un pie en el asfalto y un coche pasaba a toda velocidad, a punto de atropellarme. Me arreaba un susto de “muete”. O cruzaba una calle desierta por donde no había paso a nivel y un policía local salía de la nada y me calcaba una multa.

Me había encontrado con una preciosa vecina todas las semanas, al menos una vez, los lunes, a las ocho de la mañana. Pues bien, dejé de verla y no porque se marchara, escuché a unos vecinos hablar de ella y continuaba habitando en mi misma planta. Contestaba a cualquier llamada a cualquier hora, en cualquier lugar, estuviera haciendo lo que estuviera haciendo… pues bien, dejaron de llamarme. Me bajaba al asfalto al girar las esquinas, para evitar chocar con alguien… pues bien, todo el mundo parecía haber pensado lo mismo que yo y siempre tenía yo la culpa y me veía obligado a pedir disculpas. Si alguna vez alguien no chocaba conmigo le seguía con discreción, como un detective privado, por si iba a encontrarse con el destino, quien le premiaría con cualquier chuchería.

Comencé a actuar como un loco imprevisible, loco ya lo era pero previsible. Comencé a hacer todo aquello que alguien que me conociera bien nunca habría esperado de mi y lo que cualquiera que no me conociera pensaría que era una amenaza a su integridad física o moral. Me convertí en un hombre imprevisible, incluso para mí, sobre todo para mí. Sabía que el destino acechaba mis pensamientos, mis emociones, mis deseos más ocultos. Decidí que si mis pasos, mi caminar eran previsibles, un paso tras otro, entonces el destino sabría a dónde iba, por eso aprendí a caminar de forma aleatoria,, unas veces me lanzaba a galopes desenfrenados, inesperados, como si fuera un corredor en las Olimpiadas, o un hombre desesperado que busca alcanzar la meta, sea ésta la que fuere, o como si llegar a un sitio determinado fuera cuestión de vida o muerte. En otras ocasiones, siempre de forma aleatoria, actuaba como un parapléjico que hubiera recobrado la movilidad de forma milagrosa, pero a quien le costara recordar cómo se caminaba. Lo hacía hacia atrás o me movía hacia la derecha o hacia la izquierda, los pies en línea horizontal perfecta.

En mi apartamento actuaba como un paranoico o como un poseído por el demonio, porque lo de paranoico ya lo he dicho antes. Nunca cocinaba a las mismas horas, los mismos días. La vitro, servidora del destino, me acechaba y entonces yo, ¡zás!, la encendía cuando estaba descuidada y me ponía a cocinar platos que nunca había cocinado antes y que leía en un libro electrónico de recetas y luego olvidaba, para que el destino no previera el posible menú.

Por las noches me acostaba a horas imprevistas, leía un poco o un mucho en el libro electrónico, cerraba los ojos como si estuviera muy cansado y de pronto, ¡zás!, apagaba la lámpara de la mesita de noche que no se lo esperaba y se llevaba un susto de “muete”. Engañaba al sueño y me dormía cuando menos se lo esperaba. Me despertaba de forma aleatoria y comenzaba mi actividad cuando menos podía preverlo el apartamento, cuando más descuidado estaba. Yo era un hombre aleatorio, incluso para un apartamento avisado y con mis ojos. Podía acercarme al frigorífico a beber, deprisa o como un zombi, lo abría tras unos momentos de vacilación, nunca los mismos y bebía de cualquier recipiente, aleatoriamente. Eso sí, no dejaba la botella de lejía en el frigorífico. Procuraba no tener ese despiste, no fuera que el destino se aprovechara y me descerrajara un tiro entre los ojos. Sabía que él esperaba que yo acabara matándome, incluso de forma dolorosa, incluso bebiendo lejía, por eso decidí no quitarme la vida, ni lo intentaba, mucho menos en formas previstas por la psiquiatría, tampoco pensaba en métodos imprevisibles.

Mi vida era tan intensa que descansaba en cualquier lugar,de pie, con el ojo derecho abierto, y cuando era lógico que abriera el derecho lo cerraba y abría el izquierdo o cerraba los dos o me iba a la cama, o me echaba la siesta en el sofá. La intensidad era tal que me estaba destrozando la vida, por eso clamé al destino y no me oyó… Bueno, no me oyó cuando yo quería, porque de pronto dejó de jugar conmigo al escondite y me preparó una buena. Quieres caldo, pues toma dos tazas, quieres que el destino te ahogue, pues te tira al mar, te hunde hasta el fondo y deja que mires los peces de colores. Porque eso fue lo que ocurrió. Un día… un día cualquiera, cuando ya no sabía qué hacer para engañar al destino… cuando tenía los nervios destrozados de tanta intensidad y concentración… ocurrió lo imprevisible, lo que no sucede nunca, lo que solo les ocurre a los otros, a los demás, a los que acaban saliendo por televisión o siendo encontrados en un basurero. A los otros, siempre a los otros… y esta vez me ocurrió a mí.

Continuará

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