EL SILENCIO III


sILENCIO

Pensó en lo tensa que estaría, con toda seguridad acabaría el viaje con (torticulis). No pudo evitar volver a mirarla, siempre fue una mujer hermosa y aún lo seguía siendo más en aquel momento a pesar de la tensión de su cuerpo y la rigidez de su postura. Llevaba unos pantalones negros muy ajustados que resaltaban la atractiva forma de sus largas piernas, la rotundidez de sus muslos, caderas y nalgas. Una ajustada blusa blanca resaltaba sus admirables pechos que había tenido tantas veces en sus manos y en su boca. El rostro ovalado terminaba en un mentón suave que engañaba a los desconocidos sobre su carácter, fuerte y duro como el acero cuando era preciso. Su nariz, ligeramente chata, daba a sus rasgos una expresión agradable que se acentuaba cuando uno contemplabla aquella sonrisa en su boca que enamoraba casi tanto como el azul de sus ojos. Su melena castaña se desparramaba sobre el reposacabezas como los suaves hilos de un exótico tejido refulgiendo cuando el sol asomaba su redonda cabeza entre las nubes. La miró con deseo, con aquel fuego que hinchaba sus venas cuando contemplaba su cuerpo desnudo. Ella tuvo que advertir su mirada pero no se movió parecía una estatua sedente. Le gustaría volver a tenerla en sus brazos pero no esperaba mucho de aquella semana, vista la actitud de ella empezaba a no esperar nada .movió el dial, en el camino de emisora en emisora encontró una balada country y allí lo dejó. Mientras una dulce voz femenina desgranaba su melodía él se concentró en la carretera, ahora mojada, empezaba a llover con fuerza.

*                  *                      *

Su marido contemplaba el paisaje, aparentemente tranquilo mientras conducía a poca velocidad, nunca le había visto conducir tan despacio, parecía no tener ninguna prisa para llegar a su destino. En el reproductor del coche una cinta de música country sonaba sin parar, él tenía que saber lo odiosa que le resultaba esa música y no obstante la había puesto. ¡Cómo le gustaría poder olvidarse de los últimos meses como si  nada hubiera pasado y rehacer aquella tranquila vida que llevaban antes de su ascenso a directora de relaciones públicas! Pensó en la posibilidad de que él estuviera haciendo todo lo posible por obligarla a reaccionar, a hablarle, pero eso no llegaba a su corazón, tenía que haberlo pensado antes de encamarse con su secretaria. Podría haberla cogido del cuello y hacerla ver que su matrimonio  iba bien, obligarla a quedarse enferme en la cama, a pedir unos días de vacaciones por agotamiento nervioso, cualquier cosa antes de follar con aquella guarra. Si pudiera cambiarlo rezaría porque la escena a la puerta de la habitación del hotel no hubiera sucedido, ahora podían perfectamente ir unos días de vacaciones a la montaña, se gastarían bromas y reirían como solían hacer, por la noche harían el amor con apasionamiento, ella disfrutaría de las caricias y la ternura que su marido la prodigaba en el acto del amor, después saldrían a fumar un cigarro y contemplar las estrellas. Pero no se podía volver atrás, era posible que fuera una categoría mental como pensaba Kant pero nadie había sido capaz de cambiar nunca su pasado, el pasado es algo irrevocable.

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No había vuelto la cabeza ni movido un músculo en la hora que llevaban allí sentados en aquella especie de ataúd con ruedas;  al menos así lo veía ella cuando se imaginaba por encima, como suspendida en el aire como un espíritu fuera del tiempo y el espacio, miraba hacia abajo y a través del techo podía contemplar el interior de un féretro que aparentaba moverse pero solo era una ilusión de sus mentes, en su interior los cadáveres miraban por el cristal hacia la finta de asfalto, se hacían la ilusión de estar vivos viajando hacia alguna parte, la realidad es que pronto se pudrirían los últimos pedazos de carne pero aún siendo unos esqueletos esperpénticos seguirían sentados en aquel coche viajando hacia ninguna parte. La mente era incombustible creando ilusiones.

Se asustó de aquel pensamiento tal vez producto del terrible desfallecimiento sufrido hacía algunos minutos cuando recordando la escena del hotel había creído morirse y salir fuera del cuerpo. Aquellas extrañas experiencias le habían sucedido con cierta frecuencia siendo una adolescente pero no se habían vuelto a repetir desde la muerte de su abuelo, un hombre culto a quien ella quería con delirio pero que tenía la extraña manía espiritista. Leía libros y libros sobre el tema y en cuanto encontraba un par de cándidos palomos preparaba una sesión en su cuarto, cerraba las ventanas, corría las cortinas y tapaba hasta la más pequeña rendija por donde pudiera atravesar un rayo de luz y preparaba la mesa con la tabla de la Ouija.

SILENCIO 3

El más allá era su vida, y cuando sus padres le amenazaron con prohibirle volver a hablar con su nieta aprovechaba sus ausencias para pasarse horas y horas hablándole del mundo que hay al otro lado de la muerte. En una ocasión la había hecho participar en una sesión donde sucedieron tantas cosas raras o quizás sólo fuera la sugestión  que llegó a desmayarse de terror, luego su abuelo la hizo jurar que nunca hablaría  de aquello.

Contrató a un detective privado e hizo que le siguiera para confeccionar un informe completo de sus actividades. Había querido comprobarlo por sí misma, se enteró del número de su habitación y preparó la sorpresa. Sobre la cama estaba el cuerpo desnudo de una mujer que la miraba con sorna, el hecho de que aquel cuerpo fuera hermoso la enfureció aún más, se lanzó sobre la mujer tirándola de los pelos y arañándola como una vulgar verdulera en una discusión de mercado. Cuando su marido trató de apartarla de ella y calmarla le mordió la mano hasta el hueso. Quiso decirle todo lo que llevaba dentro pero apenas balbuceó un insulto y salió a la carrera del hotel llorando, sollozando entrecortadamente.

La viveza del recuerdo de una escena por la que había pasado ya más de un mes oprimió su pecho como tuviera en él una bola de fuego quemándole los pulmones e impidiéndola respirar. Había abierto la boca espasmódicamente, intentando que el aire entrara a bocanadas sin conseguirlo; un intenso pánico se apoderó de ella al ser consciente de que su cuerpo se quedaba rígido y su cabeza era incapaz de   procesar lo que le estaban mostrando los sentidos. Un pinchazo en el pecho la hizo pensar en un infarto. Su imaginación de desbocó y se vio muerta sobre el asiento del coche, desde muy alto contemplaba aquel cuerpo desmadejado, la cara pálida, los ojos fijos. El infinito terror que sintió la volvió a la realidad, una gran bocanada de aire penetró en sus pulmones como un golpe de viento a través de una ventana abierta y todo su cuerpo pareció revivir. Durante un rato una intensa vibración en la cabeza hizo que todo diera vueltas a su alrededor, luego un penetrante dolor en las sienes hizo que deseara gritar, hacer que él parara el coche, pero nada salió de su boca. Respirando a cortos jadeos se fue calmando. Permaneció largo rato con los ojos cerrados haciéndose la dormida. Finalmente, sin poder evitarlo, se quedó  realmente dormida.

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