UN CADÁVER EN LA CARRETERA IV


PRIMERA MAÑANA.-

 CADÁVER

Le despertó un fuerte olor a café fuerte y tostadas. Ella estaba al lado de la cama con una bandeja de desayuno. Llevaba una bata preciosa, seguro que la había encontrado en el armario de su habitación. ¿De quién era? Ya no lo recordaba, puede que se la hubiera comprado a alguna de sus amantes o puede que se la olvidaran allí. Dejó la bandeja sobre la cama y se acercó a la ventana, subiendo la persiana sin pedirle permiso.

 -Vamos dormilón, es muy tarde. Te despierta mejor el olor de la comida que un buen perfume.

-¿Porqué lo dices?

 -Hace un rato te estuve contemplando, me he rociado de perfume como para despertar a un muerto pero ni siquiera moviste la nariz.

 -A ver, acércate.

 Olió un fuerte perfume que le penetró hasta el estómago.

 -Lo encontré en la mesita de noche. De alguna de tus amantes, seguro, ¡eh cabroncete! Por aquí han pasado más mujeres que por un harén. ¿Me equivoco pichoncito?

 No le gustaba que le tratase con aquella familiaridad, pero tenía hambre y ella estaba muy hermosa con la bata, que dejaba ver sus muslos hasta muy arriba, al moverse.

 -Tienes razón. Me gustan las mujeres. ¿Qué quieres que haga?

 -Nada, me gustan los hombres que son capaces de hacer cualquier cosa por un coño. Pero te advierto que eso puede ser tu perdición.

 -¿Porqué lo dices?

 Por nada, es una broma. No seas mal pensado. ¿Desayunas?

-¿No lo has hecho tú?

 -No, me gusta desayunar en compañía.

 Desayunaron con muy buen apetito. Ella no se preocupó lo más mínimo de cerrar la bata al sentarse en la cama. Podía ver perfectamente sus braguitas blancas, muy escuetas.

 -¿Puedo hacerte una pregunta?

 -Claro, dispara –se echó a reír con una risa que habría sido encantadora en otra mujer que no fuera una asesina.

Anoche escondiste las llaves de mi coche debajo de tus braguitas. ¿Me equivoco?

-Sabía que no podrías resistir la tentación de verme dormir.

 -Tu monte de Venus estaba muy abultado y no creo que fuera debido a la excitación sexual.

 -Juzga tu mismo.

 Se puso en pie y abrió la bata. El bulto bajo las bragas ahora era normal o al menos así se lo pareció a él.

 -Lo hiciste.

 -Creí que te atreverías a meterme mano. Me equivoqué.

 -¿Qué hubieras hecho? ¿Me habrías pegado un tiro?

 -No mi amor, semejante atrevimiento hubiera merecido otro premio. Tal vez una noche loca.

 -¿Dónde escondiste la pistola?

 Veo que también la buscaste. No te lo voy a decir, me temo que pasaremos más noches, juntos, y no me fío de ti, aún no. Aunque bien pensado no creo que te atrevas a despreciar este cuerpo. ¿Te gusto?

-Mucho. Y tú lo sabes. No me tomes el pelo. ¿Entonces tus planes van para largo?

 -No puedo acortarlos. Los sicarios del mamón que mandé a manosear ortigas me estarán buscando, seguro. Intentarán encontrar una pista por aquí pero no mirarán muy a fondo. Seguro que piensan que he robado un coche y ya estoy lejos. No tienen mucha imaginación. Son unos cerdos bien alimentados.

 -¡Hacer lo imprevisto para que tu enemigo mire lejos cuando tú estás debajo de su bragueta!

 -Algo así- se echó a reír de nuevo.

 -Por cierto, hay algo que no encaja. ¿Dónde dejaste el coche del amo? ¿Por qué estabais solos, sin gorilas?

-Contestando a la primera –como si fueras el fiscal, jaja- el coche está en un bosquecillo cercano, al que se puede llegar por un camino de tierra. A la segunda, el cabrón tenía sus caprichitos. Le gustaba hacerlo a solas en plena noche y en plena naturaleza. Sus gorilas lo sabían, por eso no se extrañaron que les mandara esperar en la próxima gasolinera. ¿Satisfecho?

-¿Por qué no lo mataste en el coche? ¿Qué razón tenías para hacerlo en la carretera, donde te podían sorprender fácilmente?

-Necesitaba otro coche, con el de Mamón no hubiera llegado muy lejos. Tenía la seguridad de que un cadáver en la carretera haría que cualquier pardillo, o pardilla, se detuviera. No podía fallar.

-Y el pardillo fui yo.

-¡No te quejarás! Hasta ahora no te ha ido tan mal.

-Está bien. ¿Qué hacemos hoy?

-Bajaremos al pueblo, compraremos comida y nos daremos algún caprichito.

-¿Para qué? Mandé a la asistente que rellenara la nevera antes de ponerme en camino.

-Porque vendrán gorilas preguntando. Si alguien les dice que el don Juan de turno ha traído una amiguita de Madrid, nadie se extrañará. Seguro que te conocen bien… y la del supermercado que es una cotilla de mierda les hablará de tus aventuras.

-¿Cómo lo sabes?

Volvió a reírse, a punto estuvo de olvidarse del lío en que estaba metido.

-Porque siempre hay alguna cotilla de mierda en todos los pueblos, que lo casca todo, hasta cascaría las piedras si pudiera convertirlas en palabras.

-Pero si te describen, les pondrán sobre tu pista. No pasas precisamente desapercibida.

-Gracias, pichoncito. He pensado en eso, pienso en casi todo, a pesar de mi busto de mujer. Me teñiré el pelo, me pondré unas gafas de sol –nunca me las pongo porque me gusta guiñar el ojo a los machitos con los que me encuentro en el camino, al mamón eso le ponía fuera de sí- y llevaré unos zapatitos planos muy monos que acabo de ver en tu almacén particular. Con eso será suficiente.

-De acuerdo.

-Háblame del pueblo, del supermercado, de la cotilla…

Se lo fue contando todo con calma, hasta que ella quedó satisfecha. Mientras él se daba una ducha rápida ella se llevó la bandeja. Utilizó el otro cuarto de baño para prepararse. Lo supo porque asomó la cabeza al pasillo, mientras se vestía pensando que podría sorprender su cuerpo desnudo moviendo el culo por el pasillo. Ella primero pensó en vestirse de cualquier modo, un tanto descuidadamente, seguro que sorprendía a la cotilla, pero luego comprendió que era una estupidez ya que si los matones sospechaban de ella no solo la freirían a tiros sino que el testigo molesto acabaría en la parrilla con unos cuantos espetones de plomo. Ella no sabía por qué, pero aquel jovencito ingenuo le gustaba. Hicieron un recorrido triunfal, compraron cuatro chucherías y varias botellas de vino y licor a gusto de la señorita. Regresaron a casa y ella se dispuso a preparar la comida. El ágape no pudo ser mejor, ni la charla, ni la compañía. Él se olvidó de todo por un tiempo. El resto de la tarde se lo pasaron de cháchara, ella quería saberlo todo de él y él preguntó hasta cansarse, sin que ella se hiciera la sueca. Sólo más tarde se le ocurrió pensar que si no salían bien las cosas, ella tendría que matarlo … sabía demasiado.

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